Archivos diarios: agosto 30, 2009

VICTOR FOWLER SOBRE LA MUJER Y EL CINE CUBANO

Juan Antonio, Marina y Oneyda:

La casualidad es providencial. El 25 en la mañana leí el post, escuetamente titulado “Mujeres”, que Juan Antonio escribió a modo de comentario a uno de Marina Ochoa publicado una semana antes y titulado “Las mujeres y el cine cubano”. El 25 por la tarde recibí la visita de Milagros Farfán, egresada peruana de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, quien, como parte de la investigación que hace para el documental en el que ahora mismo trabaja, vino a conversar sobre… las mujeres en el cine cubano contemporáneo. La coincidencia, además de feliz, indica una inquietud extendida, un vacío y también la voluntad para llenarlo.

A medida que he ido leyendo la cadena de posts, surgen preguntas más allá de la particular problemática del cine cubano, territorial a fin de cuentas. Tanto Marina (“El tema es mirado de soslayo por sospechas de feminismo.”) como Oneyda (“…me reconozco como una solitaria incómoda, cuyas prácticas en este sentido me colocan cuando menos en la sospecha feminista.” y “Me he preguntado si no operaría en ello el temor de estar hablando de feminismo…”) ponen en primer plano algo que está entre los más graves problemas de las ciencias sociales cubanas del presente; algo que índice profundamente en el mundo de “la cultura” y, en particular, una ausencia en las interpretaciones del hecho cinematográfico: ¿qué es el feminismo, cómo es entendido en Cuba y qué hacer con sus teorías? O, mejor aún, ¿cuál dialéctica establecer entre identidades (grupales, de género, raza, etc.) y esa “identidad social” de la que habla Marina? ¿Qué es una “identidad social” y de qué modo opera dando visibilidad y voz a las identidades grupales? ¿Es esto posible?

De una parte, es fundamental la realización de acciones concretas, gracias a las cuales sea posible, a la misma vez, hablar desde la identidad (ser voz) y que dicha identidad no sea impedimenta para alcanzar sueños. De la otra, las prácticas identitarias ocurren en el horizonte de una totalidad que, en el contexto en el que hablamos, no podemos sino entender como la nación. Las preguntas sobre la cuestión mujer, como bien señala Marina, abre las puertas al análisis de otros ámbitos de la identidad.

También en “Mujeres”, el post de Juan Antonio, el concepto ‘feminismo’ es leído como interrupción, aunque aquí las consecuencias son distintas; para el crítico, que asegura no tener nada en contra de las teorías feministas, éstas se tornarían discutibles “… cuando aíslan su objeto de estudio, y reciclan el mismo enfoque patriarcal, solo que cambiando el sexo de quienes hablan.” De ahí que afirme que lo mismo le pasaría “… si el negro o el gay, intentaran concederle un punto de vista privilegiado a sus particulares maneras de entender la existencia…”

El problema con lo anterior es que, en la circunstancia que sea en la que pueda ser identificado un sujeto de la diferencia, éste no precisa intervenir desde “un punto de vista privilegiado”, sino que deberá de elegir entre exponer u ocultar “sus particulares maneras de entender la existencia”. Dicho de otro modo, la diferencia es una suerte de plus que el sujeto lleva junto con su condición de universal; de modo que, cuando se suprime lo particular no es una parte lo que sufre daño, sino lo humano entero del sujeto en cuestión. No es un hueso, músculo u órgano sobrante, sino un pedazo de cerebro repartido por la totalidad del cerebro, definidor y no extirpable.

La tensión hacia la que apunta Marina, entre totalidad y fragmento, resulta más clara cuando, en términos de identidad, pensamos la utopía de que la transformación revolucionaria propicia y articula un modelo superior de identidad; una suerte de identidad “agónica”, de la batalla, donde los particularismos quedan subsumidos dentro de una nueva estructura a la que definen la transformación y el combate. Hoy me parece que roba riqueza a la vida y prefiero correr los riesgos de escuchar diferencias, voces; pero, como mismo la identidad-fragmento muestra su sentido último en el horizonte de la nación, el acceso a la voz sólo alcanza cumplimiento en el horizonte de la intervención, el debate y, finalmente, la participación como sujeto de diferencia.

