Archivos diarios: marzo 28, 2007

LOS PRONÓSTICOS DE LA IMAGEN (SOBRE EL AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA) (1)

La falsa certidumbre de que todo futuro no es más que la suma mecánica de un pasado y un presente, ha consolidado la tesis algo incauta de que el hombre puede pronosticar su propio destino. Tal ingenuidad ya ha sido harto combatida por la misma vida: al mañana jamás se llega en línea recta, sino que este es el resultado de infinitos rodeos, repentinos giros, imprevistas torceduras e interminables accidentes, y gracias a ello hoy sabemos que más importante que la tozudez en leer el destino, ha de ser siempre el esfuerzo que pongamos primero en escribirlo. O lo que es lo mismo: que no hay destino legible si antes este no se ha escrito.

A pesar de esa ruidosa evidencia, el hombre no ha cesado de incorporar al pensamiento escatológico todo tipo de técnica adivinatoria; ya sea a través del Tarot, la lectura de las manos, los augurios de la antigua Roma, la aruspicina o examen de las entrañas de los animales, la numerología, la oniromancia o previsión por los sueños, entre otras, la adivinanza ha logrado convertirse en una muy rentable industria, aunque la vehemencia con que en cada caso se intenta reforzar científicamente el vaticinio, nunca rebasa el estatus de una profunda esperanza. Yo añadiría trágica esperanza.

Y es que en una época tan pesimista como la nuestra, “una época llena de pronósticos sobre la cultura, pero sin creencias, sin fe” , para decirlo según las proféticas palabras que Alfred Weber escribiera hace casi un siglo, y donde la creciente “disneylización” del mundo no hace más que exacerbar los temores a la realidad más vital, a la cruda realidad, la espera de generaciones capaces de reintegrarnos los deseos de experimentar la vida con sus placeres y sus dolores, pero sobre todo, con verdadero optimismo creativo, ha terminado por convertirse en una suerte de obsesión colectiva.

LA PRIMERA MUESTRA
Algo de eso pudo estar sucediendo en La Habana, la noche del 31 de octubre del 2000. Esa noche la cartelera del cine Chaplin anunció el inicio de la “Primera Muestra Nacional del Audiovisual Joven”; en el programa de apertura se notificaba la exhibición de Clase Z Tropical (2000) de Miguel Coyula, Se parece a la felicidad (2000) de Aarón Vega, Caidije… la extensa realidad (2000) de Gustavo Pérez, Rrring (1998) de Pavel Giroud, Más de lo mismo (2000) de Esteban García Insausti y La Época, El Encanto y Fin de Siglo de Juan Carlos Cremata.

A pesar del casi perfecto anonimato del grueso de los creadores, la inmensa sala se llenó, y no solo eso: cada uno de los materiales recibió fuertes aplausos, como señal inequívoca de la aprobación pública. Ese formidable buen ánimo persistió durante par de semanas, confirmándose una vez más el pujante poder de seducción de todo lo que se hace llamar joven.

Quisiera insertar una digresión anecdótica, con el fin de entender una parte del origen de aquello: cinco meses atrás, Senel Paz me había llamado desde La Habana a Camaguey, para hablar del cine cubano, obviamente, pero no del cine que ya teníamos, sino del que queríamos tener. Supongo era el colofón de esa polémica silenciosa que ambos habíamos sostenido a través del correo electrónico, en torno al estado de salud del cine nacional en los noventa.

Senel Paz tenía ahora una propuesta concreta: diseñar una muestra que permitiera obtener una idea precisa de ese “talento” existente en aquello que, no sin altisonancia, yo mismo había nombrado “cine cubano sumergido”, y sobre todo, que permitiera trazar estrategias de continuidad entre lo oficial y lo independiente, lo visible y lo invisible, aglutinando fuerzas en función de una producción audiovisual que a la postre sería la memoria de nuestros días. Con ello se iluminaría una vez más lo que siempre ha sido certeza evidente: que cine cubano solo hay uno; hágalo quien lo haga, de la manera en que lo haga y en el lugar que lo haga.

