Archivos diarios: agosto 29, 2008

POR EL HUECO DE LOS DÍAS

Ante mí, este espléndido verso del poeta Manuel García Verdecia: “el día es un hueco por donde me despeño”.

Hacía rato que no leía algo que, en tan pocas palabras, provocara en mí algo tan parecido al vértigo. Imagen dramática, pero preciosa, esa del día como abismo. Como aventura impredecible. Como laberinto perturbador.

Es ese arrebato existencialmente poético lo que más extraño del cine de esta época. El cine, tal como lo vivimos ahora mismo, es más bien una pared que impide exigirle cuentas a la realidad. Es un muro. Otro muro de Berlín.

Hablo de ese cine hegemónico que se conforma con contar historias donde lo único que vale es lo que se ve, se escucha, y después se repite como un disco rayado en todas partes. “Realismo” de superficie. Espejos que solo reflejan otros espejos, pero que deja en las sombras lo único incurablemente real: nuestra esteparia soledad.

Leyendo los versos de García Verdecia, se me antoja que podríamos reclamar una forma diferente de ver cine. Propongo que coloquemos la pantalla allá abajo, como si esta fuera una piscina. Y los espectadores, en vez de butacas a ras de suelo, ocuparíamos unos trampolines colocados a veinte o treinta metros de altura (Narciso desafiando a su destino, al peligro). El agua sería “la realidad”, a la vez que nuestro “espejo” (nos veríamos tan pequeños como somos).

La cinta comenzaría una vez que el proyeccionista (árbitro de turno) de la orden de lanzarnos al filme. Muchos se lanzarán, pero solo sobrevivirán aquellos que se nieguen a arrojarse a una película que no tenga garantías de ser más o menos profunda. Porque el asunto no sería mostrar habilidades para flotar sobre la nada (como hasta ahora), sino perderle el pánico a aprender a respirar en las honduras.

Pueden pasar dos cosas: que en un arranque de platonismo reciclado, los cineastas (como los poetas) terminen expulsados de la República de la Verdad, luego de ponerse en evidencia sus intereses en conflicto con “lo real” (ya sabemos: vemos películas de horror en el día, para dormir tranquilos en las madrugadas); o que sean los mismos cineastas quienes tomen medidas que ayuden a imprimirle un poco de vida a este fotogénico matadero que hoy conocemos por cine.

Un matadero donde la gente anuncia que va a matar el tiempo, y es el Tiempo el que nos va linchando a todos de forma impune. Un matadero donde uno se acostumbra a pagar, para morir con la impresión siempre ajena de ser feliz.

Juan Antonio García Borrero