Archivos diarios: mayo 9, 2007

RASHOMON O LAS MIL MANERAS DE PENSAR EL CINE CUBANO (Fragmento)

ESTA HUBIERA PODIDO SER UNA “HISTORIA” (otra) del cine cubano. No lo es. A mi manera he terminado por comprender la validez de aquel pregón anónimo que asegura que la Historia es algo que nunca ocurrió, escrito por alguien que no estaba allí. También el lamento de Philip Guedalla: “La historia se repite a sí misma; los historiadores se repiten unos a otros”.

En tal sentido, más que una “Historia” del cine cubano en los sesenta he preferido construir un largo y subjetivo ensayo a través del cual, muy en la tradición de Montaigne, un simple espectador hace el recuento minucioso y casi siempre discutible, de algunas de sus impresiones más personales. Pueden llamarlo inventario de provocaciones. Pasarela de interrogantes incómodas. Universo de inquietudes que no terminan. De todo menos “Historia”, tal como el grueso de nuestros contemporáneos entienden a esta, pues hay que seguir insistiendo en la idea de que buena parte de las historias del arte que conocemos hasta hoy, no resultan más que sublimaciones de momentos efímeros, aunque eso sí, bien intensos.

Esto puede ir contra mí mismo, pero allí va: nos hemos acostumbrado llamar “Historia” al entusiasmo oral o escrito de aquellas personas que compilan fechas y hechos, sin percatarnos que muchas veces esa “Historia objetiva” refleja mucho mejor lo que el historiador o cronista se estaba representando en su mente en el momento de escribirla, que lo sucedido en sí.

Me hubiese gustado lograr algo parecido a lo que dicen consiguió Richard Price en su “Alabi’s World”, donde aseguran relató la historia del Surinam del siglo XVIII apelando a cuatro versiones o puntos de vista diferentes: la de los esclavos, la de los administradores holandeses, la de los misioneros moravos, y su propia versión. A mí también me hubiese gustado rendirle homenaje a Rashomón, apelando a cuantas versiones puedan conocerse de los hechos relacionados con el cine cubano: además de la mía, exponer las versiones de los realizadores cuando hablan de sus propósitos artísticos a la prensa, y las de los críticos dos minutos después que han visto las películas, y las de estos mismos críticos veinte años más tarde de haber escrito lo que escribieron, y las de los cineastas cuando redactan cartas comentando las interioridades y frustraciones de la filmación, y las de los funcionarios dando el visto bueno o malo del rodaje, aunque lo que más lamentaré es no poder aprovechar la versión de esos futuros espectadores que dentro de tres siglos, se preguntarán azorados el por qué de tanto revuelo alrededor de unas sombras fantasmales.

Sé que esta no es la manera clásica de contar la Historia, más ¿porqué siempre se ha de contar la misma historia y de la misma forma?, ¿por qué los historiadores se han de empeñar en mostrar menos imaginación que los peores escritores de ficción, si está comprobado que ellos también son autores, quiero decir, sujetos que en la búsqueda de la verosimilitud organizan datos y le atribuyen una coherencia narrativa similar a la de los grandes relatos?. ¿Por qué convertir a la Historia en un depósito frío de ideas pretendidamente “objetivas”, en vez de contribuir con sus representaciones al crecimiento intelectual de sus oyentes?.

Según la tesis más vehemente de este libro, no existe una sola “Historia del cine cubano”, sino tantas como personas se interesen en conocer el curso de la misma, y su (re)construcción ha de ser colectiva, plural. De allí que se hubiese podido preparar un texto con capítulos sucesivos al estilo de:

I) La Historia según el autor del libro;
II) La Historia según las películas y los premios;
III) La Historia según los cineastas;
IV) La Historia según lo que ya han escrito.

Tal multiplicidad de enfoques no sólo nos permitiría conocer una mayor cantidad de puntos de vista, sino que humanizaría mucho más el objeto de estudio, mostrándolo como el resultado complejo de un proceso cultural, antes que un regalo providencial.

Juan Antonio García Borrero

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