Archivos diarios: junio 8, 2007

AÑO 1960: FRANCO, LA REVOLUCIÓN CUBANA Y EL ICAIC (Fragmento del libro “Cine cubano de los sesenta: mito y realidad”)

Los primeros doce años sin Fulgencio Batista en Cuba dejaron en evidencia que se había derrotado al antiguo régimen, pero no que se había conseguido la concordia nacional. Aunque era incuestionable el respaldo popular al grueso de las medidas tomadas por el gobierno revolucionario, varias dimisiones públicas resaltaron las diferencias internas presentes dentro del nuevo poder: en febrero José Miró Cardona dimitió al cargo de Primer Ministro asumiéndolo dos días después Fidel; en junio el comandante Pedro Luis Díaz Lanz (entonces jefe de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias) se exilió alegando “infiltración comunista”; en julio fue Urrutia quien renunció a la presidencia de la República un día después que Fidel lo hiciera por diez días de su responsabilidad de Primer Ministro (a Urrutia lo sustituyó Osvaldo Dorticós); en octubre sería el comandante Huber Matos, jefe militar de Camaguey, quien dimitiría, acción que habría de costarle ser acusado de traición y veinte años de cárcel que cumplió íntegramente.

El año 1960 (nombrado “Año de la Reforma Agraria”) no resultó menos crispado. Apenas el 21 de enero, mientras Fidel comparecía en directo ante las cámaras de CMQ-TV, el entonces embajador de España en Cuba, Juan Pablo de Lojendio, marqués de Vellisca, logra entrar en el estudio televisivo e increpar públicamente al mandatario revolucionario, quien había acusado a la embajada española de “colaborar con los enemigos del gobierno”. Se trata de un hecho que pocas veces se ha visto en la historia de la diplomacia moderna, y que toma por sorpresa a todos, incluyendo al boxeador Joe Luis, que en esos momentos se encontraba allí invitado por el gobierno. El incidente provocó que el diplomático fuera expulsado al instante del programa y declarado al día siguiente “persona non grata”. Como era de esperar, se pensó en una ruptura inmediata entre Cuba y España, sobre todo después que un Fidel todavía mitad desconcertado, mitad indignado, asegurara en público que “No perdemos nada si cortamos las relaciones entre los dos países”.

Sin embargo, a pesar de la presión de la embajada cubana, que reclamó un pronunciamiento oficial sobre la declaración de “persona non grata”, el gobierno español optó por la conciliación, que incluyó la firma de determinados acuerdos comerciales. La opinión de Franco sobre el episodio, y en particular en torno a Lojendio, según su primo y ayudante personal Francisco Franco Salgado-Araújo, fue como sigue:

“Yo creo que actuó en forma poco diplomática, pues pudo desmentir las afirmaciones de Fidel Castro sin necesidad de presentarse en el estudio de televisión a protestar y querer allí refutar las calumnias que Castro había lanzado contra su país. España y su régimen (…) han sido vejados muchas veces en todos los países, y sin embargo nuestros embajadores no han protestado. Lo que ahora ha sucedido es que el insulto y la calumnia fueron personales e hirieron el amor propio de Lojendio. (…) El acto de Lojendio puede significar que el presidente Castro, que está en plan comunista, no sólo rompa sus relaciones con España, sino que reconozca al gobierno rojo en el exilio, lo que redundaría en perjuicio de la gran colonia española que allí reside y de nuestras relaciones comerciales, que son bastante intensas con dicha nación. Hoy se publica una nota de Asuntos Exteriores en la que se afirma que nuestra política exterior tiene por principio el no meterse en asuntos internos de otros países.”

Al margen de la confusión de mencionar a Fidel como presidente y no como Primer Ministro (confusión que podría ser atribuida al autor de las “Memorias”), la actitud de Franco sembró el desconcierto en buena parte de los exiliados anticastristas. Pocos años después, desde las páginas de “El Diario de la Marina” (publicado en el exilio), se hicieron públicas las críticas al Caudillo, sobre todo al conocerse que España seguía manteniendo amplias relaciones comerciales con la isla, lo cual podría interpretarse como un claro respaldo al sistema gubernamental que allí se había establecido.

