Archivos Mensuales: agosto 2008

DEMASIADO BREVE, DEMASIADO CINE

“La vida es demasiada breve para aprender alemán”, solía decir Nietzsche. En realidad, la vida es demasiado efímera para aprender cualquier cosa. Por ejemplo, me consta que la vida es demasiado corta como para llegar a entender eso que llaman “cine cubano”.

Cuando abrí este blog, algunos me dijeron que lo estaba condenando a una finitud casi obscena. ¿Un blog sobre una cinematografía tan precaria? ¿Por qué mejor no hablar del cine en sentido general, y como un acápite puntual, hablar del cine cubano?

Tiene su lógica, pero en realidad, ¿qué sabemos ahora mismo del cine cubano? Yo creo que muy poco. Solo sabemos lo que nos han dicho unas pocas personas. Sabemos apenas lo que la “Historia oficial” nos ha relatado. O lo que la crítica, con su “autoridad”, ha canonizado.

Por eso es que un libro como “A contraluz”, de Luciano Castillo, me parece tan renovador. Leer lo que en cada momento declaran Livio Delgado (fotógrafo), Nelson Rodríguez (editor), o Fernando Pérez (director), nos sumerge en una realidad hasta ahora preterida por esa crítica que ha priorizado la interpretación de lo que ve, antes que el estudio de lo que hay en el principio de todo (justo lo que uno no ve).

A los críticos cubanos nos ha faltado una visión como la que David Bordwell, Jane Staiger, y Kristin Thompson han desarrollado en “El cine clásico de Hollywood”. Lo que en su momento decían estos autores puede que nos quede a la medida a los investigadores del patio:

“La reciente crítica cinematográfica académica se centra de un modo cada vez más exclusivo en el texto. Metodologías de una gran sofisticación, basadas en la antropología, la semiótica, el psicoanálisis y la crítica literaria han ampliado de un modo drástico nuestra percepción de cómo funciona una película. Pero a menudo el análisis crítico ha sido incapaz de especificar las condiciones históricas que han controlado y dado forma a los procesos textuales”.

Si vinculamos esto al cine cubano, las preguntas serían interminables. ¿Qué sabemos de las inventivas de Marcos Madrigal, por ejemplo, como sonidista en cada una de las películas en las que participó?,¿de qué modo influyó en la imagen del cine nacional la formación de técnicos en Checoslovaquia?, ¿hasta qué punto esa secuencia que hoy veneramos – como la del telescopio en “Memorias del subdesarrollo”- fue algo voluntario, casual, o hija de ciertas circunstancias técnicas?, y en los documentales de Santiago Álvarez, ¿qué tanta experimentación tecnológica (más que estética) determinaba el resultado final?

Trato de explicar por qué cada película que hoy figura en el cine nacional, es para mí un enigma que aún está por descifrar.

Juan Antonio García Borrero

LA NEBULOSA DE LA CRÍTICA DE CINE: DESENCUENTROS Y OLVIDOS

Todavía recuerdo aquel Taller la de Crítica Cinematográfica celebrado en Camagüey (¿fue el cuarto?, ¿o acaso el tercero?) en que un joven, entonces absolutamente desconocido, que vivía creo en Puerto Padre, osó leer una ponencia donde afirmaba que el cine cubano no existía.

La mayoría de los críticos reunidos en aquel recinto se escandalizaron. Se sintieron agredidos. Acusaron a aquel joven de ser “muy joven”. De hacer de la herejía una gratis provocación. Invocaron como argumento la “falta de autoridad”, y lo que pudo ser un buen debate, otra vez quedó reducido a una pelea de solar donde cada cual trataba de salvar el pellejo de su ego. Los argumentos del joven quedaron intactos, y la mayoría de los críticos siguieron repitiendo lo mismo de siempre.

Aquel joven, que ahora reside en Barcelona, pertenece a la nombrada “Generación Y”. Hoy firma sus libros y textos como Yam Montaña, pero cuando bebíamos nuestros rones en “El Bodegón” de Camagüey, yo le llamaba (y le sigo llamando) simplemente Yamil. Yam tiene el mérito, además, de haber sido el primer cubano que colgó en el ciberespacio un blog referido al cine (Cinema interactivo). Lo hizo cuando aún vivía en Cuba, que es algo que también se tendría que tener en cuenta.

