Archivos diarios: junio 30, 2007

EL PRIMER TITÓN (Fragmento del libro HASTA CIERTO TITON)

Tomás Gutiérrez Alea nació en La Habana el 11 de diciembre de 1928, en un momento en que Cuba comenzaba a experimentar otro de sus períodos históricos oscuros: eran las vísperas de la llamada “revolución de 1933”.

El 1 de noviembre de 1928 Gerardo Machado lograba imponer su reelección, pero sin poder neutralizar la cada vez más creciente oposición. Gutiérrez Alea (más conocido por Titón), al igual que otros que nacieron por la misma fecha, como Alfredo Guevara (1925), Julio García Espinosa (1926), y sobre todo Fidel Castro (1926), heredaron todas las insatisfacciones nacionalistas que por aquella época se discutían, y que justo en 1932 hiciera escribir a Jorge Mañach:

“Por un curioso ritmo histórico, el pensamiento cubano se encuentra ahora, como al comienzo de su evolución, oscilando entre un relativo y un absoluto nuevos. Entre un socialismo posibilista, que ajusta el grado y tempo de la innovación a la peculiaridad cubana, y un comunismo dominado por la teoría y afanoso de universalidad” (1).

Por la fecha en que nace Titón, la nación cubana se debatía por consolidar una República que había nacido el 20 de mayo de 1902, con el juramento que Tomás Estrada Palma hiciera en el Palacio de los Capitanes Generales, después de recibir el poder de manos del general Leonardo Wood, representante del gobierno interventor norteamericano.

Hasta Machado, la República había estado bien lejos de ser lo que José Martí expresara a modo de aspiración en sus discursos y escritos. Para no pocos el nuevo orden social devino una forma más sofisticada de seguir favoreciendo a los menos, en tanto que la soñada independencia no pasaba de ser una mera expresión formal: parecía cada vez más claro que Estados Unidos reemplazaba a España a la hora de controlar los beneficios económicos que reportaba la isla, con lo que se ponía de manifiesto la vigencia de aquel apunte estoico donde se afirma que, pasar de la pobreza a la riqueza, no es más que cambiar de miseria.

Las reacciones contra esa degradación de los antiguos ideales muy pronto se hicieron notar. Veteranos como Enrique José Varona se empeñaron en combatir cívicamente hasta el final de sus vidas esa nueva actitud colectiva. Pero también en las generaciones más recientes surgieron posiciones críticas, como las de Julio Antonio Mella, cofundador del Partido Comunista en Cuba, o las que alcanza a simbolizar el “Grupo Minorista” (1924-1929), integrado entre otros por Jorge Mañach, Eduardo Abela, Alejo Carpentier, Félix Lizaso, Juan Marinello, Rubén Martínez Villena, Mariano Brull, Emilio Roig de Leuchsenring, José Z. Tallet y Amadeo Roldán.

Esas contradicciones intelectuales, que desde luego tenían una repercusión política concreta, se evidenciaban en un sinfín de hechos violentos. Allí está el asesinato de Julio Antonio Mella en México, los asesinatos de presos en Isla de Pinos, el exilio de Rubén Martínez Villena en la URSS como consecuencia de la persecución gubernamental de que es objeto, el fallecimiento del estudiante Rafael Trejo, quien participaba en una manifestación estudiantil (o “tángana”) contra el gobierno.

Son apenas algunos de los numerosos episodios que provocan que el 12 de agosto de 1933 Gerardo Machado renuncie a su cargo y se refugie en Nassau, dejando detrás el caos vengativo que toda euforia revolucionaria trae aparejado al espejismo de haber conquistado un futuro promisorio. Las imágenes dantescas de machadistas (o “porristas”) linchados a la luz pública, con seguridad han de herir la sensibilidad de quienes solo gustan de mirar la cara más fotogénica de la “justicia histórica”.

La infancia y adolescencia de Gutiérrez Alea pareció transcurrir alejada de aquellos revuelos políticos e ideológicos. Era una vida normal y corriente, que difícilmente podía indicarnos que estábamos en presencia de alguien que, con el tiempo, se convertirá en el más renombrado de los cineastas cubanos. Y era lógico que así lo fuera. Por la fecha en que nace y se forma Titón, “hacer cine” se asociaba a algo sin importancia no ya cultural, sino económica (léase social).

Ya en 1923 había muerto Enrique Díaz Quesada (n. 1882), uno de los pocos que quiso hacer de este oficio algo más que una aventura esporádica. Díaz Quesada mostró una tenacidad que rara vez se ha repetido en toda la historia del cine cubano, al filmar varias películas que intentaban reflejar el momento histórico que vivía la nación (y también sus luchas por la independencia), pero murió muy joven.

