RICARDO VIGÓN EN LA MEMORIA DE FERNÁNDEZ RETAMAR

ADIÓS A RICARDO VIGÓN
Por Roberto Fernández Retamar

En París, donde lo viera hace cinco años, recibo la noticia de la muerte de Ricardo Vigón. Después del asombro y el dolor, viene el repaso de la vida del amigo bueno. Presumo que otros habrán hablado y escrito sobre él (no lo sé desde aquí), pero siento la necesidad de dedicarle estas líneas, pensando en los primeros encuentros, hace una docena de años.

Se comprende entonces no poco de esta generación nuestra. Ha sido ella tan espléndida en armas y gobierno, que las otras actividades han quedado a la sombra, y no cabe duda de que ésta será recordada como una generación de hombres de acción antes que como una generación contemplativa. Pero eso no quiere decir que no haya tenido sus escaramuzas artísticas, su época más o menos heroica de aprendizaje y ensayo. Y quizá ninguno de nosotros tan vinculado a esos hechos como Ricardo Vigón.

Era por los años cuarenta, cuando empezábamos la Universidad unos y salían del Instituto otros. Está muy cerca la época para que la dibuje y arregle la memoria, y vienen las cosas en tropel. Los domingos se iba al concierto de la Filarmónica, que con la despedida de Kleiber (¡aquel inolvidable e inacabable concierto de su despedida!) comenzaba a decaer, pero que todavía nos regalaba mañanas memorables. Cambiábamos en las caminatas nuestro Neruda por un Hemingway; alguien había conocido a Lam y alguien se enfrascaba en Engels, queriendo saberlo todo y pronto. Un día, después de torrenciales elogios hechos por Germán Puig, conocimos a Vigón. Estaba enfermo de una enfermedad recurrente, que al parecer ya no lo dejaría, y que le afinaba hasta el dolor de los sentidos. Recién salido del hospital nos vimos, y su impresionante “ángel” fue más obstinado que las alabanzas. Flaco hasta lo increíble, como seguiría siendo siempre, con el pelo negrísimo cayéndole sobre la ancha frente, y los ojos oscuros, profundos y sobresaltados, mezclaba su voz neblinosa con una risa que no acertaba a tapar su tristeza.

Por 1948 tenían Ricardo y Germán una cinemateca en Consulado y Trocadero, creo que la primera que existiera en Cuba, y luchaban por ella con una abnegación que no excluía el hambre. Allí vimos Eisenstein y la vanguardia, en sillas apretujadas, con la emoción de lo nuevo y lo necesario. Allí se iba reuniendo, junto a algún pintor o poeta mayor, mucho de lo que después sería la nueva hornada de artistas cubanos. Ricardo iba de unos a otros, queriendo limar las asperezas que suelen acompañar al irritable gremio, dando a éste una sonrisa y a aquel un comentario.

En esas caminatas, en esas lecturas cruzadas, en esas sesiones de cine se iban diseñando líneas que hubieran debido proseguir ininterrumpidamente de no haberlas torcido o desparramado, en gran medida, la tiranía que entonces no vislumbrábamos. La cinemateca, después de un tiempo de verdadero heroísmo, debió cerrar sus puertas. Y Ricardo decidió marchar a conocer París, la aventura del hispanoamericano. Para que se lo permitiera su pobreza, empezó a rifar un traje. Corrió la voz de que el traje que Ricardo rifaba era el único que tenía, el que debería llevar puesto, y es de suponer que nadie se animó a reclamarlo. Después nos llegaban de él, como ráfagas, noticias confusas. Que si se había vuelto a enfermar. Que si estaba preso. Que si estaba en un convento. Nadie recibía de él una letra. Y al cabo hubo que ir a verlo, y lo vi en París, hace ahora cinco años. Estaba feliz y exaltado, pero terriblemente nostálgico. Se sabía la ciudad al dedillo, como antes La Habana, de la que había llegado a conocer piedra y reja sin vacilación. (Más de una vez, enseñándome minuciosamente una vieja casona convertida en casa de vecindad, el encargado vendría a llamarnos la atención, creyéndonos ladrones o chismosos). Quería volver a su ciudad, pero no tenía medios de ir ni manera luego de ganar su vida. En La Habana había sido desde secretario de no sé qué compañía atroz hasta fotógrafo ambulante, de anécdotas desgarradoras. Además, su cine…