El texto que ha tenido la gentileza de enviarme es de esos que me hubiese encantado discutir en uno de esos Talleres de la Crítica que se acostumbraban a hacer en marzo. No sé si de nuevo Yam se hubiese visto acosado por los críticos, pero sus ideas ayudan a mover otras ideas. Al menos, eso es lo que provoca en mí. Y es lo que más agradezco.

Juan Antonio García Borrero

LA NEBULOSA DE LA CRÍTICA DE CINE: DESENCUENTROS Y OLVIDOS
(Borrador/ primeras notas)

Por Yam Montaña

I

Crítica: Del lat. “criticus” y éste del gr. κριτικός “kritikós” – “capaz de discernir”, proveniente del verbo κρίνειν “krínein” – “separar, decidir, juzgar”, de raíz indoeuropea *krei- “cribar, discriminar, distinguir” y emparentado con el lat. “cerno” – “separar” (cf. “dis-cernir”), “cribrum” – “criba” y “crimen” – “juicio, acusación” (compárese con el gr. κρίμα “kríma” – “juicio”.

No hay verdad absoluta, ni verdad definitiva, más bien verdades transitorias que se corresponden con el saber de una determinada época. Se está en la verdad, el que cree que lo que está en efecto dividido está dividido (1) y tiene el valor de afirmar así su fe cognoscitiva. La crítica de cine intenta construir verdades desde la realidad sobre un universo cuyas leyes, nexos y procesos se transforman constantemente y operan en lo imaginal, lo subjetivo y lo efímero. La crítica de cine, y de cualquier disciplina, realmente opera más en el plano del pensamiento, y debe trascender el plano literario y periodístico, sin intentar imponer verdades para poder revelar los elementos sustanciales del cine y así poder entender su articulación a niveles antropológicos, filosóficos, sociales y económicos, con sus consumidores.

Sin embargo, la postura de la crítica suele ser básicamente interpretativa, en ocasiones sus torpes deslices de hermenéuticas personales, muchas veces didácticos y manualescos conducen a reducir la capacidad irradiadora de una obra a un estado monosémico absudo. Sin mucha suerte, a lo sumo nos encontramos con una crítica de palabrería rebuscada, gramaticalmente correcta, que parece propensa a una reflexión más sustanciosa, pero detrás de la retórica (2) no hay más que ardid y acrobacia lingüísticas que encubren un aparato teórico conceptual raquítico, incapaz de ir más allá de lo meramente formal. Para colmo una probada desunión y disputas no zanjadas, ni siquiera en el terreno del solar y la chancleta, hacen que sospeche que no existe siquiera una verdadera comunidad de críticos de cine en Cuba.

Una comunidad comprende niveles globales y locales, comprende la interacción, la combinación, la inclusión del Otro, implica disyuntiva de identidades, provoca uniformidad y heterogeneidad (3), trae como consecuencia distinción, discriminación y exclusión, pero sobre todas las cosas el diálogo permanente es lo que le da sentido, haciendo de la cooperación y de la lucha un alimento que la renueva. La unidad de una comunidad está en su diversidad, esta visión kantiana no puede ser más dialéctica y universal, pero cuando no hay diálogo sostenido por quienes la conforman y no están claros sus límites y las carencias de su base teórico conceptual, entonces estamos ante una comunidad virtual, una formación intuida y nominal que agrupa a profesionales que se dedican a la misma especialidad.

Si existiera una comunidad de críticos de cine existiera una zona cultural que permitiría procesos de acumulación de conocimiento colectivo mediante la construcción de un espacio irradiador sobre la base de empatías y hegemonías creando redes solidarias donde no solo se produciría un intercambio de información dentro de la misma comunidad, sino un diálogo muy beneficioso con otras comunidades. Una verdadera comunidad va más allá de la aldea, supera la dificultad del espacio físico, es un proceso de ampliación de conocimientos en un intento colectivo de enfrentar problemas globales y locales. Se hace evidente una reinvención de la manera de hacer la crítica de cine y sobre todo la manera de socializarse para contribuir a la democratización del conocimiento y a la alfabetización audiovisual sin coerción, ni frivolidad, ni didactismo militante.