Esa tenacidad fue heredada por Ramón Peón (n. 1897-1970), quien igualmente se esforzó por crear una cinematografía nacional, y llegó a realizar películas tan relevantes como “La Virgen de la Caridad” (1930). Sin embargo, en 1931 Ramón Peón decidió asentarse en México, donde desarrolló el grueso de su carrera. Cierto que nunca le abandonó la idea de fomentar una industria fílmica en el país, fundando incluso la empresa PECUSA (1938) que daría lugar a seis filmes, pero no puede hablarse de una tradición cinematográfica, como sí existía entonces en México o Argentina. Sobre sus intereses primarios, el propio Gutiérrez Alea nos ha comentado:

“Claro que no siempre fui cineasta. Mucho antes, desde niño, había mostrado vocación por la pintura, por la música y por la poesía, sucesivamente. En ninguno de los tres campos resulté ser muy brillante. Sin embargo, no podía renunciar a ninguno de ellos. Por otra parte, también me atraían los problemas de la técnica y los trucos de magia. Ya era demasiado. Un buen día (no recuerdo cuándo sucedió) se me hizo evidente que el cine resumía todas mis inclinaciones. A partir de entonces se convirtió en algo muy grande para mí. Asistía regularmente a las distintas tandas (entonces había lo que llamaban matinée, y solían exhibir diariamente dos películas, un noticiero, un documental, un episodio y los “avances” de los próximos estrenos), no sólo para quedar fascinado por tal despliegue de imaginación y fantasía, sino también para tratar de entender por qué todo aquello me resultaba tan fascinante”.

Este momento de conversión definitiva hay que asociarlo al año 1948, exactamente al instante en que Germán Puig y Ricardo Vigón crean el “Cine Club de La Habana”, posibilitando el encuentro de Titón con otros jóvenes que en aquella fecha veían en el cine una buena vía para expresar sus inquietudes personales. (2)

Desde luego, el cine club no inventó la vocación cinematográfica de Gutiérrez Alea, pues ya un año antes había filmado con una cámara de 8 mm dos cortos humorísticos (“La caperucita roja”/ 1947 y “El faquir”/ 1947), pero el encuentro en aquel marco aglutinante permitió interiorizar con mucha más intensidad esa vocación. Junto a ese primer Titón estaban Néstor Almendros y Guillermo Cabrera Infante, todavía sin la notoriedad internacional que obtendrían luego de 1959. Entonces eran apenas unos adolescentes que vieron en el cine-club la posibilidad de reconocerse en medio de un contexto donde figuraban como “seres raros”, debido al poco aprecio que entonces le concedían al cine los intelectuales más “serios” del momento.

El antecedente más directo que se le puede encontrar al “Cine Club de La Habana” habría que remontarlo precisamente al año en que naciera Titón, año en que José Manuel Valdés Rodríguez, uno de los pioneros de la crítica de cine en Cuba, reúne en su casa a un grupo de intelectuales como Fernando Ortiz, Raúl Roa, Juan Marinello, Rubén Martínez Villena, entre otros, con el fin de proyectar y comentar algunas películas importantes del cine mundial que llegaban al país. Según la investigadora María Eulalia Douglas, Valdés Rodríguez “utilizaba un proyector prestado y como pantalla, la pared blanca del garaje de un vecino. Al terminar la proyección, comentaban y discutían el filme”. (3)

Con Valdés Rodríguez el cine obtuvo en los periódicos cubanos de la época una nueva percepción. Sería un poco exagerado decir que fue el primero en superar la mirada del cronista social que prioriza el análisis del filme por encima de los efectos que su estreno implica en los medios sociales, pues allí están las crónicas cinematográficas firmadas por Jorge Mañach en la “Revista de Avance”, pero es indiscutible que Valdés Rodríguez sistematizó esa visión, primero al ser nombrado en 1935 “crítico oficial de teatro y cine de El Mundo” (4), y luego al impartir en la Universidad de La Habana, de 1942 a 1957, el primer curso del cual se tenga noticia en el país con el título de “El cine: industria y arte de nuestro tiempo” (5).

Germán Puig y Ricardo Vigón participaron en uno de esos cursos de verano, y a raíz de esa participación nació la idea de crear el Cine Club. Solo que ni a Puig ni a Vigón les interesaba explotar el acento ideológico que Valdés Rodríguez intentaba resaltar en sus análisis. Para ambos, el cine era nada más que arte (sin implicaciones políticas), y esa suerte de búsqueda de la autenticidad “por cotos de mayor realeza”, es lo que los animaría a fundar un espacio que pronto chocará con el propio Valdés Rodríguez, al convertirse en una clara alternativa a la gestión cultural de este, y por otro lado, también con algunos de esos miembros originales que en apenas tres o cuatro años se sentirán incómodos con ese “apoliticismo”.

