SOBRE “CINE CUBANO DE LOS SESENTA: MITO Y REALIDAD” (Editorial Ocho y Medio)

Dicen que admitir los errores propios forma parte del mundo de las bellas artes. Por otro lado, no recuerdo si fue Pablo Picasso el que confesó que “un cuadro nunca se termina; se deja”. Creo que lo mismo acontece con los libros. Y de hecho, todavía no se había presentado la primera versión en el Festival de Cine de Huelva del 2007, dando inicio a la colección “Libros de Ultramar” (junto a la editorial “Ocho y medio”), y ya me acosaba el deseo de una segunda edición, ampliada y corregida. ¿Significaba eso una temprana descalificación? En modo alguno.

Desde luego que no seré yo quien hable de los aciertos o desaciertos conceptuales que puedan encontrarse en el libro. En definitiva, hay allí una invitación a discutir zonas de la dinámica cultural cubana que hasta ahora no se relacionaban con el cine de la isla. Lo más probable es que en muy poco tiempo muchas de las ideas que allí se exponen queden superadas por la confrontación de otras que hasta ahora no conocemos. Pero lo significativo es eso: la discusión colectiva. Así que estaré por siempre agradecido a Eduardo Trías (Festival de Huelva) y Jesús Robles (Editorial “Ocho y medio”) por permitir que el texto viera la luz. Las indiscutibles virtudes del diseño interior y de portada de Koldo Fuentes, así como el cuidadoso trabajo de edición de María Antonieta Andión (sorprendente, tomando en cuenta el escaso tiempo con que pudo contar) resultan méritos que le corresponden a ese equipo de trabajo. Todas las deficiencias, en cambio, pertenecen por entero a mí.

La primera incorrección que me gustaría enmendar como fuera, es la pésima manera de citar las fuentes utilizadas a la hora de hablar, entre las páginas 29-39, de todo lo concerniente a la primera Cinemateca cubana, creada por Germán Puig y Ricardo Vigón. Quienes hayan visitado este blog saben que todo lo que hasta el momento se ha investigado sobre este asunto se le debe al francés Emmanuel Vincenot, quien ha expuesto sus resultados en:

a) Emmanuel Vincenot «Germán Puig, Ricardo Vigón et Henri Langlois, pionniers de la Cinemateca de Cuba » dans : Caravelle, n° 83, Toulouse, 2004, p. 11-42
b) Emmanuel Vincenot “Histoire du cinéma à Cuba, des origines à l’avènement de la Révolution” Thèse de doctorat d’espagnol à l’université de Bourgogne, sous la direction de M. Emmanuel Larraz (thèse soutenue le 26 novembre 2005)

Este propio blog se hizo eco de esas investigaciones en su momento, suministrándome de paso imprevistos detractores. De manera ingenua di por sentado que quienes leyeran ese segmento del libro entraban en un diálogo donde ya se sabía quienes eran los interlocutores. Un error descomunal, porque es cierto que no todos los lectores del libro (aún cuando este sea especializado, y suponga cierta complicidad, cierto conocimiento previo) obligatoriamente iban a estar al tanto de estos asuntos. Por el contrario, al dar referencia de la tesis de Vincenot en la bibliografía general (p. 407), y no a pie de página, como académicamente correspondía (solo se menciona en la 37), lejos de hacerle la justicia que se merece, lo minimiza, al tiempo que introduce confusiones y equívocos. Sirva esta aclaración pública como un anticipo de lo que me esforzaré sea corregido cuanto antes, así como el testimonio de mi gratitud por su comprensión.

El otro error que me gustaría enmendar tiene que ver con el acápite de agradecimientos. Percances técnicos impidieron que llegara a los editores la versión definitiva de esa página donde mencionaba a todos aquellos (algunos de ellos, sin sospecharlo) que habían contribuido a conformar el libro con sus observaciones, críticas, sugerencias, testimonios aportados. Que el libro sea discutido por lo que dice, y en la forma en que lo dice, siempre será menos grave de que lo acusen a uno de ingrato. Tampoco les llegó a los editores el comentario introductorio a la tercera parte (“Los sesenta: el ICAIC y la época”, p 351). En ambos casos, la responsabilidad también me incumbe completamente a mí, aún cuando hubiese tenido en contra la tecnología.

