OTRA SARA

Algunos las llaman “historias mínimas”. Otros “historias cotidianas”. Son esos relatos que los grandes historiadores nunca toman en cuenta. Que los políticos no tienen tiempo de mencionar en sus programas de redención social. Que los economistas descartan porque nada aporta a sus teorías. Que los filósofos desatienden porque no encajan con la cosmovisión que en cada caso intenta explicar el mundo. Historias alejadas de ese modelo de vida contemporáneo convertido en espectáculo. Se trata de la vida profunda.

Claudio Magris nos ha comentado que es “la literatura quien puede salvar estas pequeñas historias, iluminar la relación entre la verdad y la vida, entre el misterio y la cotidianeidad, entre el simple individuo y la Babel de su época”. El cine lo ha intentado en varias ocasiones, pero tiene en su contra depender de una tecnología que tiende a privilegiar la fotogenia por encima del realismo.

Todo esto me viene a la cabeza viendo otra vez ese documental de Sara Gómez (“Una isla para Miguel”) donde los jóvenes “descarriados” de finales de los sesenta, los que no encajaban con el modelo de “Hombre Nuevo” que se quería lograr, aprovechan la única oportunidad que tal vez tuvieron en su vida de enfrentarse a una cámara, y dicen en público sus “verdades”. ¿Por dónde andarán ahora, si andan?

Lo que me atrae todavía del cine de Sara es que, pudiendo maquillar la “realidad” hasta hacerla cinematográfica (es decir, hasta hacerla fotogénica), optó por desnudarla, por mostrarla tal como pocas veces nos atrevemos a imaginarla. Con sus luces y sus sombras. Sus virtudes y sus miserias. Ella, que era una negra “fina, culta y leída”, apostó por dejar a un lado la pose de intelectual afrancesada que pudo ser, y puso por delante lo de ser mejor persona.

“Se ama a la humanidad en general para no tener que amar a los seres en particular”, solía decir Camus, otro abrumado con el demoledor efecto de ese amor que se pregona en abstracto, descuidando la ayuda a aquel que está más cerca. Por lo que deduzco de su obra, Sara parecía estar al tanto del peligro que implica hacer un cine solo atento al cine. Un cine retórico. En su caso, el cine no era un fin, sino un medio para hablar de la vida.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el agosto 21, 2008 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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