Archivos diarios: mayo 1, 2007

ROBERTO FANDIÑO SOBRE EL LIBRO “CINE CUBANO: NACIÓN, DIASPORA E IDENTIDAD”

Juan Antonio García Borrero ha concebido este libro para compensar el vacío que ha existido en la historiografía del cine cubano en lo que se refiere a las películas hechas fuera de Cuba por los exiliados. Un vacío más llamativo cuanto mayor va siendo esa producción, integrando ya un cuerpo que se sustenta en un buen número de obras significativas. Es encomiable la labor de este crítico, que en cierta medida reta la empecinada oposición del régimen dictatorial cubano a reconocer cualquier hecho o mérito de sus opositores.

El libro está vertebrado a partir de un prólogo y de un importante ensayo, “Introducción al discurso audiovisual de la diáspora cubana”, ambos escritos por García Borrero, quien además incluye trabajos de Emmanuel Vincenot, Ana M. López, Jorge Ruffinelli y Laura Redruello. Lo completan, otro trabajo de García Borrero, “Españoles sin España: estrategias de representación en el cine cubano”, entrevistas a realizadores cubanos exiliados (Fausto Canel, Iván Acosta, Ernesto Fundora, Miguel Coyula, Edmundo Desnoes y Dinorah de Jesús Rodríguez) y una lista, que no pretende ser exhaustiva, “del audiovisual realizado por cubanos más allá de la isla”.

Un análisis en profundidad de todos y cada uno de los complejos temas que se exponen exigiría un libro paralelo que lo complementaría, porque en muchas ocasiones las opiniones están sujetas a una táctica que juega, aunque a veces peligrosamente, con lo que el régimen está dispuesto a permitir o son el resultado de falta de información o ideas equivocadas que ha logrado inculcar en la gente sometida, más o menos conscientemente, a su control. La mayoría de los argumentos son elaboraciones a partir de supuestos convenientes, pero no siempre reales. Entre lo más distendido y auténtico del libro están las declaraciones que hacen los realizadores en las entrevistas, pero éstas, como ocurre siempre que se trata de opinar libremente, no tienen la coherencia interna de las que proceden de la isla y crean un cuadro amorfo y errático. Su inclusión en este libro enriquece sus temas y puntos de vista. Además, es prueba de la buena voluntad de su coordinador.

Los párrafos que aparecen en la contraportada están tomados de las palabras “A modo de prólogo”. En ellos leemos: “libros como este, cuyo interés fundamental descansa en la pretensión de ofrecer una imagen más completa del “ser cubano”, noción que se nutre de lo que los habitantes de la isla a diario escriben con sus existencias, aspiraciones, dolores, pero también con el testimonio de quienes, desde lejos, siguen pensando y reinventando a Cuba”. Frases cargadas de buena intención y edulcorantes de la realidad, porque es cierto que lo que estamos lejos soñamos a Cuba y al soñarla la reinventamos, pero también la reinventan los de dentro, la reinventan como quisieran que fuera para no tener que vivir su dura realidad. Pero caracterizar a los que no hemos estado allí durante la mayor parte de este tiempo, como pensadores y reinventores de la isla esconde, aunque sea de manera inconsciente, una ofuscación del juicio y un prejuicio. El inventario, el análisis más objetivo y verídico y la preservación para la historia de los hechos ocurridos en Cuba durante la dictadura revolucionaria, se han hecho y escrito en el exilio, no sólo pensándola sino estudiándola, sin reinvenciones, aunque la deformación ideológica que allí impera (no la que pudiera generarse fuera, sino la propia de la isla) a veces nos alcance a todos. Los intelectuales cubanos en el exilio son los que han tenido la posibilidad de desmontar y revelar la realidad oculta del régimen y lo que “los habitantes de la isla a diario escriben con sus existencias, aspiraciones, dolores”. Sólo que lo que se dice en la isla tiene mil cajas de resonancia y lo que se hace en el exilio apenas trasciende por el control de la cultura que mantienen las izquierdas.

También en este “A modo de prólogo” García Borrero se refiere a la polémica que originó la compilación “Los dispositivos en la flor” de Edmundo Desnoes, a quien señala como “uno de los pioneros” en el intento de reunir a los creadores de dentro y de afuera. Pero otros pioneros como Moisés Pérez Coterillo, quien había incluido -en el tomo del “Teatro Cubano Contemporáneo. Antología, de 1992”- contra el deseo del gobierno cubano, obras de exiliados junto a los de autores residentes en la isla, no fueron objetos de polémica, sino de brutales atentados. Plantear que la tardía inclusión de la obra de los exiliados es consecuencia de “una terca estrategia de recíproca ignorancia entre los que se iban y los que se quedaban” por un “diferendo político”, es establecer una suposición cómoda y conveniente que nada tiene que ver con la realidad. Ese diferendo nunca existió. Si fuera por los creadores nunca se habrían producido las faltas de reconocimiento. Los que se iban no rompían su amistad con los que se quedaban y éstos, generalmente, no se marchaban también, no por asuntos ideológicos, sino personales. La inmensa mayoría repudiaba al régimen totalitario, aunque se viera obligada a fingir lo contrario. El no tomar en cuenta la obra realizada en el exilio y hasta muchas hechas en Cuba y el exclusivismo del ICAIC, se debe únicamente a la imposición de un régimen que castiga duramente a los que no le siguen el juego.

