Archivos diarios: agosto 26, 2008

PROCRASTINACION

Hoy he recibido un mensaje que me ha arreglado el día. Es un mensaje privado, que no dice nada excepcional, pero me lo ha enviado un amigo que creía haber perdido desde hace un par de años.

No esperaba ese mensaje, y para mí ha sido toda una lección. Ninguno de los dos nos dijimos nunca nada que mereciera el distanciamiento, pero lo grave es que tampoco hicimos lo más mínimo por corregir el desapego. Dejamos que nuestras diferencias intelectuales, tan naturales en cualquier par de personas que se empeñen en pensar por cabeza propia, se convirtieran en sordas hostilidades.

En mi interior, sabía que debía escribirle. Hacer lo mismo que ha hecho él. Inventar cualquier pretexto con tal de que supiera que su amistad todavía era primordial para mí. Que en verdad no teníamos talento para ignorarnos. O quizás solo ponerle en el texto del mensaje aquella queja melosa de Sabina: “Los besos que perdí por no saber decir Te necesito”.

Pero hice justo lo que ahora mismo es ya una tradición entre nosotros: postergar para mañana lo que es importante hacer hoy. No es que esta actitud sea exclusiva de los cubanos, pues a nivel mundial se le conoce como “procrastinación” y afecta a millones de seres humanos. La procrastinación es el arte de perder el tiempo, el vicio de reemplazar aquello que realmente es cardinal para nosotros con actividades más placenteras o menos incómodas, pero igual de olvidables.

De la procrastinación no se salva nadie. Procrastina el estudiante que deja para el último día la preparación de sus exámenes. Pero también el dirigente que pospone la discusión de asuntos conflictivos con sus subordinados. O el que va dejando para el último día el pago de sus impuestos por lo que esto pueda representar. Nadie ha descrito mejor a un procrastinador que Hemingway, cuando dijo que “hay gente que vive esta vida como si llevara otra en la maleta”.

Mi amigo es una de las personas que más sabe de cine en Cuba. Cuando hablábamos de cine, a mí me causaba sencillamente una impresión tremenda la cantidad de películas que ha visto, los movimientos cinematográficos que ha estudiado, las anécdotas que se conoce. Con lo único que conseguía romper la magia era cuando apelaba a las más pedestres excusas con el fin de justificar que no hubiese escrito un libro que recogiese todos esos conocimientos. Procrastinación dura y pura.

No quiero juzgarlo por esa pereza, pues escribir un libro tampoco cura el cáncer. No es el libro en sí lo que más me importaría, sino la actitud, la fuerza de voluntad, el saberse capaz de vencer esos obstáculos de toda índole que implica poner por escrito las ideas. Lo demás (esperar el elogio de los otros) sería sembrar el terreno de nuevas variantes de procrastinación, ya que nadie se salva de ese mal.

De hecho, con todas las cosas pendientes que tengo delante de mí, ahora mismo yo estoy procrastinando en nombre de la procrastinación, si bien, por el medio, está un amigo.

Juan Antonio García Borrero