Archivos diarios: enero 23, 2009

EL CINE TIENE RAZONES QUE LA RAZÓN IGNORA

La Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica, a propósito del cincuenta aniversario del ICAIC, está convocando una encuesta con el fin de seleccionar lo más destacado de esa producción en las cinco décadas de su existencia. La verdad es que esto de las encuestas ya no me entusiasma demasiado, a no ser que se les tome como suerte de mapas.

Sin embargo, lo que sí me ha animado de esa pesquisa, es el acápite que convoca a reflexionar sobre las mejores frases y secuencias logradas en esa filmografía. Esta zona me interesa más, porque tiene que ver con el impacto real que han conseguido las películas a lo largo de los años, y no por lo que los críticos aseguren de ellas, sino por las maneras en esas cintas se han insertado en “la memoria colectiva”, para decirlo de un modo más bien simple. Preguntarnos sobre la trascendencia de ciertas frases fílmicas, sería algo así como explorar si en el cine cubano han existido bocadillos que marquen al público, del mismo modo que lo han conseguido en diferentes épocas, el “Rosebud” de “El ciudadano Kane”, el “Mañana será otro día” de “Lo que el viento se llevó”, o el “Tócala otra vez, Sam”, de “Casablanca” (frase inexacta, por cierto).

Desde luego, no creo que exista nada más subjetivo que este tipo de evocación. Una película no es solo ese conjunto de imágenes y sonidos que uno ve en la pantalla. Es también el estado de humor que se ostenta en el momento de encarar la historia. Es la edad que tenemos en el instante de apreciarla. Cada cual tiene sus propias razones para recordar con gran intensidad esta o aquella escena.

En lo personal, la película cubana que más asocio a mi infancia es “Aventuras de Juan Quinquín” (1967), con la secuencia del león haciendo estragos. Es cierto que esa película ya no la veo con la misma ingenuidad que entonces, pero no es de la película de lo que estoy hablando, sino del espectador-niño que por aquella fecha la vio. Esto me resulta un buen ejemplo de lo que antes decía sobre el hecho de que, a veces, una película se confunde con el recuerdo que tenemos del sujeto que la apreció.

Después que uno crece, ya todo cambia. Y si para colmo nos dedicamos profesionalmente a hablar de cine, el cambio implica la pérdida de la inocencia, la misma que antes nos demandaba entrar a una sala y creernos cualquier historia, por increíble que esta fuera. Aún así, en mi memoria perduran algunas secuencias y frases que, al margen del saldo final de las películas a las que pertenecen, para mí poseen el fijador de los buenos perfumes. Mencionaré algunas, aunque no con el ánimo de establecer parámetros que en lo personal no me convencen. Advierto que ni siquiera me preocupo de reproducir literalmente lo que se dice en esas películas, sino en comentar lo que recuerdo de ellas, que siempre será más auténtico que regresar a la cinta en sí, y repetir el bocadillo.

La secuencia que tal vez más me ha impresionado del cine cubano es la del sepelio del estudiante en “Soy Cuba”, la cinta que Kalatozov filmara en la isla en 1964. También me marcó mucho el final de “Clandestinos” (1987), de Fernando Pérez, así como la secuencia de la terraza en “Papeles secundarios” (1989), de Orlando Rojas. Por otro lado, me gusta evocar los momentos iniciales de “Madagascar” (1993), de Fernando Pérez, con ese grupo de ciclistas que pedalean en ralenti, como si levitaran en la Nada, o en el Tiempo, y no pocas de las escenas que Enrique Pineda Barnet rodara para “La bella del Alhambra” (1989). Sé que otros hablarán de esas secuencias ya clásicas que pertenecen al primer episodio de “Lucía” (1968), de Humberto Solás, o “Memorias del subdesarrollo” (1968), con Sergio mirando a través del telescopio, o el abrazo final de David y Diego en “Fresa y chocolate” (1993). Pero como dije al principio, este ejercicio que hago ahora tiene que ver más con la memoria emotiva, que con la racional. Y tampoco quiere ser un inventario exhaustivo.

En cuanto a las frases, pienso que algunos de los parlamentos de Sergio en “Memorias del subdesarrollo” merecerían figurar en cualquier colección de aforismos que pretendan describir a los cubanos. Otras han alcanzado una notoriedad que a mí, sin embargo, me suena excesiva (como la popularizada por el personaje de Raquel Revuelta en “Lucía”, que nunca me ha conmovido, aunque me guste la cinta). En cambio, hay otras frases que aún sigo recordando más que las películas en su conjunto.

Tal vez haya sido el tono de voz del actor o actriz. Por ejemplo, ese momento en que Reynaldo Miravalles comienza a decir en “El hombre de Maisinicú” (1973) algo así como, “Alberto Delgado, caray…”. O cuando Carlos Moctezuma en “Los sobrevivientes” asegura que “A mí me da lo mismo el capitalismo…, o el socialismo. Como si vuelve el feudalismo”. O Mario Limonta en “De cierta manera” soltándole a Balmaseda, después de la denuncia pública de este: “Apretaste, mulato”. O Tito Junco en “Guardafronteras” con aquello de “Para atrás, ni pa’coger impulso”. O Daysi Granados preguntando en “Retrato de Teresa”: “¿Y si yo lo hubiera hecho, Ramón?”. O Perugorría en “Fresa y chocolate”: “Que lindo eres, David. El único defecto que tienes es que no eres maricón”.

Lo interesante de estos parlamentos (he citado apenas algunos de los que me han llegado a la mente, y no resultan una reproducción fiel) es que muchas veces no están en boca de los protagonistas, sino que lo expresan personajes secundarios. Habría que estudiar en que medida esos parlamentos afianzaban o contrarrestaban el mensaje más explícito de la historia principal. Pero esa pesquisa ya no formaría parte de lo emotivo, sino que tendría una clara vocación intelectual. Y el cine, como el corazón, tiene razones que la razón ignora.

Juan Antonio García Borrero