Archivos diarios: julio 1, 2009

MAS SOBRE EL MODO DE NARRAR LA HISTORIA DEL CINE CUBANO

La ausencia entre nosotros de un método de investigación de lo que ha pasado en el cine cubano que esté a la altura de lo que hasta este instante ha producido la disciplina en el mundo, no solo impide que nuestras indagaciones historiográficas se inserten con fortuna en el debate que ahora mismo se promueve más allá de la isla, sino que además insiste en operar con una estrategia harto descriptiva, a través de la cual se vulgariza la tesis marxista de que todo tiempo reciente es superior, un aserto que la producción más nueva, por cierto, se ha encargado de desmentir a veces de una manera brutal.

Este tipo de historiografía “políticamente correcta”, suele presentarse bajo el manto de una objetividad que sabemos no es tal, pero que ha aprendido a organizar sus relatos sobre la base de un criterio técnico que antepone lo “representativo” a lo “diverso”, y que más que hurgar en las “diferencias”, prefiere construir un gran paradigma donde en nombre de un fin pre-establecido, se distribuyen jerarquías, nombramientos y olvidos. O si no, ¿de qué otro modo puede explicarse el silencio historiográfico alrededor de la obra de Nicolás Guillén Landrián, por citar apenas uno que hasta ayer no solía figurar en los catálogos del cine cubano?

En algún momento de su amplísima obra, Aristóteles dejó dicho que todo lo que hacemos está puesto con el ojo en otra cosa. Tal vez el pecado de nuestra historiografía radique en su excesiva ingenuidad a la hora de interpretar los documentos, testimonios, hechos que caen en sus manos, ingenuidad que la lleva a descartar la posibilidad de segundas, terceras, y hasta cuartas lecturas, o para decirlo aristotélicamente, la posibilidad de descubrir dónde estaba realmente posada la mirada del sujeto cuando ejecutaba la acción que el documento anuncia. Se asume lo exterior como el signo definitivo de eso que hoy nos parece histórico, sin tener en cuenta que toda película, toda acción cultural, se nutre de un sinnúmero de factores que jamás llegan a la superficie, y que es precisamente misión del historiador ponerlos en evidencia en algún momento. Interpretar la fuente más que pregonar que se cuenta con ella.

De allí que el positivismo, con sus habilidades para hacer del montaje de acontecimientos cuidadosamente seleccionados todo un constructo, se vea imposibilitado de cumplir con una verdadera misión hermenéutica. Para empezar, hay en esta historia positiva una tendencia a anteponer la autoridad a la aventura empírica, por lo que más que plantear “problemas” al estilo de cualquier ciencia, prefiere enunciar situaciones, anécdotas, informes, antes que problematizar esa realidad que intenta aprehender.

En el positivismo más pedestre, no son los hombres los que hacen posible la Historia, sino a la inversa: es ese alud de ideas que nadie sabe de donde llegan ni a donde van, los que en el gran devenir que es la vida, dibujan la huella efímera de dos o tres personas que, al final, parecen ser los únicos héroes.

Juan Antonio García Borrero

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