“Marina Ochoa sobre el post “Mujeres” (28-08-2009), que constituye un verdadero correctivo al post ya comentado de Juan Antonio, refiere diversos escenarios en los que cineastas y comunicadoras han luchado durante años para “lograr un tratamiento de equidad”. Aunque no están cuantificados ni citados por sus nombres, puede uno imaginar que se trata de una larga cantidad de eventos (académicos, culturales, políticos y sociales) a los que parece unir una misma circunstancia adversa en cuanto a la actitud masculina hacia ellos: “Ninguno halla un espacio para asistir a estos eventos donde se debaten “cosas de mujeres”. La respuesta se opone a una dura idea vertida por Juan Antonio en “Mujeres”, la existencia de una tradición (que, en el contexto, trataría de las mujeres): “… a través de la cual siempre delegamos en un tercero que cuenta con “autoridad” (cuando no en el Tiempo), la responsabilidad de hacernos visibles como sujetos.”

La fricción, sin embargo, admite ser leída desde otro ángulo si formulásemos la pregunta más difícil y que una verdadera revisión del problema tampoco puede darse el lujo de eludir: ¿qué falta, en qué medida la víctima se fabrica a sí misma como tal, cuáles son su responsabilidad y su daño? Más allá de la existencia puntual de Marina Ochoa, ¿qué explica la no-realización en Cuba de muestras de mujeres realizadoras? ¿por qué esa única vez en la que se hizo, en voz de su propia curadora, el hecho tuvo: “… dentro del marco del IV Encuentro Iberoamericano de las Mujeres en el Arte y el VII encuentro Internacional de la Mujeres en el Arte, donde por primera y al parecer única vez se incluyó el cine, tarea encargada al departamento de…”? ¿Hubiera existido algún encuentro semejante si aquella vez no “se incluye” el cine hecho por mujeres? ¿Cómo es que Marina no se percata de que justo la acción ajena de incluir es la delegación de responsabilidad a la que se refiere Juan Antonio? Además de rabia, sueños, frustración y demanda de voz, ¿qué le falta a la víctima para ser acción?

Donde Oneyda escribe “las marcas del patriarcado dejan huellas tan sutiles que a veces no logramos darnos cuenta”, podemos imaginar que la posibilidad de patriarcado necesita, casi como un imperativo, que su Otro esté privado de voz. A la manera de una ley de funcionamiento, el “otro” mujer no puede hablar; sólo que la ley es intocable, no está en parte alguna, no fue escrita y, quizás, ni siquiera formulada: así, de manera tácita. Tal y como dice Marina: “nadie se atreve a escribirlo” o “cuando un hombre grita se dice que tiene carácter, pero cuando lo hace una mujer, por muy justificado que sea se dice que es una histérica”. Dicho de otro modo, incluso los intentos de escapar a los efectos de la ley terminan reforzándola. Si esto es así, entonces la dominación no sólo priva al otro de voz, sino que secuestra hasta las propias estrategias que el otro pueda desplegar para manifestarse.

Donde Marina afirma, a propósito del cortometraje de Ana Rodríguez en el largo “Mujer transparente”, que: “… el abrazo de Laura y su amiga es anterior al de Diego y su significado tiene más riqueza que el de este último, sin que por ello descalifique la importancia del último”, está haciendo una valoración estética y una profunda revisión la película más conocida del cine cubano, así como un cuestionamiento bien directo a nuestra crítica y su ceguera. En oposición a ello, respondiendo a este mismo post de Marina, afirma Juan Antonio, mientras intenta explicar por qué ha escrito tan poco sobre el cine hecho por mujeres en Cuba: “… es cierto que no me he sentido tan motivado como cuando escribo sobre el audiovisual que están haciendo los jóvenes (que incluye a las realizadoras), o como cuando reviso la llamada “década prodigiosa”. Tengo la prueba más fehaciente de ello con la reciente invitación que me hiciera Laurence a participar en su libro: fui incapaz de hilvanar una mínima página.”
Apelando al lenguaje popular, aquí o jugamos o nos pasamos con ficha.

