UN REALIZADOR NOMBRADO LEON ICHASO

UN CINEASTA Y DOS CULTURAS: LEON ICHASO
Jorge Ruffinelli

León Ichaso (La Habana, 1948) emigró de Cuba a los Estados Unidos en 1963, junto con su madre, cuando tenía 14 años. Su padre, el escritor Justo Rodríguez Santos (del Grupo Orígenes, autor de “Los naipes conjurados” y “La epopeya del Moncada”) permaneció en La Habana trabajando en la televisión, hasta que en 1968 emprendió el mismo rumbo que su hijo y su ex-mujer. León había entonces terminado la secundaria en Miami y comenzaba a hacer cine en Super 8. Pronto, al desplazarse a New York, se vinculó con poetas, artistas plásticos y cineastas como Andy Warhol. León —que adoptaría el apellido materno en su carrera profesional— aún estaba comenzando pero tuvo la suerte de encontrar gente talentosa, creativa y bohemia que, sin proponérselo, lo incitarían a hacer cine.

Hacia 1979 un amigo lo invitó a ver una obra de teatro neoyorquina de otro cubano, Iván Acosta. La obra se titulaba “El super”, y León Ichaso de inmediato se entusiasmó con ella, advirtiendo sus posibilidades para un largometraje. Su primer largometraje. La alivió del exceso del tema político, y aunque éste no desapareció (se trataba de una familia cubana en New York), lo más importante fue la situación humana de un núcleo familiar caribeño frente al inclemente invierno neoyorquino, otra lengua, otras costumbres. Una situación dramática cuando la hija (Elizabeth Peña en su debut en cine) comienza a asimilarse a la cultura norteamericana, alejándose de sus raíces.

Esos conflictos, que fueron comunes a muchos transterrados de toda América Latina, humanizaron la historia de El Super, que al acompañarse de notables actuaciones (Raimundo Hidalgo-Gato como “El Super”, Zully Montero como Aurelia, Reynaldo Medina como Pancho, además de Peña como Aurelita), y de una innegable sensibilidad visual, un gusto innato por el encuadre y el cuidado por la calidad ambiental y fotográfica, permitieron advertir que, más allá de cualquier imperfección debida a la penuria de producción (costó 160 mil dólares), fue una de las mejores películas entre las realizadas por latinoamericanos (no sólo cubanos) en los Estados Unidos, junto con El Norte (1983) de Gregory Nava. Ichaso compartió la dirección con Orlando Jiménez-Leal, también cineasta y fotógrafo de este film, y a la sazón su cuñado. También el éxito de El Super —como tarjeta de presentación— le valió a Ichaso una mayor entrada al cine norteamericano, a Hollywood. Ya entonces estaba realizando pequeños segmentos para un programa de televisión, “Saturday Night Live”.
El cine de Ichaso debería verse en sus dos vertientes: por un lado, los proyectos personales, realizados bajo la forma de cine independiente, con recursos escasos y ninguna participación de estudios de cine o de televisión; por otro, una obra profesional y comercial llevada a cabo para Showtime, Fox y otros productores. Así como la obra personal hubo de estar espaciada en el tiempo, la “profesional” le dio a Ichaso un estatus que no ha tenido otro cineasta de origen cubano. En rigor, Ichaso también consiguió mimetizarse en producciones que nada tenían de “hispanas” y que no respondían al posterior descubrimiento de la cultura popular hispana en los Estados Unidos.

El primer intento serio fue un mediometraje, A Table at Ciro’s (1987, que formó parte del largo “Tales from the Hollywood Hills”), basada en un argumento de Budd Schulberg y con un elenco enteramente norteamericano, Darren McGavin a la cabeza. Esta película es una divertida sátira del arribismo de Hollywood. Ichaso estuvo a la altura del mordiente característico de Schulberg al narrar con humor sardónico el oportunismo con que los diversos especímenes hollywoodenses rodean a los productores para sacar alguna tajada de ellos.

