Archivos diarios: marzo 29, 2009

TALLER DE CINE DE LA ASOCIACION HERMANOS SAIZ

He estado releyendo la investigación del joven Darien Sánchez sobre lo producido por el Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saiz, recientemente premiada en el Taller de Crítica de Camaguey. Un libro que el jurado integrado por Luciano Castillo, Yoelxys Pilliner, y el que esto suscribe, entendió de manera unánime que era el ganador en su categoría. Un libro para agradecer, sobre todo porque aporta luces sobre una zona de la creación audiovisual del país que apenas ha sido abordada por la historiografía al uso.

El libro me hizo recordar aquellos viajes que realicé en pleno “período especial” a La Habana (cuando preparaba la “Guía crítica del cine cubano de ficción”), y las entrevistas nocturnas con Jorge Luis Sánchez, probablemente el único de los involucrados que se ha preocupado por conservar de forma documental la memoria de aquello que hicieron. Gracias a él pude incluir algún tipo de información en la Guía crítica, porque en los archivos de la Cinemateca no había nada.

Desde luego, me queda claro que el conocimiento de una dinámica cultural implica mucho más que el simple inventario de “hechos” y “testimonios”. Ese enfoque positivista en todo caso serviría para dar noticias de los implicados, pero resulta de poca utilidad a la hora de entender el más complejo “espíritu de la época”. Esto es importante tenerlo en cuenta porque debido a esos sesgos que permean a todos los seres humanos (y de los cuales no se salva el investigador), corremos el riesgo de pasar de un extremo a otro: lo que antes era “sumergido” por una Historia oficial, de pronto se convierte en la consagración estética que tanto se ha añorado en el cine cubano.

De allí la necesidad de replantear los mapas del audiovisual de la nación, no para seguir fetichizando esos límites o falsas fronteras que por lo general se establece entre lo “profesional” y lo “aficionado”, lo “viejo” y lo “joven”, lo que se realiza en la isla y más allá de sus confines, sino para aprehender esa producción simbólica en su complejidad (que es decir, en sus afirmaciones y negaciones, en su interacción). El investigador (y creo que el libro de Darien Sánchez nos instruye en ese camino), debe interpretar el por qué más profundo de la aparición del fenómeno, lo cual obliga al estudioso a remitirse a datos que solo podrá encontrar en el contexto, en la época.

Si hoy rescatáramos esas películas del Taller de Cine, y se exhibieran como una simple muestra de lo que entonces hacían los jóvenes cineastas que estaban fuera de la industria, el resultado será más bien predecible: los espectadores de ahora (probablemente tan jóvenes como aquellos que entonces se iniciaban), se sentirían muy decepcionados, en tanto solo tomarían en cuenta la técnica.

Algo distinto pasaría si indagáramos en las razones más recónditas que movilizaban a esos creadores, y que pueden ser muy familiares a los que ahora regresamos a aquellas preguntas que nunca tuvieron respuestas. Desde luego que era un movimiento tan heterogéneo como cualquier conjunto humano, de manera que a muchos de ellos apenas los impulsaba el juego inocente con algo que en nuestro imaginario se asocia al Arte, con mayúscula (¿y a quién, a esa edad, no le gusta que le llamen “Artista”?). Sin embargo, tengo la impresión de que la tendencia dominante estaba representada por aquellos que se sentían irritados con la realidad cotidiana, y de paso, con esa concepción “formalista” del cine que en esos momentos señoreaba en la producción del ICAIC.

En algunos casos, esa pretensión de ruptura era explícita, casi brutal, y allí tenemos las declaraciones de un Marco Antonio Abad (creador de los Rituales) que en una entrevista concedida a la revista Bohemia ofrecería ideas como estas:

“Dentro del Taller de Cine del ICAIC Ritual surge casi como una guerrilla. Nos constituimos para el triunfo del mejor cine, para luchar porque el cine cubano cada vez sea mejor…Intentamos ese objetivo con cada obra, con cada filme del grupo. (…) Nos une una posición, una actitud ante la vida. No nos mueve la oportuna razón de ser, no existimos para ganar terreno. Estamos ante la necesidad de un diálogo del individuo respecto al individuo. Ritual nos une como una manera dinámica de hacer dentro del cine cubano: como acusados, fiscales o testigos de nuestro tiempo, siempre tendremos como divisa la pasión de enfrentar los rezagos del pasado, lo mal hecho de ayer y de hoy. (…) Somos profesionales. Y esta es nuestra posibilidad de hacer cine: tenemos una coyuntura especial como generación. No estamos en el caso de aquellos creadores que han tenido que esperar diez, doce años y hasta más para realizar su primera película, su primer largo de ficción. Esto ha repercutido sin lugar a dudas, en el desarrollo de nuestra cinematografía: no es igual la obra de un creador a los veinte que a los cuarenta. Nosotros pretendemos dejar huellas de nuestras aspiraciones y sueños ahora. Que al volver la vista atrás, mañana, podamos decir: así éramos en los ochenta. No nos vamos a traicionar. Vamos a luchar en favor de la autenticidad en el arte cinematográfico cubano, por no mistificar. Queremos hacer un trabajo más conceptual en nuestro cine. Filmes que acudan a las sensaciones del individuo, que choquen e incidan en los problemas contemporáneos, contra los factores que lastran a la sociedad. Como grupo no transigimos con esquemas morales ni de otra índole. Cada director tiene una manera de ver la vida y como tal lo expresa. (…) Como director, quiero comunicarme con el individuo. Mover sus experiencias acumuladas con la ayuda de los códigos cinematográficos. La intención es quebrar armaduras, arrancar máscaras, deshacer esquemas mentales. A nuestro cine, en mi opinión, le hace falta un poco más de conceptualización. No seguir siendo un simple retrato. Cada diálogo, cada plano, gato gesto, cada sonido debe trasmitir una acción coherente, un gesto consciente. Todo en función de un concepto determinado: eso es Ritual, y en la medida que pase el tiempo, más duros serán sus planteamientos. Queremos que nuestras obras sean como dedos que penetran en las imperfecciones de la sociedad, que queremos mejor, cada vez mejor. Derribar tabúes, la falsa moral: estamos contra el paternalismo. Hay profesionales que olvidan cómo comenzaron a hacer cine, lo primero que filmaron y nos espetan: ¡Ah, pero ustedes son aficionados! No. Somos profesionales, somos cineastas en activo que nos exigimos arte y honradez humana en nuestras obras, las cuales estamos creando ahora mismo. Con toda la urgencia de que somos capaces. Te repito que nos consideramos una guerrilla. Por lo mejor del hombre, de nuestro hombre socialista” (1)

