EL CINE CUBANO A CONTRALUZ

No son pocos los investigadores del cine cubano que tienen en Luciano Castillo un referente insoslayable. Sin mucho escándalo, haciéndose acompañar tan solo del incesante golpear de sus dedos sobre el teclado (que es el único ruido alrededor de su persona que debería tomarse en serio un estudioso que se respete), Castillo ha logrado conformar una de las obras investigativas más sólidas producidas en Cuba, alrededor del séptimo arte.

Para probar lo anterior bastaría mencionar el libro “Ramón Peón, el hombre de los glóbulos negros” (co-escrito junto a Arturo Agramonte), sin dudas, la biografía más contundente que hasta el momento poseemos de un cineasta del patio. Por otro lado, no resulta descabellado predecir que su futura “Cronología del cine cubano” (otro texto trabajado junto a Agramonte), está llamada a convertirse en un volumen de cabecera para aquellos que decidan acercarse al séptimo arte nacional en cualquier latitud.

Los libros de Luciano Castillo, al margen de las diferencias temáticas o genéricas que se advierten entre ellos, tienen un rasgo común: la pasión cinéfila. Estamos en presencia de alguien que respira cine. Y no es una metáfora trasnochada: es que en verdad es difícil imaginar un día en la vida de Luciano Castillo sin el cine. Ignoro cuantas películas ha visto, aunque me consta que las tiene anotadas en su totalidad. Y aunque es cierto que en todo crítico hay un gran cinéfilo, me atrevería a jurar que pocos especialistas en este país (para no afirmar que ninguno) ha llegado a los extremos de cinefilia en que ha caído Luciano Castillo, como eso de viajar desde Camaguey a La Habana (algo más engorroso que desplazarse de La Habana a Madrid) durante un fin de semana, tan solo para ver una película que estrenarán como parte de una programación especial, y que por tanto, difícilmente puede verse otra vez.

No disimulo que hay en estas líneas mucho de admiración, y también de gratitud. Para una persona formada en Camaguey, lejos de las posibilidades que siempre brinda la capital, Luciano Castillo significa algo más que un simple nombre. Sigue siendo, ante todo, un ejemplo inspirador. El maestro que no cesa de sorprendernos. De hecho, Luciano fue el primero en demostrarnos que aquello del fatalismo geográfico de los críticos de provincias es la excusa perfecta del perezoso.

Y allí está esa amplia obra que va trascendiendo fronteras físicas, pero que igual se adivina que perdurará en el tiempo, como mismo persevera en la memoria de los camagüeyanos su incansable gestión al frente del cine-club “Glauber Rocha” de la Biblioteca “Julio Antonio Mella”, o la conducción impecable del programa “Claqueta”, que nada tenía que envidiar a los programas nacionales. No es gratuito que en las páginas iniciales de “A contraluz”, el nuevo libro de Castillo, este evoque aquella noche del 20 de enero de 1969 en que proyectaran “Los cuatrocientos golpes” (1959), de Francois Truffaut, en el céntrico cine Casablanca. Era la primera exhibición de la Cinemateca de Cuba en la ciudad, programación de la que con el tiempo se convertiría en su más celoso difusor.

Si me he entretenido en estas observaciones alrededor de la persona de Luciano Castillo, es para llamar la atención sobre una de las cualidades que sabe imprimirle a cada uno de sus textos: la cualidad de no dejarnos tranquilos. Quizás no lo veamos ahora mismo, pero sus aportes investigativos permitirán otorgarle una mayor hondura, cuando no un rediseño, a ese relato en torno al séptimo arte nacional que hasta ahora conocemos. En tal sentido, “A contraluz” puede ser un ejemplo de esa nueva sensibilidad historiográfica que ahora mismo se detecta como necesidad alrededor del cine cubano.

