Archivos diarios: junio 25, 2007

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE “EL REALISMO” EN EL CINE CUBANO

Tengo una amiga que ama el cine cubano tanto como odia sus excesos “realistas”. Nunca me lo ha dicho con esas palabras, pero para ella el cine tiene que ver con esos mundos que el periodismo no alcanza a vislumbrar (un dato curioso: ella misma es periodista).

He intentado ponerme en la piel de un cineasta de la isla. ¿Se puede soportar la tentación de no emular con Bergman o Fellini cuando “la realidad” tiene todavía tantas cosas que mostrar?. El dilema es bien complejo, toda vez que el cine surgido en Cuba a partir de 1959 dejó establecido desde temprano que además de ser “revolucionario” en lo ideológico, se pretendía revolucionario en su campo. Los cineastas, desde entonces, además de apoyar a la Revolución, han pretendido hacer un “cine moderno”.

Tal vez ha sido esto lo que más equívocos ha suscitado incluso entre los mismos cineastas. Si uno revisa la relación de películas que se han realizado en la isla, descubre en paralelo dos tipos de cine, dos tipos de pretensiones: por un lado, un cine que intenta experimentar con la forma y el lenguaje para desde allí crear un mundo propio (todo un cine de Autor, con mayúscula), y otro que intenta retratar con pelos y señales “la realidad” que se vive, tal vez con el fin de subsanar el déficit de espejos críticos que acusa la prensa nacional. Al primero los expertos lo suelen considerar como un “cine poético”; al segundo lo etiquetan como un “cine realista”. Mi amiga prefiere al primero, pues (dirá en sus adentros), para periodista ella.

Si recordamos a Borges (“la realidad es invisible”) sabemos que todo es un problema de percepción. El propio Borges nos demostró que en esos mundos marginales donde ubicaría algunos de sus relatos más violentos, es posible encontrar un profundo (no encuentro otro adjetivo) aliento poético. El argentino nunca escribió una palabra obscena en sus relatos. Ni describió de manera explícita las escenas de sexo. Pero cuando lo hizo, como en “Emma Zunz”, se encargó de concederle a las descripciones todo un sentido de fatalidad que terminaba por convertir a lo gráfico en algo necesario o natural. En casos así, no es al autor el que se muestra estridente, como en algunos ejemplos de “realismo sucio”, sino es la realidad la que se hace notar, implacable, por sí misma.

Yo creo que es un error seguir dividiendo al cine en “poético” y “realista”, toda vez que la realidad no es divisible. La realidad lo contiene todo, y si el cine se pretende un instrumento de conocimiento de la misma, y no un artilugio de fascinación, entonces es preciso aprender a comentar tanto los momentos luminosos de la condición humana, como sus zonas más lamentables. Hay que evitar la tentación de embellecer el espejo.

Aquí no puedo dejar de evocar el azoro que Heinrich Heine mostrara en sus “Memorias” a propósito de Madame Stael, quien luego de enemistarse con Napoleón decidiera vivir un tiempo en Alemania. Heine notaría preocupado como la excelsa dama “por todas partes ve espiritualismo alemán, ensalza nuestra nobleza, nuestra virtud, nuestra formación intelectual (no ve nuestros manicomios, nuestros burdeles, nuestros barracones); podría creerse que todo alemán mereciera el Prix Montyon. Todo eso para criticar al emperador del que por aquel entonces éramos enemigos”.

No tengo nada contra el “cine poético”. Y para decirlo por lo claro: me encantan las manipulaciones de Orson Welles (“Sed de mal” se me antoja el ejemplo perfecto de narración fílmica). Creo en las virtudes del cine clásico, a la par que me emociona “La Strada”, de Fellini). Lo que me parece más objetable es desterrar del cine esas zonas oscuras (oscurísimas) de la realidad, ya sea en nombre de una tradición que aboga por el “buen gusto cinematográfico” (el cine perfecto, lo llamaría con seguridad García Espinosa), o porque sencillamente no cumple con los cánones de aquello que, no sé en nombre de qué, algunos consideran “poéticamente correcto”.

Juan Antonio García Borrero