Admito que será difícil reconstruir la historia integral de esa generación: la historia de sus utopías, sus triunfos que vienen y van, sus ilusiones extraviadas. Muchos de sus miembros, como el propio Marco Antonio Abad, como Marzel (de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños), como Alcalde (de los Estudios Fílmicos de la FAR), o como otros cuya enumeración haría demasiado extenso este post, ya no están en el país.

Y además de las aguas, los años transcurridos, hay por medio biografías cargadas de dolor, de castigos arbitrarios, de desencantos radicales, de rencores convertidos en argumentos para sordos, lo cual convierte casi en un imposible una investigación donde predomine el punto de vista mesurado, ese que nos permitiría estudiar en qué medida las propuestas de estos otros “jóvenes iracundos”, influyeron en el punto de giro que a partir de “Papeles secundarios” (1989), de Orlando Rojas, comenzó a notarse en el cine de la industria.

Porque, ¿acaso “Papeles secundarios” no estaba respondiendo a esas demandas estéticas y éticas que con tanta pasión defendía Marcos Antonio Abad en su entrevista?

Juan Antonio García Borrero

(1) Plasencia Hernández, Azucena I. “Cámara joven. Ritual, guerrilleros en el tiempo”. Revista Bohemia Nro. 81, 7 abrril de 1989, pp 12-13.

TOMAS PIARD Y JORGE LUIS SANCHEZ HABLAN DEL TALLER DE CINE

Juan Antonio,

¡Un saludo ante todo! He leído tu artículo sobre el otrora cine joven de los 80.Curiosamente, mi primer filme realizado dentro del ICAIC, que es como si no existiera, LA POSIBILIDAD INFINITA, trata sobre aquel movimiento que protagonizamos un buen número de cineastas que comenzamos a caminar por aquel tiempo.

Creo que yo podría aportar mi testimonio de aquellos años, y de lo que significó el Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz (donde realicé EN LA NOCHE, uno de los filmes más significativos de aquellos años, pero también es como si no existiera, sin autosuficiencia y sin falsa modestia) y también los cine clubes que es en fin de donde salimos, Jorge Luís, Senarega, Rafael Solís, Rudy Mora y yo, entre otros que ya no nos acompañan dentro de la Isla.

Y sería bueno recordar que los últimos filmes que hizo Marzel dentro de la Isla, los realizó con el cine club Sigma y no en el Taller. Esto, para poner, en su justo lugar lo que aconteció por aquel tiempo.

Un abrazo,

Tomás Piard

Juan Antonio:

Leo en Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz: “Si hoy rescatáramos esas películas del Taller de Cine, y se exhibieran como una simple muestra de lo que entonces hacían los jóvenes cineastas que estaban fuera de la industria, el resultado será más bien predecible: los espectadores de ahora (probablemente tan jóvenes como aquellos que entonces se iniciaban), se sentirían muy decepcionados, en tanto solo tomarían en cuenta la técnica”.

Debo escribirte que no es exactamente rigurosa esa afirmación que puse en negritas. Nosotros, los que formábamos parte del Taller de Cine y Video de la AHS (1987-1993), trabajábamos a gusto dentro de la industria, lo que no quiere decir que manteníamos con esta una relación sin contradicciones. Cobrábamos un salario por trabajar en las películas, en los documentales, en los noticieros y en los dibujos animados. De día, como ya lo he dicho otras veces, éramos asistentes de dirección, cámara, producción, edición y sonido. De noche y los fines de semana, probables directores, fotógrafos, productores, etc. Gracias a Julio García Espinosa, presidente del ICAIC para la época, nuestro Taller se concibió dentro de la industria, pero con autonomía e independencia de esta.

Seguramente ha sido un error involuntario, pero una tergiversación empieza así y no se sabe con cuanta entusiasta deformación termina. Estamos vivos, todavía.

Aunque no he leído el libro, conozco las inteligentes inquietudes de Darién, las que, si mal no recuerdo, nacieron de su tesis de graduación.

Saludos.

Jorge Luis Sánchez