Archivos diarios: agosto 8, 2009

MARIO CRESPO SOBRE EL NO-PENSAMIENTO DE LOS JÓVENES

Mi estimado J. A:

Tu blog se pone cada día más provocador de ideas. He leído tu post sobre aquel que piensa que los jóvenes no tienen pensamiento y no me queda más que decir algunas cosas al respecto, pues aunque creo que por suerte no son muchos en Cuba los que piensan de manera tan conservadora y retrógrada, lamentablemente algunos que podrían combatir estas ideas, no dan el mejor ejemplo.

En un post anterior sobre el oficio del asistente del director, deslicé un comentario sobre lo largo que se hizo el proceso de “aprendizaje” para los de mi generación, que en su momento no contaba con la independencia para crear que tienen hoy los jóvenes artistas, gracias a la democratización alcanzada por las tecnologías. Este comentario tuyo, me da la oportunidad de explayarme en eso.

Creo que lo que pasa a algunos “viejos” es que al no comprender, no identificarse con el pensamiento de los jóvenes, prefieren ignorarlo, descalificarlo y en algunos casos hasta demonizarlo. No ven o no quieren ver la historia.

Hoy no sucede nada diferente de lo que ha ocurrido a través de la historia: los de una generación no desean reconocer a la generación que por ley le sucede y en nuestro país, el caldo de cultivo está más que a punto para que este sentimiento crezca, se desarrolle y se multiplique como la levadura. Pero en esto no me voy a meter ahora, no es mi interés y todos saben de qué estoy hablando. Hablemos entonces de lo que ha pasado en el cine cubano.

Vuelvo con mi manía de ir atrás, pero de otra manera no se explicarme y además me conviene. He comentado que cuando el ICAIC se fundó, muy pocos sabían de cine (el propio Titón, que era de los más formados por haber estado con Julio estudiando cine en Italia, se quejaba de cuántas herramientas le faltaban para hacer cine) algunos venían de la publicidad, otros de la televisión y la mayoría venían de “las ganas” de hacer y decir en una etapa fundacional y bullente de ideas y contradicciones. El talento sobraba, eso si. Como era necesario arrancar a trabajar, a hacer cine, pues nadie se puso a decir “tú no, por que tú no sabes o no tienes experiencia” había que hacerlo y punto. Momento feliz para el cine cubano.

Pasaron los años y esos jóvenes bisoños se convirtieron por obra de su gran obra inexperta, desmañada, pero repleta de ideas inquietas e inquietantes y talento, en los maestros que hoy dan su nombre a salas de cine, butacas en cinematecas y provocan análisis en ensayos y libros. Algunos, con menos suerte ¿o talento? no siguieron haciendo cine y se dedicaron a establecer las “estrategias” para el desarrollo del cine cubano. El ICAIC, único lugar donde por muchos años se podía hacer cine, se convirtió en un santuario cerrado que pronto empezó a morir por autofagia. Ahí entró mi generación.

Se creó el departamento de Programación artística y allí fuimos algunos y otros a la revista Cine Cubano o la Cinemateca. Pero no podíamos hacer cine por muchas ganas que tuviéramos –como hicieron en otro tiempo los fundadores- teníamos que aprender, asistir, mirar (cuidado, se mira y no se toca, tras, tras) porque no teníamos las ideas maduras, no sabíamos hacer las cosas, nos faltaba experiencia. Así pasaron los años y vino de nuevo la autofagia, la gangrena por la falta de circulación y… el cansancio de algunos. Ya íbamos por los finales de los ochenta. ¿Qué ha venido a salvar al cine cubano de su muerte? Las nuevas tecnologías que como siempre abanderan los jóvenes. ¿No se hace cine en Cuba? No, no se hace cine o se hace muy poco cine en el ICAIC, por fuera, esos locos, esos descerebrados, los irreverentes que no respetan las tradiciones (menos mal), los que tienen ideas locas e inextricables sobre el sexo, la política, la sociedad, el mundo y la ecología; craqueron softwares, tomaron cámaras pequeñas y robaron planos por todo el país, hicieron ponencias donde expresaron sus “no ideas” también guiones inquietos e inquietantes de nuevo y salvan el cine que una vez crearon sus abuelos. Por suerte los que piensan que los jóvenes no piensan son pocos. En el ICAIC lo han comprendido y ahí esta la Muestra de Nuevos Realizadores Cubanos que, sorteando no pocos obstáculos, miedos y aprensiones de algunos, ya cumplió ocho años de cine bueno, de ideas, debates y dialéctica, para la buena salud del cine cubano.

