Archivos Mensuales: abril 2008

LA REVOLUCIÓN DE LOS BLOGS Y LA CRÍTICA TRADICIONAL DE CINE

Para Julio García Espinosa,
que alguna vez nos propuso
la utopía
de una Crítica sin críticos.

Y para Eduardo Trías,
que ha inspirado no pocas
de estas ideas.

1.
El nueve de diciembre de 1961, Susan Sontag anotó lo siguiente en su diario personal: “El miedo a envejecer nace del reconocimiento de que uno no está viviendo la vida que desea. Es equivalente a la sensación de estar usando mal el presente”. Puede leerse lo anterior como una clara referencia a un estado de ánimo puntual, y sin embargo, apenas dos o tres días después, escribe esta otra reflexión que, aunque lacónica, permite vislumbrar hacia adónde apunta su insatisfacción: “No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

En aquel 1961, todavía la Sontag no había redactado su célebre ensayo “Contra la interpretación” (1964), tal vez el más contundente ataque teórico a esa cacería de “significados” que predominaba entonces en la práctica académica encargada de estudiar la literatura. El breve artículo sobresalía por la belleza literaria de lo que expresaba, pero también por la agudeza a la hora de desmontar la retórica interpretativa.

“Contra la interpretación” pregonaba un abundante número de quejas que hoy podrían recordarse en forma de sentencias, como las siguientes: “Ninguno de nosotros podrá recuperar jamás aquella inocencia anterior a toda teoría”; “el intérprete, sin llegar a suprimir o reescribir el texto, lo altera”, “la nuestra es una cultura basada en el exceso, en la superproducción; el resultado es la constante declinación de la agudeza de nuestra experiencia sensorial”, “la función de la crítica debiera consistir en mostrar cómo es lo que es, incluso qué es lo que es, y no en mostrar qué significa”, y finalmente, “en lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”. (1)

En ese mismo escrito, Susan Sontag manifestaba su optimismo ante el hecho de que el cine (a diferencia de la literatura o la plástica) aún estuviese a salvo de los interpretadores. Como expresión artística, el cine aún era muy joven, y solo a inicios de esa década se estrenaba como objeto de estudio en las universidades, adquiriendo un status diferente al carácter de feria que hasta entonces invalidaba la atención de los eruditos. Por eso, para la Sontag,

“(…) es posible eludir a los intérpretes por otro camino: mediante la creación de obras de arte cuya superficie sea tan unificada y límpida, cuyo ímpetu sea tal, cuyo mensaje sea tan directo, que la obra puede ser… lo que es. ¿Es esto posible hoy? Sucede, a mi entender, en el cine. (…) Pues el cine, a diferencia de la novela, posee un vocabulario de las formas: la explícita, compleja y discutible tecnología de los movimientos de cámara, de los cortes, y de la composición de planos implicados en la realización de una película”. (2)

Hoy sabemos, sin embargo, que la crítica referida al cine comenzó a ganar autoridad académica hacia finales de los sesenta, precisamente por el ejercicio sistemático de la interpretación. De hecho, la crítica basada en la interpretación es lo que ha permitido consolidar la figura del estudioso como “experto”, y con ello fortalecer un esquema de producción y consumo de saber prácticamente unidireccional, donde al receptor solo le está conferido el derecho de participar a distancia.

2.
En otro libro íntimo (el epistolario de Nietzsche, tal vez el pensador más independiente que ha dado Occidente en los dos últimos siglos), tropiezo con esta reflexión que el filósofo dirigiera a Mawilda Von Meysenbug, el 6 de abril de 1873:

“Mi Parnassus del porvenir es llegar a ser – esforzándome mucho y teniendo alguna suerte y mucho tiempo – un regular escritor, pero, sobre todo, “sobrio en escribir”. De tiempo en tiempo me invade una repugnancia infantil por el papel impreso, que me parece entonces tan sólo papel ensuciado. Me figuro muy claramente una futura época en que se lea poco y escriba menos, pero se piense mucho y obre más. Todo parece ya aguardar la venida del hombre de acción que arranque de sí mismo y de los demás las costumbres seculares y dé un nuevo y mejor ejemplo que imitar”. (3)

Ya sabemos de esas malas lecturas que ciertas fuerzas políticas hicieron y siguen haciendo de Nietzsche, riesgo del cual él siempre estuvo consciente (4), pero tal vez nuestra época ya está comenzando a desafiar esa cultura literaria sobre la cual los hombres han acomodado todas sus creencias e interpretaciones. Es cierto que en lo que respecta a la crítica de cine, en la práctica se sigue apelando a los ya conocidos dispositivos literarios (la reseña, el ensayo), lo cual garantiza el respeto de la comunidad académica, pero el advenimiento y rápida consolidación de lo que ya a estas alturas se conoce por “blogosfera”, amenaza con modificar la situación.