Tres años más tarde Ichaso dirigió un policial de TV sobre policías corruptos, The Take (1990), protagonizado por Ray Sharkley y filmado en Miami, ciudad y medio social que conocía a fondo. De ahí la inclusión de varios actores cubanos como Orestes Matacena (quien participaría en varias de sus películas) o Roberto Escobar, Rubén Rabasa y Tony Bolano. Después filmó un thriller psicológico (A Kiss to Die For / Those Bedroom Eyes/ 1993), con intérpretes conocidos —Tim Matheson, Mimí Rogers, Carroll Baker y William Forsythe—, a los que se unieron en secundarios Carlos Gómez y el ya mencionado Matacena. La historia de una psicótica asesina, con doble personalidad, se desarrolló en un estilo del que no eran ajenos Brian de Palma (“Dressed to Kill”), o el cine “giallo” de Dario Argento, aunque sin el exceso de sangre y violencia de estos últimos. Aún en las películas de encargo, Ichaso logra una seguridad narrativa por encima del estándar, y se perciben las inquietudes estéticas de un director que no es indiferente al resultado.
Las películas que siguieron fueron más ambiciosas aunque menos personales. Sugar Hill (1994) le dio a Wesley Snipes la oportunidad de crear un personaje con alguna profundidad, en la historia de dos hermanos que crecen en Harlem, ven a su madre morir de sobredosis y ellos mismos inician un imperio de tráfico de drogas hasta que Roemello (Snipes) decide salir de esa vida para concluir trágicamente en que es imposible hacerlo. Zooman (1995) no pudo ocultar su origen teatral (“Zooman and the Sign”, de Charles Fuller), para contar una historia barrial de delincuencia, violencia, víctimas inocentes y reflexión social. Actuó allí una primera figura, Louis Gossett Jr., y se destacó un joven y expresivo actor negro, Khalil Kain, que desde entonces formó parte en cuatro películas con la troupe fílmica de Ichaso.

En estas dos y aún en otras que les seguirían, Ichaso realizó algunas películas de temática negra y con actores casi exclusivamente negros. Pudo dirigir al gran Sidney Poitier y a su hija Sydney Tamii Poitier en un drama didáctico bien interpretado —Free of Eden, 1999—, sobre el deseo de una jovencita por salir de la ignorancia y la pobreza del barrio. Y más tarde realizó la biografía de Muhammed Ali (Ali: An American Hero, 2000), quien, como sabemos, consiguió destacarse como el mayor boxeador en la historia. Le cayeron en su regazo algunas biografías como éstas, entre las que se destaca Hendrix (2000, notablemente encarnado por Wood Harris), una película hecha a la vez con profesionalismo y pasión, sobre un talento entre los más originales de la música. Y en 2001, una biografía que sería, ella sí, efecto de un proyecto personal: Piñero (2001) —a ésta me referiré después.

Dentro de este ciclo de cine profesional y comercial, tal vez la mejor película fue Execution of Justice (1999) por la importancia de su tema y la eficacia y pulcritud narrativa con que fue realizada. El episodio que cuenta esta película resultó fundamental en la historia de San Francisco y en la de los derechos de homosexuales. Aunque basada en una obra teatral de Emily Mann, reprodujo un hecho “real” con verismo y buenas actuaciones (una vez más, fue posible destacar en Ichaso a un eficaz director de actores). Se trató del asesinato del alcalde de San Francisco, George Moscone, así como de Harvey Milk, el primer supervisor abiertamente gay de la ciudad, a manos de Dan White, otro supervisor y colega de Milk.
Nunca se conocieron a fondo los verdaderos motivos del asesinato, pero tan escandaloso como éste resultó el juicio contra White, quien purgó poco tiempo de cárcel gracias a la asombrosa defensa de su abogado, quien justificó el doble asesinato por la mala alimentación del asesino (se le conoció como la “Defensa Twinky”), argumento que insólitamente el jurado aceptó. Aunque tal vez no lo hizo el propio White, quien se suicidó cumplida la sentencia.