Sólo me falta decir que entre los jóvenes “que no tienen pensamiento”, se han infiltrado muchos que cuentan varios almanaques, más de setenta tal vez, que sí entienden el “no pensamiento” de los muchachos.

Mario Crespo

PARAÍSO (2009), de Dull Janiell

Me ha encantado recuperar el contacto con Dull Janiell, y saber que acaba de terminar un cortometraje titulado “Paraíso” (es además el fotógrafo). En un email me dice que lo han rodado en la Costa da Morte. Está producido por Karen Viera, ex de la EICTV, quien también trabajó como asistente de dirección. Patricia Pérez (también ex de la EICTV) es responsable del Sonido Directo y actriz principal, junto a Ricardo Becerra (actor principal), Oscar Moreiro y Jesús Angel. Como asistente está Jesús Veles. La sinopsis: “La hija de un rico empresario es secuestrada y este toma la justicia por sus manos”. Los que tengan posibilidad de acceder a Youtube (desde aquí es un imposible) pueden ver un trailer en http://www.youtube.com/watch?v=l-ERMYv28to

Juan Antonio García Borrero

MARIO CRESPO SOBRE EL CINE DE AUTOR O CINE DE AUTORES…

A propósito del comentario de Canel, me agrada “postear” algo, también comentando lo que dice mi tocayo Piedra: el nacimiento del denominado séptimo arte, marcó el inicio del final del creador individualista, romántico y solitario. Nace el cine en el siglo de las tecnologías, nace documental y tecnológico en las manos de Edison y los Lumiere y desde entonces no paró de transitar el camino de las tecnologías. Las demás artes, las que le antecedieron durante siglos, acabaron, por fuerza natural, incorporando lo tecnológico y en muchas de sus manifestaciones, se hicieron artes “compartidas”. El cine, la que más.

Esta idea del cine de “autor” en mi criterio surge de la necesidad de separar cierto cine, del cine de industria, y cuando digo industria, pienso en cadenas de producción, que es lo que hace una fabrica (en este caso de películas) en manos de un dueño que marca las pautas de cómo producir y con cuáles elementos. Aún así, no le queda más remedio que valerse de múltiples individualidades artísticas para obtener su producto y quiera o no, en la obra final estará el sello, la marca artística de aquellos talentos que intervinieron en su “manufactura”. Podremos convenir entonces, que aún siendo cine de industria, no de autor, siguen siendo muchas de sus creaciones, arte del bueno y otras no tanto y muchas más nada de arte tienen. Creo que todo depende de la actitud del dueño de la fábrica hacia los artistas que contrata y hacia la obra que pretende éstos realicen.
El productor puede entonces ser un “autor” artista o un mercachifle. La historia del cine (de Hollywood, por usar el ejemplo más evidente) está llena de ejemplos en ambos casos.

