MUROS Y EGOS

Siempre que alguien me exige que sea “realista”, acabo sintiéndome igual que un gato encerrado entre cuatro paredes. “Sal de esa cueva”, me dicen con un paternalismo en la voz que recuerda a Freud, pasado de copas y drogas. Pero la realidad es una cárcel amurallada a la que es preciso horadar, si de veras se quiere ser libre.

Pongamos bajo lupa ese “realismo” del que nos hablan estos carceleros disfrazados de Mesías, y veremos que en el fondo no es otra cosa que un pacto entre caballeros que nunca hemos conocido (dejo a un lado, por el momento, la fiscalización del abolengo de esos gentilhombres), y cuyas condiciones iniciales jamás sometieron a nuestra consideración. En otras palabras: seguimos confundiendo “la realidad” con los rumores que suscribe el viento. Seguimos emulando con esos niños aterrorizados con la falsa autoridad de los fantasmas.

El fomento de una blogosfera crítica sería una buena manera de poner de moda otra vez el orgullo de pensar por cabeza propia, y así liquidar, de una vez y por todas, las alfombras rojas del pensamiento. Cada uno de nosotros tiene una pequeña verdad que defender, pues la verdadera realidad siempre va a tener el tamaño de nuestro ego.

Me parece repudiable cualquier tipo de culto a la personalidad, pero igual de censurable se me antoja el culto a la impersonalidad. Un ego impersonal percibirá el mundo como un teatro donde ya todos los papeles están asignados, y solo los grandes actores (los elegidos) tienen derecho a los bocadillos de importancia. Y a esa fantasía donde sobran los mirones le llaman “realidad”. En cambio, un ego con los pies en la tierra sabe que ningún hombre, por excepcional que parezca, puede solucionarnos esos problemas que solo a nosotros nos toca resolver en el día, si tenemos la suerte de amanecer vivos.

Naturalmente, hay que saber distinguir entre el ego orgulloso y el ego vanidoso. Esto no es tan difícil, toda vez que la vanidad siempre va por fuera, y el orgullo insiste en proyectarse desde dentro.

El ego vanidoso sobrevive gracias al aplauso de los otros. Por eso no puede prescindir de la publicidad, y exige histérico figurar en los grandes titulares. Un ego orgulloso siempre mira con recelo esos aplausos que van y vienen según el humor ajeno. El ego orgulloso sabe que la autoestima se edifica con recursos propios, y no con la frágil admiración de aquellos que, desde lejos, nos premian o vitorean.

Porque mañana, si de pronto ese humor cambiara, y mermaran los panegíricos, ¿de qué modo se podría disimular el vacío que otros rellenaban con esos aplausos a crédito?

Juan Antonio García Borrero

Publicado el septiembre 26, 2008 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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