Archivos diarios: agosto 24, 2008

SOSPECHOSOS HABITUALES

Los detractores más feroces del cine cubano (véanse ciertos comentarios en este mismo blog), suelen asegurar que de las películas que hasta el momento se han realizado en Cuba, ninguna figurará en esa reducida nómina de filmes que una y otra vez juzga a “El ciudadano Kane”, “El Acorazado Potemkim”, “Las reglas del juego”, “La quimera de oro”, o “La fuente de la virgen”, entre otras, como las mejores películas de la historia del cine.

Eso es absolutamente cierto, pero en buena ley, no es un argumento que sirva para descalificar un proyecto cultural, ya que lo que es importante para un grupo de críticos (para una élite), no necesariamente lo tiene que ser para otros grupos humanos que esperan del cine algo diferente a la mera contemplación estética.

Quisiera dejar claro que no me interesa hablar en nombre de nadie. Respeto el criterio de aquellos que acusan al cine cubano de ser un cine provinciano. También tolero, aunque no la comparta, la opinión de quienes optan por la apología gratuita. En ambos extremos, es evidente que pesa más la frase acuñada que la confrontación exhaustiva.

A mi juicio, no hay cine más provinciano que el de Hollywood, con todo y la cantidad de millones de dólares que hay detrás de cada superproducción. Aclaro que no estoy en contra del buen Hollywood. Para mí Frank Capra es un genio. Como lo es el Billy Wilder de “Algunos prefieren quemarse”. Y me encantaría que existiera en Cuba un “Casablanca”, una “Gilda”, un “Cantando bajo la lluvia”, un “Padrino”.

Lo que me aburre es ese otro Hollywood que nos promete un mundo que todos quisiéramos habitar, pero que en el fondo disfraza la falta de originalidad con el culto al estereotipo. Cine baldío para el cual Warren Beatty tendría una observación memorable: “Las películas son divertidas, pero no son una cura para el cáncer”.

A donde quiero llegar es que para mí el cine, sea el cubano o el sueco, el español o el japonés, el de Bergman o el de John Woo, es un mero pretexto para hablar de cosas que se me antojan más interesantes. Más primordiales. Para no ir lejos, al cine cubano le encuentro una importancia ajena a las expectativas estéticas que pueda generar.

Creo que con el cine cubano podemos hacer antropología visual, por ejemplo. Por eso es que el personaje de Sergio en “Memorias del subdesarrollo” sigue sobreviviéndonos. Porque con su telescopio es capaz de ver incluso a aquellos que, cuarenta años después, insisten en sentarlo en el mismo banquillo de acusado que se ve en la película.

Hoy sabemos que cuando Sergio mira a través de su artefacto, no mira a la ciudad, sino que observa a esa cosa imprecisa que llamamos “futuro”. En ese instante que manipula el telescopio, me asalta la impresión de que todos lo que ahora estamos ocupando esta época, pasamos a ser una suerte de “sospechosos habituales” puestos en fila, en espera de ser identificados por alguien detrás de ese níveo cristal llamado Tiempo.

En casos así, la tradición detectivesca recomienda guardar silencio, no sea cosa que el entusiasmo oral termine transformándose en una evidencia hostil a la hora del Juicio Final. Pero para los cubanos, esa sugerencia ha sido desoída: cuarenta años después de “Memorias del subdesarrollo”, la gente que Sergio veía llegar desde su balcón, siguen reincidiendo en el equívoco. Quiero decir, siguen (seguimos) con los mismos gestos, las mismas palabras, la misma jodienda.

Juan Antonio García Borrero