La idea me sedujo por varias razones, pero una me animó más que las otras: al estar auspiciada por el ICAIC, que es nuestro principal centro productor de cine, esta Muestra propiciaría una atmósfera de complicidad intelectual que a la larga tendría que favorecer la dinámica creativa del país. Está claro que el ICAIC, como todo en esta vida, hoy más que nunca necesita fomentar estrategias de inclusión antes que de exclusión, así como ejercitar una mirada que haga de la profundidad de campo su modo de percibir el camino por donde ha de transitar; solo así podrá borrar esas artificiales distinciones entre lo viejo y lo nuevo, lo oficial y lo independiente, lo palmario y lo sumergido, que no pocas veces nos ha hecho perder de vista que vivimos (todos) involucrados en un mismo proyecto: la cultura cubana. Recuerdo haberle dicho el sí a Senel Paz casi de inmediato. Recuerdo el triunfo de la Muestra, los periódicos del momento hablando de éxitos y laureles. Recuerdo todo, y sin embargo…

Si cuento esto que puede parecer escandalosamente anecdótico, como prólogo a una reflexión que se pretende “objetiva”, es porque deseo insistir en la idea de que buena parte de las historias del arte que conocemos no resultan más que sublimaciones de momentos efímeros, aunque eso sí, intensos. Esto puede ir contra mí mismo, pero allí va: nos hemos acostumbrado llamar Historia al entusiasmo oral o escrito de aquellas personas que compilan fechas y hechos, sin percatarnos que muchas veces esa Historia “objetiva” refleja mucho mejor lo que el historiador o cronista se estaba representando en su mente en el momento de escribirla, que lo sucedido en sí.

Es cierto que aquella noche, el cine Chaplin se mostró desacostumbradamente atestado, a pesar de que los materiales que se iban a exhibir no eran superproducciones respaldadas por la más pantagruélica publicidad; ni siquiera películas del patio interpretadas por populares actores. También es cierto que casi todo los materiales seleccionados para la apertura fueron aplaudidos con delirio, y que el público (bastante diverso en edades) no se sintió defraudado ni aburrido. Asimismo es verídico que las tertulias con Juan Carlos Tabío, Nelson Rodríguez, Humberto Solás, Livio Delgado, Raúl Pérez Ureta e Iván Nápoles, van resultando inolvidables.

Mirando aquel sincero éxtasis colectivo, no podía pensarse otra cosa de que el cine cubano estaba a punto de conocer una renovación, encabezada por ese puñado de jóvenes que habían decidido rebelarse contra la complacencia formal, el superficialismo temático y la férrea teleología ética. Milenaristas como somos, animales utópicos hasta la muerte, una vez más nos creíamos testigos del arribo de una mejor época para nuestra cultura fílmica.

MUCHOS AÑOS DESPUÉS…
Han transcurrido varios años desde entonces, y entiendo que lo mejor que hoy pudiéramos hacer es dejar a un lado el placer lúbrico de la evocación, para encauzar el pensamiento en pos de algo más contundente que el pronóstico de consuelo. Más que recordar el pasado preferiría encarar el futuro, haciéndome preguntas al estilo de estas:

1. ¿existe en Cuba un audiovisual joven, verdaderamente alternativo al modelo de representación dominante?, ¿será útil seguir alimentando esa falsa antinomia que habla de cineastas jóvenes vs. cineastas viejos?,
2. ¿aquella noche la emoción nacía de las obras en sí o los aplausos los dictaba esa inevitable sensación que todo hombre en lo más íntimo cultiva, cuando asocia de manera mecánica lo nuevo, con el presentimiento de que encontrará algo mejor?,
3. ¿cuánto de nuevo y relevante había en aquella producción caótica e interminable que cinco curadores lograron reducir a algo menos de tres horas de proyección?,
4. ¿en qué se distinguía esa producción independiente de la que promovía la industria?,
5. ¿qué sistema de expectativas se estaba movilizando en el momento de evaluar aquellas películas?, ¿eran expectativas basadas en la aspiración de ver algo distinto a lo de siempre, o estaban alimentadas por un pensamiento profundo que sabía de la necesidad de renovar un lenguaje envejecido?.
6. Si por cine cubano no ha de entenderse la mera suma de películas, sino las múltiples y complejas interacciones que se establecen entre ellas, ¿podría detectarse algún signo común detrás de esa abigarrada multiplicidad de estilos y obsesiones?.
7. Y una última, pero no menos importante: ¿había tenido sentido aquel esfuerzo a pesar de que hasta ahora el cine cubano (el del ICAIC) sigue siendo la agonía de los mismos de antes?.

Juan Antonio García Borrero