Archivos diarios: junio 7, 2007

CINE CUBANO, ESE OJO QUE NOS VE, de Reynaldo González

Título: CINE CUBANO. ESO OJO QUE NOS VE
Autor: Reynaldo González
Editorial: Plaza Mayor, Colección Cultura Cubana, San Juan, Puerto Rico
Año: 2002

NOTAS AL CINE CUBANO
por Efraín Rodríguez Santana

Reynaldo González y la Editorial Plaza Mayor nos entregan uno de esos libros que, por su asunto, los lectores y espectadores, amantes del cine, agradecerán. Muchas son las virtudes de títulos como éste en un contexto cubano no acostumbrado a semejantes proyectos editoriales. Aquí el autor hace un recorrido bastante minucioso del escabroso camino del cine cubano desde 1897 hasta ahora mismo, apoyándose, además, en contextualizaciones históricas de gran calado, trátese del nacimiento universal del cinematógrafo (“¿Belle Époque? Los fórceps de un parto”), o de temas más cercanos relacionados con zonas muy específicas del séptimo arte: surgimiento primero de la imagen y luego de la palabra (“Primeros tropiezos de la lengua española en el cine”), la labor del crítico (“El crítico de cine en su oficio de tinieblas”), la versión rumbera de la política de los años iniciales republicanos (“La política en versión rumbera”), el registro de nuestra música en el cine y la incidencia de un conjunto de figuras emblemáticas que nos acompañan como signos de identidad cultural y de cubanía (“Báilame de nuevo esa rumba, Ninón”, “Yo soy del son a la salsa”, “De la madera del sueño” y “Titón: artista-ciudadano”). Aportes a lo largo de la centuria de la literatura, la fotografía, la pintura, la música, amalgamados y nutridos en la fascinación del celuloide, y luego devueltos y enriquecidos a sus formas creativas específicas. Vueltas y revueltas del arte más contemporáneo, más complejo y más difícil de nuestro tiempo.

Sobre esto y más toma nota Reynaldo González y lo hace desde un calidoscopio de géneros y formas de escritura: el ensayo, el artículo de fondo, la reseña, la sátira, el pasaje novelado, la crónica y el minucioso estudio historiográfico (trátese de valoración o de cronología) forman parte de este libro que recuerda a otros suyos, con iguales métodos interpretativos, me refiero a Llorar es un placer (1988), La ventana discreta (1998), Cuba: una asignatura pendiente (1998) y El bello habano (1998). Estos volúmenes explican la idiosincrasia del cubano, la actualizan, pero también la cuentan desde una cotidianeidad compulsiva, cargada de sátira y humor que es como mejor se hacen comprender los contenidos de verdad.

La escritura en Reynaldo González no se apega al dato frío del pesquisidor de realidades pasadas. Él llega hasta el pasado y allí investiga las claves del decir de ese momento, sus giros identitarios, el mestizaje y color de las palabras de todo calibre. Y armándose de ese arsenal reactualiza, ilumina y nos trae un pasado viviente a un presente reflexivo. El puente o tránsito determinante lo aporta esa gracia criolla de la enunciación cálida, fulminante y decisiva del buen humor. Y eso es posible gracias a que la escritura de estos textos está conducida siempre por el novelista. O sea, que en el novelista confluyen los datos del historiador, del ensayista, del periodista. Esta es la clave de la agudeza y encantamiento con que están formuladas obras como ésta.

Quisiera detenerme en un ensayo capital de este volumen: “Ese ojo que nos ve -la historia y otros zarandeos en el cine cubano–“, puesto que es el que se vincula más con el cine cubano de las últimas cuatro décadas en una etapa de supuesta madurez. González reporta con precisión sobre la prehistoria para adentrarse en una historia que comienza con la creación del ICAIC y con el fomento de un arte con ejemplos esplendorosos en el contexto del nuevo cine latinoamericano.

Con rigor se van presentando las películas, los autores significativos, los distintos movimientos y corrientes y las etapas de apertura y de cierre que se han producido en más de 40 años. Cada cineasta es observado con objetividad y así aparecen aportes y descalabros. Se dice con suma claridad dónde estuvieron los mayores tropiezos para la ejecución armónica de un cine todavía deficiente a pesar de contar con obras de relieve universal. Y al respecto, González afirma: “Se puede hablar de buenos realizadores, no de una cinematografía de calidad sostenida”.

Cada década trae su sonrisa y sus decepciones. Así pues, se analiza con igual equilibrio la llamada “década prodigiosa” de los 60, que la patética década del 70, destinada a la grisura y a la turbulencia burocrática y que se extiende a los 80. Sobre muchas de las películas que se fraguaron en esos años, el autor es claro: “No pocas de aquellas obras fueron sacrificios ante el altar de un contenidismo de imperativos ideológicos.”

En resumen, este ensayo es además el relato de los momentos de censura en el nuevo cine cubano (recordemos con Reynaldo como la rumbera Ninón Sevilla llamó a la censura “complejo de tijeras”). La relación entre libertad creadora e imposiciones burocráticas de carácter político e ideológico que han impedido el buen curso de algunos filmes y el deterioro moral de sus creadores. Al respecto, Gutiérrez Alea dijo en su momento: “Sólo cuando se logra un clima de libertad y de audacia se puede encontrar placer en lo que se hace. Eso marca Las doce sillas y hace que la considere realmente mi primer filme. Historia de la revolución fue un problema que tuve que resolver, no una película que pude disfrutar haciéndola.” Ese disfrute que debe prevalecer como una dinámica creativa, en términos más o menos generales, parece empobrecido en la actualidad, como si una perturbación enmudecedora o un virus falaz hubiera calado más de la cuenta en la concepción secreta y vigorosa que acompaña a los verdaderos talentos.

Con la lectura de este libro el lector cubano comprenderá en sus particularidades el complejo decursar del cine cubano hasta nuestros días, de modo que a esta bella edición de Plaza Mayor en su Colección Cultura Cubana, se debía agregar de inmediato una que se hiciera en nuestras editoriales para nosotros.

No quiero terminar estas consideraciones con una nota más o menos sombría. Reynaldo González es capaz también de referirse con vehemencia a los aciertos del cine cubano, a los clásicos ya conocidos y también a un pequeño grupo de cineastas más jóvenes que ya han inscrito su sello de calidad dentro del cine cubano e hispanoamericano actual.

La Habana, 30 de enero del 2003