Archivos diarios: marzo 29, 2007

LOS PRONÓSTICOS DE LA IMAGEN (2)

Intentaré responderme algunas de estas interrogantes, comenzando precisamente por la última. Y es que pienso que, a pesar de que hasta hoy no se observan los resultados prácticos que se propuso la Muestra (concretamente: la inserción creadora de los más jóvenes en la industria), si creo muy ventajosa la realización del encuentro por algo que ahora nos parece más que evidente: la conformación de una plaza simbólica que, desde la multiplicidad, permite el reconocimiento de un grupo. Hasta aquel instante, la producción de ese grupo había existido sin necesidad de encuentro alguno, y es posible que siga creciendo sin extrañar una nueva cita, pero ahora se ha hecho palpable la urgencia de acompañar a esa producción un pensamiento, una reflexión, como si de manera repentina cobrara el rango de un imperativo categórico el siguiente lema: “Pienso, luego filmo”.

Es cierto que, por el momento, el pensamiento de los más jóvenes realizadores de Cuba no aparece registrado aún en corpus teórico alguno, y esto se entiende, pues, por un lado, no hay tantas películas relevantes, y por el otro, la dispersión era de veras alucinante, y todavía hoy no abundan los espacios sistemáticos de debate, esos que contribuyen a la imantación e irradiación plural.

No quisiera creer que también los jóvenes son partidarios de esa idea cada vez más lastimosamente predominante en nuestro contexto, de que a los cineastas solo les corresponde hacer las películas, y a los críticos, pensar en ellas, lo cual se ha demostrado con creces es un verdadero desatino, y un signo de decadencia más que de vitalidad. Puede ponerse el propio ejemplo del cine cubano, que si en los sesenta pudo ocupar uno de los primeros escaños de la vanguardia fílmica del continente, no obstante su nula tradición, se lo debe a un pensamiento que fue impulsado desde dentro por Alfredo Guevara, Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea, entre otros. Ellos negaron, crearon, soslayaron, pero en cada uno de sus actos supieron tener en cuenta el por qué de las rupturas, según lo evidencian las numerosas polémicas que no temieron protagonizar. Ellos no escribieron críticas de cine, ni opinaron sobre este u otro asunto, sino que fueron a las profundidades. En otras palabras: “pensaron” el cine que estaban haciendo.

Pero a pesar de esas carencias teóricas, durante las sesiones del mencionado encuentro se pudieron escuchar reflexiones de una profundidad y rigor que ya desearían algunos de nuestros cineastas y críticos más consagrados, como esta autoevaluación generacional que hace Leandro Martínez Cubela, en una ponencia que sospecho no de manera gratuita tituló “Un cine joven cubano. ¿Un cine joven cubano?”:

“No estamos en presencia de una generación compuesta por personas de la misma edad, o de un grupo de realizadores cuyas obras agrupan rasgos similares, sino una generación básicamente de los que esperan. Y quizás este sea el común denominador de esta generación. Una generación de creadores de todas las edades, detenidos en un limbo productivo ante una industria hermética y por demás única, esperando esa oportunidad que se anhela y no llega, esa oportunidad que se sueña y no se alcanza.”

Personalmente no creo en esas etiquetas cronológicas que se empeñan en hacernos pasar muchas veces gato por liebre: igual que hay muertos que todavía viven, y vivos que ya están muertos, también existen jóvenes que nacieron viejos, y viejos que se morirán jóvenes. O lo que es lo mismo: muchos jóvenes nacen y mueren haciendo un cine viejo, y en cambio, hay veteranos que resultan para siempre inmortalizados gracias a un lenguaje fílmico que trasciende todas las fronteras temporales. De manera que el interés por este u otro cine no ha de nacer jamás de la edad de quienes animan el proyecto, sino de la mocedad de un pensamiento que vive consciente del por qué tiene que existir la ruptura, y que explica esa lozanía perdurable de los llamados clásicos, así se hayan filmado estos en la primera mitad del siglo anterior. Bien trágico resultaría para todos, pues, comprobar que aquella memorable noche fuimos víctimas de ese espejismo paternalista que quiere ver en lo joven, el símbolo imbatible de lo mesiánico.

LA JUVENTUD DE UN AUDIOVISUAL
En realidad, para hablar con rigor de la existencia de un cine joven en Cuba, es preciso dejar a un lado el factor estrictamente biológico. Es posible que algún joven todavía crea que esto último resulta lo determinante, pero en el fondo ni siquiera sería sensato inculparlo de vanidad: quien así piensa solo está heredando una condición más global, y como todo heredero listo, se ha apresurado en ejercer el usufructo de la herencia sin preguntar de dónde y por qué le ha llegado esa fortuna.

Realmente esa condición global la dispuso los sesenta, con su exuberancia de revueltas juveniles, la exasperación de un modo de vida crispado que terminó por parecerse cada vez más a un video clip, y el protagonismo absoluto en los medios masivos de comunicación, todo lo cual puso en crisis la ancestral fe en la gerontocracia: si antes la vejez era el símbolo por excelencia de la sabiduría y llegar a viejo una victoria, hoy en día la juventud (ni siquiera la madurez) deviene el indicador más contundente en el esquema de valores de los triunfadores, al extremo de que hasta los más viejos se empeñan en parecerse a los más jóvenes.

De estado biológico transitivo, juventud ha pasado a ser el calificativo definitorio de lo consagrable, lo que explica el abuso adjetivista del término, y el advenimiento de incontables combinaciones retóricas: cine joven es tan solo una de las tantas que a diario se promueven con un interés más publicitario que artístico; ahora, lo que me estimula de estos novísimos realizadores cubanos es que, sin necesidad del regaño resentido de sus padres (que a su vez, solo en esos casos quieren olvidar que fueron jóvenes), ellos mismos han adquirido conciencia de la fugacidad de la condición, algo que Miguel Coyula, el muy joven realizador de Bailar sobre agujas (1999), Buena onda (1999), Clase Z Tropical (2000) y El tenedor plástico (2001), entre otras, resume con divertida transparencia cuando dice:

“Tengo 23 años, y aunque a esta edad todavía suele hablarse mucha mierda, espero no perder esa mirada, porque soy feliz mientras tengo una cámara y alguien o algo que salga delante. No fumo, no bebo, ni tomo drogas para abrirme nuevos caminos en la creatividad. No soy un artista, ni quiero serlo. Solo filmo lo que me gusta.”

Juan Antonio García Borrero