LA PREGUNTA DE LOS INOCENTES

Hay en el cine cubano un enigma digno de ser investigado por el mismísimo Sherlock Holmes o Hércules Poirot: ¿por qué se han hecho tan pocas películas policíacas a lo largo de su historia?. Apelo a la memoria, y solo consigo evocar cinco o seis: “Siete muertes a plazo fijo” (1950), de Manolo Alonso, “Papeles son papeles” (1966) de Fausto Canel, “El extraño caso de Rachel K” (1973) de Oscar Valdés, “Mata, que Dios perdona” (2005) de Ismael Perdomo, y ahora “La noche de los inocentes” (2007), de Arturo Sotto. Esas son las que ahora mismo recuerdo. Puede que hayan dos o tres más, pero no servirían para aminorar la pertinencia de la pregunta inicial: ¿por qué tan pocas?.

La intriga se hace más intensa conociendo que, al menos, tres escritores cubanos han logrado una proyección internacional en el género: Leonardo Padura, Amir Valle, y Lorenzo Lunar. También Daniel Chavarría ha mostrado su maestría en la creación de historias con suspenso, pero cuando ha decidido acercarse al cine (como la vez que escribió el guión de “Plaff”, de Juan Carlos Tabío), no ha sido precisamente para armar un policiaco, aún cuando el misterio haya sido uno de los ingredientes más fuertes de la trama.

Creo que ese rechazo solapado a un género como el que mencionamos, tiene que ver con esa idea que desde el principio estuvo presente en aquel primer “Por Cuanto” de la ley que creara el ICAIC, donde se asegura que “el cine es un arte”. Y para el grueso de los cineastas cubanos, lo que se dice “arte fílmico” siempre ha estado más relacionado con lo que se producía en Europa (neorrealismo italiano, Antonioni, Nueva Ola Francesa) que con lo que Hollywood facturaba. De hecho, la posición crítica de Cabrera Infante defendiendo el cine clásico de Hollywood (sobre todo el cine negro) contrastaba de una manera radical con los referentes estéticos de la producción del ICAIC.

En los setenta, coincidiendo con ese período de negrura ideológica que se apodera del país con el “pavonato”, surge la llamada “literatura policíaca cubana”. Toda una cruzada moral contra el crimen y “las lacras heredadas del pasado”. Se trata de un conjunto de novelas (algún nombre hay que darles), donde los policías de la isla (tipos ejemplares en todos los órdenes) se enfrentaban a los delincuentes del patio (que también son ejemplares, aunque en el orden negativo). Me gustaría releer “Enigma para un domingo”, de Ignacio Cárdenas Acuña, y ver si ha soportado el paso del tiempo. En aquel momento me pareció un buen libro, y no sé por qué tengo la impresión de que daba para una película por lo menos atendible. Claro, la trama se desarrollaba en el pasado republicano.

Al ICAIC, por suerte, nunca le interesó explotar el filón que comercialmente anunciaban esas novelas. Sospecho que los cineastas sabían que la popularidad de que gozaban el grueso de aquellos libros, tenían un sostén demasiado endeble. En ese período, una sola vez se aproximaron al cine negro a través de “El extraño caso de Rachel K”, pero aquí el interés por apartarse de los esquemas del policiaco, propició que dentro de la trama se insertaran comentarios sociales.

No sé qué tiempo se tardará en entender que detrás del uniforme de un policía hay un ser humano común. No importa su nacionalidad ni su ideología. Y que se puede conseguir una buena historia (ya sin adjetivos que den noticia del género al que pertenece) precisamente indagando en las contradicciones que conforman a ese ser humano. Por desgracia, sobre todo las series de televisión que se producen en la isla, siguen apelando al estereotipo. O a lo meramente simbólico. Imposible pensar en un policía cubano con más defectos que virtudes. Mucho menos pensar en un policía “malo”, a pesar de que casos de corrupción no han faltado. Creo que soñar con que algún día pudiéramos tener nuestra propia “Sed de mal” suena a otra utopía enfermiza.

Y sin embargo, recuerdo una anécdota personal. Corría el año 1987, y recién me había graduado de Derecho. Me fui a cumplir el Servicio Social en Holguín. Allí ejercí durante más o menos un año como abogado de oficio. Recuerdo como si fuera ahora que aquel caso me lo asignaron un viernes. No sé por qué nunca he olvidado que fue un viernes. Mi representado había sido policía en una zona rural cercana a Mayarí arriba, y ahora lo estaban acusando de un homicidio ocurrido tres años atrás.

Me contó cómo habían sucedido los hechos, que coincidía con la versión del fiscal. Estaban en un lugar de esos donde expenden cerveza a granel, y en los que casi siempre hay por lo menos tres o cuatro riñas de gentes que al día siguiente, nunca se acuerdan por qué empiezan la bravata. Esta vez tampoco faltó una discusión. Su compañero y mi representado dispararon al aire con el ánimo de imponer el orden, pero una de las balas al descender terminó alojada en el cuerpo de alguien que más tarde murió.

El otro policía fue juzgado y sancionado por un delito de homicidio imprudente, a pesar de asegurar que los disparos no los había efectuado él. Estando en la cárcel siguió apelando, y nuevas investigaciones demostraron que el arma disparada pertenecía al policía que ahora representaba yo. Este no solo confesó su acción, sino que además se mostraba atormentado por el tiempo que había guardado silencio, afectando a su compañero. Otra prueba de que “Crimen y castigo” no solo describe a los rusos que el genial escritor retrató.

No recuerdo con exactitud la sentencia dictada por los jueces, pero siempre me quedó la impresión de que había allí toda una historia para ser contada en cine. Y no sé si se trata del mismo caso, pero si recuerdo que en “Día y noche” (u otra serie parecida de la televisión nacional) narraron una historia similar. Solo que, como en “Enigma para un domingo”, la trama no se ubicaba en el presente, sino antes del triunfo de la Revolución. Y otra vez me vino a la cabeza la dichosa pregunta de los inocentes: ¿por qué?

Juan Antonio García Borrero

Publicado el junio 19, 2007 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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