En nuestro país y en muchas cinematografías nacionales –que distan mucho de ser industrias-, la autoría pasó de las manos del productor a las manos del director y éste se convirtió en guionista, director y productor de “su” obra, apoyado por el Estado, instituciones y empresas, no arriesgando su capital, que en todo caso no tiene. Igual que el productor capitalista, el director “autor” tiene la última palabra en términos artísticos, pero al igual que aquél, no le queda otra que compartir el acto creativo y organizativo del producto. Su valor está en el emprendimiento, en aportar y movilizar la idea y dirigir su puesta en marcha y resultados. Aquí se repite, el mismo dilema: puede un director “autor” con los mismos elementos que otro, hacer una obra excelente, mediocre o francamente fallida y en cualquiera de estas opciones, haber participado artistas de gran valor como el músico que construyó una gran partitura, o el director de fotografía, con una excelente iluminación, o unos excelentes actores desperdiciados diciendo unos textos impronunciables.

Al entrar a jugar un papel cada vez más importante las tecnologías en la elaboración de la obra, el director “autor” tiene que ceder aún más terreno de su espacio creativo. Las tecnologías son cada vez más complicadas y están en manos de unos nuevos gurús, que accionan botones y acceden a inextricables procesos cibernéticos, incluso sin ser “artistas” según el concepto tradicional de la palabra. Pero es que tampoco los Lumiere se consideraron artistas, como no lo era el que hacía la emulsión para las películas, ni el que las revelaba. Tecnólogos de alta valía sí eran y siguieron siéndolo en el desarrollo tecnológico del cine que devendría en arte. Tecnólogos habrá cada vez más, en todas las artes y no tendrán menos valor en la elaboración de la obra, que aquel que los llama a concurso, sea el director o el productor industrial.

¿Dónde radica el valor artístico del director autor, o del productor autor entonces? Mi respuesta es: en su capacidad para unir al mejor grupo de artistas y tecnólogos. En su capacidad para hacer que esa gran fábrica que armó, trabaje de conjunto, en armonía artístico-tecnológica y produzca la obra soñada por todos.
Digo soñada por todos, porque desde que el director o el productor entrega sus papeles a sus colaboradores, comienzan una gran tormenta de ideas, una avalancha de fuerzas artísticas, de individualidades y tecnologías a jugar y a empujar.

Me gustaría recordar el ejemplo de Orson Welles, quien siempre ha sido un autor y reto a cualquiera a que lo niegue y entre sus mejores obras, aún él renegando, están las que hizo dentro de la industria. Otro ejemplo más reciente es el de Coppola, quien ha declarado a raíz del estreno de “Tetro”, que ansiaba hacer cine de autor y con esta película lo había logrado. ¿Sólo por que es el autor del guión original y por que la produjo con su capital? ¿Dónde quedan las geniales obras anteriores? Me gustaría preguntarle a mi admirado director de “Apocalipsis Now” y “El Padrino” en sus tres partes. Personalmente, sentí pena por Coppola cuando vi “Tetro” –nunca digo que una película es mala- pues no me gustó casi nada. Cuando digo casi nada, es que no puedo decir que me disgustó todo, tampoco puedo decir que es mala, pues faltaría al trabajo artístico de muchos buenos profesionales que dentro de una película que para mí es defectuosa, hicieron un buen trabajo, como es el caso del fotógrafo, el director de arte y los que diseñaron tan rocambolesca producción.

Todo esto me lleva al tema del “cine sumergido”, como lo ha bautizado Juan Antonio, y es un tema que cae más en lo social y en lo legal. Se trata de reconocer el carácter de artistas y de coautores de la obra cinematográfica de todos los que con su arte o su tecnología intervienen en la elaboración y terminación de una película. Para eso están los créditos, los premios, las menciones que hagan los críticos y las leyes que reconozcan su “pedazo” de autoría pero como decía en un post anterior, muchas veces en los créditos, en los comentarios críticos y la mayor de las veces en las compilaciones históricas y al legislar, se olvidan de sus nombres y participaciones. Esto obedece creo, no a mala intención o deseo manifiesto de adular o halagar sólo al fotógrafo, los actores o al director (que es la estrella más fulgurante, y responsable, la punta de la pirámide, estoy de acuerdo) sino que obedece a ignorancia.

