Archivos Mensuales: julio 2007

EL ÚLTIMO POST DE VERDAD

Se sabe que en el cine existen los falsos finales. Pareciera que se termina la película, comienzan a caer los créditos, la gente se incorpora para irse, y de repente, allí están los personajes de nuevo dando que hablar. Pero desde luego, a pesar de ese falso final, la película acaba.

El debate con Duanel Díaz me ha hecho sentir que es posible una cultura de la polémica. Y a la vez, me ha hecho sentir más libre a mí mismo, porque he logrado ponerme a salvo de esas exigencias que mencionaba Nietzsche, a través de las cuales siempre te piden en la plaza pública “un sí o un no”. Lo que he escrito ha nacido de mí, de mis preguntas, de mis dudas, y eso es lo único que tienen a su favor.

Con esta polémica doy por clausurado, esta vez sí, CINE CUBANO, LA PUPILA INSOMNE. La experiencia mejor no ha podido ser. Cuando reviso todos los post publicados, las secciones que se han llegado a conformar, las polémicas que se han protagonizado, pues no puedo dejar de sentirme satisfecho. Pero sé que lo mío no es lo público, que lo que me interesa en verdad es investigar y escribir, y eso, si se quiere mantener el rigor, solo se logra metido en una cueva.

Hay una frase relacionada con el cine que es casi un lugar común en el imaginario colectivo; es esa donde el director ordena silencio porque va a comenzar la acción. En mi caso la acción es intelectual, así que ha llegado la hora del silencio más rotundo.

Juan Antonio García Borrero

Anuncios

POSTDATA FINAL: CARTA ABIERTA A DUANEL DÍAZ (2)

Duanel:

Cuando me inserto en este tipo de polémica no es para convencer a nadie, sino que lo hago con la predisposición de adquirir un punto de vista superior, o por lo menos, adquirir una nueva noción de ese poliedro que todos habitamos. Cada persona tiene ya su propia visión de Cuba, a partir de lo que ha experimentado en carne propia, y lo menos que puedo hacer es respetar la visión de aquellos a los cuales les ha ido peor.

Yo no quiero pecar de lo mismo que te estoy criticando: esa desmesurada generalización que te hace ver solo negro, allí donde es posible encontrar matices. No puedo ni quiero ir contra las evidencias. En Cuba hay un partido único, un Líder Máximo cuya opinión es incontestable, una esfera pública donde no hay posibilidad de disenso, una minoría que políticamente piensa distinto y es por ello silenciada o encarcelada. Llámalo dictadura, pero es evidente que todo eso no lo puede lograr un solo hombre. De allí que me interese el estudio del proceso que hasta ahora se ha vivido como conjunto de muchas voluntades, y no como el capricho individual de una sola persona.

Mirado desde esta perspectiva, es claro que no puedo compartir ese optimismo que muestras con la variable biológica a la hora de solucionarse los problemas de Cuba. Aquí sí hay una discrepancia de fondo entre ambos, ya que en este punto te revelas como un “apocalíptico optimista” (Castro muere y todo se resuelve), mientras que a mí me sigue acosando lo que llamo el “optimismo trágico” (se seguirá sobreviviendo, sí, pero de manera agónica). Para mí, tal vez pensando demasiado en Ciorán, los problemas entre cubanos seguirán existiendo porque esa manera de discutir las discrepancias (lo nuestro ahora no es la regla, es una excepción) ha llegado a formar parte de la cultura cotidiana, lo cual alcanza hasta a los adversarios de Fidel Castro.

¿Esa intolerancia que a veces se nota en el exilio entre cubanos que piensan distinto, aunque tengan una fobia común a la Revolución, es culpa del gobierno de la isla o del compatriota que, a la hora de debatir, se siente a gusto con la ley del menor esfuerzo mental? Descalificar mediante el choteo o el insulto al otro, como te dije en mi carta anterior, es más popular porque evidentemente es más fácil; “pensar” lo que ese otro te dice, y admitir que puede tener cuotas de razón, eso sí ya resulta una proeza. Creo que en casos así se ha descuidado la moraleja de Borges: “Hay que saber elegir los enemigos, porque al final terminamos pareciéndonos a ellos”.

“No se puede estar al mismo tiempo con los indios y con los cowboys”, dices en algún momento. Eso, en efecto, es lo que siempre nos han recomendado, y lo que indica el sentido común, si quieres quedar bien con uno de los dos bandos. Solo que eso es precisamente lo que no me interesa hacer. Trato, a conciencia, de desmarcarme de todo tipo de tópico fidelista o anticastrista. Dicho de otro modo: que me interesaría contar alguna vez una “Historia” del cine cubano donde indios y cowboys se comporten como personas de carne y hueso, y no como ángeles y villanos.. Es decir, no contar la historia de los indios narrada por los cowboys o viceversa, sino la historia de ambos, enmarañados en una lucha que sabemos a muerte. Ya de paso quisiera comprobar por cabeza propia que “esperanza de justicia social” no necesariamente es sinónimo de “hecatombe”.