En la época en que Titón ingresa al “Cine Club de La Habana” (contaba apenas con veinte años) sus inquietudes políticas no estaban definidas. Tenía inquietudes sociales, desde luego, pero lo que se dice una ideología concreta, no. Hasta ese instante su vida era la típica de cualquier joven cubano que aspiraba a mantener un nivel de vida decoroso. Sin haber ido nunca a “un colegio de curas” fue educado como católico. De 1943 a 1948 estudiaría música. En 1946 matricula Derecho en la Universidad de La Habana, más para complacer al padre que por vocación propia; dos años después filma en 16 mm un documental (inconcluso) sobre el Movimiento por la Paz.

Aquel año de 1948 sería crucial para Gutiérrez Alea por varias razones. Ingresar al “Cine Club de La Habana” le permite reconocer lo que será en lo adelante su sueño más anhelado (convertirse en cineasta); y por otro lado, coincidir con Néstor Almendros e iniciar con este una entrañable amistad, contribuye a que su mirada hacia el contexto social cobre otra dimensión. Roberto Fernández Retamar, quien con el paso del tiempo se convertiría en uno de sus más perdurables amigos, lo recuerda así:

“Aunque no he retenido la ocasión precisa, supongo que nos conocimos a finales de 1948, porque de esa fecha, cuando empecé a estu¬diar filosofía y letras en la Universidad de La Habana, data la segunda oleada de mis ami¬gos: la primera, naturalmente, viene de mi infancia. En todo caso, en 1949 ya mantenía¬mos una relación estrecha: con frecuencia, yo lo visitaba en el apartamento de sus padres, en el Edificio Chibás; y él me visitaba en la casa de mis padres, en La Víbora. Con otros adolescentes, intercambiábamos libros, asistíamos a conciertos, veíamos obras de teatro, películas y exposiciones, comentábamos y pla¬neábamos mil cosas; lo habitual en la paideia de las promesas de artistas.

Pero Titón desco¬llaba no por lo que prometía, sino por las va¬rias cosas que ya hacía, con finura y calidad singulares. Sé que de niño aprendió, con el mismo maestro de Adelaida, a bailar tap. Sé que dibujaba. Lo recuerdo tocando admirable¬mente al piano la “Berceuse campesina” de García Caturla y varias piezas de Debussy, como “La plus que lente”. Más que recordar, conservo poemas suyos: los que agrupó en su cuaderno “Reflejos”, el cual, con la firma “To¬mas G. Alea”, y viñetas de Servando Cabrera Moreno, imprimió en 1949 valiéndose de una imprentica de mano que el padre tenía en su casa, y que me resultaría una bendición. Sin embargo, lo más notable no era lo que hacia, sino lo que era: un gallardo y gentil príncipe de cuentos de hadas, para decirlo con las pa¬labras más justas de que soy capaz, y la ayuda de la cursilería -inexistente del todo en él. Nunca he conocido a nadie con mayor elegan¬cia natural”.

Para el Gutiérrez Alea de aquellos tiempos, “la figura de Cristo se me hacía – y se me hace aún, aunque en otro sentido- algo infinitamente grandioso y bello. Cristo arremetió contra los mercaderes y contra los hipócritas, mostró el camino de la verdad, predicó la humildad y sintió el dolor de los hombres” (6). Pero esa seducción operaba solo a nivel de fábula romántica, lo cual lo llevó a explorar por primera vez la literatura marxista de la mano de Néstor Almendros, quien lo inició en esa zona de la filosofía. Según Alea, “la idea del comunismo se me parecía bastante a la del paraíso. Sólo que aquél se expresaba como una consecuencia lógica, racional del desarrollo de la humanidad y debía ser alcanzado en esta vida”. (7)

Hacia mediados de los ochenta, la amistad de Gutiérrez Alea y Néstor Almendros quedó trunca a raíz de una ácida polémica que ambos sostuvieron en público, pero mientras duró, esa amistad fue hermosa por más de una razón. Coincidiendo con el éxito de “Fresa y chocolate” (1993), una película que de alguna manera prolongaba el debate que los dos habían sostenido (aún cuando Almendros ya había muerto), Titón recordaría:

“Néstor no fue sólo un amigo mío como otros muchos: lo fue en un sentido muy particular. Cuando llegó a Cuba, en un momento en el que ya yo había definido mi vocación por el cine, él tenía una especie de fanatismo de espectador: quería ver todas las películas – lo cual a mí nunca me ha pasado-, y me arrastró, me hizo descubrir cosas que yo no había visto, me abrió nuevos campos. Recuerdo que íbamos junto al cine constantemente y teníamos que sentarnos en las primeras filas, porque él –no sé si sería a causa de la miopía o qué- necesitaba llenarse por completo de la pantalla. Esa etapa fue muy importante para mi formación artística y también para mi formación política. Parecería un contrasentido, pero la primera persona que me habló seriamente del marxismo como algo que era necesario asumir fue Néstor. Por eso me costaba tanto trabajo entender su posición: creo que no jugó limpio en la etapa posterior a su salida de Cuba. Eso me molesta mucho, tal vez porque conservo el recuerdo afectivo de aquellos primeros años”. (8)

