Archivos diarios: enero 17, 2009

GLAUBER ROCHA

“El sueño es el único derecho
que no se puede prohibir”

Glauber Rocha

De todos los cineastas latinoamericanos que se propusieron una revolución en las estrategias de emisión y recepción fílmicas de los años sesenta, Glauber Rocha sigue figurando como uno de sus más radicales impulsores. Para algunos, el cine de Rocha acaso sea el paradigma ideal que explica la fugacidad de una estética que, en su momento, se quiso mesiánica, y hoy solo es posible encontrar en los desvelos trasnochados de historiadores nostálgicos. Lo que es peor: pensar en Rocha a las alturas de este nuevo siglo, cuyos inicios parecen definitivamente signados por la resignación post-utópica y la apatía colectiva, puede que sea acaso el más desestimulante síntoma de la decadencia, esa que se expresa con la retórica de la nostalgia casi porno, en vez de apostar por la mirada al porvenir. Sin embargo, como todo poeta del malestar, Rocha ha terminado pagando el precio de los grandes: sus ideas suelen ser más citadas que entendidas.

No sé qué habría pensando Glauber Rocha de estar vivo, y hubiera observado con sus propios ojos la manera en que los nuevos contextos en que se desarrolla el audiovisual están transformando los resortes de antigua dependencia. Hoy aquel pensamiento pedestremente binario que antaño habló del “cine del enemigo” y “cine del pueblo” ha tenido que ceder ante las sutiles operaciones que despliegan “las nuevas imágenes en movimiento”; ya sabemos que la suerte final de esta identidad tan nuestra no dependerá más de las agitaciones orales y la invocación romántica de ideales supuestamente alcanzables.

El nuevo cine latinoamericano (en realidad debería decir, el nuevo audiovisual latinoamericano) necesita desplegar estrategias que lejos de excluir, logren interceptar y hacer suyos aquello que el contrario ha logrado perfeccionar, para revestirlo de intenciones más nobles que el ingenuo y efímero entretenimiento. Lo que quiero decir es que al igual que la otra Historia, la del cine tampoco es un drama maniqueo de “buenos y malos”, “víctimas y victimarios”. La Historia de nuestro cine se nutre igual de contradicciones externas e internas, aunque estas últimas por lo general suelan ser relegadas, en nombre de una unidad continental.

Lo curioso de esta última observación es que ha sido Glauber Rocha (ese supuesto militante del “antihollywoodismo” más recalcitrante) el que mejor ha expresado esa necesidad de discusión interior. En carta dirigida a Alfredo Guevara el 9 de marzo de 1972, Rocha escribía:

“La agitación históricamente necesaria de los años 60 provocó una discusión política que reprimió las cuestiones estéticas del cine, considerando formalista lo que apenas revelaba la posibilidad del cineasta latinoameriacano de inventar una estética revolucionaria. Es una posición que considera la política en plano superior al cine: éste, para hacerse revolucionario debe quedarse abajo de la política. Así el cine, informando y discutiendo con retraso la política, se transformó en instrumento de retaguardia, espectáculo para cine-clubs, cinematecas, cines de arte, festivales de izquierda y revistas críticas escritas por hombres que revelaban inferioridad intelectual delante de otros científicos sociales”.

Puedo entender por qué hoy, en medio de un contexto cada vez más despolitizado, o pudiéramos decir, cada vez más desizquierdizado, las antiguas discusiones alrededor de los alcances ideológicos del cine hegemónico apenas encuentran eco. Para ser honesto: tampoco a mí me interesaría hoy enfrascarme en tediosas tertulias que una vez más nos sermoneen sobre la diabólica vocación de ese supuesto cine de entretenimiento, el mismo que dicen que nos hace títeres de un enunciado enajenante. Preferiría, y esta suele ser mi querella más usual ante la ausencia de un espacio que priorice la discusión y la polémica rigurosamente intelectual, debates que comenten el cine como síntoma cultural. En Rocha, no obstante la excentricidad de algún que otro presupuesto (como ese donde proponía de manera radical “el cine como conocimiento y no divertimento; el cine como lenguajes y no como espectáculos; el cine como método y no como ilustración; el cine como revelación y no como descripción de lo obvio”) todavía es posible advertir la lucidez de un pensador que filmaba sus inquietudes, cualidad muy distinta a la de esos otros que filman para no pensar en los problemas.

En algún momento Rocha declaró tener “una concepción épica y trágica la vida”. Tal vez por allí transite el origen de su casi eterno desacuerdo con lo que le rodeaba. Fustigó a ese cine dominante que logró hacer de la dictadura del espectador-masa el peor escollo, pero igual se pronunció contra ese otro cine que, detrás de la coartada de las posiciones de izquierdas, propugnaron una suerte de neoanexionismo cultural.

Sus embates llegaron hasta el célebre “neorrealismo italiano”, indiscutible escuela para esas cinematografías latinoamericanas que en los años sesenta comenzaron a emerger con nuevas inquietudes ideológicas y estéticas, y a la cual Rocha no teme de calificar de “esclerada”. Casi nadie entiende el por qué de las diatribas, pero allí están los razonamientos de Glauber para seguir animando las polémicas:

“La influencia del estilo de fotografía, montaje y dirección de actores del cine latinoamericano, revela constantemente la sumisión a los métodos de la Nouvelle Vague, del neorrealismo y, menos, del cine americano, debido a las imposibilidades económicas de imitarlo. Un cine no puede ser descolonizador si usa el lenguaje colonizador: zooms, estilo de montaje fragmentado de efectos visuales, cámara en mano, montaje de textos escritos, uso literario y sonoro que se limitan a las viejas prácticas de Resnais y Chris Marker (el documental) y prácticas de Truffaut, Godard (con las diferencias que cada estilo presenta), vinculación humanista al neorrealismo y la consideración de cineastas recolonizados por los americanos, como Gavras, Petri, Rosi”.

Sé que Glauber Rocha cuenta todavía hoy con un gran grupo de admiradores. Paradójicamente, cuando hablo de la obra de Rocha no me gusta evocarlo como el cineasta intocable que se hizo de una obra impermeable a las críticas. Todo lo contrario: mi manera de demostrar gratitud hacia su pensamiento fílmico radica precisamente en la capacidad del mismo para incentivar ideas encontradas en quienes lo escuchan. Mucho cine de aquella época apenas se recuerda hoy, sepultado como quedó debajo de tanto desplome de opiniones y senderos bufurcados. Rocha se las agenció para sobrevolar la indiferencia de los nuevos tiempos; lo suyo fue un cine de transgresión desde las esencias. Por eso decía, y aún lo podemos entender: “Yo creo que este es el problema del arte moderno, esta dialéctica entre simetría y asimetría, que también puede volverse convencional en cualquier momento. Entonces, es necesario practicar el ejercicio de las rupturas”.

Así vivió, y hasta donde tengo entendido, así nos está sobreviviendo.

Juan Antonio García Borrero