En nuestra crítica de cine no hay concilio, no hay polémica sostenida que trascienda lo personal y privado, no hay consenso, ni interés en reconsiderar acciones colectivas en beneficio de preservar, entender mejor y promover nuestra memoria fílmica. Historiar y cuantificar, crear dudosas taxonomías y etiquetar de manera compulsiva, degrada las esencias de la crítica y agrega aguas turbias a una especialidad encantadora y maldita, oscura y luminosa. Tampoco hay mucho interés, salvo casos excepcionales, en producir teoría y facilitar el diálogo entre público, realizadores y obras.

Nada más lejos de su etimología que la crítica (de cine) nuestra, muchas veces miope, sectaria, improvisadamente aldeana cuando quiere sesgar y excluir; y por qué no cobarde a la hora de entender la diáspora, el exilio, los derroteros de cineastas tachados de traidores y herejes, con más o menos tintes políticos que no hacen más que crear una nebulosa, un espacio enrarecido donde tener voz propia y andar a contracorriente lejos de crear polémica y debate crea íntimos enemigos que conspiran contra el crecimiento colectivo.

Por otro lado y quizás lo más lamentable es el estado de autofagia que sufre la crítica de cine, su actitud de clan condicionado por las instituciones y su precaria capacidad para relacionarse, mezclarse y abrirse no sólo a otras redes de profesionales evidencian un estado que va más allá del letargo, de los clisés lingüísticos con que rellenan páginas de revistas, libros y otros medios; va más allá de una muerte en vida donde la resurrección es desesperadamente necesaria. ¿Pero quiénes podrán reanimar los huesos muertos, quiénes harán de tripas corazón, quiénes dejarán a un lado las diatribas y trifulcas personales para sumarse a la aventura colectiva que debe ser la crítica de cine? ¿La crítica que sobrevive actualmente es la que necesitamos, es la que necesita, incluso, nuestro cine? ¿Hasta donde las aguas profundas de lo “nacional”, los conceptos pantanosos de la “identidad” y el pensamiento político dominante aderezan y modelan lo que nos atrevemos a llamar crítica de cine? Está claro que hay muchas más preguntas, que respuestas sobran a diestra y siniestra, pero todo queda desdichadamente sumergido, en cartas cruzadas, cotilleos de pasillos, en aperitivos verbales de sobremesa y en soliloquios en cada laberinto de soledad de los que habitamos. Por suerte quedan abrevaderos, verdaderas zonas de resistencia del pensamiento que mueven ideas, provocan reflexiones y arrojan posibles caminos sobre el pasado, presente y futuro de nuestra crítica. Pero todavía faltan caminantes y también muchos caminos porque andar, sobre todo por sí mismo, es una ardua tarea.

NOTAS:

1) Aristóteles: Metafísica, Política. La Habana, 1968, pp 235-236
2) Preferimos usar el término retórica no con la carga peyorativa con el que se ha popularizado, sino en su mejor acepción: el arte del buen decir.
3) Pablo González Casanova: Comunidad: la dialéctica del espacio. Revista Temas, No.36, enero-marzo de 2004, pp 4-15.

POR EL HUECO DE LOS DÍAS

Ante mí, este espléndido verso del poeta Manuel García Verdecia: “el día es un hueco por donde me despeño”.

Hacía rato que no leía algo que, en tan pocas palabras, provocara en mí algo tan parecido al vértigo. Imagen dramática, pero preciosa, esa del día como abismo. Como aventura impredecible. Como laberinto perturbador.

Es ese arrebato existencialmente poético lo que más extraño del cine de esta época. El cine, tal como lo vivimos ahora mismo, es más bien una pared que impide exigirle cuentas a la realidad. Es un muro. Otro muro de Berlín.

Hablo de ese cine hegemónico que se conforma con contar historias donde lo único que vale es lo que se ve, se escucha, y después se repite como un disco rayado en todas partes. “Realismo” de superficie. Espejos que solo reflejan otros espejos, pero que deja en las sombras lo único incurablemente real: nuestra esteparia soledad.

