Archivos diarios: agosto 19, 2008

“MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO”, HOY COMO AYER

“Memorias del subdesarrollo” viene provocando en mí lo que ciertos libros a los cuales regreso muchas veces, pero sin que ello implique el deber de una relectura total. Basta retornar a un párrafo que uno ha retenido de forma vaga en la mente, o a la descripción de un personaje que se evoca con ambigua nitidez, para que ello garantice un imprevisto placer.

Hubo un momento en que temí que “Memorias del subdesarrollo” terminara por parecerme odiosa. Como todo aquello que ha sido magnificado en un pasado, pero que, a veces de un modo francamente grosero, nos propone la esclavitud de la imitación. O lo que es lo mismo: el culto a esas cicatrices que va dejando el tiempo sobre nuestra imaginación, y que no nos permite experimentar ese privilegio tremendo que significa seguir vivo.

“Las estatuas también mueren”, rezaba el título de un famoso corto de Alain Resnais. Pues hay ciertos filmes que corren el riesgo de nacer convertidos en meras estatuas. Monumentos fastuosos, colosales, pero tan inútiles como esas hermosas catedrales vacías a las que algunas veces aludió Borges.

No creo sea el caso de “Memorias del subdesarrollo”. Este sigue siendo nuestro filme más vivo. El que con más intensidad explora esa condición inefable que intuimos como la “cubanía”. El más imaginativo. El más humano. También el más jodedor.

Jodedor porque, en realidad, no somos nosotros los que vemos a Sergio en una película: es Sergio quien nos espía incesante, como si de una versión del “mirón” infatigable de “La ventana indiscreta” se tratara. Todos los días ese hombre nos observa con matemática pecaminosidad a través de su telescopio. Y nos desnuda con sus mordaces parlamentos. Y nos recuerda nuestras humanas glorias y miserias. Algunas veces cáustico, otras compasivo. Siempre insobornable en su lucidez.

Somos su “rosa púrpura de Cuba”. Que es decir: una sucesión fantasmagórica de seres irracionalmente racionales, que repiten hasta el infinito, los mismos gestos y parlamentos que ya estaban en la novela de Desnoes, y después en la película de Titón. Somos la memoria de ese singular personaje que, ya no quedan dudas, ha logrado sobrevivirnos para mirarnos desde su altura.

Juan Antonio García Borrero

SOBRE EL CUBANO “ESENCIAL”

No es posible comentar la nocividad de los estereotipos, sin pensar en todas esas películas que han creído que los demás sabrán mejor de la magnitud del orgullo nacional, sobre el principio que supone un énfasis casi caricaturesco de nuestros signos más extrovertidos.

“Hoy como ayer” (1987) de Constante Diego, fue un ejemplo notable de que la operación no siempre es ensalzable: la presencia de Benny Moré (un cubano fundacional), contrariando todos los pronósticos y expectativas, no consiguió rebasar la categoría de mera referencia, al ser incapaz de articularse a un discurso que debió hablar de esencias en vez de apariencias.

Pero, ¿cómo reflejar en el cine a ese cubano “esencial” que no tiene sexo, no tiene edad, no tiene rostro, no tiene sonrisa, no tiene tristeza y a pesar de todo ello tiene una identidad?, ¿como revelar en términos fílmicos los atributos que suelen permanecer invariables en la naturaleza de las cosas, y que hacen a nuestro carácter colectivo (como a todos) inmutable, eterno, infinito, indivisible y necesario?, ¿cómo mostrar ese punto común donde varios rasgos a simple vista invisibles llegan a confundirse “todos en uno” conformando lo que con tanta euforia conocemos por nuestra “esencia”, esa mezcla de “soterrada raíz y fruto visible” a la que el poeta José Lezama Lima aludiera alguna vez?.

¿El cubano “esencial” es el Sergio de “Memorias del subdesarrollo” o el Juan Contreras de “Una pelea cubana contra los demonios”?, ¿es el Diego de “Fresa y chocolate” o es el David de la misma película?, ¿es el Ramón de “Retrato de Teresa” o es Teresa misma?, ¿es el Elpidio de “La vida es silbar” o es la Laurita de “Madagascar”?, ¿es el Mesías manipulado de “Pon tu pensamiento en mí” o es la Reina que a pesar de todo espera por su Rey?, ¿es la Alicia inconforme con el “nonsense” de Maravillas o es el Juan Quin Quin buscavidas de los ya irrecuperables sesenta?, ¿es el taxista luchador de “Guantanamera” o es el laboratorista falocrático de “Amor vertical”?.

O para no quedar mal con la clásica metáfora ortizniana del ajíaco, ¿el cubano esencial es la sumatoria de todos estos caracteres o el cociente simulado detrás de tantas propiedades accidentales?

Juan Antonio García Borrero