Archivos diarios: mayo 23, 2007

ABELARDO MENA A PROPÓSITO DE CARTA DE RAMÓN PEÓN A FIDEL

Es curioso:

a) Peon repite casi las mismas palabras que Lenin “De todas las artes, el cine es para nosotros la mas importante”. Me lo aprendí porque en el cine de la Escuela Lenin estaba colocada esta inscripción junto a fotos gigantes de “El Acorazado Potemkin”,”El Gabinete del Dr Caligari” y otros.

Sin embargo, ya en 1959 la influencia de la TV es determinante tanto en EEUU como en Cuba, y las largas comparecencias de Fidel ante las cámaras – antecedentes lejanos de las Mesas Redondas- hacen pensar que como político comprendió sin reservas lo que a los intelectuales les era aun difícil entender.

¿Por qué plantea Peón entonces la “batalla por el cine”? ¿Será que su pensamiento corría en el mismo cauce de la Ley de fundación del ICAIC, que establece que “el cine es un arte” pero entrega en manos del Estado la producción, distribución y exhibición del cine? ¿O es que se planteaba -en términos tácticos- la lucha ideológica entre cine y TV, aun en manos privadas? Creo la arqueología de las ideas de Peón también están cercanas a la Sociedad Cultural “Nuestro Tiempo”, y el PSP. El arte-cine como propaganda.

b) La carta sincera de Peon, unida en el tiempo a otras “señales” como artículos, cartas, críticas en publicaciones culturales, me hace pensar que -lejos de concebir la cultura “revolucionaria” como mera imposición “en blanco-negro” de los políticos- debemos modelarla como un campo múltiple de agentes actuantes, donde un rol esencial lo desempeñaron los propios intelectuales.

Sacudidos y entusiasmados por el fragor de la Revolución, no solo se colocaron al servicio de tareas gerenciales y propagandísticas- para las cuales estaban mejor preparados que el resto de la población- sino comenzaron a clamar “urgidos” por el surgimiento de un arte revolucionario, de una novela y pintura épica-revolucionaria, en franco corrimiento hacia las posiciones estéticas de corte estalinista esgrimidas por el PSP y la dirección del Consejo Nacional de Cultura. O sea, se convirtieron en comisarios del arte y de sus propios colegas.

Y no solo eso, la generación posterior, los “Caimanes”, internalizaron el llamado a un hombre nuevo, a una transformación radical de la cultura y la vida, en tono afín al infantilismo del “Proletkult” (y de Mao) combatido por Lenin. Este izquierdismo se manifestó también en el ateísmo militante y la segregación de católicos, santeros, hipercríticos, “desafectos” y mariquitas. Que a Heras y otros les pasara la rueda de la Historia de manera implacable (leáse su ponencia ante Mesa redonda de Criterios en ISA) se explica entonces no por casualidades o enemistades personalistas, sino como tendencia de época ante un “otro” enemigo a destruir.

Se impone desconstruir tanto los documentos aun existentes como la memoria popular, para reconstruir las múltiples facetas de esta maquinaria, utópica en sus propósitos.

El adiós a Peón era la despedida sin apretones de mano a una visión de lo cubano que se emplazaba “demode” y cursi, folkloroide y vana, insustancial y apegada a la industria cinematográfica latinoamericana “clásica”. México y Argentina. A un modo de “hacer” cine que se intuía incapaz de ser aceptado en las nuevas coordenadas culturales y que había reflejado la aceptación tácita del “Destino Manifiesto” de EEUU en el continente. La Declaración de La Habana, grito anti-Monroe en lo político, sería seguida años después por el manifiesto fílmico de Viña del Mar, 1967. Atrás quedaba, sepultado, medio siglo de cine latinoamericano.

Abelardo Mena.

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MÁS SOBRE RAMÓN PEÓN

La publicación de la carta que el cineasta Ramón Peón le dirigiera a Fidel en 1959, ha despertado el interés de algunos por esta figura imprescindible de la cinematografía cubana. Me gustaría aprovechar para recomendar la lectura del libro “Ramón Peón, el hombre de los glóbulos negros”, de los investigadores Arturo Agramonte y Luciano Castillo, sin dudas, el estudio más completo que existe sobre este artista, y la biografía más contundente que hasta ahora se haya podido escribir sobre un cineasta del patio.

Precisamente gracias a esa investigación sabemos de las peripecias y desventuras de Peón en ese “año auroral” de 1959 (para decirlo como Lezama). Según los investigadores, “en varias oportunidades, a lo largo del año, Ramón Peón acudió al BANFAIC, en compañía de un grupo de jóvenes aficionados que solicitaban financiamiento para realizar una película titulada “¿Cuál será mi destino?”, acerca de un inmigrante español que llega a Cuba de polizón”. El BANFAIC, sin embargo, prefirió apoyar el rodaje de una película dirigida por el norteamericano Al Lipton: la hoy olvidada “El beso del adiós” (Kiss Her and Good Bye).