Leyendo los versos de García Verdecia, se me antoja que podríamos reclamar una forma diferente de ver cine. Propongo que coloquemos la pantalla allá abajo, como si esta fuera una piscina. Y los espectadores, en vez de butacas a ras de suelo, ocuparíamos unos trampolines colocados a veinte o treinta metros de altura (Narciso desafiando a su destino, al peligro). El agua sería “la realidad”, a la vez que nuestro “espejo” (nos veríamos tan pequeños como somos).

La cinta comenzaría una vez que el proyeccionista (árbitro de turno) de la orden de lanzarnos al filme. Muchos se lanzarán, pero solo sobrevivirán aquellos que se nieguen a arrojarse a una película que no tenga garantías de ser más o menos profunda. Porque el asunto no sería mostrar habilidades para flotar sobre la nada (como hasta ahora), sino perderle el pánico a aprender a respirar en las honduras.

Pueden pasar dos cosas: que en un arranque de platonismo reciclado, los cineastas (como los poetas) terminen expulsados de la República de la Verdad, luego de ponerse en evidencia sus intereses en conflicto con “lo real” (ya sabemos: vemos películas de horror en el día, para dormir tranquilos en las madrugadas); o que sean los mismos cineastas quienes tomen medidas que ayuden a imprimirle un poco de vida a este fotogénico matadero que hoy conocemos por cine.

Un matadero donde la gente anuncia que va a matar el tiempo, y es el Tiempo el que nos va linchando a todos de forma impune. Un matadero donde uno se acostumbra a pagar, para morir con la impresión siempre ajena de ser feliz.

Juan Antonio García Borrero

CENSORES Y PRÓTESIS

Nunca llegué a saber por qué siempre que pensaba en “La infancia de Iván”, de Andrei Tarkovski, venía a mi mente el cine “América”, de Camagüey. Ya en este mismo blog comenté que ese fue el cine en el cual la generación de cinéfilos camagüeyanos a la que pertenezco, descubrió el encanto de las matinés infantiles. Y en esas matinés abundaban las películas soviéticas estilo “Tigres en altamar”, “Los vengadores incapturables”, o “El hombre anfibio” (el resto, es como si las hubiera olvidado). Pues bien, por increíble que parezca, la primera vez que vi “La infancia de Iván” (y por supuesto: no entendí nada) fue en ese cine para niños.

Si traigo a colación la anécdota es porque acabo de leer en una carta que, desesperado, redactara Tarkovski al presidente de Goskino en su momento, denunciando la sistemática censura a que se viera sometido en su país a lo largo de veinte años, lo siguiente:

“(La infancia de Iván) fue calificada de pacifista, a pesar de su enorme éxito. Ni siquiera la buena opinión que le tenía el difunto S. ayudó a su distribución. En Moscú, la película fue proyectada en las funciones de matiné para niños (¿se hizo deliberadamente? ¿para burlarse de la idea del filme?). Dicho de otro modo, se hizo todo lo posible para contrarrestar su éxito en Occidente, a través de una endeble distribución en territorio nacional”.

Supongo que “el difunto S” que Tarkovski menciona sea Sartre, quien, efectivamente, en el momento de su estreno protagonizó una apasionada defensa del filme ante una izquierda italiana que lo acusó de formalista y decadente. No me interesa cuestionar el criterio que se pueda tener sobre este o el resto de las películas de Tarkosvki: al final, cada cual tiene el derecho de que nos guste o no nos guste una determinada manera artística de expresar la visión ante la vida.

Lo que sí resulta intolerable es ese derecho que se adjudica una persona o grupo de personas, para determinar qué es lo que está bien o mal para el resto de los miembros de la sociedad. Como si el censor fuera un Dios, un Mesías, o el custodio providencial de los valores supremos creados por la humanidad, cuando en el fondo sabemos que la censura no es otra cosa que la incompetencia escandalosa que impide defender con argumentos aquello en lo que se dice creer. A más censura, menos convicción en lo que se pregona.