Sólo la Revolución, que abría esperanzas a todos los cubanos, le permitiría volver, luego de un paréntesis mexicano. Sus amigos que había dejado adolescentes eran ahora hombres enfrascados en trabajos y responsabilidades, y unidos de nuevo en una tarea común. Iba entrando en la realidad que había dejado hacía muchos años. Desde las columnas de “Revolución” volvió a su cine. Los lectores del periódico tuvieron en él un crítico de tajante y apasionada sinceridad. Pocos sabían de su trabajo anterior, de su devoción de muchos años por ese cine que conocía y calibraba como quizá nadie en Cuba. Cuando, hace unas semanas, lo vi por última vez, había logrado ordenar su vida. Con una importante tarea en el Teatro Nacional, con su columna de “Revolución”, parecía que era ya también un hombre lleno de responsabilidad y trabajo. Es entonces que ha muerto, ahora que iba a abandonar su primera juventud, a la cual se aferraba tercamente. No sé si las hambres viejas habían acabado por desbaratar aquel cuerpo magro y nervioso. Pensaban los griegos que la adolescencia terminaba a los treinta años. Hasta esa edad arrastró Ricardo su adolescencia, y no quiso o no pudo traspasarla. Queda para nosotros como una especie de Término, advirtiendo el cumplimiento de una época, pues fue hasta el final el muchachón que fuimos, sólo que en su caso lleno de ternura y bondad. Es el suyo un recuerdo magnífico de lealtad a la vocación y de pureza personal, que este París que recorrí tanto con él me trae de nuevo, como a otros se lo traerán los vericuetos de la Habana Vieja, el Malecón, las calles más pobres de La Víbora.

París, abril de 1960. (“Papelería”, Universidad Central de Las Villas, 1962). Publicado en: Roberto Fernández Retamar. “Recuerdo a”. Ediciones UNIÓN, La Habana, 2006, pp 16-18.

POSTDATA:

He querido incorporar, a modo de postdata, esta evocación que hace Lezama Lima de Ricardo Vigón, en el mismo libro de Fernández Retamar. Creo que es un texto hermoso donde Lezama deja en evidencia lo que para él resulta ese culto a la amistad que era la base misma de “Orígenes”.

RICARDO VIGÓN EN LA MEMORIA DE LEZAMA LIMA

“La Habana, Agosto 1960

Queridos Roberto y Adelaida:

(En París)

(…)

Sí, querido amigo, la muerte de nuestro llorado amigo me produjo una desazón atroz. En los últimos meses que precedieron a su muerte, nos reuníamos con mucha frecuencia. Su deliciosa y profunda personalidad provocaba en mí una alegría suscitante. Su voz se agrandaba, ahora se agranda más, mientras casi parecía desaparecer su pequeño cuerpo. Yo estaba en un momento de mucha soledad, el en una expansión, esa expansión misteriosa y peculiarísima, como es, casi siempre, la que precede a la muerte. Vigón era tan juvenil como milenario. Había, como todos sabemos, recorrido muchos espacios, conocido muchos hombres. De todo eso había derivado una sabiduría amistosa, una como jerarquía de la amistad. Al final, había rechazado mucho, se había quedado con poco. Ese poco es ahora el oro de su recuerdo. Parece siempre que va a llegar. Es el visitante que deseamos que nos regale su presencia. Su ausencia se vuelve ahora tan poderosa como su presencia. Vale la pena la resurrección, donde oiremos de nuevo su voz más grande que su cuerpo. Yo diría que en nuestro recuerdo será siempre la voz de la resurrección.

(…)

Abrazamientos cordiales de

J. Lezama Lima”

Publicado en: Roberto Fernández Retamar. “Recuerdo a” (“Un cuarto de siglo con Lezama”). Ediciones UNIÓN, La Habana, 2006, p 36.

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Publicado el septiembre 26, 2008 en DEL ARCHIVO. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Muy querido Ricardo Vigón, lo recuerdo siempre con otros amigos entrañables, cineastas de corazón, como Germán Puig, Placidito Gonzalez, Luis Interián, Titón, Sabá, Guillermo, Rine, Esther Franco, Julia, Norka, Miriam, Leonor…

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