No importa que para la crítica más ortodoxa todavía un blog no resulte otra cosa que un espacio donde publicitar meras opiniones, y doxas al fin, estas carezcan de la legitimidad que ostentan cada una de esas teorías en que se apoya el llamado conocimiento científico. Habituados a esa rutina que parece iniciarse con Platón, y en la cual el arte es el reflejo de la realidad, los críticos han defendido la necesidad de escrutar en las interioridades de la obra artística, con el fin de sacar a la luz aquellos mensajes que solo unos elegidos son capaces de interpretar. Y eso solo es posible estableciendo una férrea disciplina metodológica, algo que parece ajeno a la naturaleza misma de los blogs.

Examinado el asunto desde esa perspectiva, parece irrefutable que en ese soporte será imposible encontrar algo más que opiniones y comentarios efímeros. Además, tampoco se trata de fomentar falsas perspectivas que en el fondo responden a un optimismo que apenas observa el asunto en términos de progreso técnico, ignorando los problemas que toda nueva creación implica necesariamente para el hombre concreto.

Nadie niega que en la actualidad, como en todo lo nuevo, lo que predomina dentro de la blogosfera es el jugueteo con una espontaneidad que se confunde con la “libertad de pensamiento”, cuando en el fondo no pasa de ser catarsis adolescente, a través de la cual se fiscalizan todos esos poderes que hasta ayer han centralizado el saber y la información. Sin embargo, aún cuando esta sea una etapa en la que hay más de retozo que de madurez, resulta innegable el impacto que ya ha tenido la computación en el proceso de producción, organización y difusión del conocimiento. No hablamos, pues, solo de una revolución mediática, sino también, a todas luces, de una reformulación epistémica.

Ahora bien, no es en el acápite de la calidad del conocimiento que produce la blogosfera, donde ahora mismo es posible detectar el desafío mayor que representa para la crítica tradicional la existencia de estos espacios. Repito algo que he apuntado alguna vez: lo interesante de un blog no reside tanto en los conocimientos que demuestra quien lo administra, como en la capacidad de este para provocar nuevas ideas, mejor todavía si las mismas superan en lucidez a las que se plantearon originalmente. Un blog será más útil en la medida en que los comentarios que los lectores apuntan contribuyen a hacer más participativa la esfera pública. De lo contrario seguiríamos con el eterno retorno de lo idéntico: una minoría que alguna vez fue intelectualmente creadora termina investida de una “autoridad” que la convierte en una minoría conservadora, dominante y excluyente con el punto de vista de los otros. La clásica y ya trasnochada dictadura de los críticos.

Por el momento, la autoridad del crítico tradicional sigue descansando en esa posición ventajosa que ocupa en los esquemas de emisión y recepción del saber. En sentido general, la crítica hegemónica se sigue beneficiando de ese diseño unidireccional donde el experto ofrece sus argumentos e interpretaciones, y estos son aceptados con pereza por una mayoría que, por un lado, se siente iletrada en el asunto, o por el otro, carece de posibilidades reales de contradecir el discurso. No digo que al espectador le resulte indiferente lo que afirma el crítico, sino que no tiene posibilidades reales de refutarlo o participar de manera activa en ese canje de conocimientos.

En este sentido, el blog sería ese espacio dinámico (nada que ver con las páginas web, o incluso, con los foros) que ya está poniendo en crisis la forma asimétrica de acceder a la producción y consumo del saber, en tanto si bien el dueño del blog es quien propone los temas a discutirse a través de los posts, son los comentarios que estos suscitan entre los lectores, los que determinarán la calidad de eso que se ha aprendido.