Me imagino la desesperación de Tarkovski al escribirle a su censor. Digo “me imagino” porque nadie conseguirá tener una idea exacta de lo que significa ese tipo de amputación hasta que no se experimenta en carne propia. Podemos compadecernos del manco, pero el gesto no pasará de la piedad hipócrita: nunca le podremos devolver el brazo. Cuando más, le haríamos llegar una prótesis que solo servirá para recordarnos, así pasen los siglos, que la infamia fue real.

Soy un optimista trágico. Sé que la censura, por buenos oficios que haya tenido, jamás podrá anular a un Tarkovski, un Buñuel, un Pasolini, un Oshima, un Scorsese. Pero también sé que lidiar con los censores tiene la misma desventaja que ir a una guerra mundial. Lo dijo Sartre en su apología de “La infancia de Iván”: “La guerra mata, incluso a los que sobreviven”.

Juan Antonio García Borrero

PROCRASTINACION

Hoy he recibido un mensaje que me ha arreglado el día. Es un mensaje privado, que no dice nada excepcional, pero me lo ha enviado un amigo que creía haber perdido desde hace un par de años.

No esperaba ese mensaje, y para mí ha sido toda una lección. Ninguno de los dos nos dijimos nunca nada que mereciera el distanciamiento, pero lo grave es que tampoco hicimos lo más mínimo por corregir el desapego. Dejamos que nuestras diferencias intelectuales, tan naturales en cualquier par de personas que se empeñen en pensar por cabeza propia, se convirtieran en sordas hostilidades.

En mi interior, sabía que debía escribirle. Hacer lo mismo que ha hecho él. Inventar cualquier pretexto con tal de que supiera que su amistad todavía era primordial para mí. Que en verdad no teníamos talento para ignorarnos. O quizás solo ponerle en el texto del mensaje aquella queja melosa de Sabina: “Los besos que perdí por no saber decir Te necesito”.

Pero hice justo lo que ahora mismo es ya una tradición entre nosotros: postergar para mañana lo que es importante hacer hoy. No es que esta actitud sea exclusiva de los cubanos, pues a nivel mundial se le conoce como “procrastinación” y afecta a millones de seres humanos. La procrastinación es el arte de perder el tiempo, el vicio de reemplazar aquello que realmente es cardinal para nosotros con actividades más placenteras o menos incómodas, pero igual de olvidables.

De la procrastinación no se salva nadie. Procrastina el estudiante que deja para el último día la preparación de sus exámenes. Pero también el dirigente que pospone la discusión de asuntos conflictivos con sus subordinados. O el que va dejando para el último día el pago de sus impuestos por lo que esto pueda representar. Nadie ha descrito mejor a un procrastinador que Hemingway, cuando dijo que “hay gente que vive esta vida como si llevara otra en la maleta”.

Mi amigo es una de las personas que más sabe de cine en Cuba. Cuando hablábamos de cine, a mí me causaba sencillamente una impresión tremenda la cantidad de películas que ha visto, los movimientos cinematográficos que ha estudiado, las anécdotas que se conoce. Con lo único que conseguía romper la magia era cuando apelaba a las más pedestres excusas con el fin de justificar que no hubiese escrito un libro que recogiese todos esos conocimientos. Procrastinación dura y pura.

No quiero juzgarlo por esa pereza, pues escribir un libro tampoco cura el cáncer. No es el libro en sí lo que más me importaría, sino la actitud, la fuerza de voluntad, el saberse capaz de vencer esos obstáculos de toda índole que implica poner por escrito las ideas. Lo demás (esperar el elogio de los otros) sería sembrar el terreno de nuevas variantes de procrastinación, ya que nadie se salva de ese mal.

De hecho, con todas las cosas pendientes que tengo delante de mí, ahora mismo yo estoy procrastinando en nombre de la procrastinación, si bien, por el medio, está un amigo.

Juan Antonio García Borrero

SOSPECHOSOS HABITUALES

Los detractores más feroces del cine cubano (véanse ciertos comentarios en este mismo blog), suelen asegurar que de las películas que hasta el momento se han realizado en Cuba, ninguna figurará en esa reducida nómina de filmes que una y otra vez juzga a “El ciudadano Kane”, “El Acorazado Potemkim”, “Las reglas del juego”, “La quimera de oro”, o “La fuente de la virgen”, entre otras, como las mejores películas de la historia del cine.