Ya sé que es difícil de lograr, porque a estas alturas creo que la Historia no es más que otro género literario. El narrador, es decir, el historiador, difícilmente podrá llegar a anular del todo esa simpatía o fobia que le provocan aquellos personajes y situaciones que evoca. De allí mi sugerencia de abandonar la pose del Dios-Historiador, para contar la historia del cine cubano según el paradigma de “Rashomón”: la historia según el Autor, la historia según los cineastas, la historia según las películas, y así, hasta donde se pueda llegar.

En este sentido, admito contigo que la memoria histórica tiene que registrar el testimonio de los vencidos, de los que han sido machacados, porque ninguna “Revolución”, aunque se haga llamar de “Los claveles”, es pacífica. Románticas lo son todas, pero pacífica ninguna. Para mí, el dolor o la rabia que expresan en sus libros Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante, Néstor Díaz de Villegas, Juan Abreu o Antonio José Ponte, por mencionar unos pocos, es tan respetable como el jubileo de Alejo Carpentier o Nicolás Guillén, porque en el fondo hay un denominador común, más allá de toda diferencia ideológica: el tremendo drama de la convivencia humana. Y en ese dolor o rabia también hay lucidez. Y para volver al cine, que es el terreno donde me muevo, creo que en películas como “Guaguasí”, “Los gusanos”, “El super” o “Amigos”, al margen del saldo artístico que nos hayan dejado estas cintas, están “las verdades” de esos que fueron expulsados del proyecto revolucionario. No lo digo ahora, sino que está escrito, lo mismo en el libro sobre el cine de la diáspora, como en otros textos que circulan en Internet.

Hablemos ahora de los hechos. No comparto eso que dices de que “hay que hacer balance, y en ese balance hay que tomar o rechazar a la Revolución entera”. ¿Quién nos otorga ese derecho de decidir lo que es prescindible o no en esta vida? Esa fórmula del “todo o nada” enfatiza las dudas que ya yo tenía con anterioridad cuando te hice llegar mis objeciones a tu noción de “hecatombe post 59”: ¿significa eso que hay que negar todo-todo-todo?, y en el caso del cine cubano, ¿significa que hay que renegar de la creación del ICAIC y de cuanta película se haya producido allí? En esa mirada tuya, ¿qué lugar ocupa el cine cubano?, ¿fue la creación del ICAIC también para ti un gesto regresivo dentro de la cultura nacional?, ¿no se han hecho allí películas que, después de todo, vale la pena haber realizado?, ¿no se codeó el cine cubano de esa época con la modernidad fílmica de entonces?, y cuando me hablas de Alfredo Guevara como el gran represor, ¿significa eso que los de “Lunes de Revolución” eran, por contraste, liberales, cuando el propio Cabrera Infante reconoció en vida su intolerancia de esos años?

Quizás tú lo tengas más claro, pero para mí los hechos, por sí solos, siempre serán engañosos. Un hecho, aislado de su contexto, es solo eso: un hecho. Y resulta insuficiente para entender el por qué de las cosas, porque como comentaba Voltaire del tipo de “Historia” que se escribía en su época: “En el fondo me quedaba igual que antes… solo me enteraba de acontecimientos”.

La censura de “PM”, por ejemplo, es un hecho, pero la simple mención de esa censura no alcanza a explicar que se trataba de una lucha por el poder cultural que, a su vez, estaba contribuyendo a la construcción simbólica de un adversario externo, que a su vez encajaba perfectamente con lo que estaba sucediendo en el mundo entonces (pueblos descolonizados en África, ansiedad de liberación en Latinoamérica, Guerra Fría, etc). Es decir, si mencionamos apenas ese hecho (que además, fue real) para de inmediato privilegiar el archicitado “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” y la supresión de la libertad de expresión, se corre el riesgo de olvidar que tanto “Lunes de Revolución” como el ICAIC, a pesar de sus discrepancias irreconciliables, estaban legitimando el mismo proyecto social. Supongamos que los de “Lunes” sean los indios (por aquello de que fueron aniquilados) y los del ICAIC los cowboys, ¿si narro la historia desde la perspectiva única de “Lunes” no estoy perdiendo la oportunidad de estudiar cómo ambos grupos contribuyeron a legitimar un consenso por esas mismas fechas?

