CINE CUBANO Y POESIA

Estoy valorando la idea de abrir una etiqueta dedicada a los poemas que hablen del cine cubano, o de quienes lo han hecho, o que han servido de sostén espiritual a las películas. Creo que sería un experimento interesante, porque el ojo del poeta percibe zonas que un crítico, con su racionalismo a ultranza, muchas veces pasa por alto. Y como dijimos en el blog un día, el cine también tiene razones que la razón ignora.

En esta categoría tendrían cabida lo mismo el poema que Lezama Lima le regalara a Humberto Solás para “Minerva traduce el mar” (1964), que el hermoso “Testamento del pez”, de Gastón Baquero, que Enrique Álvarez convierte en todo un personaje dentro de “La ola” (1995). Es posible que el gesto también sirva para combatir de algún modo el popular equívoco que confunde el “cine poético” con el “cine bonito”. La verdadera poesía es la que atrapa el misterio de la vida, con sus luces y sus sombras, es decir, con su complejidad.

Tomando en cuenta los comentarios que me han llegado a propósito del artículo de Elena Garro sobre Germán Puig, y que pone en evidencia el respeto que como ser humano y artista sigue inspirando entre sus amigos este hombre aún no reconocido como se merece, he decidido iniciar la serie con este hermoso poema de Pío E. Serrano, donde Puig tambien es protagonista.

Juan Antonio García Borrero

LAS ESTACIONES DE PARIS

Recorro en París las obligadas estaciones,
de cementerio en cementerio
voy marcando esta sola aventura que le resta
a esta ciudad dormida en sus cristales.
Un ramo de flores amarillas
para un Baudelaire que tuerce el gesto
y mira desdeñoso.
Un callado homenaje a César Franck
que inclina agradecido su cabeza de piedra,
atrás queda el Montparnasse.
En Pére-Lachaise,
como un espejo de sombras encontradas,
el negro granito recibe las últimas confesiones
de Marcel Proust,
pego el oído a la brillante piedra
y sólo un susurro indescifrable,
un parloteo oscuro encuentro.
Pregunto por Apollinaire
y me asomo informal a una tierra lentamente trabajada,
granulada de sorpresas y estandartes.
Malva y alada es la piedra que abraza a Oscar Wilde,
paradójico vuelo el suyo,
de la profundidad al cielo,
difícil su equilibrio.
En el costado sur reposan su muerte los comuneros,
todo parece indicar que este muro no puede sujetarlos y,
lamentablemente, yo he olvidado el discurso plural
que la ocasión impone.
Un poco más allá, al fin,encuentro a Paul Lafargue,
a su lado reposa Laura Marx,
simpático el criollo
pregunta por Santiago de Cuba y sus mulatas,
quiere saber también el triste destino de su olvidada palabra.

Sólo salva a París de sus vivos cementerios
la presencia fugaz de Germán Puig.
Sobre el cielo de París,
como un ángel azul pintado por Chagall,
flota Germán y siembra el entusiasmo:
recién acaba de de fundar, crear, inventar, fabular
el Puente de Alejandro III,
y, generoso, se apresura a compartirlo.
Nada esconde a sus amigos,
nada quiere saber del sórdido trasiego
que para el invierno guarda y atesora
trozos de vida por vivir, dádivas por dar.
Ilumina, enfebrecido gnomo, los amplios bulevares,
y traza, alquimista seguro del gesto, las serenas perspectivas,
feliz como un ángel,
salva a París,
Germán,
y nadie lo sospecha.

Pío E. Serrano

Publicado el julio 27, 2009 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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