Archivos diarios: junio 21, 2007

LOLITA Y LA HISTORIA DEL CINE CUBANO

Algunas veces, pensando en el oficio del historiador, no he podido dejar de evocar a “Lolita”, la famosa novela de Nabokov. Como se sabe, ha sido esta una de las obras cumbres de la literatura moderna. Pero más allá del indiscutible talento del novelista, lo que ha trascendido es esa imagen, mitad malévola, mitad cándida, de la nínfula. A la par que el aspecto literario (o quizás más), los críticos e historiadores han insistido en destacar a ese singular personaje, y sin embargo, para el propio Nabokov: “Fuera de la mirada maniaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita la nínfula, solo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Este es un aspecto esencial en un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa”.

Me pregunto cuánto de Mr. Humbert hay en cada uno de los que hemos querido historiar el cine cubano. Esa “Historia” que muchas veces se ha contado está bien alejada de lo que realmente ha sucedido. Lo que ha sido incesante tragedia, y que implica dolores repartidos a partes iguales entre vencedores y vencidos, se ha convertido en una “apasionante” crónica de triunfos y reveses (dependiendo del lugar donde está quien escribe, los buenos y los malos cambian de nombre propio, aunque no de los instrumentos de insulto o descalificación que utilizan hacia los otros). Si además de paciencia para la investigación, el experto denota dotes de escritor, será difícil no entregarse a ese espectáculo que ha terminado por convertir a la “Historia” en una suerte de Peepshow. Dentro de esa sensual cabina (la mente del historiador devenido Mr. Humbert) la “Historia” se desnuda, y nos excita al son de una música que también nos enardece.

Todavía es muy común pensar en “la Historia” como una disciplina científica obligada a “reconstruir el pasado tal como fue”, pero sabemos que el primer inconveniente (prácticamente insalvable) con el que tropieza casi siempre el historiador, es su propia manía de por lo general llegar tarde al lugar de los hechos.

Debido a ello, y por muy buena fe que ponga el experto en su tarea, este jamás podrá reconstruir ciento por ciento lo sucedido, pues dependerá del testimonio de terceros y cuartos. Y es que desde una perspectiva rigurosamente ontológica, tal pareciera que los historiadores (seres finitos e incompletos, como el más común de los mortales) lo máximo que han podido lograr en la búsqueda de la “verdad histórica” es la verosimilitud de aquello que enuncian, la cual está bien lejos de resultar idéntica a lo que con frecuencia se nombra “certeza”.

Quizás sea por ello que, con esa petulancia lúcida que le ha ganado un sinnúmero de detractores/amantes, alguna vez Peter Greenaway llegara a facturar esta reflexión que para algunos reviste el status de frase hecha, pero que a mí se me antoja intensamente inquietante: “La Historia es una entelequia. Lo que existen son los historiadores”. También Reinaldo Arenas nos dejó una reflexión no menos aguda:

“La Historia no se ocupa de gemidos, sino de números, de cifras, de cosas palpables, de hechos, de alardes monumentales, y no suele interesarse por los que redactan sino por los que transforman, borran o destruyen; la primera plana no es para el esclavo ni el vencido”.

De hecho, una zona del llamado pensamiento postmoderno se esforzó precisamente en combatir toda ínfula de precisión histórica, poniendo en los primeros planos del debate el controvertido tema de la objetividad y la verosimilitud. En contraste con lo que va aconteciendo en la palestra internacional, la historiografía referida al cine cubano no parece interesada en fiscalizar esa impresión de “verdad” que extrae de aquellas fuentes que caen en sus manos. Al ni siquiera sugerir el asunto, es como si diera por sentado que es posible obtener profundas convicciones con el simple cotejo crítico de los testimonios.

Desafortunadamente, la creencia cándida de que el historiador puede reconstruir el pasado “tal como fue” a partir del estudio de lo documental, sigue resultando todavía hoy muy popular entre nosotros. Pero en realidad ya sabemos que un historiador (aún cuando cuente con todas las fuentes del mundo) nunca podrá reconstruir un pasado; en el mejor de los casos construye uno nuevo, pues demasiadas mediaciones hay entre el investigador y la época que examina (incluyendo esa que él mismo vive), como para seguir creyendo que se puede llegar a “la verdad” exacta, a la esencia misma de la historia en sí. La “Memoria histórica” siempre será selectiva y excluyente.