Luego, están las películas del ICAIC, que son también hechos. Están allí, y hoy se pueden explorar desde otra perspectiva. Se les podrá poner todas las objeciones estéticas o ideológicas que quieran, pero hay en ellas un testimonio invaluable de lo que estaba pasando en la época, y sobre todo, qué estaba pasando con la gente, qué esperaban, en qué creían, con qué soñaban.

Creo que si seguimos con el método de “La Historia de los indios por los cowboys” o viceversa, se perderá de vista la complejidad de las dos dinámicas presentes en ambas tramas: la externa y la interna. Porque dentro del ICAIC se vivieron tensiones que dieron origen a diversas líneas estéticas, y del ICAIC hacia fuera también se protagonizaron polémicas que contribuyeron a enriquecer el contexto cultural de esa década. Por eso me parece sumamente simplificador sugerir que desde 1959 hasta la fecha ha existido en Cuba una manera idéntica de gobernar, y por ende, una misma política cultural. Es decir, sugerir que de principio a fin todo ha sido una hecatombe.

Si afirmamos eso estaríamos escamoteándole el cuerpo a algo mucho más complejo de explicar, y que implica la responsabilidad de muchos, incluyendo a los que un año después de 1959 ya eran “enemigos”: los mecanismos a través de los cuáles se logró la construcción de ese adversario simbólico que partir de 1961 garantizó el máximo de unidad en nombre de un peligro externo. Nadie puede llegar e imponer por que sí a diez millones de cubanos una ideología que hasta entonces circulaba de manera irregular en el país. Eso solo se ve en las películas de Hollywood, donde un villano consigue con una facilidad increíble dominar a toda una nación. Ese proceso que desde 1959 se ha vivido es demasiado complejo como para etiquetarlo en un término, y descalificarlo de un plumazo. Su consolidación obedece a un conjunto de circunstancias locales e internacionales que difícilmente se repetirá, y la prueba está en el ejemplo de la Revolución cubana, que a pesar de gozar del respaldo de una buena parte de la izquierda latinoamericana y hasta europea de esa fecha, apenas consiguió ir más allá de lo simbólico.

En los últimos tiempos y cada vez con más intensidad, suelo preguntarme desde dónde y para qué escribo. No me refiero al lugar físico, pues como ya te dije, se puede estar comiendo en Miami sin haber salido de Punta Alegre. Y por otro lado, es muy fácil reclinar los codos en las barandas del Balcón de Europa para celebrar o fustigar lo que está pasando en Cuba. Esto está relacionado, desde luego, con la polémica que te mencionaba de Mañach-Lezama, y que conoces mejor que yo: ¿vale la pena cambiar la sede por la fede?.

Estamos hablando de algo que es realmente peligroso, por lo menos en el plano ético. No sé si era Cartier Bresson quien llamaba la atención sobre el riesgo que se corre cuando abordas el sufrimiento humano y juegas con la estética, con la retórica, porque, al final, ¿quién es más importante: el sujeto que sufre o el fotógrafo y su retórica? Es lo que termina pasándome con todas estas teorías brillantes que hablan de hecatombes y olvidan el origen del sufrimiento, o pasan por alto que allí donde en apariencia está el kilómetro cero del desastre, ya había un montón de gente sufriendo. Otra cosa, desde luego, es someter a crítica profunda el resultado que ha tenido el experimento. En esa crítica, si es humanista, si intenta fijar los pros y los contras, si advierte logros y retrocesos, desde luego que sí creo.

Por eso mi decisión de cerrar definitivamente el blog, y volver a la sede, porque no consigo encontrar el equilibrio justo que me permita “entender” los acontecimientos, y hablar de indios y cowboys con cierta objetividad. Al no lograrlo, corro el riesgo de que el blog, como sitio para hacer lucir mi retórica personal, pase a ser más seductor que las ideas concretas que me interesa discutir. De modo que solo regresaré el día que me sienta en condiciones de contar la historia de los indios y los cowboys sin que ninguno de los dos me ponga como condición “un sí o un no”. Tal vez ese día anuncie el retorno con el clásico “Había una vez, hace algunos años, unos indios y unos cowboys…”.

Un abrazo,

Juan Antonio

A MODO DE POSTDATA Y FINAL: CARTA ABIERTA A DUANEL DÍAZ

Duanel:

Recuerdo que el primero en hablarme con entusiasmo de las posibilidades de expresión que concede un blog fuiste tú. Por tanto, le debo a “La memoria inconsolable” el nacimiento de “Cine cubano, la pupila insomne”, y parece ser que también (aunque sin sospecharlo ninguno de los dos), la despedida. Es obvio que se trata de una casualidad eso de que tomáramos la decisión del cierre casi el mismo día. En casos así, es cuando más evoco la reflexión de Kant, especulando que detrás de cada casualidad hay veinte necesidades escondidas.