Se sabe que el devenir del séptimo arte nacional, hasta hace poco era descrito con un enfoque claramente “icaicentrista”. A ello hay que sumar que, por lo general, apenas se ha tomado en cuenta el punto de vista de los directores, tal vez en un empeño bastante discutible de traspolar las teorías del “cine de autor” a nuestra producción. El resultado sigue estando a la vista: una historia unidireccional, que al descansar en la engañosa idea del Progreso (pilar de la modernidad) se limita a tomar en cuenta solo aquello que responde al proyecto colectivo, con la consiguiente omisión o satanización de aquellas subjetividades que no coinciden con las expectativas plurales.

Es cierto que aún estamos lejos de haber corregido del todo esa historiografía mutiladora. Nos faltan aún análisis capaces de vincular la producción del ICAIC a las diversas coyunturas culturales que ha conocido el país a lo largo del proceso revolucionario. También nos falta superar el estereotipo que hace pensar en ese centro productor como una entidad carente de conflictos o tensiones internas. Precisamente indagar en esas diferencias nos ayudaría a entender mucho mejor la riqueza de un proyecto que ha sobresalido en el contexto de la cultura nacional justo por representar una suerte de imagen iconoclasta.

Por suerte, hay ya un par de libros que están contribuyendo a enriquecer la perspectiva de conjunto. El primero de ellos tal vez lo sea “Tiempo de fundación”, texto de Alfredo Guevara donde es posible percibir sus famosas dotes de polemista, pero también, un penetrante panorama de lo que ha sido la cultura cubana en sus últimas cuatro décadas. El otro es el epistolario de Tomás Gutiérrez Alea, igual de revelador y polémico, y que se presentará en La Habana, el próximo 11 de diciembre.

“A contraluz” pudiera sumarse a esa lista de textos valiosos por desmitificadores. Al incluir las entrevistas a Nelson Rodríguez y Livio Delgado, Luciano Castillo está logrando concederle espacio a todas esas voces sumergidas por el estruendo que provoca la historiografía hegemónica, esa que se construye a tenor de “la política de autor”. El investigador sabe de la necesidad que tiene el nuevo historiador de democratizar el relato que habla del cine nacional, pues no bastan las declaraciones de los realizadores: es preciso explorar en todas las capas que hacen posible el cine, e interceptar los sentidos ocultos tras esa realidad escurridiza.

¿Cómo referirnos a esa nueva actitud intelectual del historiador, una actitud que se muestra interesada en recuperar el hecho humano más allá de la reseña fría del acontecimiento, y que en otras áreas se le ha nombrado “historia antropológica”?. Precisamente las declaraciones de Nelson Rodríguez, Livio Delgado y Fernando Pérez recogidas en este libro de Luciano Castillo, bastarían para demostrar la urgencia de operar con un método que explore en las profundidades del texto fílmico, capaz de detectar la confluencia de múltiples estructuras que conforman ese discurso final que conocemos por “el filme”.

No estamos hablando solo de las estructuras más notorias, como puede ser el modo en que se organiza la industria o se plantea una colaboración entre un realizador y un director de fotografía, sino que estamos comentando la necesidad de estudiar las estructuras mentales que conforman una época, y que determinan hasta la textura emotiva de ese cine que se realiza.
Luciano Castillo nos confirma en este libro que el cine cubano aún tiene muchos ángulos que develar. Una prueba de ello tal vez lo sea el ensayo referido a la zona documental dentro del cine de Tomás Gutiérrez Alea. Titón había quedado en nuestra memoria como el realizador cubano que más lejos llegó con el cine de ficción, y sin embargo, hay en sus películas una raíz documental que no siempre se ha tomado en cuenta, y que ahora Luciano estudia con notable serenidad y rigor. Investigador incansable que ha arribado a su plena madurez, puede asegurarse que con sus textos, el estudio del cine cubano gana en profundidad.

Juan Antonio García Borrero

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Publicado el diciembre 6, 2008 en LIBROS SOBRE CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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