Archivos diarios: mayo 29, 2007

UN MENSAJE DE REYNALDO GONZÁLEZ

Querido Juany:

Hace dos o tres días te saludé y por supuesto, saludé el valor de tus textos en el blog que, sé, muchos estudiosos o interesados en el cine cubano pinchan. No quiero terciar –y sabes que no es mi intención brillar sobre el esfuerzo ajeno– en la discusión de tus puntos de vista sobre Vigón y Puig, las informaciones que aportas en afán de justicia.

Cierto que en ese caso, como en muchos otros, la información que se ha manejado es harto amañada. En un número reciente de la revista “Cine Cubano” –que vive una nueva etapa interesante, sin los compromisos férreos que la timonearon antes–, ventilaron el caso del filme “La vida comienza ahora”, de Antonio Vázquez-Gallo situándola, como se merece, como verdadero primer filme realizado en el período revolucionario. Y al parecer otras revisiones ocuparán sus páginas, si no se corta este hilo de Ariadna recién comenzado.

En una de esas me pidieron un texto sobre mi experiencia al frente de la Cinemateca de Cuba que, como sabes, por torceduras en la visión que se ha impuesto sobre el cine y la comercialización como tábula rasa, abandoné después de once años para devolverme a mi camino como escritor.

Entre los pecados que se cometen –excusa si ahora debo hablar de mi trabajo– es el desconocimiento de mi libro “Cine cubano, ese ojo que nos ve” (Plaza Mayor, San Juan, 2002), que el ICAIC no adquirió, y ni siquiera ha reseñado. No creo que ese libro sea perfecto, ni que en sus páginas yo me haya liberado de la malla tejida alrededor del pasado del cine cubano, pero ya era una mirada diferente, minuciosamente desatendida.

El libro no circula en Cuba y quizás al cumplirse los cinco años reglamentarios para recuperar los derechos, inste a una edición cubana, aunque sé que algunos de mis criterios desentonan en un coro de permanentes alabarderos a sueldo, particularmente en la negación que han hecho del pasado y en la sobrevaloración impuesta sobre las producciones del período revolucionario.

En mi libro, sin embargo, ya se podía leer una clarificación sobre el caso “La vida comienza ahora”. Cierto que en relación con la historia verdadera del cine cubano y sobre la valoración que se tiene de sus antecedentes hay mucha interesada oscuridad y tergiversación. Las brumas deberán borrarse con trabajo que supere el publicismo oficioso que rodea esos temas, incluidas las contradicciones entre los protagonistas de la aventura fílmica cubana, manejadas en tejidos engañosos, como de telaraña.

Aquí te copio párrafos de las páginas 142 y143 de mi libro “Cine cubano, ese ojo que nos ve” y te mando un abrazo, el de siempre, Reynaldo González.