Supongo que habrá más correcciones que hacer, lo que a mi juicio posibilitaría una segunda edición enriquecida con el debate colectivo. Y mucho mejor si esa reedición apareciera en Cuba, que es donde está el lector natural de estos temas. De allí que mientras llegue ese momento, decida romper mi palabra de no postear más en el blog, para publicar en este sitio tanto los agradecimientos (tal como debieron aparecer), así como el primer capítulo íntegro, con las correcciones que en derecho le asisten a Emmanuel Vincenot. También, dada la posible utilidad referencial que pudiera tener para el estudioso, publico la cuarta parte (“La Historia según lo que se ha escrito”), en la que se relacionan aquellos libros que he podido estudiar. Faltarían los artículos y ensayos publicados en revistas especializadas, pero eso es posible encontrarlo en la segunda parte (“La Historia según las películas”).

Ojalá sirva esta “postdata de postdata” para incentivar el debate en torno al cine cubano, que al final debería ser lo más importante. Pienso que, afortunadamente, ese enfoque “icaicentrista” que por lo general habla de “la historia del cine cubano” como si fuera solo “la historia del ICAIC”, ha comenzado a conocer de otras miradas que complementan el relato fílmico de la nación.

Donde mejor se puede apreciar este avance es precisamente en Francia. Están los libros preparados por Paulo Antonio Paranagua, Nancy Berthier, Juliet Amiot, Sandra Hernández, Emmanuel Larraz, entre otros, y dentro de ese conjunto de textos las contribuciones de Vincenot son bien significativas, toda vez que ha sido el único que hasta ahora se ha ocupado no solo de la vieja Cinemateca, sino también de la suerte de los cineastas pre-revolucionarios una vez que abandonaran el país tras la Revolución, o de la presencia del cine norteamericano en los inicios de la República, entre otras originales contribuciones.

Lo único que esperamos todos aquellos que estudiamos el cine cubano, es que las mismas, al igual que otras que se relacionan en la bibliografía consultada, sean mejor conocidas en la isla.

Juan Antonio García Borrero

AGRADECIMIENTOS

Aunque me interesa el cine cubano como expresión cultural, he preparado este libro porque quería conocer un poco mejor la convulsa textura de esa década en la que a mis padres, como a mucha gente, no les importó convertir sus sueños en algo público y colectivo. Más que juzgarlos o justificarlos, he querido “entender” sus circunstancias, y revivir con ellos “el espíritu de la época”, tal vez con el íntimo propósito de detectar, como sugería Bretch, “lo insólito en lo cotidiano, lo inexplicable en lo familiar, lo angustioso en lo banal”.

Por supuesto, he consultado y aprovechado la bibliografía relacionada con el cine cubano que existe, pero han sido “los otros”, con sus testimonios, sus puntos de vista contrapuestos, sus matices y razones personales, los que más han contribuido a darle forma (provisional) al libro. Lo he dividido en cuatro partes: la primera (“La Historia según el Autor”) es una suerte de crónica sentimental de esos años desde mi perspectiva claramente subjetiva; he tratado de escribirla sin sobresaltos racionalistas, con la misma imparcialidad intelectual con que uno repasa un álbum de fotos amarillentas, pero muy cercanas a lo que somos en la actualidad.

En la segunda parte (“La Historia según las películas”) son los filmes y los cineastas los que hablan, por eso quisiera agradecer ante todo a cada uno de los realizadores que respondieran a mi solicitud de ayuda, y me concedieron parte de su tiempo con el fin de comentar varios de los filmes que aquí se mencionan. Hablo de Fausto Canel, Roberto Fandiño, Miguel Fleitas, Julio García Espinosa, Enrique Pineda Barnet, Alberto Roldán, Ramón F. Suárez, Humberto Solás, Antonio Vázquez Gallo, Pastor Vega y Fernando Villaverde.

En la tercera sección (“La Historia según las circunstancias”) intento configurar un mapa a través del cual el lector pueda establecer los vínculos que estime convenientes con los principales acontecimientos nacionales e internacionales que sucedieron en esa década, y que al final influyeron en la naturaleza de lo producido cinematográficamente. En la cuarta (“La Historia según lo que se ha escrito”) remito a un conjunto de textos donde se han ofrecido otros puntos de vista sobre el asunto que he tratado aquí.

