TODAVIA “PASADO MERIDIANO”

Por estos días en el blog del cineasta Manuel Zayas puede asistirse a una polémica que devuelve a la actualidad a “PM” (1961), el famoso documental de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, cuya prohibición en 1961 por parte del ICAIC provocó las célebres “Palabras a los intelectuales”, y el inicio de una política cultural que todavía perdura.

En la polémica el también cineasta Fausto Canel rebate de manera enérgica un comentario de Len Zayas, quien entre otras cuestiones, asegura que en la reunión donde se determinó la prohibición: “El principal depredador del documental no fue Alfredo Guevara o Julio García Espinosa, sino el fallecido director de cine Tomás Gutiérrez Alea que como dato interesante se decía amigo de Sabá y de Néstor Almendros. Hubo tres abstenciones en la votación, un camarógrafo que no estoy seguro era de apellido Martínez, el productor de noticiero Roberto León y un servidor”.

Admito que las revelaciones de Len Zayas (quien entonces trabajaba en el ICAIC) me tomaron desprevenido. Y una vez más me hizo pensar en esas difíciles encrucijadas en que suele terminar colocado el historiador, ese “experto” que siempre llega tarde al lugar de los hechos, y que para reconstruir lo sucedido, ha de depender del testimonio y las interpretaciones de los otros.

“PM” puede ser un ejemplo insuperable de las dificultades que propone al estudioso llegar a una conclusión confiable, allí donde “la memoria histórica” aparece fracturada. Es decir: hay un hecho evidente que tiene que ver con la innegable censura del material, y lo que ello significaba dentro del complicado forcejeo por el poder cultural de la época. Pero eso es una construcción moderna, porque ninguno de los implicados podía sospechar las consecuencias que habría de traer a la política cultural del país un gesto como aquel. Sencillamente se comportaban como uno más de esos mortales que somos: pugnaban por imponer un punto de vista.

¿Cuál ha de ser la actitud del historiador ante esta multiplicidad de fuentes que hoy comentan el hecho histórico? ¿Se puede aspirar a lograr cierta cuota de “objetividad” en medio de tantas remembranzas donde resulta imposible aparcar las vivencias personales? ¿Será posible superar la tendencia de pensar los hechos en términos “trascendentalistas”, para intentar capturar la trágica inocencia del devenir?

Creo que lo único que puede defender el historiador en medio de esas circunstancias es el distanciamiento crítico. Por supuesto que esto le acarreará no pocos obstáculos y enemigos, en tanto se trata de encontrar un punto de vista que vaya más allá de lo opinable, incluyendo “la opinión oficial” y su reverso. El desafío, en esos casos, está en mantener los ojos abiertos a todo lo que asome a la esfera pública, pero sin olvidar que muchas de esas evocaciones estarán marcadas por el subjetivismo: nunca podrán ser iguales las versiones de Alfredo Guevara o Julio García Espinosa sobre “PM”, o las de Orlando Jiménez Leal, Fausto Canel, o Len Zayas.

De cualquier forma, al historiador le quedan otras herramientas, como puede ser el cotejo documental. Lo que pasa es que, entre nosotros, esa documentación va apareciendo de manera fragmentada. Pongamos el ejemplo del propio Titón, que gracias a la reciente publicación de su epistolario, también aporta (como en “Rashomon”) su versión póstuma de los hechos. Gracias al epistolario podemos leer el mensaje que envía “Al Consejo Directivo del ICAIC” el 3 de junio de 1961 donde, según sus propias palabras, “deseo hacer constar mi decisión de renunciar al cargo de Consejero de ese Instituto”, y un poco más adelante ese duro memorando que le dirige a Alfredo Guevara, en el cual entre otros aspectos, asegura que “OCULTAR OBRAS PORQUE PUEDEN CONSTITUIR UNA MALA INFLUENCIA PARA NUESTROS COMPAÑEROS SOLO PUEDE PRODUCIR UN ESTANCAMIENTO EN EL DESARROLLO DE LOS MISMOS. Y COMO CONSECUENCIA INEVITABLE, UNA FALTA DE CONFIANZA EN LAS IDEAS QUE SE DAN COMO BUENAS (YA QUE SE EVITA UNA CONFRONTACION CON LA REALIDAD). (p 64).

