Archivos diarios: junio 13, 2007

A PROPÓSITO DE UN COMENTARIO SOBRE “SUITE HABANA”

He leído con interés, y algo de desconcierto, la nota que Manuel Sosa ha colgado en su blog sobre “Suite Habana”. Sosa es un buen provocador de ideas. A ratos entro a su finca, y disfruto de esos comentarios donde encuentro repartidas, a partes iguales, seriedad, humor, y buena escritura, una combinación rara que siempre se agradece. Con lo que ha escrito sobre “Suite Habana”, sin embargo, estoy muy lejos de quedar satisfecho.

Me apresuro en advertir que mi insatisfacción no tiene que ver con esa línea en la que alude a “la claque de críticos” que en su momento la celebraron (cada vez me siento más ajeno al término “crítico”). Tampoco me quita el sueño que tengamos opiniones encontradas sobre el saldo estético de la película. Al fin y al cabo, la suya es una opinión tan respetable como la mía, como la de cualquiera. Lo que me deja insatisfecho es el modo en que esta vez el escritor deja a un lado esa capacidad que ha demostrado en otros temas para encontrar, más allá de lo explícito, los vínculos sumergidos que las obras sostienen no ya con el momento puntual en que nacen, sino con la tradición en que se inscriben.

Hace poco hice públicos algunos reparos que aún tengo sobre “Madrigal”, el filme más reciente de Fernando Pérez. Pudiera hasta pensarse que lo que ahora comenta Sosa sobre “Suite Habana” coincide en esencia con aquellos. En ambas películas el realizador apela a lo que parece su principal carta, que es lo emocional. Los dos filmes participan de una estética sensorial donde es más importante lo que se siente, que lo que se dice o escucha. También otras veces he escrito que Fernando Pérez suele abusar de este recurso. La contención no deviene su fuerte. Solo que, a mi juicio, “Madrigal” no es “Suite Habana”.

Desde mi punto de vista (siempre discutible), “Madrigal” falla en la medida en que se anuncia como una película de ideas, y termina como algo meramente formal. Si nos atenemos a lo que dice el protagonista en su primer bocadillo, esa iba a ser una película sobre “la búsqueda de la verdad”, es decir, era una película de conceptos que prometía llegar más a fondo. De allí que la abundancia de planos “bellos”, aunque fotográficamente impactantes (al igual que la dirección de arte), terminen pareciéndonos artificios que desvían la atención de lo que era fundamental.

Pero “Suite Habana” es otra cosa. Desde luego que es una película sobre La Habana de ahora mismo, esa que también retrata, aunque de otro modo, “Arte nuevo de hacer ruinas”. Pero es, sobre todo, una película que explora nuevas posibilidades del lenguaje cinematográfico dentro de una tradición que, desde Santiago Álvarez hasta la fecha, nos había dejado una especie de canon intocable en lo que al documental nacional respecta.

Está claro que si centramos la lectura solo en lo que de “denuncia” social o política podría tener el filme, se reducen las ganancias de una manera considerable, y por supuesto que se podrá entender muy poco la repercusión que ha tenido. En tal sentido, me parece esencial que se mire más allá de la cinta en sí, incluso más allá del contexto en que se ha originado, para explorar los vínculos soterrados (y tal vez hasta involuntarios) que establece con otras prácticas del documental nacional e internacional.

La ausencia generalizada de ese análisis en “Suite Habana” me recuerda otro documental famoso del cine cubano, también sobre esa ciudad: “PM”, de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal. Los que hoy miren tardíamente aquel filme, como Sosa ha hecho con “Suite Habana”, seguramente se sentirán ajenos a la conmoción que este ha provocado en la historia cultural (y política) del país. Y hasta tildarán de desmesura todo el escándalo provocado. Y es lógico: además de que se ha visto poco, todo lo que ha trascendido del mismo se relaciona con las famosas “Palabras a los intelectuales”, y de paso, con los desencuentros que entonces protagonizaban el ICAIC y los de “Lunes de Revolución”.

