MARIO CRESPO SOBRE EL TRABAJO DEL ASISTENTE DEL DIRECTOR (2)

Querido Juan Antonio:

Perdóname que haga un poco de historia en este post. Aseguro que no me anima ningún sentimiento de vanidad, sino que en estos tiempos en que todos sueñan pasar de sus ejercicios con Mini DV, a la dirección de cine “en grande” y que algunos reniegan hasta de las aulas, y ven el trabajo del asistente del director como un oficio menor y no artístico, me parece importante destacar que este oficio aporta una experiencia y preparación que nos dispone excelentemente para cualquiera de los oficios que desee asumirse posteriormente en el cine. No obstante, me animo también a comentar que en muchos países, no es este trabajo necesariamente un trampolín para pasar a dirigir, sino que se asume como el oficio para toda la vida, así como el de continuista, siendo muy respetados. Supongo que obedece a que estos oficios son muy bien remunerados en otras industrias y resulta muy estimulante vivir de este trabajo, mientras que en Cuba, el estímulo para los jóvenes que se inician, es escalar hasta posiciones que signifiquen reconocimientos, premios y viajes. Ser “autores”.

Agradezco mucho los años que trabajara como asistente de dirección. Todo lo que pude aprender de los diferentes estilos de cada director, sus métodos para diseñar su puesta en escena y su puesta en cámara, el trabajo con los actores. Cada uno, de acuerdo a su personalidad creativa. No hubo mejor escuela que aquella.

Cuando miro atrás, me asombran los años que han pasado desde que comencé a trabajar como asistente de dirección. No fue en el ICAIC, sino unos años antes, cuando se formó el equipo de Televisión Universitaria, al mando de Marta Pérez Rolo y en el que estaban como directores, muy bisoños, pues procedían del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y de la desaparecida revista “Pensamiento Crítico”, no de la televisión: Jorge Gómez, Julio Puente, Tony Lechuga, Germán Piniella y Mireya Crespo y cada uno, al mando de un grupo, no menos bisoño, por edad y poca experiencia, de alumnos del la Escuela de Letras y Arte de la Universidad de La Habana. Fuimos a cumplir con el recién estrenado plan estudio trabajo, en el que los alumnos universitarios, deberíamos trabajar y estudiar. Fue en ese trabajo, la primera vez que tuve que investigar para televisión; también escribir guiones y por supuesto, asistir al director en los preparativos y la salida al aire en los viejos estudios de Mazón y San Miguel. En esos años se hacían los programas con muchos carteles y fotos en atriles y mucha tensión nerviosa: gritos al master para que “tirara” una película, o gritos al coordinador de estudio para que diera entrada a un locutor. Todo en vivo, algo que hoy sería impensable. Fueron cuatro años de un gran entrenamiento sobre todo en el plano laboral. Me sirvieron para entender la gran disciplina del horario y del mecanismo de reloj que es la colaboración en equipo, imprescindible para el trabajo audiovisual.

Cuando terminamos la carrera y con ella, nuestra experiencia en Televisión Universitaria, un grupo de nosotros fue llamado a trabajar al ICAIC, que sólo un par de años antes, tal vez en 1973 y 74, había abierto sus puertas para permitir el ingreso de nuevas caras con perfil artístico. El ICAIC empezaba a dejar de ser un coto cerrado, la quimera, el lugar misterioso al que todos queríamos acceder y nos tocó a nosotros, alumnos de letras y artes, de psicología, sociología e historia, aprovechar el “ábrete sésamo” entrando al santuario del cine cubano. Fue en el año 1975.

Negar que fuéramos recibidos con agrado y beneplácito por la mayoría de los “viejos” sería faltar a la verdad. Ya estaba haciendo falta gente nueva. No obstante, cierto celo y alguna que otra expresión nos echaba en cara que éramos nuevos e inexpertos y teníamos mucho que aprender y debíamos ser modestos (cosa harto sabida por nosotros), nos dijeron más de uno de aquellos que tuvieron la gloria de ser pioneros y llegaron desde diferentes ramas de la publicidad y las artes y otras ramas no tan afines, a formar del ICAIC en los tiempos fundacionales. Años en que, nos contaban, casi nadie tenía experiencia en cine, lo cual los obligó a quemar etapas y saltar de las oficinas de producción a la dirección y desde los talleres de cámara a la dirección de fotografía de documentales. Algunos saltaron de las filas del servicio militar a trabajar directamente como camarógrafos a la vez que aprendían los secretos de fotómetro. Nosotros, graduados universitarios, miembros de una generación que tuvo el privilegio de estudiar a la edad de hacerlo, ahora tendríamos también que “pegarnos duro” para aprender igual que ellos, sobre la marcha del trabajo, pero con la suerte ahora de que ya existían maestros para encaminarnos.

Para mí, resultaba asombroso poder hablar y trabajar con Enrique, Humberto, Manuel Octavio o Titón, nombres que veíamos y admirábamos en las pantallas. Estar en una reunión discutiendo un plan de trabajo con Camilo Vives, el productor de la mítica “Lucía”; aquel gordito que habíamos visto una vez en nuestra escuela, donde cursábamos el bachillerato. Fue a hablarnos de cine y no sospechábamos que sólo era nueve o diez años mayor que nosotros en aquel momento, aquel hombre que ya era historia y que parecía tan inalcanzable en su oficio. También nos reuníamos con Humberto Hernández y nos enseñaba un cartapacio de hojas enormes y nos decía que aquello era un desglose de guión y nos revelaba sus entresijos; o paseábamos por las entonces flamantes instalaciones de Cubanacán y se nos caía la mandíbula babeante viendo los almacenes de utilería, con verdaderas joyas del arte decorativo, muebles y accesorios antiquísimos y lencerías de hilo y sedas; entrar al departamento de vestuario y ver los guardarropas y decenas de mujeres confeccionando vestidos bajo la dirección de diseñadoras también míticas como María Elena Molinet; recibir una explicación directamente de Pucheaux sobre la Oxberry y los milagros de la “truca” … Soñar despiertos.

Me fui formando como asistente de dirección y aprendiendo de cine con los mejores directores y productores cubanos. Pasé una escuela que duró más años de los que yo hubiese querido, pero eso es harina de otro costal y sólo si se da la ocasión hablaré de esto y describiré cómo fue nuestro proceso de desarrollo dentro del ICAIC, pues la mayoría de nosotros, como supongo es aún hoy, deseaba dirigir cuanto antes y ver nuestras obras en festivales y salas de cine.

Mas adelante, me referiré a algunas películas y directores con los que tuve la suerte de trabajar y aprender, hablaré de cómo me insertaba con mi oficio en la realización de la película.

Mario Crespo

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Publicado el agosto 5, 2009 en OFICIOS DEL CINE. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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