Tu blog me ha servido para confirmar algo que ya sospechaba: son más útiles al pensamiento las personas con las cuales generalmente uno no está de acuerdo, que aquellas que se empeñan en inculcarnos “verdades” ya encontradas. En nuestro caso, probablemente en el noventa por ciento de las oportunidades no coincidimos en la forma de mirar e interpretar los hechos. Es como si uno estuviera en la popa, y otro en la proa. Aparentemente el paisaje es igual, pero ya sabemos por Borges que “la realidad es invisible”. Es el observador quien termina configurándola. Sin embargo, no por ello es necesario que terminemos anulándonos.

Nuestras diferencias no responden a una cuestión de ideología, pues hace rato intento aproximarme a la vida (ya no al cine) desde otros ángulos. Se trata, creo yo, de la mirada primigenia que ambos tenemos del mundo revolucionario. Esa visión condiciona nuestros discursos. No digo que la visión tuya o la mía sea superior a la otra, solo digo que son distintas, y que por ende están condenadas a apreciar el contexto de maneras diferentes.

Tengo el ejemplo concreto del año 1959. Para ti, ese año marca el inicio de lo que llamas “la hecatombe”; para mí, en cambio, es el año que convierte en tangible una esperanza colectiva desde hacía mucho tiempo acariciada. Mi criterio es que si fuéramos hablar de “desastre” o “hecatombe”, tendríamos que ubicar su origen mucho más atrás, y si fuéramos a ponerle el apellido de “cubana” a la destrucción, habría que rastrear el origen de ese fenómeno allí donde se empezó a pensar en “cubano” la posibilidad de remediar el caos histórico.

Tanto la revolución de 1933 como la de 1959 albergaban la esperanza de corregir un destino de decadencia que parecía ya fijado, de allí que la segunda involucrara a una buena parte de la sociedad de entonces, incluyendo a los intelectuales que antes se esforzaron por habitar cotos de mayor realeza. Pero no es de la esperanza que entonces animó a los intelectuales (demasiado pegados a su espejo, a pesar de la buena fe) de lo que me gustaría hablar, sino de la esperanza de aquellos que vivían mucho más allá de esa sociedad que “Bohemia” o “Carteles” insistían ubicar en el Vedado,

Trataré de imaginar qué podía significar para mi abuelo blanco (el negro era tabaquero), llegado de España en 1917, una noticia como aquella que recibió el 1 de enero de 1959. Mi abuelo había salido de Lugo soñando con dejar atrás una miseria que lo acosaba por todas partes. No sé si escogió Punta Alegre para vivir por el nombre (si fue así, imagino su decepción: ese pueblo de alegre solo tiene sus parrandas). Creo que se hizo más cubano en la medida que mejor aprendió el oficio más antiguo del mundo, y que era el que más se practicaba en el sitio: el oficio de sobrevivir. Llegado a esta punto, trato de imaginar qué pensaría en el momento que se anuncia la huida de Batista: ¿sería para él la confirmación de la vida como una hecatombe, o el atisbo de una esperanza de mejorar su vida de carbonero?.

Se trata, como ves, de una cuestión de miradas o perspectivas: allí, donde unos aprecian esperanza, otros sentirán que han llegado al infierno. Y viceversa, porque toda ganancia en el fondo implica pérdidas. Todo depende del lugar donde nos pille el tren de la Historia : no se sentirá lo mismo si viajamos al lado del conductor de la locomotora, que sentados cómodamente en uno de los vagones. Cuba mirada desde “El Balcón de Europa” puede adquirir ribetes de una fantasía erótica, con el sacrificio diario de su gente como souvenir digno de coleccionar, pero examinada desde Punta Alegre, el Tiempo, y no el Espacio, puede cobrar la dimensión de una cárcel.

Quizás sea por eso que cada vez me interese más una visión humanista del cine cubano, que la simple celebración o descalificación de las películas que se han hecho. Me interesa explorar esos mecanismos a través de los cuales un individuo (para el caso, un cineasta) entrega su “yo” a un deber colectivo, a un ideal compartido. Casi todos los cineastas de ese primer momento (incluyendo a los creadores de “PM”, según se deduce de los editoriales de “Lunes de Revolución”) renunciaron eufóricos a la individualidad. No construyeron “la esperanza” porque esta ya existía de antes, sino que utilizaron todas sus fuerzas para mantener en el poder a aquellos que harían posible el cumplimiento de esa esperanza.