Partir de este principio matizaría de otro modo los juicios que se formulan sobre las películas. El carácter más generalizado que se atribuye a este cine hecho fuera de Cuba es su politización (considerada excesiva) y el anticastrismo. Eso determina encomiar una película como “El super”, cuyas referencias a la situación de Cuba son leves a la vez que destaca el sufrimiento y la inadaptación de los exiliados -algo grato al régimen- y anatematizar a “Azúcar amarga”. García Borrero descalifica duramente esta última con infinidad de argumentos aparentemente muy razonables, pero inadvertidamente mediatizados. No es raro que así sea tratándose de un intelectual que aunque, reconocemos honesto, ha sido educado en el castrismo. Trata la película como si fuera un producto sólo del resentimiento, aunque “Azúcar amarga” no es una película del resentimiento sino de la desesperación. Ese final, que hasta a los más anticastristas se les ha convencido de que es ridículo por su inverosimilitud, nadie ha querido verlo como la fantasía trágica que es, manifestación de un deseo imposible, pero tan intenso que su satisfacción se cumple con el sólo hecho de intentarlo, una manera de llegar al suicidio en un acto de inseminación del futuro, frustrado de antemano, pero que es como morir en un orgasmo. Es curioso como las izquierdas han logrado establecer que el mensaje político evidente es de mal gusto y resta calidad a la obra. Pero sólo cuando no es de izquierda, cuando no es marxista o no les favorece. Películas como “Missing” o “Z” de Costa-Gavras o los documentales de Santiago Álvarez no entran en esa consideración. Y no se trata de la calidad artística, que logran empañar. “La inglesa y el duque” de Eric Rhomer, que el propio García Borrero menciona, no ha corrido igual suerte que aquellas a pesar de su condición de obra maestra. Fausto Canel nos señala en su entrevista que “el cine chileno del exilio fue auspiciado, pagado y distribuido por esa poderosa transnacional que se llamó y se llama izquierda”, la misma que, por otra parte, orientada por el gobierno cubano, hizo todo lo que estuvo en sus manos para asfixiar el posible desarrollo de un cine realizado por nuestro exilio. El artículo “La “otra” isla: cine cubano en el exilio” de Ana M. López, el trabajo que, con los de García Borrero, más directa y ampliamente intenta desentrañar el objetivo de este libro, se refiere a este asunto diciendo: “En el caso chileno, la tragedia de la diáspora tuvo una especial proximidad e intensidad política. […] Las películas y videos de cubanos en el exilio han molestado severamente los sentimientos de aquellos para los que la Isla representaba nuestra única esperanza utópica en el continente.”

No se señala suficientemente por ninguno de los participantes en el libro la orfandad que han debido sufrir los cineastas cubanos. El castrismo concibió el cine como un arma y le dio un apoyo inusitado, pero hasta entonces el cine había sido la Cenicienta de la cultura cubana. En el exilio, donde ninguna empresa ha estado interesada en obtener de la producción de filmes beneficios colaterales, el cineasta cubano siguió tan desamparado como lo estuvo antes de la revolución. Este factor es muy a tener en cuenta porque explica por qué tantos realizadores, amantes incondicionales de la profesión, se mantuvieron y se han mantenido aferrados al ICAIC, aún hoy cuando sufre el empobrecimiento que afecta a todo el país. Algo que para todos los que lo conocimos era evidente en Manuel Octavio Gómez y sospechoso en el propio Gutiérrez Alea.

En el libro aparecen numerosas fotografías de la película “Juego de poder” de Fausto Canel, pero no se dilucida hasta qué punto pueden incluirse dentro de una agenda de cine cubano éstas películas realizadas fuera de Cuba con guión, tema, financiación y personal artístico y técnico extranjero, y donde la única presencia cubana es la del director. Un cuadro o un poema, dondequiera que se realicen y cualquiera que sea su tema, por su carácter individual son fácilmente asimilables a la cultura de su creador. Dada la indudable autoría del director en la obra cinematográfica, en el cine debería ocurrir igual, pero la multiplicidad de elementos externos que intervienen en una película dificulta su catalogación. Es necesario razonar más en este asunto antes de llegar a una conclusión. ¿Es “Hair”, de Milos Forman, una película checa? Tal vez en este caso sea definitiva la opinión de Ernesto Fundora en su breve entrevista: “No hay, tal vez, razón para reclamar que una identidad se reserve la exclusividad de algo que en su generalidad tiende a ser “cross over”, y que el impulso de su época reorienta hacia el “mix”, lo mezclado y enfocado a la esencia universal de la especie.”

Ni el análisis que se propone este libro, ni ningún otro análisis que se aborde en el futuro sobre lo que ha ocurrido en Cuba será real y fecundo mientras los intelectuales de la isla no se despojen totalmente de autocensuras, prevenciones y coartadas morales. Ya sabemos que todavía es algo prematuro, pero así tendrá que ser si no queremos quedarnos empantanados en un callejón de la historia.

(Publicado originalmente en la Revista Hispano Cubana)

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