Archivos diarios: septiembre 28, 2008

UN POST PARA LOS NIETOS DE MIS BIZNIETOS

Hoy, como Borges en cierta tarde ya lejana, quisiera acordarme del futuro, no del pasado. Hoy he estado sacando cuenta de los años que demorará en llegar a los nietos de mis biznietos este mensaje. Computar eso asusta bastante, porque es como tirarse al vacío desde la cima de un rascacielos, sin que nunca veamos llegar el piso. No sé si para entonces existirá Internet. Lo que sí me atrevería a jurar es que no existirá el cine (por lo menos, tal como lo hemos conocido en esta brevísima vida de cien años que tuvo la más joven de las formas de ver arte).

Por supuesto que se seguirán mirando esas películas ilustres que han descrito nuestra vapuleada existencia desde una densidad poética sencillamente insuperable. Chaplin, Bergman, Fellini, Welles, y en el caso de los cubanos, Titón, Solás, Santiago Álvarez, García-Espinosa, Pineda Barnet, Fernando Pérez, entre otros, devendrán referencias insoslayables. Al igual que Ramón Peón, Manolo Alonso, Néstor Almendros, Fausto Canel, o León Ichaso, pues al fin y al cabo, como ya dijo un sabio, “la cultura es eso que queda, después que se ha olvidado todo”.

Pero no es desde esa perspectiva que quisiera comentarles a mis descendientes esto que, ya con incurable nostalgia, llamamos cine. Conceptos como el de Jean Luc Godard (“El cine es la verdad 24 veces por segundo”), devendrán muy seductores en el contexto de la retórica, pero dicen poco, muy poco, de lo que ha significado para los cubanos “ir al cine”. Dudo que mis descendientes entiendan algunos de esos textos donde mi desmesurada pasión por la “artisticidad” de esta o aquella película, disfraza lo que en realidad es algo más mundano y sublime a la vez: el placer de estar en medio de algo que nos excita. El placer de sentirnos por un par de horas libre de una vida cotidiana que paraliza.

En el “cine”, queridos nietos de mis biznietos, los de ahora tuvimos nuestra verdadera “paidea” erótica. En muchos de nosotros el cine todavía se asocia al nombre de la primera novia. Al primer beso. Y al goce de una mano asustada que se desliza, como quien no quiere las cosas, entre las piernas de alguien que, estando a nuestro lado, el deseo nos empujó a percibirla como si fuera la verdadera estrella del filme que en esos momentos proyectaban en la pantalla.

Me consta que en Camagüey, ir todos los lunes al estreno del cine “Casablanca”, para algunos era algo así como asistir a misa los domingos. Supongo que cada uno de los espectadores que ha existido en este mundo tendrá su propia versión del asunto. Pero los de mi generación quizás todavía se sientan compañeros de aventuras de Errol Flynn en “Contra todas las banderas”, o de Tony Curtis y Kirk Douglas en “Los vikingos”, o de Toshiro Mifune en “Los siete samurais”.

Una vez mentí mencionando el título de la primera película que vi en mi vida. En realidad no recuerdo cuál fue la primera, aunque sí asocio ese acontecimiento al (hoy) teatro “Principal”, que por aquellas fechas ofrecía proyecciones en 35 milímetros. ¿Cuántos cines había entonces en la ciudad? Así, sin pensarlo demasiado, ahora mismo evoco nueve: “Casablanca”, “Alkázar”, “Encanto”, “Guerrero”, “América”, “Avellaneda”, “Social”, “Camagüey”, “Amalia Simoni”.

Hoy quedan apenas dos funcionando, pero esa devastación que nos impone el tiempo y la modernidad, no desmiente la jerarquía que esos espacios tuvieron para cada uno de nosotros. En esos cines los camagüeyanos dejamos un gran trozo de nuestras vidas. Dejamos a nuestras novias de siempre. Perdimos la virginidad. Y supimos, Heráclito mediante, que después de una buena película, ya nadie se sienta dos veces en el mismo cine.

Tal vez esa sea la causa de que, en noches de alucinaciones y desvelos, pase una y otra vez en mi cabeza un filme interminable que he titulado “Camagüey: lo que el cine se llevó”.

Juan Antonio García Borrero