Después vino lo que vino. Considero que lo peor que ha podido pasar ha sido la paulatina clausura del espíritu crítico en la esfera pública, por miedo a entregarles “armas al enemigo”. Hay un verso de César López, escrito a finales de los sesenta o principios de los setenta, que a mi juicio resume de manera contundente la desazón que paralizaría por esa fecha a una buena parte de los intelectuales más valiosos. “¿Quién embarró de mierda la esperanza?”, se preguntaría desolado el poeta.

El inconveniente que le veo a esa visión apocalíptica que aplicas al período post-59, es que da por sentado que todo lo que había antes estaba bien, y todo lo que ha llegado después, ha estado mal. La ausencia de matices propicia el riesgo de pensar a Cuba como un engendro que hay que resetear de manera drástica para comenzar de cero. Simplifico, porque sé que no eres un pensador que guste dividir en buenos y malos el drama cubano, no obstante tus viscerales rechazos ideológicos, pero creo que cuando insistes en nombrar al período revolucionario como la “hecatombe” dejas mínimas posibilidades de imaginar algo distinto al infierno en su peor versión.

Y puede que lo sea (yo, al menos, nunca he conocido el paraíso en ninguno de los lugares donde he estado), pero en todo caso lo veo como un municipio de ese infierno mayor que es el mundo en su totalidad. ¿No sería más saludable entonces resetear al planeta entero?. Ciorán llegó a proponerlo en su momento, pero aunque adoro su manera de escribir, sospecho que aquel consejo nunca pasó del alarde literario. Con todo y sus sistemáticas diatribas, prefirió morir de muerte natural, y en el Primer Mundo. Nada de inmolarse como el suicida moralista que sugería ser. Al final, también él conservaba la esperanza íntima de que todo mejorara.

El cierre de mi blog tiene que ver un poco con esa incapacidad personal para lograr un equilibrio que concilie en mí la certidumbre de que Cuba es muy mejorable (sobre todo en términos de libertad de expresión del ciudadano), y la aplastante convicción de que esta no existe en ningún lugar del mundo. Ahora recuerdo otro de los motivos que me llevó a abrirlo, esta vez inspirado en un formidable aforismo de Elias Canetti: “Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa, no te avergüences, las generales están en el periódico”.

Creo que un blog es hasta el momento el único modo de discutir en público esas angustias personales que forman parte de la existencia común, y que todos los periódicos (todos los Poderes) olvidan tratar, o simplemente, no están interesados en debatir. Esto no es privativo de “Granma”, sino que lo puedes encontrar aún con más fuerza en “El Nuevo Herald” (quizás por eso circulaba en Miami un chiste que hablaba de este último como “El Nuevo Granma”). Los periódicos, aquí o allá, insisten en diseñar la discusión de asuntos que ellos consideran “importantes”, cuando debería ser a la inversa: que los editoriales estuviesen todo el tiempo atentos a lo que va pasando en la vida de los ciudadanos de a pie, esos que nacen y mueren con la mayoría de sus sueños incumplidos.

He conocido personas en Miami que creen gozar de libertad de expresión solo porque leen “El Nuevo Herald”. Es decir, asocian su libertad personal a la oportunidad de leer lo que editores que nunca te conocen, consideran que es lo más importante de tratar en sus páginas. A mi juicio esas personas han llegado a Estados Unidos, o a Madrid, o a París físicamente, pero de mente siguen viviendo en Punta Alegre, cautivos de un subdesarrollo que no es físico, pero sí mental. Es obvio que no todo el mundo tiene que hacerse de un blog para ser más libre, pero de lo que hablo es de una actitud ante la vida donde el blog deviene paradigma insuperable de liberación real, si bien, como advirtiera Fromm, esa libertad sigue siendo motivo de pánicos para muchos, aún cuando vivan en el llamado “mundo libre”.

Hablamos de que en Cuba falta libertad para acceder a Internet (yo eso no lo voy a negar, aún cuando sé que técnicamente es imposible ahora mismo establecer ese servicio en todo el país), pero ¿alguien hace referencia a esa comunidad de cubanos en el exterior que teniendo la oportunidad de producir o consumir críticamente en Internet, prefiere seguir levitando como la plumita de “Forrest Gump”, quiero decir, donde le lleve el viento? La mayoría de estas personas confunden la opinión con el pensamiento, el comentario soez con el coraje intelectual: sabemos que lo primero es cosa efímera y muy mutable (adivino la queja que algunos de ellos esgrimirán dentro de cincuenta años: “Contra Castro estábamos mejor”), lo segundo exige un esfuerzo que, francamente, no creo que el cubano de aquí o de allá sea capaz de asumir alguna vez. Para negar de manera radical y coherente también se necesita un talento inmenso.