Es cierto que cuando Titon escribe su ensayo “El Free Cinema y la objetividad” (Revista Cine Cubano Nro. 4, pp 35-39) pareciera que está polemizando con los creadores de “PM”. Pero tengo la impresión de que se trata de un debate puramente estético, ajeno a los diferendos ideológicos que sí estaban presentes entre Carlos Franqui, Guillermo Cabrera Infante y Alfredo Guevara.

De hecho, las relaciones de amistad que Alea siguió manteniendo con Néstor Almendros (las cuales cesaron a mediados de los ochenta, a raíz del estreno de “Conducta impropia”) provocaron las críticas de Alfredo Guevara, quien llegaría a afirmar que “Considero que Titón sí baila al son de la música que toca el enemigo, considero que Titón no tiene defensas frente a las posiciones ideológicas de ese grupo, considero más aún, que Titón está muy cerca de ser el más honesto de los miembros de “Lunes de Revolución”, no de “Lunes de Revolución” como “Lunes”, sino de la vieja Cinemateca, de aquel viejo grupo, de aquel viejo sector que más o menos ha tenido una mala posición política…” (Tiempo de fundación, p 96).

Pienso que sobre “PM” aun faltan análisis que la tanteen en tanto obra audiovisual, y no solo como un pretexto a través del cual se canalizaron determinados intereses de grupos. “PM” también simboliza un modo de representar la realidad que se apartaba de manera radical del modelo neorrealista defendido por el ICAIC. Se trataba de la introducción en el país del llamado “cine directo”, el cual contrastaba con el paradigma de representación que fomentaba entonces el Instituto, más dado al “cine controlado”. Sin embargo, a estas alturas apenas se toma en cuenta el lado ideológico de su existencia.

Supongo que solo de aquí a cincuenta o sesenta años, esas personas que salen retratadas en “PM” serán examinadas como lo que sencillamente pretendían ser: cubanos de a pie haciendo de la noche habanera un puente hacia sus particulares maneras de entender la felicidad.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el marzo 31, 2009 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Curiosos los vericuetos de la cultura: el documental menos visto y mas mentado en la historia del cine revolucionario sigue levantando “polvareda” critica. Como señalas, su censura no se debio unicamente a la confluencia de factores personales, contextuales o esteticos sino a todos estos elementos, juntos y revueltos en las historias de la Historia. Solo quiero añadir que el fuego cruzado de la censura en pos de un cine “controlado” (como manifestaba la ley fundacional del ICAIC) fue ejercida por todos, incluido Cabrera Infante, ya desde un año atras. Si quieren los detalles, esten atentos a la sustancial investigacion de Marial Iglesias, importante historiadora cubana, en torno a la filmacion de Nuestro Hombre en La Habana, en base a la novela de Graham Greene, y el rol de Cabrera como censor del guion de Carol Reed, destinado a crear un “pasado” suficientemente reprochable del cual era necesario distanciarse. Es muy util tambien el ensayo de Julio Cesar Guanche en torno a Lunes y la Ideoestetica del Compromiso, publicado en Temas.
    Lo interesante a mi entender es volver a volver, con los ojos abiertos de un niño, esas imagenes de Regla, los rostros candidos y gozadores de los habaneros de entonces, que poco despues- bajo el fragor implacable de la Historia- vestirian el uniforme de miliciano o abandonaban el pais. Ellos, quien lo duda tras el entierro de tantos paradigmas- eran y somos nosotros mismos.
    Saludos, Abelardo

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