OTRA OPINIÓN SOBRE LOS DIOSES ROTOS, LOS CINEASTAS Y LOS CRÍTICOS

Juan Antonio:

Me resultaron muy interesantes sus comentarios sobre “Los dioses rotos”. En lo personal la considero una película superior a “El cuerno de la abundancia”, en mi opinión muy sobrestimada por la crítica del Festival de Cine de La Habana que le otorgó un tercer coral inmerecido, teniendo en cuenta que aunque cada año que pasa disminuye la calidad de la muestra en concurso, en evidente contraste con las muestras colaterales de cine europeo o asiático, no es menos cierto que ofrecía este año algunos filmes medianamente buenos, y que superaban por amplio margen a la película cubana. Pero esto no pasa de ser una observación muy personal.

“Los dioses rotos” me parece una película correcta, aunque las mejores actuaciones no fueron precisamente la de los protagónicos. Héctor Noas sigue demostrando un gran temperamento y capacidad de desdoblamiento, y quizá quien único lo supere en ese aspecto sea Mario Guerra. La película se resiente no en la idea original, que me parece muy buena, sino en un casting no muy exigente, o en una dirección de actores que no les impuso a los intérpretes un tono verdaderamente espontáneo sino incluso académico y epidérmico por momentos, muy artificial, limitante que se proyecta sobre todo en la concepción del personaje de Alberto, con un peso determinante en la trama, al ser el sustituto simbólico de la figura de Yarini.

También me pareció un tópico el hecho de vincular la prostitución, el proxenetismo y la brujería, entiéndase la santería, en una trinidad que no funciona necesariamente de esa forma. Mi experiencia personal como observador involuntario del mundo de la prostitución en Santiago de Cuba, donde es un problema galopante, me dice que los rituales sociales establecidos al respecto no tienen una carga litúrgica tan fuerte, es decir, no constituyen una presencia o una práctica determinante en estos casos, sobre todo cuando el filme se mueve como una suerte de crónica social de corte antropológico que intenta diseccionar la marginalidad habanera.

Me parece una película, lo confieso, un tanto anacrónica, o al menos desfasada. Ese realismo (socialista) sucio que tanto proliferó en la literatura cubana de los 90 fue un caldo de cultivo que se lanzó acríticamente por el caño, sin desentrañar ni apreciar su valor como testimonio muy gráfico de una época muy reciente y fresca en el ideario colectivo. El final trágico, aunque perfectamente predecible resultó coherente con la hilvanación dramática de la historia, que por momentos pierde la coherencia por la multiplicidad de narradores o relatores intradiegéticos que hacen sus propios apuntes sobre la historia que vivencian como personajes.

Cambiando de tema. Me parece que la crítica cubana no puede aspirar a reconciliarse con los realizadores. Nos necesitamos mutuamente, nos utilizamos, pero resulta idílico pensar que podríamos llegar a entendernos. En primer lugar no sería saludable. Los vínculos afectivos nos harían pasionales, creativos, confesionales, pero castrarían nuestra capacidad para sustraernos a la amistad, y las deudas de gratitud para ser sinceros, en primer lugar, con nosotros mismos. Ahí comienza el problema. Sin mencionar aunque se haga, el irrespeto visceral que sienten los realizadores por el aparato crítico institucionalizado que juzga su obra.

Hay gente muy talentosa y con una reputación a prueba de holocaustos nucleares, que trabaja muy duro a tiempo completo, y aún así la crítica en Cuba, en el campo de la creación cinematográfica, sigue siendo considerada un ataque personal, y como tal reaccionan los creadores. Por ello es que siguen predominando las medias tintas y los discursos conciliadores, para salvar las apariencias y las amistades, y eso no es bueno.

Quizá para mí resulte muy fácil afirmar todo lo anterior porque no pertenezco al gremio y no conozco verdaderamente sus mecanismos internos de funcionamiento, pero considero que la crítica cubana crecerá cuando se proponga, en primer lugar, ser consecuente con su función social: instigar al espectador, provocarlo, movilizar su capacidad analítica, y nunca leer y traducir para ese gran público que olvidamos y subestimamos cuando escribimos para una minoría ilustrada, cuando se debería intentar escribir para casi todos. Es mi opinión.

Ya me despido. Nos vemos por Camagüey. Espero que no sea muy difícil acceder a los debates y las proyecciones del Taller de la Crítica. Saludos desde Santiago de Cuba..

Rolando Leyva Caballero. (Profesor de la Universidad de Oriente).

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Publicado el febrero 27, 2009 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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