Archivos diarios: octubre 17, 2009

REYNALDO GONZÁLEZ SOBRE LA CRÍTICA

SOBRE CINE, MELONES O SANDALIAS
Por Reynaldo González

Querido Juani:

Me ha picado el asunto de la crítica de cine (o de cualquier asunto) en la televisión (o en cualquier otro medio), porque entre nosotros la cuestión de la crítica se ha convertido, inobjetablemente, en un «asunto crítico». Pero le dan una altisonancia inmedible y, de paso, impagable. Como la vieja recurrencia idiomática de llamar «momento crucial» a cada punto en la historia, en los negocios, en la vida. La expresión padeció la reiteración, la dejadez y ya todo era crucial. El gran burlón que fue Borges, para herir la retórica del habla hueca si quiere parecer solemne, en una entrevista y por un motivo baladí, soltó una perla. «Este es un momento crucial, como todos los anteriores.» Y algo así pasa con la crítica: debería ser espontánea, dispuesta a saltar ante la más leve motivación, pero se nos ha convertido en un ritual desacostumbrado, por eso la rodean de ritualidades. En el asunto de la crítica de cine hablamos de aromáticas presencias y de sublimadas ausencias, pero, como se dice ahora, «ese no es el punto». El punto es el saludable hábito de la crítica, que el raciocinio despierto la imponga porque la siente como necesidad. La crítica ya sale dañada si nace convocada. Si para que se mueva el pensamiento inconforme –y la inconformidad es connatural a la crítica– le hiciera falta una convocatoria, es que tenemos el meollo adormilado, dependiente de reclamos exteriores, ordenanzas o como quiera llamárseles. Lo que se ha perdido es la actitud crítica. Ya sea sobre cine, melones o sandalias. Paulatinamente la crítica fue sustituida por una amorfa aceptación, una obsecuencia que también acude para hablar de cine, melones o sandalias.

Contrario a la reflexión crítica, abunda la información relamida sobre algunos asuntos. Quizás hallemos el momento en que empezó a declinar. Las convocatorias llegaban custodiadas por autorizaciones. Ya no sólo qué se criticaba sino quién lo hacía. Terminó confundido el oficio de propagandista –válido y necesario– con el de supuesto crítico «autorizado», la proposición a ver una película quedó en un énfasis de pretensión analítica, forma untuosa que la inadvertencia toma como ejercicio del criterio, retórica que pide préstamos al lenguaje teórico, a la cuantificación, a la adjetivación aparentemente definitoria –este importante director, esta importante producción…– para concluir en una papilla masajante y no informativa. Es un lenguaje ampuloso, con tres palabras vacuas donde cabría solamente una, si fuera inteligente. Con esas paparruchadas eso inefable que llaman «comunicador» gana categoría de crítico. Has mencionado a colegas que cumplen su cometido con eficacia y salvan el oficio, pero abundan los otros y uno se pregunta si no pudiéramos ver el cine, nomás, sin introitos que desprecian la inteligencia común. Recibimos un parloteo de «enterados» que a su vez padecen y hacen padecer ese aparato ortopédico llamado teleprompter, porque el pecado lo cometieron al hilvanar en lenguaje macarrónico lo que luego debían leer ante la cámara, amparados en no sé qué convencimiento de que la legibilidad estorba. Me pregunto si se requieren más espacios sobre cine o mejor aprovechamiento de los existentes. Eso pasa también con otras disciplinas. Se impondría dar la voz a quien la sabe usar, a quien tiene algo que decir.

En varias ocasiones, y en tus libros, trataste el monopolio icáico, la imposición de una historia del cine desde y para el ICAIC, en desatención de otras producciones. Eso ocurrió, pero desarrolló su estela. Después vinieron interesados olvidos, obvios silenciamientos. La vida ha quebrado aquel monopolio y su autoridad, que no fue sino una infundada imposición mesiánica. En los primeros tiempos los aspirantes a realizadores «documentaban» el cine siguiendo pautas de la oficina que les pagaba. Por mucho tiempo dijeron qué se debía pensar sobre el cine cubano, incluso establecieron un reconocible «lenguaje ICAIC». El tiempo pasó. Y pasaron insoslayables quebraderos de cabezas. Ahora, ante una crisis que no es solamente de recursos, sino de talento, cuando varias películas parecen salidas de un mismo troquel, entregas de una saga acogida a la comedia –«comedietas» me permití llamarlas–, téngase o no sentido del humor y a veces sin la más elemental capacidad para narrar historias, al panorama fílmico acuden sorpresas desde otras orillas, acogidas a las nuevas tecnologías, a veces heroicas producciones familiares. Más que sorpresas deberían tenerse como aleccionadores estremecimientos. La «industria» se resigna a un padrinazgo tardío, o busca talentos fuera del elenco archiconocido, demasiado agotado. Puede ser una solución sabia.