«Otro valor tuvieron los noticieros de la época, por sus referencias contextuales. Su importancia: sacar las cámaras a la calle cuando ocurrían cosas de interés que resultarían históricas. En ese sentido, con reticencias y sin buscar más que el reflejo del acontecer político y social, los estudian especialistas que no se resignan a la nostalgia sublimada o a los esquemas llevados a slogans. Ese periodismo traducido en imágenes en movimiento dejó documentos de gran valor, en particular los trabajos de un arriesgado camarógrafo, Eduardo Hernández, Guayo. Captó batallas del gangsterismo político, imágenes de la turbulenta actualidad e intentos por derrocar la dictadura, incluidos reportajes de las guerrillas en las montañas. Partes de esas entregas conformaron un conjunto, “De la tiranía a la libertad”. Pudo exhibirlo en 1959, después del derrocamiento de Batista. Y fundaron su noticiero propio, “Cineperiódico”, con el que enfrentaron el monopolio noticioso en las salas de cine. (1)[1] Esa cooperativa (Guayo, José Guerra Alemán y José García) rescató noticieros silentes de los años treinta que montaron con el añadido de una voz de locutor y titularon Memorias de una vieja cámara. En una antología de sus propias imágenes concretaron un documental sobre la lucha clandestina previa al triunfo revolucionario: “El gran recuento” (1959), vorazmente canibaleada por otros documentalistas. “Gesta inmortal” (1959), de Eduardo Palmer, y “Surcos de libertad” (1959), de Manuel de la Pedrosa , también saludaron el triunfo revolucionario y resultaron obras de transición entre regímenes.,
»Glosando un título del Guido da Verona, “La vita comincia doman”i, Antonio Vázquez Gallo se arriesgó con “La vida comienza ahora” (1959). Comedia en exceso deudora del cine anterior y de los folletines televisivos, narró los primeros meses de la revolución desde la vida de una familia. Ha resultado un ejemplo de la transición, también en términos productivos. Por solicitud del interventor de la empresa RKO de Cuba, cuyos dirigentes americanos abandonaron el negocio, Vázquez Gallo, director de programas dramáticos televisivos, llevó a proyecto más ambicioso una simple escaleta sobre el socorrido tema “La hija del penal” y una canción de moda, “Ladrillo está en la cárcel”. Convirtió al preso en conspirador antidictatorial y lo metió en amoríos con la hija del alcaide, para una película que tuvo como gancho la presencia de actores populares de la televisión (Pedro Álvarez, Lilia Lazo y Angel Espasande). Tuvo el favor del público, llegó a pantallas del Este europeo, ¡la doblaron al chino!, pero sería desfavorecida por los analistas una vez redondeado el monopolio de producción y distribución cinematográfica. El futuro cine cubano sería otro y diferentes sus formas. La revista Bohemia fue drástica al considerarla el “primer melodramón cinematográfico revolucionario, en que se empata a la fuerza un tema de la lucha contra la tiranía y un folletín de rancia estirpe, […] pero su amateurismo, su lentitud y su libreto francamente risible lo colocan a la altura del cine mexicano de tercera categoría. Si este es el resultado comercial que se esperaba, la película es un éxito. Pero si se sondean las posibilidades de lo que debe ser la industria cinematográfica nacional, entonces hay que admitir que “La vida comienza ahora” pertenece sin remedio a la prehistoria del cine cubano” (2).[2] Su director no se contentó con los epítetos: “Como quiera que la película quedó olvidada al crearse el ICAIC, y por eso no aparece en la lista de realizaciones del cine cubano de la época, siendo en realidad el primer filme que se realizó al principio del triunfo de la revolución y del que en la actualidad no queda más (tengo entendido) que un rollo del mismo, pues no puedo señalar lo que yo decantaría actualmente de logros o defectos” (3).[3]
«”La vida comienza ahora” fue la pieza de ficción que anunció el ineluctable cambio, independientemente de sus errores y los que la nueva política cinematográfica le viera a todo el cine anterior, énfasis crítico no siempre aplicado a sus propias creaciones. Humberto Solás, el talento más joven de la primera hornada del nuevo cine, ha dicho: “Habría que recolocar un filme como “Casta de robles”, u otro realizado ya después del ‘59 como “Realengo 18”; obras fallidas en su conjunto, pero con secuencias dignas de ser remiradas con espíritu apolíneo más allá de las decepcionantes carreras o avatares morales o estéticos de sus autores. Otro tanto debiera ocurrir con un documental como “PM)” (4).[4] El cine diferente tuvo un antecedente en un filme de denuncia, el corto documental “El Mégano” (1955), de Julio García Espinosa (colaboración de Alfredo Guevara, Gutiérrez Alea y José Massip), sobre las misérrimas condiciones de vida de los carboneros en la Ciénaga de Zapata. Considerada como primicia del movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, la pelicula fue censurada por la dictadura batistiana, lo que le dio valoración heroica. Su realizador la tiene como obra de aprendizaje: “Hoy lo vemos como una película naïf, sin encanto formal alguno y, lo que es peor, con una visión de la realidad muy simplona, como si sus autores tuvieran como única preocupación la de no adentrarse en complejidades que les hiciera imposible ensayar el poco oficio de que disponían” (5).[5] El otro talento definitorio del futuro cine cubano, Tomás Gutiérrez Alea, filmó una película previa a la fundación del ICIAC, “Esta tierra nuestra” (1959), sobre la reforma agraria, para la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde, con auténticos campesinos como protagonistas, método que evocaba el neorrealismo. Esos documentales, como “La vivienda” y “Esta tierra nuestra” (1959, García Espinosa) se tienen por peldaños iniciales de una cinematografía que permanentemente tendría en cuenta los altibajos históricos y una actitud comprometida con el acontecer social. “No sería justo, aún hoy día, decir que estos primeros documentales fueron trabajos de ocasión o de propaganda [ha dicho García Espinosa]. La actitud de los autores no era premeditada sino orgánica, y si bien la anécdota era sencilla y hasta esquemática, la comunicación con el público se establecía con recursos tan lícitos como la misma historia que los originaba. En cambio, sí se puede afirmar que como factura cinematográfica esos documentales no reabasaron el nivel amateur”.» 6.[6]

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1) Ref.: “La memoria compartida”, en Cuadernos de la Filmoteca , no. 7, pp. 30-31, Madrid, 1999.
2) Bohemia, La Habana , 21 de agosto de 1960.
3) Guía crítica…, ed. cit., pp. 351-353.
4) Humberto Solás en Rufo Caballero: “Habría que estar en mi piel. Cuatro décadas en la voz de Humberto Solás”, Revoluciòn y Cultura no. 2-3, La Habana , marzo-junio de 1999, p. 5.
5) Julio García Espinosa-Víctor Fowler Calzada: Conversaciones con un cineasta incómodo: Julio García Espinosa. ed. New England Latin American Film Festival. Pukara Life Archievement Award for the Media Arts, Rhode Island , 1997, p.54.
6) García Espinosa: “Sobre nuestro cine documental”, en Cine Cubano, num. 23-24, La Habana , 1964.

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UNA ACLARACION A PROPÓSITO DE GERMÁN PUIG Y LA CINEMATECA DE CUBA

Los que hayan entrado con alguna regularidad en este blog, habrán podido notar que nunca he replicado las “réplicas” que reciben algunos de los artículos que publico. Como la idea es fomentar precisamente una cultura de la polémica, y naturalizar la convivencia de puntos de vistas encontrados, pues nada sería más incoherente que imponer falsas conclusiones. Creo que la “Historia” se ha de escribir con la participación de todos, y no solo atendiendo a lo que los vencedores han logrado, por encomiástico que pueda ser ese logro. También pienso que la misión del crítico o investigador está en detectar “los problemas”, no en asumir una pose dictatorial a través de la cual quiere hacer creer que ya lo sabe todo.

Sobre el artículo de la primera Cinemateca me han llegado varios comentarios, aunque todos por la vía privada. La mayoría coincide en que es bueno sacar a la luz pública esta parte de nuestra memoria cultural, con el fin de poner en su lugar lo que a cada cual corresponde. Uno de los mensajes, sin embargo, que por llegarme por esa vía no me considero autorizado a publicar con el nombre del autor, me indica que me he excedido, y exige que rectifique. El mensaje dice así:

“Me parece que te excedes. Te llamo a juicio y a una justa y merecida rectificación. Una cosa es un proyecto y otra cosa es una obra. En tu afán de “reparar” las injusticias de la historia y descubrir sus múltiples aristas; cometes aquí -a mi juicio- un grave error: minimizar a los que construyeron una obra contra viento y marea.

El trabajo de Héctor García Mesa como fundador y creador de la Cinemateca de Cuba, es descomunal e inobjetable. Héctor poseía una altura intelectual y humana reconocida en todos los lugares del mundo, quizás mucho más respetada y reconocida que en su propia Cuba. Su obra no puede, ni debe quedar simplificada a un usurpador de funciones y menos a un tergiversador de una historia de la que fue inobjetable protagonista. Te mando un abrazo y te pido que bajes a tierra”.

Sabía que el artículo iba a levantar alguna que otra controversia. Hace un par de años pasó lo mismo cuando el texto de Emmanuel Vincenot comenzó a circular entre los entendidos. Muchas de las personas que tuvieron acceso al escrito saludaron la tremenda lucidez del investigador francés, y vieron ilusionados que se podría reparar una injusticia. Han pasado unos dos años, y Germán Puig (que hoy vive en Barcelona, y creo que ya cumplió cincuenta años sin regresar a la isla) sigue sin ver reconocida su labor de antaño.

Por mi parte, me gustaría precisar un par de cosas. No creo haberle quitado un ápice de mérito a la labor posterior de Héctor García Mesa que, en efecto, ha sido reconocido internacionalmente como un buen director de Cinemateca. El artículo no es contra la Cinemateca creada en febrero de 1960 (a la cual en ese propio texto considero como un gesto cultural valioso), sino sobre el blanqueo que se ha hecho de una labor anterior que, más que un proyecto, ya tenía resultados concretos.

Es decir, no se trata de la opinión que yo (simple mortal, con más dudas que convicciones) pueda tener sobre este asunto, sino la constatación de una evidencia en la que es posible reconocer documentos, testimonios, resultados. Hasta donde puedo apreciar, no he inventado nada: me he limitado a mencionar los hechos. Esos hechos van desde la creación del Cine Club en 1948, la carta de Titón comunicando a Germán Puig que este ya estaba inscripto como Cinemateca Cubana, el vinculo a la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, las misivas de Vigón hablando antes de morir de la intención de reanimar eso que ya había funcionado y creado adeptos, aunque cesara por falta de apoyo, y por supuesto, el silencio aplastante que a partir de 1959 se impone alrededor de sus protagonistas.

Si se relee el artículo de Héctor García Mesa sobre la Cinemateca de Cuba, que aparece en la Revista Cine Cubano Nro. 95, página 136, se verá el desprecio con que se trata esa labor precedente. El nombre de Germán Puig y Ricardo Vigón brillan por su ausencia, pues todo lo que se dice es esto:

“Puede decirse, con certeza, que la Cinemateca de Cuba no contó con antecedentes históricos efectivos como institución integral. Un Cine Club, fundado en 1948, llamado Cine Club de La Habana, decide transformarse en Cinemateca y consigue que la Cinemateca francesa y el departamento de cine del Museo de Arte Moderno de New York le envíen algunos importantes filmes de corto y largometraje, en calidad de préstamo temporal, es decir, para ser devueltos. Por carecer de medios de conservación de filmes, “la sociedad vio desaparecer muy pronto sus primeras adquisiciones”, como se anota en uno de sus programas el criterio que normaba su fugaz y limitada actividad fue el de complacer las exigencias de un sofisticado y reducido público de “élite” a la usanza convencional de las sociedades de clase capitalistas”.

Séneca repetía algo que a mí en lo personal me encanta: “No es vergüenza saber poco, sino perseverar obstinadamente en el error”. Creo que de eso se trata. De rectificar de manera radical algo que ha sido notoriamente injusto. Somos humanos, y el conocimiento no se adquiere de golpe, sino de modo sucesivo. Lo que no nos podemos dar el lujo es de seguir reciclando eso que en su momento aseguraba García Mesa, por brillante que haya sido después su trabajo al frente de la Cinemateca. Sería imperdonable. Me recriminan que con mi artículo menoscabe la labor de García Mesa (que no es cierto), pero, ¿no se piensa en el daño que este provocó con su omisión a Germán Puig como ser humano?, ¿puede uno sentirse tranquilo sabiéndose cómplice de esa desatención?.

El que accede a los documentos que conserva en su poder Puig, y a sus propios testimonios, reconoce de inmediato a un testigo de lujo de su época, un apasionado del cine, un alucinado (como Vigón) que fue capaz con solo veinte años de aglutinar a su alrededor (y no a la inversa) a personalidades hoy reconocidas como Néstor Almendros, Guillermo Cabrera Infante, o Tomás Gutiérrez Alea. Fueron ellos los que se acercaron a Puig, los que tuvieron el privilegio de haberlo conocido e iniciarse en ese campo que tanta notoriedad le trajo después. Sencillamente es escandaloso que otros, con menos méritos, hoy figuren en la “Historia del cine cubano”, y los nombres de Puig y Vigón ni siquiera se mencionen. En Cuba ni siquiera saben que Puig ha conseguido destacarse en el mundo de la fotografía, con exposiciones en diversas partes del planeta. Es decir, lo mismo que dicen de García Mesa: mucho mejor conocido fuera que dentro.

Creo que hoy en la isla están creadas las condiciones para reparar tamaña injusticia: existe la revista “Cine Cubano” donde puede tener cabida una entrevista con Germán Puig. Tengo entendido que se han reanimado las ediciones de libros por el ICAIC, y la documentación que posee Puig (incluyendo abundantes fotos) podría conformar con creces un volumen a través del cual probar que lo suyo fue mucho más que “una fugaz y limitada actividad”. Por los comentarios que me han llegado por vía privada, se nota que quedan amigos que lo recuerdan con verdadero afecto, y que reconocen en Vigón y en él algo aglutinante. Y está también el Festival de La Habana, que en diciembre invita a un sinnúmero de amantes del cine de todo el mundo: ¿por qué no invitarlo y hacerle en vida el homenaje que se merece, a él, que ha sido uno de nuestros más ilustres y primeros cinéfilos?.

Juan Antonio García Borrero.