Por eso no creo en una hecatombe “post- 59” , lo cual no quiere decir que se esté viviendo en el mejor de los mundos posibles. Creo que los sueños de justicia social engendran pesadillas individuales que es preciso corregir. Hay que darle voz a quienes sufren el peso de las utopías. Pero ya de antes estaba entre nosotros esa incapacidad para hacer más llevadera la convivencia social. Eso lo captó con verdadera fineza tu estudiado Mañach al escribir sobre el choteo, y también Lezama, en víspera de su decisión de habitar los mencionados cotos de mayor realeza.

Ambos se enfrascaron en aquella famosa polémica que ahora mismo cobra para mí una vigencia tremenda. Lezama acusó a Mañach de cambiar la fede por la sede, la cueva de Zaratustra por el escenario público. Mañach defendió el argumento de que el intelectual no puede vivir de espaldas a la Historia , y debe denunciar todo tipo de atropello o injusticia. Ambos siguen teniendo su cuota de razón, y sin embargo, ninguno de los dos consigue convencerme del todo. Lo peor: admitir que no veo una tercera alternativa.

Luego está también eso que dices: el temor a repetirme. La blogosfera cubana, como todo lo joven, ahora mismo es dinámica e incisiva, y es una lástima que por el momento predomine solo la mirada de los que están definitivamente “en contra”, porque eso empobrece lo que por naturaleza es plural. Tal asimetría puede reciclar lo que ya ocurre en la otra prensa, y de tanto reiterar las mismas anécdotas de siempre, corre el riesgo de transformar la blogosfera en simple “egosfera”.

Por lo menos es el peligro que siento en cuanto a estas cosas que escribo sobre el cine cubano, que al ser puntos de vistas independientes, han merecido el saludable vapuleo de aquí y de allá, pero casi siempre a modo privado. Las estadísticas de visitas están visibles, y el promedio (para ser un tema tan específico) no está nada mal. Pero oirse uno mismo todo el tiempo llega a ser una pesadilla, y francamente, no es eso lo que me interesa, aún cuando pudiera decir petulante que es un blog dirigido a “las grandes minorías”. Con el cierre solo intento poner en práctica el arte recomendado alguna vez por Nietzsche: “el arte de saber retirarse a tiempo”. Así de simple.

Un abrazo y suerte,

Juan Antonio García Borrero

EL ÚLTIMO POST

“Cine cubano, la pupila insomne” nació al calor de aquel clima de rara polémica que se viviera dentro y fuera de la isla a principios de año. Entonces parecía que la cultura del debate comenzaba, por fin, a ser algo natural entre nosotros. Aquel primer post que colgué (“Otras maneras de pensar el cine cubano”) trataba de dejar un testimonio de ese optimismo.

Hoy admito que fue una sobredosis de lesa ingenuidad creer que la cultura de la polémica estaba llegando a los predios del cine cubano. Entre nosotros, esta tradición de “pensar” esta expresión todavía está por inventarse: pensar significa levantarle la voz a esos mitos que genera nuestra propia mente, y que termina convirtiendo en ídolos intocables a tantas ideas heredadas del pasado. Sin embargo, ya sabemos que no hay peor enemigo que uno mismo: preferimos la seguridad de las leyendas al desosiego que supone enfrentar y discutir la realidad. O contar la Historia, como quería Moreno Fraginals: “sin mixtificaciones”.

El día que “la Historia del cine cubano” se comience a pensar como “un problema” y no sencillamente como “un relato”, esteremos en condiciones no de saber “la verdad histórica”, que ya conocemos que es algo bastante poliédrico, sino de entender nuestros propios mecanismos de autoengaños y pretensiones involuntarias de legitimación de una “realidad” que unas veces nos las han impuesto, y otras, nos inclinamos a pensar (por pura simpatía) que no merece corregirse. En casos así, “La Historia” se sigue escribiendo del mismo modo que un obrero dispone los ladrillos del futuro edificio: con más habilidad técnica que avidez científica.

Cierto que en el sitio pueden encontrarse puntos de vistas encontrados sobre los más diversos asuntos. Se ha alcanzado a polemizar sobre el cine del ICAIC, pero también sobre el audiovisual realizado fuera de esa institución o en la llamada “diáspora”. Esto puede ser útil para obtener una idea de la dimensión aún desconocida de eso que llamamos “cine cubano”, y que de un modo tan constreñido se asocia únicamente a la producción oficial.