Eso es absolutamente cierto, pero en buena ley, no es un argumento que sirva para descalificar un proyecto cultural, ya que lo que es importante para un grupo de críticos (para una élite), no necesariamente lo tiene que ser para otros grupos humanos que esperan del cine algo diferente a la mera contemplación estética.

Quisiera dejar claro que no me interesa hablar en nombre de nadie. Respeto el criterio de aquellos que acusan al cine cubano de ser un cine provinciano. También tolero, aunque no la comparta, la opinión de quienes optan por la apología gratuita. En ambos extremos, es evidente que pesa más la frase acuñada que la confrontación exhaustiva.

A mi juicio, no hay cine más provinciano que el de Hollywood, con todo y la cantidad de millones de dólares que hay detrás de cada superproducción. Aclaro que no estoy en contra del buen Hollywood. Para mí Frank Capra es un genio. Como lo es el Billy Wilder de “Algunos prefieren quemarse”. Y me encantaría que existiera en Cuba un “Casablanca”, una “Gilda”, un “Cantando bajo la lluvia”, un “Padrino”.

Lo que me aburre es ese otro Hollywood que nos promete un mundo que todos quisiéramos habitar, pero que en el fondo disfraza la falta de originalidad con el culto al estereotipo. Cine baldío para el cual Warren Beatty tendría una observación memorable: “Las películas son divertidas, pero no son una cura para el cáncer”.

A donde quiero llegar es que para mí el cine, sea el cubano o el sueco, el español o el japonés, el de Bergman o el de John Woo, es un mero pretexto para hablar de cosas que se me antojan más interesantes. Más primordiales. Para no ir lejos, al cine cubano le encuentro una importancia ajena a las expectativas estéticas que pueda generar.

Creo que con el cine cubano podemos hacer antropología visual, por ejemplo. Por eso es que el personaje de Sergio en “Memorias del subdesarrollo” sigue sobreviviéndonos. Porque con su telescopio es capaz de ver incluso a aquellos que, cuarenta años después, insisten en sentarlo en el mismo banquillo de acusado que se ve en la película.

Hoy sabemos que cuando Sergio mira a través de su artefacto, no mira a la ciudad, sino que observa a esa cosa imprecisa que llamamos “futuro”. En ese instante que manipula el telescopio, me asalta la impresión de que todos lo que ahora estamos ocupando esta época, pasamos a ser una suerte de “sospechosos habituales” puestos en fila, en espera de ser identificados por alguien detrás de ese níveo cristal llamado Tiempo.

En casos así, la tradición detectivesca recomienda guardar silencio, no sea cosa que el entusiasmo oral termine transformándose en una evidencia hostil a la hora del Juicio Final. Pero para los cubanos, esa sugerencia ha sido desoída: cuarenta años después de “Memorias del subdesarrollo”, la gente que Sergio veía llegar desde su balcón, siguen reincidiendo en el equívoco. Quiero decir, siguen (seguimos) con los mismos gestos, las mismas palabras, la misma jodienda.

Juan Antonio García Borrero

EL CUBANO ESENCIAL II

El post sobre “el cubano esencial” ha generado varios comentarios que, aunque por vía privada, me estimulan a seguir pensando el asunto. Lo primero que debo aclarar es que lo del “cubano esencial” es, en mi caso, una metáfora que me ayuda a insertar mis preguntas absolutamente personales, en un debate colectivo todavía inédito.

Nunca lograré conocer a todos los cubanos que existen en este mundo, pero lo más grave es que no me alcanzará la vida para conocer a dos (por lo menos dos), que puedan relatar experiencias idénticas, y a partir de estas, definir su identidad, o esa supuesta esencia que llaman “cubanía”.

Al contrario, he visto que algunas que las experiencias que más me han marcado (para bien o para mal) también le suceden con frecuencia a españoles, franceses, marroquíes, y portugueses. Y otras de las que no puedo hacer gala (y que, según los estereotipos, pertenecerían a gente de Primer Mundo), hoy las ostentan aquí mismo un grupo más bien reducido de compatriotas. ¿Los hace eso menos cubanos?, ¿o soy yo el que desentono en esa química nacional que, siguiendo la imagen de Ortiz, se sigue cocinando?