La vida de Néstor Almendros, efectivamente, estuvo marcada desde bien temprano tanto por las inquietudes artísticas como políticas. Su llegada a Cuba se produjo a finales de la década del cuarenta, cuando con apenas dieciocho años fue reclamado desde La Habana por su padre republicano, en el inicio de un exilio que lo llevaría primero a la mayor de las islas de Las Antillas, pero también a Estados Unidos e Italia. Hijo de Herminio Almendros, un marxista español con altos cargos en el Ministerio de Educación de la República Española antes de abandonar aquel país como consecuencia de la guerra civil, el futuro director de fotografía se mostraría, aún muy joven, apegado a la ideología abrazada por el padre.

Lo cierto es que la amistad con Almendros anima a Alea a pasar de,

“(…) la prédica cristiana a la práctica revolucionaria. Ya estaba en la universidad, intentaba escribir poesías, estudiaba piano con César Pérez Sentenat y teoría de la música con Argeliers León, y empezaba a descubrir el cine. Aquí se unía todo: el ejercicio del cine se me revelaba también como una indiscutible responsabilidad social. Por eso no tiene nada de sorprendente que de la confusión de Kafka pasara a filmar un corto sobre el Movimiento por la Paz para el Partido Socialista Popular, aunque no militaba en sus filas (también por aquellos tiempos organicé y presidí un Comité por la Paz en la Escuela de Derecho, y lo primero que hice entonces fue redactar y firmar, conjuntamente con otro compañero, un manifiesto donde protestaba por el envío de soldados cubanos a Corea para engrosar las filas del ejército interventor norteamericano). Después filmamos también una movilización popular, un Primero de Mayo, que culminó en el Estado del Cerro con una masiva demostración de apoyo al PSP”. (9)

En realidad, hay aquí un error en lo que expresa Alea, pues el corto sobre el Movimiento por la Paz (1948) fue anterior al rodaje de “Una confusión cotidiana”, el cual filma en 1950, contando con la fotografía de Néstor Almendros, y las actuaciones de Vicente Revuelta, Julio Matas y Esperanza Magaz. Pero más allá del orden puntual de los hechos, sí es evidente que se trata de un período en el cual Titón comienza a insertarse de manera cada vez más notoria en actividades de corte político.

El período que va de 1948 a 1951 (que es el año en que Titón se gradúa de abogado y marcha a Roma) está preñado de acontecimientos políticos que marcarán a esa generación que, en un futuro no tan lejano, le imprimirá un cambio radical a la Cuba post-59. En enero de 1948 fue asesinado el líder azucarero Jesús Menéndez, mientras que el 9 de abril se producía en Colombia lo que hoy se conoce como “el bogotazo”, incidente que tras la violenta muerte de Jorge Gaitán, reúne en un mismo escenario a Fidel Castro, Alfredo Guevara y Gabriel García Márquez, los dos primeros representando a la FEU en la Conferencia de Estudiantes Latinoamericanos que se celebraba en ese país.

En Cuba, aquel año se realizan elecciones presidenciales. Los ortodoxos designan a Eduardo Chibás como candidato, y el PSP a Juan Marinello, pero quien se hace del poder el 1 de junio es Carlos Prío Socarrás, del PRC. Una de las primeras medidas legales que este aprueba es la “Ley contra el Gangsterismo”. Los asesinatos políticos (como el del líder sindical Aracelio Iglesias, ocurrido en octubre) amenazaban en convertirse en una regla. Eso sí, el cubano de a pie seguía con su vida de siempre, y su incurable adicción a la esperanza, a juzgar por el rotundo éxito que también ese año obtiene el culebrón radial “El derecho de nacer”.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:
1) Jorge Mañach. “Esquema histórico del pensamiento cubano”. En “Jorge Mañach. Ensayos” (Selección de Jorge Luis Arcos). Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1999, p 145.
2) Tomás Gutiérrez Alea. “No siempre fui cineasta”. En “Alea, una retrospectiva crítica” (Selección, prólogo y notas de Ambrosio Fornet). Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, pp 16-17.
3) María Eulalia Douglas. “La tienda negra”. Cinemateca de Cuba, La Habana, 1996, p 51.
4) María Eulalia Douglas. “La tienda negra”, p 55.
5) María Eulalia Douglas. “La tienda negra”, p 71-72.
6) Tomás Gutiérrez Alea. “No siempre fui cineasta”, p 18.
7) Ibidem.
8)José Antonio Évora. “Tomás Gutiérrez Alea”. Ediciones Cátedra, S. A., 1996, p 54.