Aunque existe un excelente largometraje documental (The Times of Harvey Milk, de Rob Epstein, 1984) sobre el caso que conmovió y transformó a San Francisco, la película de Ichaso está muy lograda, y entre otros aspectos cuenta con las actuaciones notables de Tim Daly como White y Peter Coyote como Milk. Si el docudrama (dentro del cual se instala cómodamente el subgénero de la biopic) tiene su propia historia y estética, no hay duda de que Ichaso cumplió con el género, ante todo en Execution of Justice y Hendrix, y en un cercano segundo lugar, con Sugar Hill.

Sin embargo no se encuentran en el rubro del “cine profesional” los factores que hacen significativa o destacable la obra de Ichaso, al menos en términos de cultura latinoamericana. Están en cambio en aquel otro cine “personal” y realizado por proyecto, un cine más cercano a las vivencias y a la ideología del cineasta que los trabajos para los cuales lo contrataban por su profesionalismo técnico y artístico en tanto director.

Los ejemplos de un cine de mayor “compromiso” con sus ideas y su manera de ver el mundo están en El Super (1979), Crossover Dreams (1985), Azúcar amarga (1996) y Piñero (2001). Estos cuatro largometrajes de significación desigual se agrupan por representarlo mejor: es un latinoamericano que vive en los Estados Unidos como en casa propia, bilingüe y ansiando triunfar (Crossover Dreams), que no ha olvidado a su Isla (El Super), que ha sentido crecer el resentimiento ante aspectos de la Revolución (Azúcar amarga), y que puede comprender la desesperación de la marginalidad bohemia, de la droga, de la poesía (Piñero).

En esta obra personal e independiente se destacan El Super y Piñero. No por azar son dos historias centradas en la dificultad —o la imposibilidad— de adaptarse a una nueva cultura, por sus respectivos personajes. Más allá de eso, no hay comparación. El Super es un hombre modesto, que se preocupa cuando advierte que su hija trasnocha en los bailes de discoteca, y fuma marihuana; Piñero, a su vez, es un drogadicto pleno, un escritor maldito en los márgenes de la “normalidad”. Sus conflictos se planteron consigo mismo y con la sociedad a la que se negó a asimilarse.

En cuanto a estilo y lenguaje cinematográficos, estas dos películas se oponen a la vez que complementan. Porque si en El Super Ichaso se inició en un estilo “clásico”, en Piñero culminó con la experimentación estética: desató la cámara con insólita fluidez, y experimentó con la combinación del film en color y en blanco y negro, gracias a un fotógrafo de gran calidad profesional y artística: Claudio Chea (desde Crossover Dreams este fotógrafo cubano lo ha acompañado en siete largometrajes). El Super es conflictivo pero moderado, Piñero es frenético, agonizante. Cada estilo de representación les corresponde a sus personajes. De ahí —y de una búsqueda innegable de lenguaje— las diferencias, las cuales hablan también de un espíritu inquieto y de la evolución del lenguaje del cine a lo largo de veinte años. Y hasta de la innegable influencia de Oliver Stone (Natural Born Killers, por ejemplo) en los modos de narrar de Piñero.

¿Por qué Piñero es una película significativa en la filmografía de Ichaso y del cine latino? Tal vez porque el mismo Miguel Piñero fue un excelente poeta y dramaturgo marginado por la mala vida (como los hermanos de Sugar Hill, como otros hispanos en el cine de Ichaso), y hasta por ciertos paralelos entre el cineasta y su personaje. Piñero emigró a New York a los siete años, Ichaso a los catorce. Cada uno, a su modo, está lejos de ser profeta en su tierra. Piñero es mucho más conocido en New York que en su Puerto Rico natal, el cine de Ichaso no ha sido integrado o reconocido en Cuba.

