Archivos diarios: agosto 15, 2009

UN COMENTARIO A PROPOSITO DEL POST DE ABELARDO MENA

Formidable ese comentario de Abelardo Mena. Provocador. Pienso que por allí anda el desafío de los jóvenes investigadores del mañana, esos que dentro de par de décadas podrán tener un libre acceso a ese río de imágenes creado no solo por el ICAIC, sino por todos los cubanos que han filmado alguna vez…, si ese patrimonio no ha desaparecido para siempre.

Lo que Abelardo propone lo están haciendo en España muy bien. En Camaguey, hace unos ocho años, pretendimos impulsar un centro de estudio parecido al que gestiona María Luisa Ortega en Madrid, o Ana López en Tulane, por mencionar apenas dos de los que conozco. En un inicio iba a llamarse “Oficina del Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica”, pero después le cambiamos el nombre por “Cátedra de Pensamiento Audiovisual Tomás Gutiérrez Alea”, debido a que eso de “Oficina” destilaba un perfume a burocracia intelectual realmente rechinante. La cosa no ha funcionado como esperábamos por razones que tampoco me interesan traer al blog, pero menciono lo de la Cátedra porque nos puede dar idea de las oportunidades que perdemos para “modernizar”, con recursos propios, el modo de pensar el audiovisual cubano.

Por otro lado, no dudo que existan “tesis universitarias” con puntos de vista novedosos, pero, ¿de qué vale si no se discuten públicamente? Creo que uno de los grandes problemas que tenemos es que, en sentido general, nos conformamos con actuar a nivel de laboratorio. Dos o tres entendidos investigan, discuten un día una opinión sorprendente que les permite insertarse en la sociedad como graduados de algo, pero una vez dentro del sistema, se acomodan al pensamiento hegemónico, a lo que la rutina ha transformado en intocable. Y seguimos mirando las cosas del mismo modo: no hay una influencia real en los demás.

Einstein alguna vez anotó lo siguiente: “Nunca puede resolverse un problema en el mismo nivel de conocimiento en el que ha sido creado”. Ya le sugerí a mi querido Mario Piedra que el blog pudiera funcionar como una suerte de banco de esas tesis de los jóvenes relacionadas con el cine cubano. Los jóvenes, por necesidad, tienen que tener otro punto de vista. Y tener en cuenta esa diversidad no nos debilitaría: todo lo contrario, haría más saludable el cuerpo intelectual. Ganaría el ICAIC, cuya obra, al margen de lo que puedan pensar apologistas o detractores, ya existe, pero también ganaría el resto del audiovisual. ¿Acaso no es igual de importante pensar en preservar “El super”?

Creo que hay que sacudirse la pereza en que a veces nos vemos involucrados por razones ajenas, e ir proponiendo por nuestra cuenta alternativas, y sobre todo, soluciones prácticas acordes al presente tecnológico que estamos viviendo. Ese cine cubano que se ha hecho se lo merece.

Juan Antonio García Borrero

MARINA OCHOA SOBRE EL DOCUMENTAL CUBANO DE LOS 70.

LOS AÑOS 70: ¿LA TABLA DE LOS COLORES GRISES?
Por Marina Ochoa

Siguiendo la metodología de contextualizar las décadas, diremos que los años 70 no son menos complejos que los anteriores y entran precedidos por el Congreso Cultural de La Habana—evento que se caracteriza por una gran pluralidad, por la presencia de numerosos intelectuales europeos, y porque boceteaba un clima cultural que no llegó a pasarse en limpio—por la celebración de la Conferencia Tricontinental, y por la creación de la OLAS, Organización Latinoamericana de Solidaridad, momento en que nos desmarcamos de los partidos comunistas latinoamericanos de corte estalinista.

Ya a mediados de 1969 se inició la Zafra de los Diez Millones de toneladas de azúcar que no se alcanzan y el gobierno de Nixon aprueba el Plan Torriente que contempla “resolver el problema cubano” con una invasión militar, lo que mantiene a la Isla en un permanente estado de alerta que contribuye a conservar un alto contraste en todas las esferas de la sociedad, de la cual la cultura no escapa (4). Y se produce la polémica en torno a premios UNEAC, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, de ese año (Fuera del juego, de Heberto Padilla, y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat) a partir de la cual se desencadena una serie de fuertes críticas contra otros intelectuales y se va creando un clima previo al Congreso de Educación y Cultura de 1971 en el que gana terreno la corriente del mimetismo con el proyecto cultural soviético, lo cual afectó todas las esferas del arte, en especial el teatro y la literatura. En el caso del ICAIC no prospera momentáneamente la crítica a su política de producción y exhibición, aunque se mantuvo latente, esperando la más mínima vulnerabilidad para manifestarse. Se cierra la revista Pensamiento Crítico, triunfa el Gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende que en septiembre de 1973 es derrocado en medio de un brutal baño de sangre, mientras que Estados Unidos pone en marcha la Operación Cóndor que persigue el acoso y eliminación de las izquierdas al sur del Río Bravo.