3.
El hecho de que la crítica tradicional aún se resista a concederle legitimidad a la blogosfera, es más o menos equivalente al poco interés que el mismo cine recibió de la gente más culta en la primera mitad del siglo pasado. Solo que las circunstancias ahora son otras: vivimos en una época donde ya “lo digital” no es algo excepcional, sino que se ha incorporado a la vida del hombre como parte del acontecer más cotidiano. Por eso aquello que Nietzsche nos propuso (“leer menos y pensar más”), hasta hace cinco o seis años podía parecer un despropósito, debido a la fetichización de la escritura que Occidente ha hecho (Martin Lienhard); pero en la actualidad, del fetichismo de la escritura se ha pasado sin la menor consideración al fetichismo de las nuevas tecnologías.

Eso ha traído canjes inevitables en el modo de concebir nuestra relación con el mundo que nos rodea, afectando ya no solo la producción simbólica y su consumo, sino, además, la forma en que más tarde se percibe críticamente esa relación. Por otro lado, si antes era indispensable la presencia física del receptor en un museo o una sala de cine para hablar de la consumación del hecho artístico, hoy la proliferación de medios anunciando que todos los caminos conducen a Internet, han terminado por modificar el pacto. Dentro de ese panorama, el crítico ya no es el centro emisor o monopolizador de conocimiento, sino apenas el moderador de una tertulia donde todos aportan. Pareciera entonces que el crítico ya nunca más impartirá conferencias magistrales, sino que en todo caso, será partícipe de una conversación infinita.

Con ello, es posible que de alguna manera comience a vislumbrarse algo del reclamo que en 1964 hiciera Susan Sontag, pues en un contexto así, la hermenéutica apenas tendría cabida. Me apresuro en recordar que el grito de guerra de la Sontag no era contra la interpretación tal como la entendía Nietzsche (“No existen fenómenos morales, sino sólo una interpretación moral de fenómenos”) (5), sino contra ese conjunto de convenciones reductoras que piensan el arte (y de paso el universo y la vida), de acuerdo a unos cánones estrechos que han heredado, y que convierten en el pie forzado a través del cual las películas terminan ilustrando lo que, por anticipado, ya afirmaban las teorías. “Por interpretación”, explicaba irritada la Sontag, “entiendo aquí un acto consciente de la mente que ilustra un cierto código, unas ciertas “reglas” de interpretación”.

Mi criterio es que pretender suprimir la interpretación (amén de quimérico) tendría los mismos efectos negativos que querer abolir el goce de los sentidos en toda recepción. Después de todo, un buen intérprete puede ayudarnos a encontrar nuevos ángulos del hecho artístico, a pensarlo desde perspectivas hasta ahora insospechadas, y con ello devolverle al espectador parte de esa autoestima que ha quedado reducida a la nada, bajo el peso de la autoridad del crítico que recicla una y otra vez los mismos parámetros de siempre.

El lado negativo que implica un abuso de la interpretación lo veo en que convierte a esta en el gran mito de la crítica, en el equivalente de ese progreso material al que la modernidad le quiso adjudicar la razón misma de vivir, olvidando que, para decirlo como David Bordwell, “a través del proceso interpretativo, el crítico trabaja principalmente como un artesano, no como un teórico. Utiliza lo que tiene a mano, incluyendo la “teoría”, para construir una interpretación aceptable y original”. (6) Más interesante que interpretar “la obra en sí”, nos sugiere Bordwell, sería establecer los nexos de ese fenómeno con toda una tradición o Historia que en muchas zonas sigue siendo aún virgen.

Se me antoja que un blog, como herramienta, puede estar más cerca de esa “poética histórica del cine” que Bordwell propone a modo de alternativa al abuso de la interpretación. Verdad que en la blogosfera ahora mismo no abunda la madurez, pues lo que predomina por el momento es un “todo vale”. Pero incluso en ese contexto, ya va siendo importante el modo en que se están logrando recuperar relatos hasta ahora suprimidos por el peso de la Historia más oficial del cine, esa que ha priorizado el enfoque de un devenir signado por un Autor o conjunto de espíritus superiores, en detrimento de un Historia más “técnica”, más material, más fangosa, y por ello mismo, menos atractiva para los intérpretes.