Sin embargo, sólo hasta ahí van los paralelos. La vida de Piñero, y ante todo su final, fueron trágicos. Piñero fue siempre un “outsider” que resistió integrarse a la cultura de Estados Unidos. Obtuvo un premio Tony por su obra “Short Eyes”, pero ésta había sido escrita para representarse en la prisión de Sing Sing cuando Piñero estuvo recluído por robo y tráfico de drogas. Cuando ganó algún dinero fue por escribir diálogos para seriales como Miami Vice (Michael Mann supo ver en él a un escritor valioso), pero su participación en la fundación del Nuyorican Poets Café, donde alguna vez pasaron Algarin, Lucky Cienfuegos, Bimbo Rivas y Pedro Pietri, e incluso la presentación de sus obras en lugares tan prestigiosos como el New York Public Theater de Joseph Papp, o en el Lincoln Center, no le dieron de comer ni le financiaron la afición a las drogas duras. Tampoco sus conflictivas relaciones amorosas bisexuales parecían darle más felicidad que desdicha.

Ichaso, que conoció fugazmente a Piñero, advirtió el potencial cinematográfico de su historia, y para contarla se inspiró en un brillante documental, Let’s Get Lost, de Bruce Webber (1988), que había ayudado a “revivir” a Chet Baker, sólo que su película sería una dramatización, una biografía. Resultaba fundamental hallar al actor que interpretara a Piñero, y entre los posibles estuvieron John Leguizamo y Benicio del Toro. Cuando Leguizamo decidió no hacer el papel, de todos modos ayudó a producir la película. El gran hallazgo se llamó Benjamin Bratt, cuya actuación resultó electrizante. Una vez más, Ichaso consiguió rodearse de un elenco de primera: Rita Moreno como la madre de Piñero, Giancarlo Esposito como Miguel Algarin, su mejor amigo, Mandy Patinkin como Papp, Talisa Soto como “Sugar”, prostituta y amante de Piñero, Michael Irby como Reinaldo Povod —su protegido, quien murió años más tarde víctima de SIDA— entre varios otros. La distribuyó Miramax y fue un considerable éxito artístico.

Podría decirse que en comparación con Piñero, Crossover Dreams, quince años anterior, sufre por su mayor tradicionalidad de estilo y por su tema menos restallante. Sin embargo, los conflictos para el hispano son los mismos, las actitudes diversas. Crossover Dreams expresó en 1988 el intento de muchos inmigrantes por pertenecer a las tendencias centrales o hegemónicas (el “mainstream”) y no considerarse un ciudadano de segunda clase en un país de primera. Se trata de un cruce (crossover) equívoco y lleno de trampas y alucinaciones, y por eso Crossover Dreams fue un cuadro muy expresivo de los altibajos, triunfos y fracasos de cualquier aspiración desmedida.

Eso es lo que le sucede a Rudy Veloz, un músico de barrio que aspira a pasar al primer plano. Comienza a conseguirlo, se embriaga con el éxito y termina frustrado. Para contar esta historia, Ichaso aprovechó que el músico panameño Rubén Blades quería probarse como actor. Blades prácticamente comenzó su carrera visible en la pantalla con Crossover Dreams (aunque se había iniciado en una película poco conocida de Fred Williamson, The Last Fight, 1983), y hasta 2005 participó en 33 largometrajes.

La decepción que provoca Azúcar amarga no tiene tanto que ver con lo ideológico directamente (es una película rabiosamente antifidelista) cuanto por su inverosímil narrativa, aunque lo segundo pueda vincularse a lo primero. Porque la historia de Gustavo, estudiante modelo que obtiene una beca para estudiar en Praga, y Yolanda, la hermosa joven a quien conoce en un concierto clandestino de “heavy rock”, y la del padre que deja la psiquiatría (“en Cuba todos están locos”) para trabajar como pianista en un hotel porque las propinas en dólares son mejor sueldo que el de un médico; o la del hermano rockero, que se inyecta el virus de SIDA como protesta política, y más tarde el descubrimiento de que Yolanda es una “jinetera” protegida por un turista italiano, todas estas líneas argumentales parecen unidas no por un conocimiento profundo de lo que sucedía en Cuba en los noventas, sino por retazos periodísticos y versiones de amigos tan tendenciosas como la imagen oficial. Tanto se acumulan en los escasos 75 minutos de su duración que parecen un promo para una telenovela. No es que estas cosas fueran inciertas, sino que su acumulación permite advertir que la ideología política es la que construye y guía al relato cuando debería desprenderse y resultar de él. Y ella ha sido siempre —no importa el lado político— la peor consejera para el arte.