En 1975 se celebra el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, PCC, y se presentan las Tesis sobre el Arte y la Cultura que lograron evitar la adopción del realismo socialista como política cultural de la Revolución y se crean el Ministerio de Cultura y el Instituto Superior de Arte. No obstante, los ideólogos criollos del mimetismo lo imponen en los sectores de la cultura donde tienen ascendencia. En 1974 comienza la participación de las tropas cubanas en la guerra de Angola, y en ese mismo año Leonid I. Brezhnev visita la Isla. En 1976 tienen lugar la voladura del avión de Barbados, la constitución del Poder Popular y José Elías de la Torriente convocó con éxito a las organizaciones del exilio que conspiraban para derrocar el gobierno revolucionario para una nueva invasión y logró el apoyo del gobierno de Nixon. Recaudó fondos de dichas organizaciones y de otras norteamericanas interesadas a las cuales estafó pues invirtió ese dinero en bienes raíces en su propio beneficio. Murió asesinado en su casa, al parecer por encargo de una de las organizaciones embaucadas.

Ya en 1970 de los veintiséis documentales que se terminaron en ese año, diecisiete (el 65%) reflejaban descriptivamente la realidad que abordaron. Incluso los tres documentales premiados nacional y/o internacionalmente en ese año describen (1868-1968 de Bernabé Hernández, Bagazo de Juan Carlos Tabío y Piedra sobre piedra de Santiago Álvarez). Solamente cinco documentales fueron de análisis y dos experimentales.

Antes de continuar es importante definir los conceptos “describir,” “analizar,” “experimental” tal como se están aquí aplicando. Asumimos “describir” como el acto de definir una cosa por sus atributos no esenciales. No busca una relación causal ni las condiciones que determinan los hechos o fenómenos. Puede explicar, reseñar, detallar, especificar, definir, delinear, referir, retratar, sintetizar. Describir excluye la crítica e implica que el sujeto se coloca frente a la realidad y la recepciona y refleja sin analizarla. En el caso de “analizar” se trata de descomponer la realidad en las partes o principios simples que la constituyen. Distingue y aísla las partes, las estudia y examina las relaciones entre ellas y también con el todo para devolvernos en un proceso de síntesis la realidad que está más allá de las apariencias. Supone un sujeto actuante. “Experimental” implica búsqueda práctica. Generalmente parte de la voluntad y la intuición. Se ensaya, se intenta, se tantea, se prueban caminos, más bien estéticos en el caso de nuestro cine documental. Puede a su vez ser descriptivo o de análisis. Ya para 1975 el número de documentales descriptivos crecía hasta llegar a 36 (el 76% de la producción que excedía a la de 1970 en veintiún documentales), mientras que los de análisis sólo superaban en dos a la cifra del primer año de la década para un 15% y la cifra de los experimentales se mantenía sin crecimiento. En el año final del decenio la producción de cine documental había caído a 35 de los cuales 32 eran descriptivos, y dos de análisis y uno experimental. Pero, además, los temas propiamente extranjeros habían pasado de cuatro en 1970 a siete en 1975 y ya eran doce en 1979 y los de temas propiamente culturales habían ido de cero en 1970 al 23% en 1975 para terminar en un 28% en 1979.

¿Por qué esta desproporcionada relación entre los documentales descriptivos y los analíticos? Según mi criterio y en mayor o menor medida coincidente con el de otros realizadores, críticos y especialistas, el excesivo protagonismo y control de las instituciones estatales y políticas en cuanto al tratamiento de los temas en el contexto ya descrito desempeñó un rol determinante y afectó profundamente no solo el discurso del cine documental, también el alma. Tampoco contribuyó la reorganización de toda la estructura de creación y producción en un aparato muy centralizado, la Dirección de Programación Artística. Este tipo de estructura, aparentemente muy funcional, es dependiente en cuanto a la eficacia de su gestión de las características individuales de quien las preside, si es lúcido o de estrechas miras, si audaz o conservador, si respeta el derecho a las diferencias o lo quiere reducir todo a una gris homofonía monotonal.