En la actualidad, la blogosfera referida a Cuba goza de una envidiable vitalidad. Es algo que tal vez no se conoce en la isla debido a razones bien conocidas: Internet allí es un lujo. Algunos de estos blogs están consiguiendo resultados estupendos a la hora de convocar el pensamiento contrastado, si bien la calidad de los comentarios que suscitan en ocasiones deja muchísimo que desear.

Pienso que lo interesante de un blog no reside tanto en los conocimientos que demuestra quien lo administra, como la capacidad de este para provocar nuevas ideas, mejor todavía si estas superan en lucidez a las que se plantearon originalmente. Un blog será más útil en la medida en que los comentarios que los lectores apuntan contribuyen a hacer más participativa la esfera pública. De lo contrario seguiríamos con el eterno retorno de lo idéntico: una minoría que alguna vez fue intelectualmente creadora termina investida de una “autoridad” que la convierte en una minoría conservadora, dominante y excluyente con el punto de vista de los otros. La clásica y ya trasnochada dictadura de los críticos.

La crítica de cine que se hace en Cuba todavía no se ha enterado de la vitalidad que ya va alcanzando el pensamiento que dimana de la blogosfera, con esos cambios de perspectivas que propone en la comunicación de un conocimiento. En “Cine cubano, la pupila insomne” no ha faltado la posibilidad de explorar esas posibilidades de enriquecernos. Pero el noventa por ciento de las contribuciones han llegado por la vía privada. Son pocos los que exponen en público sus ideas, creencias y oposiciones, aún cuando en muchas ocasiones esas discrepancias están muy bien argumentadas. En sentido general, no detecto un interés cierto de “pensar el cine cubano”, al menos como entiendo esa actitud, que es “pensarlo” para mejorarlo entre todos.

Hoy termino esta aventura. Agradezco a aquellos que han colaborado públicamente con el blog, mucho más si ha sido para contrarrestar el riesgo de que el mismo se convirtiera en un sitio monopolizador de ideas sobre el audiovisual cubano. Ha sido un buen experimento, y sé que lo que ahora parece un gesto exótico, con el tiempo terminará olvidado por lo que seguramente se convertirá en feliz tradición.

Juan Antonio García Borrero

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO (1968), de Tomás Gutiérrez Alea (Fragmento)

¿Qué hace que una película como “Memorias del subdesarrollo” siga resultando, cuando menos, inquietante? Mi tesis podrá sonar atrevida, pero creo que en un contexto como aquel, y a través de una película como esa, el ICAIC, más que exportar una ideología, lo que consiguió imponer fue una manera (otra) de pensar y realizar el cine, y aunque eso beneficiaba en términos de imagen a la Revolución, seducía mucho más a los cineastas de izquierda porque significaba una prueba concreta de que, en efecto, otro cine también era posible, incluso allí donde no existían las mejores condiciones económicas.

Luego, el personaje de Sergio, si bien se mueve en esa realidad concreta que es la Revolución cubana, alcanza a simbolizar a ese tipo de intelectual que gusta de mantener una distancia crítica ante todo aquello que huela a deberes colectivos. Sus dudas y contradicciones son las mismas que pueden haber embargado a aquel Miguel de Unamuno que en su momento asegurara no creer en más revolución “que en la interior, en la personal, en el culto a la verdad”. Las de Sergio son observaciones que parecen ir contra el sentido común, pero que en realidad buscan poner de relieve la trágica ambigüedad de ese sentido que, más que común, parece hijo de ciertas circunstancias, y que por tanto se adivina irracional. Ningún otro personaje del cine cubano, realizado dentro o fuera del ICAIC (dentro o fuera de la isla) ha conseguido tanta lucidez a la hora de evaluar esa construcción que hoy conocemos por “cubanía”.

Sí, no hay dudas de que 1968 fue un año importante para el cine cubano, pero también fue precursor de grandes congojas para la cultura nacional. Ese mismo año, desde las páginas de la revista “Verde Olivo”, un oscuro personaje agazapado detrás del seudónimo de Leopoldo Ávila, iniciaba sus sistemáticos ataques a todo aquello que no fuera claramente “revolucionario”. Sus argumentos no superaban el estatus de una rabieta patriótica en la que una y otra vez se demonizaba esa producción que pusiera en duda la dignidad de la Revolución, y de paso, el carácter malévolo del imperialismo. Esa obsesión le lleva a escribir frases en las que se adivina un sentido de la cursilería política sencillamente insuperable, tal como ilustra lo que subrayara a propósito de su ataque a la obra de René Ariza “La vuelta a la manzana”, premiada por la UNEAC: “Estamos levantando y defendiendo un pequeño país revolucionario muy cerca del más taimado, cruel y criminal de los enemigos”.