Esos desencuentros, junto al “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” se han robado la escena (lo mismo en Cuba que en el exilio), pero el análisis del diálogo que establecía “PM” con la tradición documental que en aquellos momentos fomentaba el ICAIC (tan atado a los moldes neorrealistas) ha sido totalmente postergado. De eso no se habla, a pesar de que al optar “PM” por el “free cinema” estaba replicando de manera expresa al “Cuba baila” de Julio García Espinosa, y a “Historias de la Revolución”, de Tomás Gutiérrez Alea. Este último hasta publicó en “Cine Cubano” ese mismo año un artículo sobre el “free cinema” que, sin mencionar el santo, uno detecta que está hablando sobre (contra) “PM”.

Pero el hecho de que “PM” se convirtiera en el referente histórico del inicio de la política cultural propuesta en 1961, ha traído como consecuencia que apenas se estudie la evolución del documental del ICAIC como algo dinámico, y casi siempre se menciona esa producción como si fuera una entelequia, donde las películas terminan aisladas entre sí. Sin embargo, el desarrollo de esa documentalística precisamente se ha basado en la tensión interna que han mantenido tantas obras dispares: el documental de Santiago Álvarez no se parece en nada al de Nicolasito Guillén Landrían, el de Sara Gómez mucho menos al de Oscar Valdés.

Lo interesante, pues, sería rastrear de qué modo “Suite Habana” convive con esa tradición nacional, y hasta qué punto propone una ruptura o una conciliación con la práctica hegemónica. Sus posibles aportes al desarrollo de esa tradición merecería un examen casi arqueológico, una fiscalización que permita el rastreo de su linaje, con tal de establecer de dónde le llega la voluntad de aprovechar a los sujetos reales como actores (¿acaso de “Escenas de los muelles”, de Oscar Valdés), o la intención de convertir al discurso fílmico en una especie de texto antropológico (¿acaso de “Una isla para Miguel”, de Sara Gómez), o el modo en que propone a la polisemia como el protagonista omnipresente de la anécdota (¿acaso de “Coffea Arábiga”, de Nicolás Guillén Landrián?).

Repito: “Suite Habana” nos podrá gustar más, o nos podrá gustar menos. Eso no es determinante. Para algunos la atracción incurable que Fernando Pérez siente por el melodrama roza con el kitsch. Es una manera de mirar su cine que no cuestiono, aún cuando no la comparta del todo. Douglas Sirk debió esperar un tiempo a que se descubriera que detrás de “Imitación de la vida” había mucho más que lo que se veía a primera vista. Los críticos lo menospreciaron bastante, pero treinta años después Fassbinder agradeció y aprovechó su genialidad para hacernos pensar con el corazón.

Pero esas son opiniones. Otra cosa son los hechos, y los hechos sugieren, demuestran, que “Suite Habana” es algo renovador dentro de la tradición documental que conocíamos en Cuba. ¿No es eso significativo?.

Juan Antonio García Borrero

MANUEL SOSA SOBRE “SUITE HABANA”

Suite Habana: una nota discrepante
Por Manuel Sosa

Tuve que ver “Suite Habana” al fin, obligado por la curiosidad y el murmullo inacabable de sus espectadores. Lo que más me extrañaba de ese murmullo era que nadie se atrevía a calificar y definir más allá de un muro de contención más o menos riesgoso: muchos elogios, algún reproche, comentarios que glosaban las bondades de la película. Su concepto ulterior ¿cuál era? He buscado respuestas entre las disímiles (ma non tanto) reseñas publicadas en papel y en la red. Y no las he encontrado.