Los premios obtenidos en esa década también pueden ayudarnos a completar una idea de lo que estaba pasando, aunque no puede tomarse aisladamente puesto que, entre otras cosas, el documental que compite en cualquier certamen internacional ha pasado por una selección previa, no en todos los casos afortunada sobre todo si ha respondido a criterios coyunturales. Y además porque no todas las plazas donde se obtenían algunos premios eran verdaderamente relevantes si hablamos de reconocimiento de valores propiamente cinematográficos.

Resulta interesante conocer que la producción de esa década fue de 360 documentales y se recibieron 70 premios, ahora bien 48 de esos premios, se concentraron en seis realizadores para casi un 70%, y así tenemos a Bernabé Hernández, absolutamente negado a las generaciones más jóvenes gracias a la desmemoria de los que tenemos la obligación de no olvidar, con 11 premios por 1868-1968, Condiciones inseguras,
El hurón azul, Che comandante amigo, Douglas y Jorge, y La infancia de Marisol; Octavio Cortázar con diez por Sobre un primer combate, Hablando del punto cubano, El programa del Moncada y Con las mujeres cubanas; Santiago Álvarez con siete por Piedra sobre piedra, Cómo por qué y para qué se asesina a un general, La estampida, El tigre saltó y mató… pero morirá, Y el cielo fue tomado por asalto, El primer delegado, Morir por la patria es vivir, El tiempo es el viento, Mi hermano Fidel, El desafío y Tengo fe en ti. Luis Felipe Bernaza no se queda atrás con ocho premios por Mundial de pesas, Golpe por golpe, Azul marino, De donde son los cantantes, Ignacio Piñero, y Qué dice usted; ni Humberto Solás quien obtiene cuatro premios por Simparelé y Wifredo Lam. Miguel Fleitas recibe cuatro por Etiopía, Diario de una victoria, La guerra de Angola y Varadero; Melchor Casals, cuatro, por Los pinos nuevos, Sulkary, Ver la vida, y Arrieros. Otros realizadores galardonados en esta década respectivamente con tres premios fueron Jesús Díaz por 55 hermanos y La tierra de las muchas aguas; Rolando Díaz por Redonda y viene en caja cuadrada, Panamá quererte, Medellín 78 y 45 días, y Sergio Núñez por Más vale precaver, 16 años después y La casita.

Otros directores fueron premiados con dos cada uno: José Massip y Rigoberto López, mientras que Tomás Gutiérrez Alea (Titón), Héctor Veitía, Orlando Rojas, Daniel Díaz Torres, Constante (Rapi) Diego, Idelfonso Ramos, Marisol Trujillo, Fernando Pérez, Santiago Villafuerte, y Rogelio París, tuvieron uno, y Manolito Herrera y Rebeca Chávez, uno compartido.

En esta década arribaron al ICAIC un grupo de graduados universitarios, casi todas mujeres, que se vincularon a la investigación y asistencia de dirección, fundamentalmente, los que pensaron tener abiertos ante sí todos los caminos artísticos. Otro hecho a tomar en cuenta fue el debut como realizadores de “los jóvenes pero no tanto”—si comparamos sus edades con la de los egresados de estos tiempos—, muchos de los cuales ya tenían un curriculum importante como asistentes de dirección, en algunos casos portadores de otra impronta que cuajaría en los 80: Fernando Pérez, Victor Casaus, Rigoberto López, Orlando Rojas, Daniel Díaz Torres, Constante Diego, Jesús Díaz, Rolando Díaz, Pepe Padrón, Melchor Casals, y… ¡oh prodigio, dos mujeres!: Marisol Trujillo y Rebeca Chávez.

¿Cuánto daño causó el mimetismo con un bosque ajeno al gran árbol que constituye la cultura cubana? ¿Cuán vulnerables nos hicimos cuando algunas de nuestras raíces fueron abjuradas? ¿Cuánto de nuestras dificultades al enfrentar los intentos neoliberales de homogeneizar nuestra cultura tienen sus antecedentes en esta década en la que un proceso de idealización ingenua identificó una ideología con una cultura? La década del 70 debe ser estudiada con urgencia. Nuevamente la interpretación coyuntural de los conceptos “dentro” y “contra” en el ámbito de la cultura socavan un análisis desprejuiciado.