En el caso concreto del cine cubano, 1968 marca un antes y un después. Para muchos de los que siguieron en la isla, fue la consagración de esa producción cinematográfica que, si bien había obtenido innumerables reconocimientos por sus documentales, en cuanto a largometrajes de ficción aún estaba pendiente su mayoría de edad. No es casual que alrededor de esa fecha giren cuatro de las que se siguen considerando las películas más renovadoras del cine nacional: “Las aventuras de Juan Quin Quin” (1967), de Julio García Espinosa, “Lucía” (1968), de Humberto Solás, “La primera carga al machete” (1969), de Manuel Octavo Gómez, y desde luego, “Memorias del subdesarrollo”. Cierto que nunca más han coincidido en el tiempo igual cantidad de filmes provocadores, pero a partir de entonces se advirtió en la ficción un crecimiento, si bien nuevas circunstancias paralizaron temporalmente el espíritu crítico que mostraba “Memorias…”, para privilegiar la producción de películas historicistas.

Para los que se fueron, en cambio, “aquello terminó cuando la muerte del Che y la instauración de la ofensiva revolucionaria, y siete importantes figuras del cine cubano salieron del país casi simultáneamente… Allí terminó el primer, el mejor ICAIC”. Era el principio de una época que dejaba atrás la espontaneidad crítica para concederle más importancia al entusiasmo institucionalizado, algo que también influirá en la producción de la década posterior, aunque por fortuna, no de la misma manera que en la literatura o el teatro.

El propio Titón parecía estar al tanto del encumbramiento en el poder de toda esa mediocridad burocrática, cuando escribe a propósito de su filme:

“Hay una raza especial de gente con la que tenemos que convivir, con la que tenemos que contar, para nuestro disgusto cotidiano, en esto de construir la nueva sociedad. Son los que se creen depositarios únicos del legado revolucionario; los que saben cuál es la moral socialista y han institucionalizado la mediocridad y el provincianismo; los burócratas (con o sin buró); los que conocen el alma del pueblo y hablan de él como si fuera un niño muy prometedor del que se puede esperar mucho, pero al que hay que conocer muy bien, etcétera, etcétera (y nos parece estarlos viendo, con el brazo protector por encima de los hombros de ese niño); son los mismos que nos dicen cómo tenemos que hablarle al pueblo, cómo tenemos que vestirnos y como tenemos que pelarnos; saben lo que se puede mostrar y lo que no, porque el pueblo no está maduro todavía para conocer toda la verdad; se avergüenzan de nuestro atraso y tienen complejo de inferioridad a nivel nacional. La película se propone también, entre otras cosas, molestarlos, provocarlos, irritarlos. A ellos también va dirigida”.

Juan Antonio García Borrero

1) Leopoldo Avila (seudónimo). “La vuelta a la manzana”. Revista Verde Olivo, Nro. 42, Octubre 20, 1968.
2) Canel, Fausto. “Sobre la maroma de filmar fuera de tu idioma y de tu identidad”. En “Cine cubano: nación, diáspora e identidad” (Coordinación: Juan Antonio García Borrero). Festival de Benalmádena/ Filmoteca de Cantabria, Año 2006, p 108.
3)Tomás Gutiérrez Alea. “Memorias del subdesarrollo: notas de trabajo”. Revista Cine Cubano, Nro. 45-46, 1968.

DONA PINEDA BARNET DERECHOS DE AUTOR A MOVIMIENTO DE VIDEO

Cineasta cubano dona derechos de autor a movimiento de video

La Habana 30 jun (AIN) El destacado cineasta cubano Enrique Pineda Barnet donó al Movimiento Nacional de Video de Cuba (MNVC) sus derechos de autor, de por vida, correspondientes al filme “Te espero en la eternidad”, que se estrenará este año.

El también Premio Nacional de Cine en 2006 dijo que el aporte está dirigido al fomento de la producción audiovisual para los jóvenes realizadores del país, quienes no cuentan con los recursos suficientes para llevar a cabo sus proyectos.

Precisó que la intención es crear un fondo de apoyo a los nuevos talentos de la cinematografía nacional y agregó que otros cineastas y videoastas cubanos han confirmado futuras donaciones al MNVC.

Este no es un hecho de mérito personal, enfatizó Barnet, sino un acto de supervivencia para mantener viva la convicción y vocación de hacer cine en la juventud, en cuyas manos está el futuro del audiovisual de la Isla.

La donación se efectuó durante la segunda jornada teórica del Encuentro Nacional de Video. que se desarrolla en esta capital.

En esta ocasión, el director de la popular cinta “La bella del Alhambra” impartió una conferencia sobre la dicotomía entre realidad y fantasía en la realización audiovisual.