4.
Me gustaría culminar estas breves ideas imaginando el posible impacto de la blogosfera en el ejercicio de la crítica del audiovisual en Cuba. Será una manera de seguir dialogando con una de las reflexiones más sugestivas que ha propuesto alguna vez en su carrera de teórico Julio García-Espinosa. Me consta que Julio ha querido matizar su posición de antaño, como si temiese contrariar demasiado el ego de quienes ejercemos este oficio del siglo XX, pero aquella afirmación suya de que “por otra parte, el cine imperfecto rechaza los servicios de la crítica. Considera anacrónica la función de mediadores e intermediarios” (7), todavía mantiene el atractivo del primer día.

Admito que todo lo que mencione en este apartado, por el momento sonará a fantasía alucinante. En la isla, Internet todavía es un lujo de unos pocos, y para hablar con seriedad de blogosfera, lo primero que debe garantizarse es el libre acceso de todos. Pero aún así será una buena forma de imaginar un cambio en el actual orden de las cosas. Después de todo, la crítica tiene el deber de proponer visiones incómodas al imaginario más común, y eso no necesariamente tiene que ver con la sofisticación de enfoques metafísicos. Nada nuevo hay bajo el sol, pero buena parte de lo que hay ni siquiera lo hemos estudiado o pensado. Hora de regresar, pues, a tierra.

La primera ventaja que aprecio en la posibilidad de fomentar una red de blogs dentro del espacio crítico cubano, es que ayudaría a edificar, por fin, una verdadera cultura del debate. Pues si algo impide que la crítica cubana (o quienes la ejercen) consiga una presencia real en la esfera pública del país (que es como percibo la verdadera utilidad de un debate o crítica), es la casi nula variedad de enfoques. El tedio ha impregnado nuestras prácticas, porque no hay intercambio de criterios, ni interacción de las nociones que se puedan tener del fenómeno audiovisual. Hay críticos brillantes con pensamiento propio, desde luego, pero rara vez ese pensamiento alcanza a disfrutar de los contrastes. Todo es sospechosamente armónico. En este sentido, las conclusiones a las que llega Bordwell en su ensayo, pueden resultarnos útiles también a nosotros:

“Si mi censura de la crítica dominada por la interpretación tiene sus fundamentos, resulta inevitable hacer ciertas recomendaciones más bien obvias. Los críticos, este escritor inclusive, podrían escribir con mayor precisión, rigor y vigor. Podrían elaborar sus investigaciones en torno a hipótesis y cuestiones en vez de basarse en “aplicaciones”. Deberían ser más ambiciosos e incisivos desde un punto de vista teórico y procurar hacer una utilización más consistente de los términos especializados. Sobre todo deberían discutir más. El diálogo y el debate afilan argumentos, dirigen la atención hacia puntos más específicos e invitan al lector a ser escéptico”. (8)

Esta última sugerencia (“discutir más”) tal vez sea la más difícil de aplicar entre los entendidos cubanos. Nuestra crítica a ratos se confunde a sí misma con el “Fin de la Historia”, por lo que difícilmente pueda encontrarse una predisposición al diálogo y el debate con aquello que no coincida con sus presupuestos. Todo lo contrario: lo que impera es la pose defensiva, el discurso sordo desde la cómoda trinchera, o peor aún, la indiferencia. Por lo general, cada cual va mostrando apatía ante lo que contrasta con su propia visión, y cuando llega a existir una reacción, es para seguir aplicando el arte de la interpretación freudiana, esta vez con el fin de descubrir cuáles oscuros designios movilizan el interés de aquel que osa oponer algunos reparos a las prácticas del gremio.

Se trata de una mirada provinciana que solo es funcional en aquellos contextos donde apenas un grupo reducido de personas tiene el privilegio de expresarse públicamente, ya sea en la radio, la televisión, o las revistas especializadas. Justo la blogosfera está terminando con ese mayorazgo. Y de allí el primer gran mérito de ese espacio: la posibilidad de descubrir, casi en tiempo-real, la existencia de otras voces que piensan el asunto desde otra perspectiva.

