Archivos diarios: octubre 2, 2009

REHENES DE LAS SOMBRAS, OTRA VEZ

Ayer nos sonaron en casa un apagón de catorce horas. Todo un recordatorio amenazante de lo peor del “período especial”. Como la batería de la laptop está jodida, ni siquiera pude salvar lo que había comenzado a escribir diez minutos después de las siete. Me dio (una vez más) por resoplar y soltar tres o cuatro palabrotas. En balde, pues mi perra creyó que la estaba piropeando. Y todo siguió oscuro. Muy oscuro.

En el fondo tenía la esperanza de que el apagón no durara tanto. A las dos horas supe que no tenía alternativas. Que aquello iba para largo, y que ni siquiera podía pensar en meterme en “el closet” (la oficina de la empresa), en tanto allá el aire acondicionado no puede encenderse hasta después de la una de la tarde, y como no hay ventanas, es imposible permanecer allí más de diez minutos.

Entonces decidí que no escribiría nada sobre cine en esas veinticuatro horas. Para escribir sobre cine (o sobre cualquier cosa) uno necesita concentración, y a mí lo único que me llegaba a la mente eran las luces públicas encendidas de manera impune a media mañana, contrastando con la oscuridad de mi casa (y cabeza).

Decidí refugiarme en la biblioteca de la ciudad, como en los viejos tiempos. Y tomar de los estantes libros al azar. Eso es algo que me gusta muchísimo: dialogar con autores lejanos que han vivido lo mismo que yo (ya saben, el eterno retorno de lo idéntico), y que hablan con total soltura de lo que ha sido padecer sus circunstancias. Y en eso estaba cuando tropecé con Luis Marimón (La Habana, 1951/ Las Vegas, 1995) y su estremecedora “Cronología del vértigo y del naufragio”. (1)

Ya había oído hablar de este escritor, de su prematura muerte en los Estados Unidos al año de haber llegado allá, luego de haber vivido en Matanzas, ese lugar del cual escribiera que “el nombre de esta ciudad es sangriento, que ninguna ha tenido un nombre más perverso”.

Lo que más me gusta de su poesía es que habla de la existencia sin falso dramatismo, a pesar de que en alguna parte el autor afirme que “nuestro deber es cumplir con nuestras diarias extinciones”. Nada de letanía quejumbrosa, o su reverso (pasarela de lugares comunes que nos hablan de amores eternos y otras insinceridades). Lo de Marimón no es el melodrama barato. Antes, lo que se percibe es un deseo de cantarle a la vida (y a quienes la habitan) sus cuatro verdades. Con rabia, pero también con mucho humor.

Para algunos, esa insistencia en hablar de lo que se extingue, lo convierte en paradigma del pesimismo poético, pero, ¿quién ha dicho que la lasitud es cosa sólo de débiles? Para mi hay mucha valentía en esa forma de mirar el modo en que transitamos por la vida. Y en ese escrutinio intenso nos deja versos (yo diría aforismos) sencillamente brillantes, como estos:

“Envejecer es la más absurda forma de suicidarse”;

“El tiempo también borrará todo esto/ A mí sólo me salvará del olvido lo que he escrito”;

“El sepulturero está sembrando hoy/ a quien lo enterrará mañana”;

“Algunos nacen póstumos”;

“Una puerta debe ser semejante a una tumba; no puede hacer distinciones para abrirse”;

“Quien piensa en el futuro/ no está muerto”;

“El único mensaje de mi poesía al hombre es éste: ¡Nunca mueras!”.

No sé a ciencia cierta qué diablos será la buena poesía. Para mí es una suerte de estremecimiento íntimo. Algo que nos alivia el malestar de tener que convivir entre seres que sólo han aprendido “el oficio de la indiferencia”. La buena poesía es esa que nos deja preguntas incómodas, y deseos de, al otro día, seguir viviendo para antes de hablar de cine cubano, comentar versos tan terribles y preclaros como estos de Luis Marimón:

“Dicen que Dios tiene 72 nombres.
¿A cuál de ellos invocar
para que esta pesadilla termine;
tendremos que clamar por todos ellos
y aún así, seguir recorriendo este
camino de la locura
como hasta ahora lo hemos hecho:
solos?”

Juan Antonio García Borrero