Por eso lo del “cubano esencial” me funciona apenas a nivel simbólico. No se trata de que, como pregona el más conocido de los existencialismos, hemos sido arrojados a este mundo, y abandonados a nuestra suerte. El lado negativo está en que, en verdad, hemos sido arrojados a culturas que nos preceden e imponen sus pautas. Y son esas pautas culturales que heredamos, aún antes de ser reconocidos ante los demás por nuestro nombre propio, las que van diseñando la supuesta identidad: para el caso “la cubanía”.

Un cine que haga descansar la legitimidad de su discurso en esos atributos que a los ojos de los demás nos identifican, corre el riesgo inevitable de la percepción superficial, pues aunque nacidos en una misma tierra, los cubanos cambiamos a diario (a veces hasta dos o tres veces en el mismo día). Afirmar lo contrario sería concedernos un carácter providencial que va contra todo lo que el marxismo más primario, por ejemplo, nos enseñó en su momento. Es decir, estaríamos cambiando la dialéctica por el dogmatismo; el sentido común por el sentido estrecho de quienes pretenden pasar “la parte” que conocen por “el todo” que ni sospechan.

¿Es más cubana “Memorias del subdesarrollo” (1969), realizada en Cuba, que lo que será en su momento “Memorias del desarrollo”, que por estos días se concluye en Nueva York? Si cine cubano es solo eso donde se ve la enseña nacional, el Capitolio, las olas rompiendo en el Malecón, ¿dónde dejamos entonces a Jorge Molina o a Miguel Coyula, cuando ubican sus ficciones en territorios y épocas neutras?

Borges, a propósito del escritor argentino y la tradición aseguraba algo que el cine cubano debería tener siempre en cuenta. Decía Borges que “no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque o ser argentino es una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara. Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama la creación artística, seremos argentinos y seremos, también, buenos o tolerables escritores”.

Juan Antonio García Borrero

OTRA SARA

Algunos las llaman “historias mínimas”. Otros “historias cotidianas”. Son esos relatos que los grandes historiadores nunca toman en cuenta. Que los políticos no tienen tiempo de mencionar en sus programas de redención social. Que los economistas descartan porque nada aporta a sus teorías. Que los filósofos desatienden porque no encajan con la cosmovisión que en cada caso intenta explicar el mundo. Historias alejadas de ese modelo de vida contemporáneo convertido en espectáculo. Se trata de la vida profunda.

Claudio Magris nos ha comentado que es “la literatura quien puede salvar estas pequeñas historias, iluminar la relación entre la verdad y la vida, entre el misterio y la cotidianeidad, entre el simple individuo y la Babel de su época”. El cine lo ha intentado en varias ocasiones, pero tiene en su contra depender de una tecnología que tiende a privilegiar la fotogenia por encima del realismo.

Todo esto me viene a la cabeza viendo otra vez ese documental de Sara Gómez (“Una isla para Miguel”) donde los jóvenes “descarriados” de finales de los sesenta, los que no encajaban con el modelo de “Hombre Nuevo” que se quería lograr, aprovechan la única oportunidad que tal vez tuvieron en su vida de enfrentarse a una cámara, y dicen en público sus “verdades”. ¿Por dónde andarán ahora, si andan?

Lo que me atrae todavía del cine de Sara es que, pudiendo maquillar la “realidad” hasta hacerla cinematográfica (es decir, hasta hacerla fotogénica), optó por desnudarla, por mostrarla tal como pocas veces nos atrevemos a imaginarla. Con sus luces y sus sombras. Sus virtudes y sus miserias. Ella, que era una negra “fina, culta y leída”, apostó por dejar a un lado la pose de intelectual afrancesada que pudo ser, y puso por delante lo de ser mejor persona.

“Se ama a la humanidad en general para no tener que amar a los seres en particular”, solía decir Camus, otro abrumado con el demoledor efecto de ese amor que se pregona en abstracto, descuidando la ayuda a aquel que está más cerca. Por lo que deduzco de su obra, Sara parecía estar al tanto del peligro que implica hacer un cine solo atento al cine. Un cine retórico. En su caso, el cine no era un fin, sino un medio para hablar de la vida.