El otro gran reto que supondría la blogosfera al crítico tradicional, está en el hecho de obligarlo a superar ese lenguaje que solo entienden los habitantes de la aldea, pero que fuera de esta apenas se toma en cuenta. No hablo del lenguaje en su sentido más denotativo (ya sea transparente o críptico), sino en el connotativo. Necesitamos que nuestro discurso se haga coherente con el espíritu de una época que demanda la atención de todo aquello que la modernidad hizo a un lado, en su afán de articular “grandes relatos”. Hoy el crítico, si quiere de veras ser efectivo, ha de prestar más atención a lo que pasa a su alrededor, a lo que está al alcance de sus sentidos, por mínimo que parezca, que en lo que sospecha que está aconteciendo “más allá”.

Por otro lado, es posible que trabajando en este medio, la crítica de cine renuncie por fin a ser literatura que describe las impresiones que le causa esta expresión artística, para ser ella misma audiovisual, en tanto por primera vez el crítico tiene al alcance de sus manos la posibilidad de hablar sobre la imagen en movimiento explotando a la imagen misma, sin necesidad de mediadores técnicos. Con ello estaríamos evitando esa sensación de senectud a la que aludía la Sontag, al mencionar el mal uso del presente, pues si ya entre nosotros la edad digital es un hecho (al menos psicológico), lo menos que se le puede reclamar a la crítica del audiovisual en Cuba, es que se ponga a la altura de ese presente.

Juan Antonio García Borrero

CITAS:

1) Todas las citas han sido extraídas de “Contra la interpretación”. Barcelona, Seix Barral, 1969.
2) Íbidem.
3) Federico Nietzsche. Epistolario inédito. Gráfica Excelsior. Campomanes, 6, Madrid. Año 1917.
4) Véase este fragmento de la carta que envía a su hermana en junio de 1884: “¡Quién sabe cuántas generaciones tendrán que pasar para hacer surgir unos cuantos hombres que sientan en toda su profundidad lo que yo he llevado a cabo¡ Pienso, con temor, que cuando eso llegue habrá también muchos que sin derecho y sin causa alguna se escuden con mi autoridad. Pero tal es el tormento de todo gran maestro de la Humanidad; saber que por distintas circunstancias tanto bien puede ser una fatalidad para los hombres como una bendición”. En su Epistolario inédito, p 216-217.
5) Friedrich Nietzsche. Obras selectas. Edimat Libros, España, 324.
6) David Borwell. El significado del filme. Inferencia y retórica en la interpretación cinematográfica. Ediciones Paidós Ibérica, p 276.
7) Julio García-Espinosa. Un largo camino hacia la luz. Ediciones Unión, La Habana, p 29.
8) David Bordwell. El significado del filme. Inferencia y retórica en la interpretación cinematográfica. Ediciones Paidós Ibérica, S. A., Barcelona, 1995, pp 289-290.

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JOSÉ MARÍA ESCRICHE: LO QUE EL CINE NOS DEJÓ.

Hay un lugar común que asegura que los verdaderos amigos se conocen en los momentos más difíciles. Si eso fuera cierto (y creo que lo es) tendríamos que admitir que los festivales de cine no son recomendables para encontrarlos. Conjura donde el placer y la sensualidad adquiere rango de sobredosis, en los mismos termina abundando lo efímero. En los festivales de cine, dado que la gente va y viene cada año, los encuentros entre las personas de carne y hueso pasan a ser algo así como virtuales, al extremo de que con el tiempo, las fotos se hacen más auténticas que los mismos seres que posaron para ellas.

Tuve el privilegio de conocer a alguien que quiso desafiar esa regla. Dirigió durante no sé cuántos años el festival de cine de Huesca. Llegó a codearse con personalidades que uno piensa que solo podrá conocer por las enciclopedias. Viajó por el mundo convencido de aquello que asegura que “el racismo es una enfermedad que se cura… viajando”. Y además de eso, tuvo tiempo de ser buena persona. Lo llamaban Pepe Escriche.

Todavía recuerdo nuestro primer encuentro en aquel lujoso hotel de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Él formaba parte del jurado que en aquella edición iba a evaluar las películas en competencia. En cuanto a mí, era mi primer viaje al extranjero, y me sentía como los viejitos de Buena Vista Social Club en Nueva York, aunque allí no hubiese rascacielos. Soy más bien un tipo tímido, por lo que no sé cómo encontré el coraje para llegar ante él, y proponerle la “Guía crítica del cine cubano de ficción” (todavía no publicada) como parte de los libros que editaba su festival.