Dado que Juan Antonio es sólo un ejemplo (incluso el de uno de los más acuciosos, prolíficos y entregados investigadores cubanos en el universo del cine), ¿qué es lo que la crítica nuestra es incapaz de ver y por qué? ¿Por qué no es posible ver a las mujeres como otra cosa que autores neutros, sin marca de género? ¿En cuáles otros terrenos de la cultura y, en general, de la vida social en el país sucede de igual o parecido modo? ¿Se trata sólo de una opción ideológica de quienes hacen crítica (amén de la rutina o el temor de ser identificado como “feminista”) o hay algo más, alguna suerte de sospecha estética? ¿Tiene este cine, juzgado de manera global, como hecho identitario, alguna debilidad o falla? En caso contrario, ¿cuáles son sus fortalezas? ¿Qué hace, para la crítica, poco interesante lo mujer y qué herramientas, doy por hecho que faltan, son necesarias para percibirlo? ¿Dónde se forman quienes hacen crítica, cómo se superan, de cuál instrumental teórico disponen, qué cine ven, qué textos leen, cuál es su diálogo con la contemporaneidad? ¿Cómo y qué se transmite o enseña, a los estudiantes y a los públicos? ¿Cómo se forma ciudadanos?

Un entramado como el descrito no puede ser dejado a su evolución gradual, puesto que la ley se reafirma a sí misma, sino que obliga a la negociación. A la misma vez, y puesto que la ley se reafirma a sí misma, no puede ser negociado, sino que tiene que ser roto. Pero cuando se quiere conservar (y desarrollar) la “identidad colectiva” que Marina defiende, la ruptura (la permanente introducción de escenarios nuevos), es el acto ético por excelencia. Demanda pensamiento, debate, mirada, escritura, influencia, alianzas, estrategias, auto revisiones, proyecto, comunidad: convertirse en máquina de ruptura. Las preguntas valen tanto para la organización de eventos como para colocar en un nuevo nivel la enseñanza del cine en el país, la crítica y el trabajo de los historiadores del cine, las actividades concebidas para la formación del gusto de los públicos, etc. No sólo en lo que pertenece a la producción audiovisual y en lo que corresponde a mujeres, sino atravesando el peligro de la cultura y el de la identidad; escuchando, abiertos hacia un universo nuevo que toca entre todos construir.

Víctor Fowler

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Querida Marina:

Es obvio que si quiero ser coherente con el espíritu de lo que quise expresar en el post titulado “Mujeres” no debo inventarme excusas, o justificaciones. Ya me hice el harakiri, y ahora lo que me interesaría es contribuir a que el trabajo de las realizadoras cubanas fuera un poco más visible. El blog tiene abiertas las puertas para tratar ese asunto, y el que sea.

De cualquier forma, no creo que un sitio como este pueda reportar soluciones concretas a un conjunto de problemas cuyos orígenes resultan milenarios. Como siempre digo: esto solo es un blog, y nada más que un blog. Pero es verdad que mientras más personas tomen conciencia del asunto, podríamos contribuir un poco más al remedio.

Por lo pronto, yo les propondría a los organizadores del venidero “Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica” armar alguna sesión teórica con este asunto, y acompañar esas discusiones con un ciclo de películas dirigidas por mujeres cubanas, que nos de idea de los aportes y las marcas de identidad de ese corpus fílmico.

Espero que con propuestas prácticas de este tipo, los espectadores “machos” comencemos a borrar, aunque sea un poco, nuestro persistente pecado.

Te abraza,

Juan Antonio García Borrero