El cineasta Fausto Canel es la persona que más ha polemizado con lo que aquí está expresado, y al mismo tiempo, el que más contribuciones materiales ha hecho al proyecto. A él le debo la hermosa foto utilizada en la cubierta, y también la carta (hasta ahora inédita) de su ruptura con el ICAIC. O sea, le debo el principio y el fin de mi “Historia”. Nuestro intercambio epistolar ha sido uno de esos raros ejemplos donde la exposición sistemática de diferencias ha servido no para anular el pensamiento ajeno, sino para encontrar entre los dos un punto de vista superior. No sé él, pero yo he aprendido a ser un poco más tolerante con aquello que no coincide con lo que pienso.

Otras personas me han ayudado a mejorar el texto con sus observaciones, críticas (algunas feroces), o simplemente, paciencia para su lectura. Son varios, y he optado por poner sus nombres en orden alfabético. Quizás no pueda mencionarlos a todos, pero aquí están los imprescindibles: Anna Assenza, Arturo Arango, Víctor Batista, Nancy Berthier, Luciano Castillo, Michael Chanan, Sandra del Valle, Duanel Díaz, María Eulalia Douglas (Mayuya), Alberto Elena, Víctor Fowler, Ernesto Fundora, Mirtha Ibarra, Reynaldo González, Enmanuel Larraz, Ana López, Abelardo Mena, Francisco Javier Millán, María Luisa Ortega, Antonio José Ponte, Germán Puig, Jorge Ruffinelli, Jorge Luis Sánchez, Pío Serrano, Ana María Stock, y Emmanuel Vincenot.

Agradezco al ICAIC (del cual me siento parte, no obstante mis “relecturas críticas”) su existencia, que es la base de las reflexiones que aquí se encuentran. A Antonio Mazón Robau, por programar en la Cinemateca aquel ciclo que fue el origen de todo. A la Fundación Carolina (Madrid), por la prolongada estancia en España, lo que me posibilitó consultar documentos de gran importancia tanto en la Biblioteca Nacional como en la Filmoteca de España. Y un agradecimiento muy especial (ellos saben por qué) a cuatro personas sin las cuales no hubiese podido ni siquiera iniciar esto: Nelson Haedo, Teresa Toledo, Fernando Pérez e Iván Giroud.

El libro lo escribí sin sospechar que algún día contaría con el entusiasmo y apoyo incondicional de Eduardo Trías (director del festival de Huelva) y Jesús Robles (director de la “Librería Ocho y Medio”), un privilegio que lo compensa todo. No menos importante fue el respaldo en España de María Cruz Almaraz, Marisa Bonilla, Juan Cohard, Mónica Fernández Sabido, Manolo Segarra Fort, José Hurtado, Rosa Domínguez, José María Escriche, Lázaro Venereo, Ángel Garcés, Monserrat Guiu, Carolina Schwarzmann, Francisco Jiménez, Jaime Noguera. Para Elena Vergara, toda mi gratitud por permitir que su casa en Málaga (faltándome la mía), se convirtiera en este tiempo en mi refugio más entrañable. Así mismo conté con el respaldo afectivo y material de Frank González Mora y Mariana Mora. En la Biblioteca “Cánovas del Castillo”, de Málaga, mejor no me hubiesen podido atender.

De cualquier forma, sin la ayuda de Hilda Borrero, mi madre, y Mara Elena Rodríguez Consuegra, mi esposa, nada de esto existiera. Ellas confiaron en que al final saldría un libro, como mínimo, interesante. Dedicárselo a mis padres tal vez tenga su inspiración en aquellos versos memorables de Dulce María Loynaz: “Hay algo muy sutil y muy hondo/ en volverse a mirar el camino andado…/ el camino en donde, sin dejar huella, / se dejó la vida entera”.

JAGB (Iniciado en Camagüey, Cuba, algún día de enero del 2006. Finalizado en Jonás 2, Málaga, España, el domingo 30 de septiembre de 2007).

Publicado el marzo 25, 2008 en LIBROS SOBRE CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Damaris Punales Alpizar

    Estimado Juan Antonio,
    De que manera puedo contactar contigo? Me gustaria establecer comunicacion.
    Saludos

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