Creo que una “Historia” que se pretenda más útil a la nación (sujeto colectivo) que al individuo, no es “Historia”: es una telenovela donde siempre estarán triunfando los más virtuosos. Los “grandes hombres”. Los buenos sobre los villanos. La “Historia” está en el deber de hablarnos de los problemas que genera la existencia individual, y sus oyentes tenemos el derecho de preguntar a quien la escribe por qué el Bien, el Mal, la Culpa o la Libertad es para unos una cosa y para otros no, si al final hay un demoninador común: la finitud del ser. Más que hablar de una solidaridad en abstracto y utópica, es preciso comenzar a contar la “Historia” de la convivencia humana, y proponernos modos de hacer a esta más llevadera.

Debemos desconfiar, pues, de esos historiadores que al convertir al pasado glorioso en la única referencia, se convierten en meros traficantes de utopías. Para ellos el presente no existe, y la condición efímera de nuestra existencia es algo prescindible. En este tipo de “Historia” la retórica rimbombante sustituye a la razón vital, y como el imaginativo Mr. Humbert, se inventa una realidad que solo consta en la mente erotizada de quien la escribe. Cioran ha sido el más lúcido a la hora de comentar esa actitud que, incluso, va más allá de lo político:

“Habiendo abandonado la realidad a favor de la idea, la idea a favor de la ideología, el hombre ha resbalado hacia un universo desviado, hacia un mundo de subproductos donde la ficción adquiere las virtudes de un dato primordial. (…) Al divinizar la historia para desacreditar a Dios, el marxismo solo ha conseguido volver a Dios más extraño y más obsesionante”.

Vale aclarar que Cioran (nihilista donde los hay) habla aquí del marxismo, no de Marx, que es otra cosa. Es decir, habla de los marxistas que pretendieron convertir en santo a quien quiso en vida hacer de la herejía una liturgia. Y de paso con su reflexión anticipa algo de lo que la neurociencia por estos días está intentando estudiar a fondo: esas maneras inconscientes con las cuales el cerebro falsea la realidad con tal de sobrevivir. Si el historiador de cine cubano no se pone al tanto de esas novedades científicas, difícilmente llegará a corregir esa “memoria histórica” que hasta ahora predomina, y que en el fondo se adivina como un mal “remix” de eso tan genial que ya conocemos por “Lolita”.

Juan Antonio García Borrero

FAUSTO CANEL SOBRE “LA PREGUNTA DE LOS INOCENTES”

Tu pregunta tiene, en mi opinión, una triple respuesta…

Es el “Por cuanto” de la ley que crea el ICAIC, como tú bien dices, el primer indicio en nuestra investigación… Según ese “Por Cuanto” el cine negro es un género menor, mediocre, y sobre todo, ¡oh horror de horrores!, comercial… Los verdaderos artistas no se preocupan de hacer dinero con su cine… (De hecho, como comenté en mi novela “Ni Tiempo Para Pedir Auxilio”, en la oficina de Raúl Taladrid padre, que era el director económico del ICAIC, había en la pared, a mediados de los 60, un cuadro estadístico en el que se veían las recaudaciones de las películas nacionales y extranjeras… Películas como “Los paraguas de Cherburgo”, que eran compradas por unos pocos dólares (entre 5 y 10 mil, si mal no recuerdo) daban una fortuna en su distribución por toda la isla, subvencionando de hecho un cine cubano que ni siquiera cubría gastos.)

La segunda razón de desprecio era el origen nacional del género, desarrollado en Hollywood y por lo tanto considerado material ideológico rechazable… Poco importaba que el propio Antonioni o Bardem y sobre todo los expresionista alemanes, Murnau, Lang, Wilder (vienés de cultura germana) hubiesen ejercido el género, o que Hitchcock lo hubiese practicamente inventado en su primer cine inglés: el cine policial era estadounidense y por lo tanto negro, muy negro para la salud de las masas proletarias cubanas…

Y tercero, por supuesto, había el factor de base, el pecado original de esa generación que dirigió y marcó con su (reducido) gusto aquel primer ICAIC… El neorealismo… Que críticos como g. caín defendiesen el policial no hacía más que justificar las diatribas de los primeros jerarcas (Alfredo, Julio, Titón) contra el género… El cine serio sería neorealista, o no sería — y sabe Dios que coyuntura me permitió hacer “Papeles son papeles”…

Tal vez porque a veces, durante la trama, cambiaba de tono, buscando una parodia cariñosa que tenía mucho más que ver con “Beat the devil”, de John Huston, con guión de Truman Capote, que con el panfleto antiestadounidense, y mucho menos con el ya superado y rancio tufo demagógico de Zavattini.

Ese cambio de tono a lo largo de la película confundió a los censores, permitiéndome hacer una farsa donde los “antisociales”, que no necesariamente contrarevolucionarios, se convertían en protagonistas de una pelicula en la que el mal, como en todo policial, nunca triunfa…