¿Qué pudo ver Pepe Escriche en ese perfecto autor inédito que era yo? ¿Por qué debía interesarle un libro con una temática tan puntual como era la cinematografía cubana? ¿Por qué arriesgarse a perder el tiempo con alguien que, siguiendo con lo que dije al inicio de estas líneas sobre los festivales, lo más probable es que nunca más volviese a ver? Como en una película, recuerdo trozos de aquella primera conversación. Él me pregunta a que me dedico Yo, citando a Reinaldo Arenas, le digo que soy un escritor del tercer mundo porque no han inventado el cuarto. Todavía me parece oír su risa, tan parecida al tamaño de su cuerpo, y luego la interrogación cuya respuesta me abriría las puertas su amistad. “¿De dónde eres?”, preguntó. “De Camagüey”, le dije.

Hoy sé que si hubiese dicho La Habana o Santiago de Cuba, nada de esto que estoy contando existiera. Pero Camagüey era en su imaginario una palabra mágica, en tanto, me dijo, en Huesca acostumbraban a clausurar el festival en una casa de campo bautizada por un cubano que vive allá como “Camagüey”. Esa noche nos dieron las tres de la madrugada hablando de mil cosas, como si nos conociéramos de toda una vida.

Tres meses después me llamó a Camagüey para encargarme la escritura de un libro sobre cine cubano. Pero no sobre esas películas cubanas que una y otra vez se mencionan en los mismos ciclos de siempre. Gracias a Pepe Escriche fue que escribí “Rehenes de las sombras”, un libro hermoso (no hablo del contenido, sino de su diseño) que me permitió viajar por primera vez a Huesca. Recuerdo aquel diciembre en que Lázaro Venereo (el cubano culpable de llamar Camagüey a su finca) llegó a La Habana para explicarme en persona lo que querían. También recuerdo la insistencia de ambos para que yo firmara el contrato, pues por medio estaba eso que, como en “Casablanca”, podía ser el principio de una gran amistad, pero ante todo, estaba la cuestión legal.

No quiero hacer demasiada larga esta evocación. Basta con decir que Pepe Escriche me convirtió en un adicto de Huesca. Esa adicción divina me permitió consolidar mi amistad con Lázaro Venereo, el “camagüeyano” falso. Y también me permitió sentirme parte de esa comunidad oscense de cubanos que habitan aquella zona (Misael, Aimeé, Tania, Yeimi, entre otros).

Nadie se salva de tener defectos, y doy por descontado que Pepe Escriche los tenía. Sin embargo, para mí seguirá siendo un paradigma de eso que dije al principio: una buena persona. Creo que nada es tan importante en este mundo como intentar no ser mala persona. Y eso solo se consigue tomando conciencia de la suerte de quienes no están en tu misma situación.

Entre los cubanos que hemos nacido después de 1959, hay una cierta tendencia a pensar que en el capitalismo solo hay posibilidades de encontrar seres egoístas. Individuos que solo piensan en su bienestar individual. Desde luego que los hay, pero ello no es monopolio de ningún sistema social. En definitiva, hay gente que se llama de izquierda que no tienen escrúpulos a la hora de asegurar, al precio que sea, su comodidad. Y a la inversa, me he encontrado ultra conservadores que han ofrecido su ayuda al prójimo de una manera desinteresada. De hecho, en mi larga estancia en España el año pasado, conocí más personas generosas que egoístas. Personas con las que no me alcanzará la vida para liquidar las deudas. Pepe Escriche fue uno de esos que acudió en mi ayuda sin yo pedírselo.

De su muerte me enteré por Lázaro Venereo. No estuve en el sepelio, pero gracias a Montserrat Guiu, a Ángel Garcés, y a Paco Jiménez, he tenido la sensación de haber estado allí. Dicen que llovía, y que había mucha gente. Trato de imaginarme qué hubiese dicho José María Escriche de haber visto a todas esas personas que fueron a decirle adiós. Seguro se habría esforzado por quitarle importancia al asunto, pues nadie como él tenía tan claro que, después de todo, la muerte no es otra cosa que una deuda sentimental con la vida.

Juan Antonio García Borrero