Archivos diarios: agosto 18, 2009

MARINA OCHOA SOBRE EL DOCUMENTAL DEL ICAIC EN LOS 80

LOS AÑOS 80: ¿EL GRAN ESPEJISMO?
Por Marina Ochoa

Cuando en enero de 1978 los cosmonautas de la estación orbital Saliut 6 enviaron un mensaje de felicitación al Partido Comunista de Cuba y al pueblo cubano en ocasión del aniversario XIX del triunfo de la Revolución, lo que constituyó un reconocimiento al alto grado de integración de Cuba a la comunidad de países socialistas, tal parecía que la década de los ochenta arribaría sin sucesos traumáticos. Sin embargo, la muerte del Hada Madrina de la Revolución, Celia Sánchez, en los albores de la década de los 80 pareció confirmar que los signos de la década demandaban algo más que la lectura de los trazos cuando, en los primeros días del mes de abril, se produjo la penetración con violencia de un grupo de personas a la embajada del Perú, que abrió paso al éxodo del Mariel e inició uno de los episodios más complejos de la historia diplomática, política y migratoria de las relaciones Cuba-Estados Unidos. Se requería percibir el significado de los espacios que encerraban esos trazos, capacidad prácticamente anulada por la obviedad de la década anterior.

Y así surgió el conflicto en torno a “Cecilia”, de Humberto Solás, en el que los trazos indicaban que se trataba de una discusión acerca de si Humberto debía haber hecho una versión tan libre de una obra literaria patrimonial así como en torno a su costo. Pero la lectura de los espacios que encerraban los trazos hablaba de un cuestionamiento de la política cultural y de producción del ICAIC. Y perdimos a Alfredo, quien retornaría una década después en virtud de otro conflicto alrededor de otra película con nombre de mujer.

En esta década que muchos juzgan como agua tibia, ni caliente ni fría, la producción de cine documental se comportaba de la siguiente manera: se realizaron 407 documentales, 47 más que en la década anterior pero, ¿algo había cambiado? De ellos, el grueso, el 83% sigue siendo descriptivo. Si unimos esto a que 60 son de temas extranjeros, 130 culturales y 94 de temas turísticos, deportivos, económico-sociales y casi un 27% de temas político-histórico, de los cuales el 94% son descriptivos y el 25% reflejan realidades no nacionales, ¿no podríamos acaso inferir que el documental de los 80 no pudo rescatar para sí esa agresividad para situarse en el contexto que reclamaba Julio García Espinosa en el temprano 1964?

La respuesta es difícil. Si bien en los 70 había un clima paralizador, ya en 1978 había habido una suerte de distensión y el propio Partido había orientado el ejercicio de la crítica en los medios. ¿Fue una actitud de resistencia del inconsciente colectivo de nuestros realizadores de entonces ante unos signos cuyos espacios mostraban incongruencia con los trazos que debían conformarlos o se trataba de un entumecimiento de las capacidades necesarias, en ambos casos como secuela de la década anterior? ¿Por qué entonces la ausencia de nuestros temas sociales incluso en la obra de realizadores que habían demostrado ya estar en posesión de talento, capacidad e integración? ¿Implicaban acaso riesgos que desbordaban los inherentes a la creación?

Pero, ¿había posibilidades o no de hacer otra cosa? Parte de la respuesta puede estar en que en la producción de la década, más bien de la segunda mitad, aparecieron documentales que de alguna manera ejercían una crítica más explícita. Me refiero a la crítica al mal funcionamiento de elementos que estructuraban el proyecto económico-social vigente. La aparición de estos materiales resulta de gran importancia si tenemos en cuenta que este tipo de crítica había desaparecido de nuestro cine documental, asumiendo que hubiera existido, de lo cual “Coffea Arábiga” de Nicolás Guillén Landrián que cuestiona los absurdos desatados en torno a la siembra de café en el famoso cordón de La Habana, en mi opinión, es una prueba. Recordemos “Pensando en el amor”, “Historia de una descarga” y “Escenas de contenedores” de Melchor Casals, “Tiempo libre a la roca” y “Taller de la vida” de Santiago Álvarez, “¿Qué tu crees?” y “No es tiempo de cigüeñas” de Mario Crespo, “Castillos en el aire” de Rebeca Chávez, “La espera” de Orlando Rojas, “Controversia” de Rolando Díaz, “Molinos de viento” y “Se lo lleva el viento” de Idelfonso Ramos, “Ella vendía coquitos” de Gerardo Chijona, “Propiedad social” y “Riesgos potenciales” de Sergio Núñez, “Estética”, “Yo también te haré llorar”, “Vecinos”, “Jau” y “Chapucerías” de Enrique Colina son documentales que ejercen la crítica, a veces de soslayo, otras directamente.