Ichaso es mucho más convincente y persuasivo cuando cuenta historias de hispanos en los Estados Unidos. De cubanos como en El Super, de puertorriqueños como en Piñero. En ese sentido se trata de un pionero en Estados Unidos porque partió haciendo cine de tema hispano cuando no existía la moda, ni la atención anglosajona estaba puesta sobre esta cultura que se iba desarrollando persistente en sus entrañas hasta que se impuso con la fuerza que hoy tiene. En el área del cine, esa presencia y esa fuerza le deben aún a Ichaso un reconocimiento. Ningún otro cubano, entre quienes viven en Estados Unidos, las ha logrado como él.

RUFFINELLI, JORGE
(Uruguay, 1943). Crítico e investigador uruguayo de cine y de literatura. Desde 1986 es profesor en Stanford University (California, USA). Ha publicado trece libros, entre estos, “El otro México”, “La viuda de Montiel”, “El lugar de Rulfo”, y “Poesía y descolonización. Nicolás Guillén”. Su libro “Patricio Guzmán” apareció editado por Cátedra y Filmoteca Española en 2001. Actualmente dirige la revista “Nuevo Texto Crítico”. En 1993 realizó “Augusto Monterroso, A Short Story”, documental sobre el escritor guatemalteco. “Sueños de realidad”, sobre la obra del cineasta cubano Fernando Pérez, es uno de sus más recientes libros.

Publicado el abril 19, 2007 en CINEASTAS EN LA DIÁSPORA. Añade a favoritos el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Gloria Delgado

    Su artículo sobre el directo cubano Leon Ichaso es exelente, soy una admiradora del trabajo del Director y no había leido un informe más competo que este, sobre la vida y filmografia de Leon. Felicidades por el Trabajo

  2. Profesor Rufinelli:
    Nos conocimos brevemente en La Habana gracias a nuestro amigo comun Luciano Castillo. Consulte su texto (por puro azar) pues la pelicula EL CANTANTE , literalmente, me encanto. No conozco la totalidad de la filmografia de Ichaso, solo queria preguntarle: La pelicula conocida en Colombia como CAMINOS VERDES es la misma Crossover dreams? pues la banda sonora es de Blades.
    Finalmente, Victor Gaviria me hablo de usted y tenemos la esperanza de invitarlo a Cali y Medellin podriamos inicar conversaciones al respecto?
    Un abrazo desde Cali

  3. Sonia Mónaco ICHASO

    Quisiera saber si este hombre se puso el apellido Ichaso como artístico o si realmente lo tiene de su madre, pues veo que su padre no es Ichaso. Me interesa saber si nos une algún parentesco. Soy Argentina, tengo 43 años y vivo en San Salvador de Jujuy. Seria muy grato contactarme con este hombre tan renombrado. Ojalá me escriba. Cariños de Sonia.

  4. Sonia Isabel Mónaco Ichaso

    Sr. León Ichaso, es este su verdadero apellido? Me interesa saberlo pues tal vez somos parientes. Mi flia. materna es oriunda de Guipuzcoa en el país Vasco, radicados en Bolivia. Yo soy Argentina y tengo 43 años. ¿Tendría la amabilidad de escribirme? Muchas gracias. Sonia.

  5. Jose luis gómez tapia

    me gusto mucho el articulo sobre León Ichaso, pero encontre un pequeño herror: el director de fotografia claudio chea no es cubano, es compatriota mio dominicano.

  6. carlos quintas

    me ha parece genial el articulo sobre la obra de (rodriguez) ichazo, yo soy un admirador de la poesia de su padre. y me ha dado mucha risa el descubrir con horror el “herror” sobre la nacionalidad del fotografo.

  7. ANA OCHOA ICHAZO

    estoy buscando los origenes de mi apellido materno. .mi mama dice que es de argentina nosotros somos de Ecuador. mi abuelo se llamaba JORGE ICHAZO RIOFRIO

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: