Archivos diarios: mayo 24, 2007

HISTORIA E historias DEL CINE CUBANO.

Hacia finales de los años treinta el antropólogo Edward Sapir suscribió una idea que todavía hoy mantiene una inquietante vigencia: “no podemos comprender totalmente la dinámica de la cultura, de la sociedad, de la historia, sin tener en cuenta antes o después, las relaciones reales entre los seres humanos”.

Tengo la impresión de que ese ha sido, y sigue siendo, uno de los grandes problemas de la “Historia” que hasta este momento se ha contado del cine cubano. Pocas veces el historiador se ha detenido a examinar las relaciones que entre sí tenían los protagonistas de esa gesta que se narra. El ejemplo clásico lo aporta la misma fundación del ICAIC, cuyo origen todavía permanece en el terreno de lo mítico, debido a un relato que apenas repara en la promulgación de la Ley que crea al organismo, como si esta hubiese sido dictada por la mismísima Providencia.

Sin embargo, parece claro que el ICAIC no surge de la nada. Que su existencia se debe precisamente a un conjunto de ansiedades y frustraciones que con anterioridad habían configurado la necesidad de su surgimiento. Hoy, por suerte, un grupo de historiadores trabajan en la localización de ese conjunto de actores que hicieron posible no solo el escenario, sino también el desarrollo del drama histórico, porque al final, como en toda acción humana, aquí también hay héroes y perdedores. Estoy pensando en el excepcional trabajo de Emmanuel Vincenot, y desde luego, en el de Luciano Castillo.

Para lograr reconstruir de manera verosímil lo que fue aquel primer año del ICAIC, será preciso remontarse por lo menos una década atrás. Contar solo con los testimonios de los integrantes de “Nuestro Tiempo” resulta insuficiente, porque aunque la actividad de esta Sociedad Cultural fue importante, no era la única que se ocupaba de los asuntos cinematográficos. Una primera relación de posibles actores involucrados en aquel drama podría quedar integrada, provisionalmente, de la siguiente manera:

1) Cine Club de la Habana (fundado en 1948 por Germán Puig y Ricardo Vigón)
2) José Manuel Valdés Rodríguez , quien impartía sus cursos de Apreciación Cinematográfica desde la Universidad de La Habana.
3) Manolo Alonso, uno de los hombres que mayor control ejercía sobre el quehacer audiovisual de la isla.
4) Sociedad Cultural “Nuestro Tiempo”, fundada en 1951
5) Cineastas amateurs.
6) Mario Barral, fundador en 1956 de la Empresa Productores Independientes Asociados.
7) Ramón Peón, quien aunque filme y resida en México, sigue empeñado en crear una cinematografía nacional.
8) Cine club católico.

Lo que la “Historia” al uso hasta ahora ha estado contando es la historia de ese grupo de cineastas que agrupados en el ICAIC consiguen realizar un número bastante importante de documentales y filmes de ficción. Es decir, es una historia de claro corte providencial, porque descarta todo tipo de explicación humana para situar el origen. Como en la interpretación mítica, este origen es un todo armónico, y ha sido el consenso platónico el que ha garantizado el punto de partida. ¿Es verosímil una “Historia” así?.

No solo no es verosímil, sino que además le resta estatura a lo conseguido por el propio ICAIC, pues este debió lidiar desde un inicio con muchísimos escollos, y la tarea del historiador estaría en descubrir la naturaleza de esas estrategias utilizadas por la institución para sobrevivir, y neutralizar a sus adversarios.

No hablo de escribir una historia donde el chisme o la anécdota sustituyan al análisis riguroso de los acontecimientos. Se trata de investigar en el impacto que esas relaciones reales entre los seres humanos que conformaban aquel tejido, determinaron la suerte de un proyecto inicial, pues también parece evidente que no era lo mismo el ICAIC en marzo de 1959 (con Cabrera Infante junto a Alfredo Guevara) que en 1961, cuando el enfrentamiento frontal con “Lunes de Revolución”.

En tal sentido, es deber del historiador indagar en el destino de cada uno de esos actores que existían en los cincuenta, y que justo en 1959 tienen ante sí las posibilidades de ver cumplidos sus sueños de hacer cine en Cuba. El desafío del historiador del cine cubano, pues, no está en acumular anécdotas que redunden en ese crédito oficial que ya conocemos gracias a las propias películas producidas por el ICAIC, sino en entender el modo en que esa institución logró configurar su autoridad y su liderazgo único, a pesar de la existencia de múltiples competidores.

Juan Antonio García Borrero

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