Ahora bien, en casi todos los casos la crítica no está respaldada por un análisis. O sea, que se ejerce describiendo, sin establecer las relaciones que implicaría un análisis, aunque no por ello deja de ser aguda y acertada, pero se queda en la superficie de la disfunción de la conducta del individuo en su relación con el entorno familiar, laboral, social. A veces llega a cuestionar los entornos inmediatos pero no va más allá. La utilización del humor por parte de algunos de estos realizadores— magistralmente en el caso de Colina—los distingue y resulta un intento válido que recupera en alguna medida la ya referida “verdadera agresividad para situarse en el contexto” (García Espinosa, “Nuestro Cine” 20). O sea, el humor no es utilizado para distanciarse sino para involucrarse. “Un pedazo de mí” de Jorge Luis Sánchez merece un aparte. Es un documental crítico no humorístico. Jorge Luis se adentra en el mundo de los freakies dispuesto a pensar, reír y llorar con ellos, que no quiere decir como ellos. Quizás la autenticidad de este documental radique en la honestidad y el sentido humano con que el realizador conduce su indagación que profundiza en busca de dolorosas esencias.

Pero los documentales mencionados no son las únicas obras críticas, ni siquiera son las primeras, pues ya en 1977 aparecían dos noticieros críticos bajo la égida de Santiago Álvarez: el 806 y el 821, dirigidos ambos por Daniel Díaz Torres, quien al parecer es el que inaugura esta tendencia. En 1979 se producen dos, cuatro en 1980, siete en 1981, dos en 1982, tres en 1983, tres en 1984, siete en 1985, once en 1986, seis en 1987, diecisiete en 1988, nueve en 1989 y dos en 1990. Resulta interesante observar que a medida que avanzaba la década los materiales críticos, ya sean noticieros o documentales iban en aumento. Los monotemáticos incorporaron algunos elementos de análisis por lo que se logra en ellos una mayor solidez crítica. Los realizadores fueron Daniel Díaz Torres, Rolando Díaz, Francisco Puñal, Lázaro Buría, Luis Felipe Bernaza, Idelfonso Ramos, Melchor Casals, Héctor Veitía, Vivian Argilagos y José Padrón. De los 75 noticieros críticos Francisco Puñal es el autor de 36.

La crítica humorística la inicia Rolando Díaz en el noticiero 955 y aparece como una sección. A partir de entonces aparecerán notas o viñetas críticas humorísticas, llegándose incluso a ficcionar sobre problemas reales. Puñal se destaca dentro de este estilo tanto por la cantidad como por los recursos que utiliza. Esta línea crítica no sólo se continuará en las revistas del propio noticiero, una vez desaparecido éste, donde alcanzará su mayor estatura y profundidad, puesto que al ser monotemáticas permitieron calar con más acierto en la naturaleza misma de los problemas que se abordaban. Uno de los autores más interesantes de noticieros y revistas críticos resulta José Padrón, quien ejerce la mayor parte de las veces una crítica directa, enérgica y sin concesiones a la vez que aborda la mayor variedad de temas. Algunos de sus noticieros fueron retirados de la exhibición durante la primera semana, los que tampoco se exhibían en provincia.

Es los casos de los noticieros 1440 y 1987, que criticaban los problemas del campismo popular y la mala calidad del diseño y confección de la ropa ofertada a la población; del 1989, que criticaba el pésimo servicio de las cafeterías populares y que destacaba la paradoja de que una de las peores era La Pelota, esquina en la que se había proclamado el carácter socialista de la Revolución; del 1147, que aborda la contaminación ambiental y la situación de las miles de personas que vivían en los barrios marginales del Río Quibú en contraste con la planta descontaminante que se había construido a la entrada del reparto Cubanacán; del 1460, que se refiere a la situación de los albergados en la capital. Otros retirados fueron el 1353, el 1358, el 1383, el 1401, el 1403, el 1410, el 1464, el 1466, el 1467 y el 1488. Padrón es el autor de la revista No.1 del Noticiero que lleva el título “La Habana no aguanta más”, que reflexiona sobre el problema de la vivienda en Cuba y específicamente en la capital, archivada sin haber logrado exhibirse ni una sola vez.

La década del ochenta resulta más compleja de lo que algunos suponen. Nos movíamos entre el éxodo de Mariel y los mítines de repudio por un lado y la epidemia de dengue hemorrágico por otra, entre las amenazas que suponía Reagan y la nueva derecha, incluida la teoría de “golpear la fuente de los movimientos latinoamericanos,” es decir, a nosotros, y un periodo de bonanza en que pareció que la utopía se estaba convirtiendo en realidad para enterarnos más tarde durante el proceso de rectificación de errores que había sido un espejismo; entre la pérdida de Granada y Nicaragua y la victoria de Cuito Cuanavale y el fin de apartheid. Es la década que concluye con la caída del muro de Berlín.

Sin embargo, en el ámbito cinematográfico se produjeron hechos que repercutirían de una manera determinante en la década de los noventa. Estos son la fundación de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, la formación de los grupos de creación del ICAIC, y la paralización de la industria cinematográfica incluido el ICAIC entre 1989 y 1990. Y ya en los años noventa la creación de la Escuela de Cine, Radio y TV del Instituto Superior de Arte. Todo esto combinado con la irrupción del video y la técnica de edición no lineal, cambió drásticamente la manera de concebir el cine.

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