De alguna manera Franco fue quien diseñó esa tradición de neutralidad oficial que (salvando el período de José María Aznar) han mantenido los gobernantes españoles hacia la Revolución cubana, y todavía en 1965 (y probablemente hasta el momento de su muerte) el Generalísimo defendía lo que llamaba su “obligación moral” con Cuba del siguiente modo:

“Los intereses materiales y morales que tenemos en este país son muy grandes para abandonarlos sin medir las consecuencias y sufrimientos que ello puede causar a nuestros compatriotas. Allí viven muchísimas familias españolas, y otras que sin estar nacionalizadas en nuestra Patria, están compuestas de hijos o descendientes de españoles. Nuestra obligación moral es no desampararlos. Si en Cuba faltan nuestros barcos, las consecuencias las pagarían dichos compatriotas. Esta situación cubana es una realidad que hay que mirar fríamente, sin pensar en la forma romántica. Todo el mundo sabe que el gobierno de España es abiertamente anticomunista y que nosotros, si comerciamos con Cuba, no es para favorecer a esta nación y sí a nuestros compatriotas que allí viven, y que no deseamos que se mueran de hambre. Hay que vivir la realidad y nuestra corrección con Cuba es una de ellas, aún cuando moleste, y lo lamento mucho, a los cubanos exiliados en Miami y otros sitios, a quienes deseo que puedan regresar pronto a su Patria.”

La guerra civil española había llevado a Cuba, entre los años cuarenta y cincuenta, a un buen número de exiliados. En La Habana de aquel período vivieron, o pasaron una larga temporada, los políticos Santiago Carrillo y Julián Grimau, los intelectuales María Zambrano, Gustavo Pittaluga, y Manuel Altolaguirre, o el entonces crítico de cine Néstor Almendros. Sin embargo, fue en México donde se concentró el grueso de la emigración republicana, y precisamente en ese país conocería Alfredo Guevara al cineasta José Miguel García Ascot, quien vivía allí desde 1939, y que había fundado en 1949 el “Cine Club de México” en el IFAL, junto con Jean Francois Ricard y José Luis González de León. También entre 1953 y 1957 fue director de documentales y de las revistas cinematográficas “Cine Verdad”, y “Cámara”, así como realizador de los cortometrajes “El viaje” y “Remedios Varo”.

Justo en 1960 Guevara lo invita a Cuba, con el fin de que colaborara con el ICAIC. Fausto Canel, quien en febrero de ese año comienza a filmar “Carnaval” (primer cortometraje en colores realizado por el instituto), ha recordado a su manera la presencia de García Ascot en el Instituto:

“Jomi, que así le decíamos, era un muy inteligente y hábil cineasta que parece enseñó a Alfredo todo lo que jamás supo este sobre la realización de cine… O por lo menos eso pregonaba nuestro querido presidente por los pasillos del ICAIC, al llegar García Ascot… Y yo le creí, pues Jomí fue quien me enseñó, si no a filmar (eso no me lo enseñó nadie más que la butaca de los cines, desde los 10 años), sí a editar “Carnaval”… Jomi venía cada día al cuarto de edición y revisaba el montaje… Sus sugerencias eran tan obvias, precisas y certeras que no me quedaba más remedio que seguirlas, y apuntarlas en mi memoria. Recuerdo que montando el baile popular en la Avenida del Puerto de la Habana, al compás de la música de Vicentico Valdez, me enamoré del pelo rojo de una de las bailantes, la cámara bajando por la espalda de la muchacha y su cuerpo sensual en silueta en la noche habanera… Jomí vino y marcó el plano para que fuese cortado antes de que la cámara recorriera el cuerpo de la chica… Yo por poco lo mato, pero enseguida me demostró su enseñanza. Vimos la secuencia con y sin el movimiento de la cámara, y el TODO de la secuencia (que es lo importante) se mejoraba en seguida SIN la cámara bajando por el cuerpo de la chica… Ese día aprendí a “to kill my darlings”, primera lección esencial a un joven realizador…”