Juan Antonio García Borrero

LA DICTADURA DE LAS EMOCIONES

Lo escribía Milan Kundera en los ochenta: “Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga. En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón”

Siempre me intrigó esta observación, que parece condenar el cine (y los críticos) al reino de lo cursi. ¿No es acaso el cine la apoteosis de las emociones?, ¿el arte maestro de la manipulación sensiblera? Entonces, ¿tendrá sentido una crítica que se centre en la interpretación, en la inferencia ilustrada de “valores artísticos”?

Reynaldo González acuñó entre nosotros una frase que es una maravilla: “llorar es un placer”. ¿Hasta qué punto el cine cubano ha tomado en cuenta esa evidencia? Son pocos los cineastas, como Humberto Solás o Enrique Pineda Barnet, que han querido adentrarse en el melodrama sin complejos. Sin que en el fondo les quede ese sutil sentimiento de culpa que les hace sentir disidentes en medio de una filmografía mayoritariamente épica y, supuestamente, de Autor.

No se trata de fomentar esa cultura del gimoteo obsceno que tanta parálisis inyecta al espíritu humano, sino insertarse en una tradición que tiene en Visconti o Douglas Sirk verdaderos genios. Ahora que el autoengaño colectivo es casi una industria cultural de nuestra época, proponer películas que hablen del cubano como un ser social, pero antes, como un ente biológico que siente, ríe, se desilusiona, odia, llora, y hasta hace de su rencor una manera de sentir que aún no está vencido, tal vez le devuelva a nuestra filmografía una proyección universal.

El cine cubano necesita recuperar esas historias donde el corazón sigue teniendo razones que la razón ignora.

Juan Antonio García Borrero

“MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO”, HOY COMO AYER

“Memorias del subdesarrollo” viene provocando en mí lo que ciertos libros a los cuales regreso muchas veces, pero sin que ello implique el deber de una relectura total. Basta retornar a un párrafo que uno ha retenido de forma vaga en la mente, o a la descripción de un personaje que se evoca con ambigua nitidez, para que ello garantice un imprevisto placer.

Hubo un momento en que temí que “Memorias del subdesarrollo” terminara por parecerme odiosa. Como todo aquello que ha sido magnificado en un pasado, pero que, a veces de un modo francamente grosero, nos propone la esclavitud de la imitación. O lo que es lo mismo: el culto a esas cicatrices que va dejando el tiempo sobre nuestra imaginación, y que no nos permite experimentar ese privilegio tremendo que significa seguir vivo.

“Las estatuas también mueren”, rezaba el título de un famoso corto de Alain Resnais. Pues hay ciertos filmes que corren el riesgo de nacer convertidos en meras estatuas. Monumentos fastuosos, colosales, pero tan inútiles como esas hermosas catedrales vacías a las que algunas veces aludió Borges.

No creo sea el caso de “Memorias del subdesarrollo”. Este sigue siendo nuestro filme más vivo. El que con más intensidad explora esa condición inefable que intuimos como la “cubanía”. El más imaginativo. El más humano. También el más jodedor.

Jodedor porque, en realidad, no somos nosotros los que vemos a Sergio en una película: es Sergio quien nos espía incesante, como si de una versión del “mirón” infatigable de “La ventana indiscreta” se tratara. Todos los días ese hombre nos observa con matemática pecaminosidad a través de su telescopio. Y nos desnuda con sus mordaces parlamentos. Y nos recuerda nuestras humanas glorias y miserias. Algunas veces cáustico, otras compasivo. Siempre insobornable en su lucidez.

Somos su “rosa púrpura de Cuba”. Que es decir: una sucesión fantasmagórica de seres irracionalmente racionales, que repiten hasta el infinito, los mismos gestos y parlamentos que ya estaban en la novela de Desnoes, y después en la película de Titón. Somos la memoria de ese singular personaje que, ya no quedan dudas, ha logrado sobrevivirnos para mirarnos desde su altura.

Juan Antonio García Borrero