Archivos diarios: agosto 28, 2008

CENSORES Y PRÓTESIS

Nunca llegué a saber por qué siempre que pensaba en “La infancia de Iván”, de Andrei Tarkovski, venía a mi mente el cine “América”, de Camagüey. Ya en este mismo blog comenté que ese fue el cine en el cual la generación de cinéfilos camagüeyanos a la que pertenezco, descubrió el encanto de las matinés infantiles. Y en esas matinés abundaban las películas soviéticas estilo “Tigres en altamar”, “Los vengadores incapturables”, o “El hombre anfibio” (el resto, es como si las hubiera olvidado). Pues bien, por increíble que parezca, la primera vez que vi “La infancia de Iván” (y por supuesto: no entendí nada) fue en ese cine para niños.

Si traigo a colación la anécdota es porque acabo de leer en una carta que, desesperado, redactara Tarkovski al presidente de Goskino en su momento, denunciando la sistemática censura a que se viera sometido en su país a lo largo de veinte años, lo siguiente:

“(La infancia de Iván) fue calificada de pacifista, a pesar de su enorme éxito. Ni siquiera la buena opinión que le tenía el difunto S. ayudó a su distribución. En Moscú, la película fue proyectada en las funciones de matiné para niños (¿se hizo deliberadamente? ¿para burlarse de la idea del filme?). Dicho de otro modo, se hizo todo lo posible para contrarrestar su éxito en Occidente, a través de una endeble distribución en territorio nacional”.

Supongo que “el difunto S” que Tarkovski menciona sea Sartre, quien, efectivamente, en el momento de su estreno protagonizó una apasionada defensa del filme ante una izquierda italiana que lo acusó de formalista y decadente. No me interesa cuestionar el criterio que se pueda tener sobre este o el resto de las películas de Tarkosvki: al final, cada cual tiene el derecho de que nos guste o no nos guste una determinada manera artística de expresar la visión ante la vida.

Lo que sí resulta intolerable es ese derecho que se adjudica una persona o grupo de personas, para determinar qué es lo que está bien o mal para el resto de los miembros de la sociedad. Como si el censor fuera un Dios, un Mesías, o el custodio providencial de los valores supremos creados por la humanidad, cuando en el fondo sabemos que la censura no es otra cosa que la incompetencia escandalosa que impide defender con argumentos aquello en lo que se dice creer. A más censura, menos convicción en lo que se pregona.

Me imagino la desesperación de Tarkovski al escribirle a su censor. Digo “me imagino” porque nadie conseguirá tener una idea exacta de lo que significa ese tipo de amputación hasta que no se experimenta en carne propia. Podemos compadecernos del manco, pero el gesto no pasará de la piedad hipócrita: nunca le podremos devolver el brazo. Cuando más, le haríamos llegar una prótesis que solo servirá para recordarnos, así pasen los siglos, que la infamia fue real.

Soy un optimista trágico. Sé que la censura, por buenos oficios que haya tenido, jamás podrá anular a un Tarkovski, un Buñuel, un Pasolini, un Oshima, un Scorsese. Pero también sé que lidiar con los censores tiene la misma desventaja que ir a una guerra mundial. Lo dijo Sartre en su apología de “La infancia de Iván”: “La guerra mata, incluso a los que sobreviven”.

Juan Antonio García Borrero