Archivos diarios: marzo 19, 2009

EL CINE AGARRADO POR LOS CUERNOS, por Rolando Leyva Caballero

IMPRESIONES Y MEMORIAS DEL XVI TALLER NACIONAL DE LA CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA.

EL CINE AGARRADO POR LOS CUERNOS, por Rolando Leyva Caballero

Para mí Camagüey siempre fue, y era hasta la semana pasada, una ciudad de tránsito en mis peregrinaciones frecuentes a La Habana, y de vuelta a Santiago de Cuba. De la urbe tan sólo conocía los alrededores de la terminal de trenes, una parada siempre obligatoria en la terminal de ómnibus en caso de viajar por carretera, una vuelta fugaz por la circunvalación para ahorrar algo de tiempo en algún que otro viaje improvisado a cualquier lado, una estancia de apenas unos minutos en la Plaza de la Revolución Ignacio Agramonte y Loynaz para cumplir con los rituales de rigor, y finalmente una caminata breve por la calle República, acompañado por una mujer muy querida que de esa forma creía enseñarme el lugar donde creció como persona. De la ciudad apenas conocía su reputación ilustrada, los arquetípicos y recurrentes tinajones mágicos, la urbanización retorcida (casi laberíntica) que la define en ese aspecto, sus mujeres conscientemente bellas, y cierto aire de hispanidad contenida que hace del habla del lugar cierta práctica arcaizante muy agradable para mis oídos acostumbrados al atropellamiento y bullicio típico de una ciudad caribeña como Santiago de Cuba.

También sabía, por referencias librescas y los testimonios de algunos amigos, que existía el “Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica”, y que cada marzo Camagüey se convertía por algunos días en una ciudad simbólica a la cual todos los años, a partir de 1993, regresaban algunos de los cinéfilos más empedernidos que haya conocido este país. Este año me tocaba a mí la oportunidad irrepetible de conocer la ciudad y su gente, por eso escribo estas palabras, lo admito sin prejuicios y traumas, desde el deslumbramiento.

Mis palabras no son de agradecimiento, en todo caso, a los organizadores del evento que tuvieron la gentiliza de invitarme. No lo considero necesario ni perentorio porque ellos no lo precisan ni permitirían. En primer lugar porque el Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica es un evento convocado y organizado por mucha gente inteligente y para nada ceremonial o protocolar. Si algo define, entre otros muchos rasgos positivos, al Taller, no es sólo su poder de convocatoria para atraer y seducir a grandes personalidades de la cultura nacional, sino de hacerlo en un marco en el cual no se le rinde pleitesía sino el homenaje merecido y muchas veces postergado, porque si algo descubrí en Camagüey es el alto sentido de la justicia y la memoria histórica que define al taller, que no sólo recuerda a esos nombres y rostros conocidos, sino la paciente y callada labor, casi anónima, de grandes personalidades creativas que permanecieron injustamente en las sombras durante mucho tiempo.

El taller también me enseño que es posible hablar y discutir sobre cine sin que necesariamente haya que ponerse de acuerdo en determinado momento. Los consensos tácitos no constituyen una práctica común en el taller, ya que no predomina en mi opinión, un vacuo afán conciliatorio. Por el contrario, se busca suscitar el debate, la confrontación abierta, el derrumbe parcial y total de muchos y antiguos mitos instaurados acerca y dentro de la historiografía tradicional sobre el cine cubano, que ahora se piensa, escribe y polemiza desde una perspectiva descentrada, que no elude el cuestionamiento abierto a ciertas prácticas institucionales que laceraron, o aún lo hacen, el crecimiento integral del discurso fílmico de la nación, en constante movimiento como lo demuestra la realidad.

Fue muy desestresante ver como en el evento no predomina una perspectiva gremial u ostracista, de cerramiento en sí mismo, sino una total apertura al encontronazo o enfrentamiento entre los realizadores, actores y actrices, y los propios críticos de cine que evalúan o juzgan los desempeños artísticos de cada uno de los implicados en el proceso de la realización cinematográfica. Y no hablo de una gran francachela. Mi experiencia me demostró que en este caso una cosa es lo que dicen los textos canónicos y otra muy diferente lo que opinan los protagonistas de los hechos.

También el taller me demostró que el crítico no puede aislarse de su entorno, que debe acercarse a los realizadores para indagar, para hacer preguntas indiscretas, que en todo caso aclararían puntos muy oscuros y casi siempre desconocidos, y que de otra forma no se podrían exponer jamás al escrutinio público. También descubrí que se puede aprender mucho, quizá demasiado, tan sólo escuchando de un modo respetuoso y humilde los testimonios de los directores y demás personalidades invitadas al taller.

Definitivamente la historia del cine cubano de todos los tiempos debe ser rescrita de un modo más abarcador e integral, eludiendo el análisis aislado de los filmes para priorizar también la emisión de una opinión con un verdadero conocimiento de causa sobre el lado extrartístico del hecho cinematográfico, ese lado oscuro, interno, por momentos escatológicamente humano que escapa a los procesos de idealización en el ideario colectivo y la memoria común de la esencia supuesta y exclusivamente artística del cine.

El Taller también supone la oportunidad irrepetible de ver mucho y buen cine de todas partes, sin los apremios esnobistas, casi carnavalescos, de un Festival competitivo como el de La Habana, el único evento que obviamente supera en envergadura, aunque no necesariamente en rigor científico, las sesiones teóricas del taller, que constituye un espacio y momento para aprender más y mejor sobre el cine cubano, que muchas veces permanece ajeno a las reacciones alérgicas que puede llegar a provocar sin mucho esfuerzo.

Un punto interesante es ver como la crítica cubana puede crecer en la medida que se proponga y consiga enfrentar abiertamente, cara a cara, a los realizadores, sin que entorpezca la comunicación y el debate ningún tipo de soporte mediático que aleje a los realizadores de los críticos, y viceversa. De nada sirven las trincheras de ideas si utilizamos un tirapiedras para intentar sacarles los ojos al contrincante, que no necesariamente es nuestro enemigo.

Quizá lo único que en realidad extrañé fue el hecho de no convocar a los realizadores jóvenes y no tan jóvenes que hubiesen estrenado sus obras el año anterior. Sería una buena oportunidad de diseccionar el audiovisual nacional no sólo con la presencia de los críticos, sino también de los realizadores implicados. Por supuesto, de más está agradecer la deferencia de Enrique Pineda Barnet de estrenar su último filme, “La Anunciación”, en el marco del Taller.

Estos son algunos de los momentos que hacen verdaderamente grande el evento, sin olvidar la entrega del Premio Nacional de la Crítica Cinematográfica, en un notable esfuerzo de conjunto entre el Centro Provincial de Cine de Camagüey y la Editorial Ácana, que junto a la Editorial Oriente han mantenido durante los últimos años un sostenido esfuerzo por divulgar algunos de los más importantes textos que se han publicado en Cuba sobre el cine. Por eso regreso a Santiago de Cuba con la certeza que el Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica no se debe tan sólo a una feliz conjura de circunstancias positivas, sino también al afán y la voluntad racionalmente imperfecta de ver y discutir sobre cine para crecer intelectualmente hablando.

Por eso no creo arriesgo nada cuando me enfrento al monstruo de emitir una opinión en público, porque a veces no queda otro remedio. Al cine, como aprendí en el taller, hay que agarrarlo por los cuernos.

Rolando Leyva Caballero.
Crítico e historiador del arte.
Departamento de Historia del Arte.
Facultad de Humanidades.
Universidad de Oriente.