Archivos diarios: marzo 20, 2009

LA TISICA (1964), de Rolando Zaragoza

Ayer, revisando algunos papeles del archivo, me encuentro con la referencia a un corto realizado por Rolando Zaragoza, en 1964. En su “Cronología del cine cubano”, Arturo Agramonte nos había comentado que: “Es un experimento sencillo hecho en horas libres, utilizando un pequeño equipo de 16 mm. Se estrenó durante la Semana de la Cultura el lunes 14 de diciembre de 1964 en el cine de Arte ICAIC.”

Sé que lo pasaron hace unos años por televisión, y quizás resulte interesante que Luciano Castillo lo reponga en su excelente programa “De cierta manera”. No dudo que sea un divertimento sin otra pretensión que esa, pero según anuncia la ficha técnica podremos encontrar allí, muy jóvenes, como intérpretes a Fidelina González, Luis Lacosta, Hilda Santiesteban, María Padrón y Leticia Sánchez; el guión es del propio Zaragoza, Milton Macedas y Tulio Raggi, y en la fotografía encontraremos nada menos que a Macedas, acompañados de los hoy consagrados Pucheaux y Raúl Pérez Ureta.

Traigo este ejemplo a colación, porque es otra manera de argumentar la necesidad de seguir profundizando en la historia sumergida. ¿No forma parte de la Historia de la institución la historia de este Grupo Experimental Cubanacán donde, como puede sospecharse, comenzaban algunos que más tarde aportarían mucho a la industria? Sea este post una invitación a no dejar en las sombras este período del ICAIC. Por supuesto, “Cine cubano, la pupila insomne” acepta todo tipo de testimonio.

Juan Antonio García Borrero

UN POCO MÁS SOBRE EL TALLER DE LA CRÍTICA DE CAMAGUEY

El inquieto Joaquín Estrada Montalván me ha pedido una suerte de resumen de lo sucedido con el Taller de la Crítica Cinematográfica en Camaguey. Eso me recordó aquellos momentos en que conversábamos en la puerta de la Iglesia de la Merced, y al final, se las arreglaba para encargarme algo para el boletín “Enfoque”.

En principio le dije que no sabría que más decir que ya no hubiese enunciado en el post “Otros puentes en la oscuridad”. Sobre todo porque pienso que hay que evitar el autobombo igual que a una plaga. Pero Joaquín sabe que un evento, si pretende ir más allá del ritual que supone reunir (de modo temporal y en un mismo espacio), a un grupo de personas con ideas más o menos afines, siempre estará generando nuevas reflexiones. Como una manera de prolongar (aunque sea de una manera virtual) aquellas agradables tertulias frente a su Iglesia, apuntaré un par de ideas.

En principio, reitero que el Taller me pareció útil. No puedo decir otra cosa. Sentí un clima de aprendizaje colectivo, una complicidad plural que permitió escuchar puntos de vistas totalmente encontrados alrededor de la llamada “década prodigiosa del cine cubano”. Por eso fue que a nadie le resultó escandaloso que hablásemos, en el mismo tono de voz, tanto de las ya clásicas películas de Titón y Solás, como de los documentales de Nicolasito Guillen Landrián, Fausto Canel, o Alberto Roldán.

Pocas veces he notado dentro de la isla esa soltura para hablar del cine cubano como algo “complejo”, y no como ese mito paralizante a través del cual se nos describe la historia de esta institución (y lo que ello representa), como algo tan monolítico como ese inmueble que cobija a los cineastas. En el evento hablamos de la Historia fangosa del cine cubano. La interior. La que se hace día a día y escapa de los ojos del historiador más exhaustivo. Todo ese estuvo presente en un encuentro donde no faltaron las confrontaciones, pero en el cual el respeto a las ideas ajenas fue hegemónico.

Por supuesto, el Taller nunca ha pretendido resolver ninguna situación puntual al cine cubano, ni tampoco de la crítica que se ocupa de este. Si me preguntaran por el saldo, diría que este será mucho mejor evaluado dentro de un par de años por los jóvenes que estaban presentes en la cita, y que por ahora no hablaron mucho.

En el Taller lo que se busca (al menos lo busco yo), es un poco de independencia de esas cadenas académicas que solo nos permiten hablar sobre el cine cubano en términos rigurosamente estéticos (eso me recuerda aquello de “trenes rigurosamente vigilados”), para en cambio asomarnos a ese universo con la poderosa convicción de aquellos que saben que no saben nada.

¿Cómo propiciar que la critica cinematográfica de los más jóvenes (esos que revolucionarán lo que actualmente se hace) sea no solo cada vez más irreverente, sino sobre todo, más contundente? Yo pienso que ese será el gran desafío de los Talleres de aquí en lo adelante. El Taller tiene que convertirse en otra suerte de “escuela de la sospecha”.

En lo personal, hace mucho rato que dejé de creer en la crítica pedagógica, venga de un lado o de otro. Esos eventos o coloquios que organizan determinadas élites para diseñarle a “los otros” el mejor modo de comportarse en sociedad, solo me han demostrado que existe entre nosotros una puntual manera de perder el tiempo. Cuando no manipulación explícita. Entiendo que resulta mucho más interesante el arte de inculcarle al individuo el vicio de oponerle a todo un ¿por qué?

La crítica (y por extensión la historiografía) relacionada con el cine cubano todavía tiene que deslindarse de un montón de obstáculos que, lo mismo en una orilla que la otra, siguen poniendo en entredicho el resultado de la gestión investigativa. Pues una cosa es mostrar apasionamiento con aquello en lo cual creemos (o no creemos), y otra, seguir haciendo del etnocentrismo (entendido como el culto a la visión del grupo en el cual nos hemos formado) la medida de las cosas que evaluamos.

En la crítica cubana aún el impresionismo, la fascinación por los estereotipos, el exagerado respeto a la autoridad, y en sentido general, la ausencia de una auténtica cultura del debate, siguen resultando escollos que impiden un crecimiento real en el plano intelectual. En Cuba hay buenos críticos de cine, desde luego, pero no una Crítica (con mayúscula) que uno pueda asumir como sistema. Quiero decir, no existe un campo real donde se intercambien ideas, criterios, o teorías, que es la única posibilidad de alcanzar una altura de pensamiento. Solo existen, a duras penas, trincheras.

Por eso es que uno termina depositando la confianza en este tipo de evento, donde los más jóvenes acuden, toman sus notas en silencio, y preparan lo que seguramente será la revolución copernicana de la crítica cubana. Por suerte, ya esa revolución no depende de una reunión física: basta un simple clic del mouse para saber que el Taller rebasa los angostos perímetros de un salón donde, una vez al año, se reúnen un grupo de entendidos.

Juan Antonio García Borrero

Este post fue concebido originalmente para el blog “Gaspar, el Lugareño”