En primer lugar, ¿qué andaba buscando el director Fernando Pérez? ¿Para qué sirve “Suite Habana”, a la hora de enjuiciarse como obra de arte? No puede ser una aproximación personal a la ciudad, aunque lo anuncie su nombre. La ciudad es un pretexto, pero no protagonista. Nadie lo hubiera querido así: otro documental sobre lo mismo de siempre, calles y edificios, nostalgia y edificios. Partes de ella, como lógico escenario, pudieran darnos la apariencia de que es el foco de atención. En todo caso, los ruidos de la ciudad, pero al realizador le importaba seguir el curso de ciertas vidas. Y el ruido es, al cabo, un efecto entre tantos, para contar un día de esas vidas.

Pudiera decirse que es el silencio, o lo que no se dice, la razón primordial para echar a rodar las cámaras. Un breve muestrario de lo que puede el silencio como testimonio. Pero no, se notan otras intenciones autorales por encima de ruidos o mutismos.

¿La miseria de los protagonistas? ¿El sinsentido de sus vidas? ¿Qué quiere expresar Fernando Pérez en esta pormenorización del fracaso? ¿O es la resistencia de la masa lo que pretende destacar? ¿Es un juego con el espectador, para provocar disímiles reacciones y no partir de ellas?

¿Tiene la película un eje político? Los críticos oficiales quedaron encantados ante esta fábula de obstinación ciudadana, ante la belleza humana que puja por salir adelante ante las situaciones límites. Eso es lo que ven, servido en bandeja polisémica por el diestro Fernando P. Una certificación del estoicismo cotidiano.

Por supuesto, hay que ser lo suficientemente desvergonzados como para sacarle lascas “revolucionarias” a esas ruinas. Los amanuenses (voy a nombrar a uno: Ernesto Pérez Castillo) llegaron a decir: “En “Suite Habana” los protagónicos son los nadies, pero no los ninguneados”. La ruina moral y física que a diario atestiguan los lentes curiosos de directores, turistas y meros visitantes es sólo eso: Ruina Moral y Física. Y tiene una Explicación, que no es la tuya, Ernesto Pérez Castillo.

Pero sabemos que tampoco se pretende hacer una crítica subrepticia al sistema de cosas. Sería demasiado pedirle al director, a quien le gustan las simbologías declaradas. Sería burdo atacar la llaga concentrándonos sólo en el pus, ¿eh Fernando P.?

¿Por dónde vamos? ¿Por los defectos de la película? Yo pienso en unos cuantos: el chantaje emocional a que se nos somete con los viejos que han perdido sus sueños, con el niño Síndrome de Down, con la estatua llorosa de un Lennon transplantado. La infeliz y gastada simbología: palomas, letreros que se encienden por la noche; los enfoques de cámara que nos pretenden meter cosas “por los ojos”: aspas de un ventilador que van cesando de girar ante la inminencia de la partida, la desfachatez de unas nalgas callejeras. El desbalance de las historias. La mudez a la fuerza, en ciertos momentos en que una palabra no hubiera sonado mal.

“Suite Habana” tiene un gran inconveniente: su concepto es el no concepto, el juego de interpretaciones que son muchas y ninguna. De tantas lecturas posibles, la que convenga a quien le interese. Sólo vale durante los minutos de proyección, en que cada espectador se añade al trasiego de esos seres condenados a ser piezas en un juego funesto. Fernando Pérez logró hacer llorar a la claque de críticos y al vulgo por igual. “Un texto melodramático inusual”, pudiera ser otro de los calificativos de la película.

Mi juicio es que la película pudo haberse convertido en verdadero testimonio del desconsuelo y el absurdo cubano, de no habérsenos forzado a asumirlos de un modo burdo y elementaloide.

“Suite Habana” tiene un gran protagonista: el aprovechamiento polisémico que hace un cineasta de esos extremos de enajenación a que puede llegar la raza humana, por no dejarse borrar. En otras palabras: tensar una cuerda floja sobre la miseria y desde allí, aparentar el equilibrio.

Tomado del blog “La finca de Sosa”