A pesar de la indiferencia sufrida, Peón siguió deseándole éxito al nuevo cine cubano desde la revista “Cinema”, y en una ocasión llega a escribir: “En este “Año de la Liberación”, Cinema se viste de gala para celebrar, no solo su vigésimo cuarto año de vida, sino también el advenimiento de una “nueva Era” del cine cubano, que habrá de regirse por una legión de pinos nuevos, con ideas nuevas, que tratan de imponer una “nueva fórmula”, según el entusiasmo y la euforia que los inspira, en este movimiento renovador de la nueva Cuba. “Cinema”, que a pesar de los años, y de los desengaños, no envejece nunca, tiene fe en el futuro de NUESTRO CINE, porque la nueva era, está en manos de gente jóvenes, honradas y entusiastas, que a tono con los postulados de la Revolución redentora, tienen el deseo de lograr lo mejor. A ese entusiasmo de “Cinema”, tenemos que sumarnos todos los que hemos soñado con que en Cuba haya una industria fílmica vigorosa y progresista. No tenemos derecho a enjuiciar fórmulas que aún no han sido puestas en práctica. El futuro, dará la razón a quien la tenga; pero hasta que el “hecho” no se produzca y se palpen los resultados de los modernos sistemas, nada podemos decir. (…) No importa que algunos de los que hemos luchado por hacer cine en Cuba no podamos alinearnos por la derecha, en las filas de los triunfadores de la nueva hornada. Lo único que importa –repetimos- es que la cinematografía cubana, sea al fin una realidad”.

Evidentemente Ramón Peón participaba de ese “espíritu de época” que impregnaba en ese instante a casi todos los miembros de la sociedad. Su discurso aún suena convincente porque de hecho era el eco del discurso colectivo, aún cuando estuviese percibiendo de una manera bastante clara que no tenía cabida en aquel nuevo mapa cultural de la isla. Ya en enero de 1960 el tono de su voz muestra más resignación que entusiasmo, cuando afirma desde Cinema:

“Los responsables de los nuevos derroteros por los que se encauza el cine cubano, son producto de la buena fe e inspiración de un grupo de jóvenes bien intencionados, que tratan de romper con los viejos moldes, haciendo un tipo de cine de alta calidad, para orientar mejor el gusto del público cubano. Negar esos propósitos, sería querer tapar el sol con el dedo y desconocer el principio que los inspira, de acuerdo con la premisa establecida por la Revolución triunfante. Nadie tiene derecho a criticar, hasta que se vean los resultados del experimento. Y es hora de aclarar que ese pronunciamiento no es una fórmula para evadir complicaciones, sino la firme convicción de que tanto el doctor Guevara, como el grupo de colaboradores que dirigen este movimiento, tienen el mejor propósito de que la industria fílmica cubana se logre sobre las bases más firmes y con las perspectivas más halagüeñas para el futuro de un cine cubano, que tienda a elevar el nivel cultural del pueblo”.

Sería realmente un facilismo historiográfico culpar al ICAIC (o puntualmente a Alfredo Guevara) de protagonizar una injusticia de carácter personal. No creo que la indiferencia ante el cineasta fuera “algo personal” contra Peón. O algo más personal que lo que los de “Lunes de Revolución” hicieron con Lezama y, en sentido general, el grupo Orígenes En realidad, estamos hablando de una época donde lo único que contaba era “la nostalgia por el futuro” (Alberto Roldán). Y Ramón Peón (junto a Manolo Alonso o Mario Barral, para mencionar otros dos) simbolizaban un pasado ya desacreditado.

Al ICAIC (como a los de “Lunes”) lo que le interesaba era acceder a esa modernidad fílmica que ya fuera el “Free Cinema” inglés, la “Nueva Ola francesa”, o hasta el trasnochado “neorrealismo italiano” estaban sugiriendo por esa época. Ni Peón ni Alonso parecían enterados de esa transición que comenzaba a operar en el llamado “cine clásico”, al cual ellos respondían con verdadero fervor.

De cualquier forma, Peón hubiese merecido una mejor suerte al final de su carrera, tomando en cuenta sus desvelos para edificar una cinematografía nacional. Después de todo, lo que señala en su carta a Fidel coincide en muchos puntos con lo que la Ley que origina al ICAIC expresa en su espíritu. Ambos documentos hoy aparecen bañados por la misma ansiedad nacionalista. Incluso en su misiva a Fidel, Peón menciona el término “ideología” (una palabra que en la Ley no aparece, aunque se hable de la formación de una conciencia), si bien se sabe que a esas alturas, como observaría con lucidez Sartre en su visita a la isla, la Revolución aún no se guiaba por una ideología puntual.

De allí que Peón no comprenda del todo esa indiferencia institucional ante sus reclamos de colaborar en el proyecto, y decida salir otra vez (ahora sí para siempre) de Cuba. Su despedida pública en “Cinema” no pudo ser más amarga. Escribió:

“No me fue posible poner mi granito de arena en este nuevo movimiento pro cine cubano, porque “los nuevos” no me conocen… o no me quiere reconocer categoría digna de tomarse en cuenta, aunque solo fuera por la experiencia de tantos años – más de 43, dedicados exclusivamente a hacer cine-. ¿Qué le vamos a hacer? (…) Veo que el CINE CUBANO sigue su marcha y a lo mejor recibimos a fin de cuentas una grata sorpresa”.

Juan Antonio García Borrero.