Y en medio de todo están los avatares de una «crítica» que pocas veces habla de esos pormenores, incapaz de lecturas cruzadas y de investigaciones que calcen sus afirmaciones. Si algo necesitan los espectadores capaces que constituyen el público cubano no es la sobredosis de recitativos que le endilgan a las películas –muy pocas veces sobre cine, sobre el arte, sino siguiendo la vieja receta del contenidismo como tábula rasa–; le sobran las pasiones palabreras que afirman o niegan. En tu comentario trazas un panorama de posibles confrontaciones entre personas capacitadas, a algunos citas por sus nombres, frente a un panorama que las desechó. Hoy los enlatados nos introducen en los estudios hollywoodenses, conocemos sus talentos y los pormenores de sus filmes, pero no se discute el destino de nuestra vida cinematográfica, sus actores, la manera en que se forman, las contradicciones que afrontan, las posibilidades que tienen y el éxodo del talento, joven o viejo, que es una palpitante realidad. La información puede y debe ser crítica, sin temor a no coincidir en lo correctamente político trasladado al terreno de la creación artística. Sabemos que ese dilema sobrepasa el cine, su solución no está en las manos de los críticos y cronistas cinematográficos. Pero debo pensar que sí está en el terreno en que se desenvuelven. Allí el debate fraudulento puede ser debate verdadero, sin conclusiones previas, sin slogans, sin la obligatoriedad del canto como un diezmo. Quizás así aprenderemos de cine, a la espera de saber también sobre melones y sandalias.

OTROS CUATROCIENTOS GOLPES

No he podido resistir la tentación de comentar brevemente algunas de las ideas expuestas por Gustavo Arcos en su motivadora reflexión acerca de la crítica del audiovisual en nuestros medios.

Este es un asunto que para nada es nuevo. De hecho, el “Primer Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica” celebrado en Camagüey en 1993, surgió justo porque nos interesaba hablar sobre el estado de salud de la crítica en la isla. En esa cita se dijeron cosas bien interesantes. Y en la clausura se anunció que se crearía la “Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica”, algo que finalmente se hizo realidad dos meses después. Sería bueno que algún día pudiéramos evaluar con mesura el saldo que ha dejado todo este tiempo transcurrido: ¿ha crecido la crítica de cine en Cuba en ese período?

Como no me gustan los extremos, soy de los que pienso que sí han existido acciones positivas. Por otro lado, admito que hay en el país un grupo de críticos que están haciendo un trabajo excepcional. Luciano Castillo con su “De cierta manera”. Rufo Caballero con sus intervenciones a propósito del audiovisual, que incluye al cine. O Rolando Pérez Betancourt con esas propuestas de “La séptima puerta”, que al menos yo, trato de no perderme ninguna. Estoy mencionado apenas algunos. Ahora, ¿basta la existencia de una cierta cantidad de buenos críticos para hablar de consolidación de una “Crítica” nacional?

Mi criterio es que eso es un espejismo. Como es engañoso el hecho, comentado por Gustavo Arcos en su post, de que a mayor número de espacios para escribir o hablar, se enriquece la Crítica. ¿Se acuerdan de aquel sarcasmo de Bruce Springsteen a propósito de ese infinito número de televisoras que no dicen nada?: “54 canales y nada dentro”, soltó “el Boss” con invicta ironía, y algo de eso nos pudieran reprochar a nosotros también: “54 críticos y siempre lo mismo con lo mismo”.

Para empezar, la crítica de cine en Cuba tiene en su contra que no dialoga entre sí. Cada intervención pública parece un unipersonal, una suerte de monólogo donde el crítico representa un personaje bastante alejado de la realidad, y de los otros. Y el divorcio entre el personaje y la realidad se hace evidente porque mientras esta última es dinámica, el crítico se empeña en conservar una “identidad” que no es otra cosa que fórmula que aspira a jugar al seguro.

Por otro lado, está el escaso interés de esa “Crítica” en adentrarse en densidades que puedan resultar polémicas. Pondré un ejemplo (aún cuando sea demasiado cercano) que nos ilustra sobre ese déficit: mientras que desde Francia la investigadora Laurence Mullaly nos comenta que utiliza algunos de los post que aparecen en este blog para invitar a sus alumnos al debate colectivo, en Cuba la “Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica” (por poner un ejemplo) participa de esa campaña de “invisibilización” a través de la cual determinadas polémicas protagonizadas en el sitio (sobre el audiovisual joven, sobre la mujer en el cine cubano, sobre el pensamiento relacionado con el cine, sobre los nuevos oficios, etc), apenas trasciende el marco de aquellos que acceden al blog o reciben la información. Aquí va mi pregunta: ¿cuántos miembros de la Asociación (no importa que vivan en La Habana o Guantánamo) no hubiesen podido aportar criterios, y enriquecer las discusiones si la directiva de la Asociación hubiese distribuido entre sus miembros esas polémicas relacionadas, no con Hollywood y sucedáneos, sino con el cine cubano?

Ante tanta inercia, suelo soñar con un programa televisivo donde, antes de presentar una película, tres o cuatro críticos expongan sus puntos de vistas con toda la pasión que uno espera. ¿Se imaginan a Enrique Colina polemizando todas las semanas en vivo con Rufo Caballero? ¿O a Gustavo Arcos con Víctor Fowler? ¿O a Luciano Castillo con Rolando Pérez Betancourt o Joel del Río? Y nada de grabaciones: todo en vivo.

Ese programa, y como un homenaje al Truffaut que todos admiramos, pudiera llamarse “Los cuatrocientos golpes”.

Juan Antonio García Borrero