Muchas ignorancias operan aquí para generar estas omisiones: se ignora el verdadero valor del trabajo de una script, de un primer asistente, del productor, del attrezzista o el ambientador. No se sabe realmente cómo funciona el mecanismo de esta peculiar fábrica que es una película. Lo que no imagino es cómo resolverlo sin gastar ríos de tinta, sin gastar horas debatiendo y sobre todo, exigiendo que se instrumenten mecanismos de reconocimiento (moral y material) para todos. Este arte es, eso si, de todo, menos democrático en todos los países, en todas las latitudes. Pero, ¿puede ser de otra manera? Esa es la pregunta más difícil.

Mario Crespo

SOBRE EL PENSAMIENTO JOVEN

A raíz del intercambio que estamos sosteniendo a propósito de las nuevas tecnologías, alguien me dice que lo que pasa con los jóvenes realizadores es que carecen de un pensamiento.

Esto se me antoja francamente ofensivo, además de inexacto hasta lo escandaloso: el hecho de que no existan canales para debatir de una manera sistemática, no significa que no existan ideas. Los jóvenes las tienen. Y muy lúcidas, por cierto. Conservo por alguna parte copias de aquellas pequeñas ponencias que fueron leídas en la Primera Muestra de Nuevos Realizadores (La Habana, 2000), porque me han servido para entender un poco mejor la visión de algunos de esos jóvenes que no forman (o no formaban entonces) parte de “la industria”, pero sí de esta época. Hay en esos escritos observaciones que la crítica tradicional todavía insiste en pasar por alto. O que sencillamente no alcanza a percibir.

Para algunos, más importante que el debate sostenido sería la producción incesante. En lo personal le concedo similar importancia a ambas gestiones. Un mayor número de producciones incrementa las posibilidades de encontrar mejores películas. Pero el debate “insomne” (para utilizar un término familiar en este blog) permitiría contrastar los juicios, que es el único modo de encontrar vías para superarnos.

Desde luego, si ese debate se quiere efectivo, tendría que plantearse en términos donde el audiovisual cubano se perciba como parte del audiovisual que ahora mismo se hace en el mundo, y no como algo aislado. Apremia “desmunicipalizar” nuestras reflexiones, y en este sentido sí coincido plenamente con Marina Ochoa cuando nos dice que: “Audiovisual es un concepto que urge esclarecer porque en mi opinión se expande como el universo y amenaza con no tener límites”.

El problema es que entre nosotros ese espacio para el debate perenne está por construirse. Por supuesto que están las Muestras, que a mi juicio vienen cumpliendo cada vez mejor con sus misiones. O los debates que se organizan en el Caracol. Pero eso, en cada caso, ocurre una vez al año, lo que en términos de discusiones, deja el asunto en niveles de catarsis. Lo cual es perfectamente entendible, pues, ¿quién va a desaprovechar esos quince minutos de micrófono que le conceden, para hablar de sus propios tropiezos y limitaciones? Pasados esos quince minutos, la realidad insiste en permanecer intacta, porque no se ha ido a las esencias. Además de que se sigue focalizando la discusión de esos problemas en La Habana, cuando en provincias las dificultades son idénticas, o a veces peores, en tanto el diálogo con las autoridades culturales de la localidad no funciona igual, ni los realizadores tienen el mismo respaldo.

Se necesita fomentar canales que permitan discutir de modo transparente a lo largo de todo el año tanto los problemas de producción, como los de distribución, o de exhibición. Pero también que permita naturalizar las nuevas ideas que impregnan a los realizadores de otras partes del mundo. El audiovisual moderno, tal como la veo, no es la suma de aparatos nuevos que se utilicen en la realización de una película, sino el resultado de esa voluntad que intenta rescatar lo paradójico de la existencia humana, y dialogar críticamente con ella.

Juan Antonio García Borrero