La contribución de García Ascot al nuevo cine cubano finalmente se concretaría con la dirección de dos episodios (“Un día de trabajo” y “Los novios”) de los tres que conforman el filme “Cuba’58” (1962), si bien su breve estancia en La Habana también sirvió para que su esposa María Luisa Elío se inspirara y escribiera el guión de “En el balcón vacío” (1961-62), considerada la película emblemática del exilio español republicano. María Luisa Elío llegaría a recordar que:

“Estábamos en Cuba en aquel momento, y un poco el ambiente de Cuba, de la gente que venía de la sierra y demás, nos recordaba bastante a la guerra de España. Yo no había escrito nunca pero me puse a hacerlo sin decirle nada a mi marido, porque me parecía una tontería. Él se iba a trabajar y yo me quedaba escribiendo. Curiosamente un día estaba yo sentada en el hall del hotel Presidente, donde vivíamos, y pasó Alejo Carpentier, con el que solíamos ir al cine por las noches. Me preguntó qué estaba haciendo y le dije que escribiendo una carta, pero él me contestó que eran muchas hojas para una carta y me pidió leerlas. Fue la primera persona que lo leyó.”

No parece gratuito que precisamente “En el balcón vacío” se convirtiera en un referente importante para el cine que estaba proponiendo el ICAIC, tal como comentara en su momento Alfredo Guevara al advertir en 1963 que:

“(…) “En el balcón vacío” no es un filme ilegal, pero sí marginal. Es la antítesis del cine conformista y vacío que encarnan viejecitas lloronas, pecadoras arrepentidas y sacerdotes mosqueteros. No lo hubiera rodado un director “sindicado” y mucho menos la industria oficial.

(…) Es curioso que en una historia española nos hayamos unido los latinoamericanos en un silencio y una tensión que fue más que el aplauso final, el mejor homenaje. Son estas obras secretas las que forjan la historia y son el panorama del cine latinoamericano, porque no debemos olvidarlo: el cine es un arte. No es con los comerciantes –productores o distribuidores- con lo que se ha de establecer el diálogo verdadero, sino con los artistas, con los creadores.”

El incidente diplomático protagonizado por Lojendio, aunque de manera indirecta, sirvió para establecer una suerte de paralelismo entre esas dos Españas que veía ante sí la Revolución: la franquista (la bárbara), y la republicana (el sueño guillotinado). La primera, sin embargo, era un mal necesario por razones económicas, la segunda un referente utópico que había prefigurado lo que ahora estaba sucediendo en La Habana. Tal vez la gran intensidad que casi de manera inmediata obtuvo el diferendo con los Estados Unidos, así como la imprevista entrada de la Unión Soviética en el escenario político del momento, contribuyó a que esa dicotomía no se convirtiera en algo demasiado grotesco.

Nadie mejor que el investigador Manuel de Paz ha sabido resumir esta relación tan singular en la cual un Estado con una ideología claramente hostil (la de Franco), se convierte en una especie de enemigo cómplice:

“A partir de entonces, en efecto, la diplomacia cubana mantuvo esa especie de distinción un tanto singular, puesto que, junto a los comentarios sobre la presencia en Cuba de dirigentes comunistas españoles como Santiago Carrillo, se deslizaban, en los medios de comunicación cubanos, las visitas a la Isla de representantes económicos del Gobierno español y, naturalmente, entraba en la lógica diplomática el intercambio de felicitaciones entre los dos gobiernos con motivo de sus fiestas nacionales. Cosas de familia”.

Juan Antonio García Borrero