Archivos diarios: marzo 24, 2007

24 DE MARZO DE 1959: CREACIÓN DEL ICAIC.

Por aquella fecha, la Revolución había cumplido apenas tres meses de su triunfo. La euforia era más bien generalizada. En el país se experimentaba la sensación de que finalmente era posible la consagración de la utopía. Los periódicos dejaron por escrito la prueba de ese entusiasmo desbordado. La nación cubana parecía, por fin, “una gran familia”.

Desde luego que el panorama era mucho más convulso que lo que el párrafo anterior sugiere. Ninguna Revolución ha nacido del consenso. Todas se han originado a partir del desacuerdo violento, y si es la mayoría la que aprueba ese cambio drástico (como parece evidente que sucedió con el caso cubano) la Historia se encarga de convertir en legítima esa sacudida brutal donde los vencidos no cuentan, y las víctimas solo se contabilizan en el bando de los vencedores.

El programa propuesto por la Revolución en sus inicios (un programa nacionalista y martiano) parecía inmejorable para saciar todas esas ansiedades que en esa primera mitad del siglo republicano, insistían en incumplirse una y otra vez. Una de las grandes metas propuestas para la fecha fue la descolonización cultural. Era lógico que ello se asumiera como meta, si se recuerdan las desventuras de Mañach, de Lezama y el grupo “Orígenes”, de la Sociedad “Nuestro Tiempo”, intentando concederle a la isla algo de densidad espiritual.

En el caso concreto del cine, los intentos de llegar a “cotos de mayor realeza” habían estado condenados al sistemático fracaso. Estaban las figuras infatigables de Ramón Péon, Manolo Alonso y Mario Barral, los desvelos de Germán Puig, Ricardo Vigón, Néstor Almendros y Guillermo Cabrera Infante por mantener un cineclub que llamaron “Cinemateca”, o los esfuerzos de García Espinosa, Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara realizando “El Mégano”. Pero ello no bastaba para crear la sensación de que existía o podía existir alguna vez, un verdadero cine nacional. Esa ganancia solo se hizo tangible con la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) el 24 de marzo de 1959.

Nadie mejor que el historiador Luciano Castillo ha sabido describir la vorágine de aquellos días. En su revelador artículo “1959: para una cronología del año de las luces”, Luciano nos ofrece el mapa más completo que hasta el momento tengamos de esos tres primeros meses que van desde la entrada de Fidel a La Habana, hasta la publicación de la Ley 169 que crea el 24 de marzo esa institución, con Alfredo Guevara a la cabeza. Por ese texto desfilan los nombres de Antonio Vázquez Gallo y Ramón Peón, por ejemplo, dos cineastas que la historiografía al uso se ha empeñado en volver invisibles debido al deslumbramiento que aún provoca la concreción de un cine nacional.

En buena ley, Vázquez Gallo debería figurar como el director de la primera película cubana terminada después del triunfo revolucionario (“La vida comienza ahora”), mientras que Ramón Peón acaso sea el cineastas que con más energía pública defendió la necesidad de un cine nacional, al escribirle un mes antes de creado el ICAIC al mismísimo Fidel aquella carta pública en la “Revista Cinema”, donde entre otras cosas asegura,

“La educación audiovisual, doctor Fidel Castro, puede ser el más eficiente y poderoso aliado del Gobierno, para hacer llegar al campesino cubano las orientaciones, la ayuda cultural que le es tan necesaria para lograr mejor su propósito de superación y elevación de su nivel de vida. Su mensaje a través del cine, será mejor comprendido. El lenguaje de las imágenes, con la adición del sonido, hará que el guajiro comprenda mejor la lección; esa lección que le es tan necesaria para que pueda sacar el mejor partido de la tierra… esa tierra que ahora va a ser suya, a través de la nueva Ley Agraria de la Revolución Redentora”.

(…) Cuando tenga tiempo de hablar diez minutos de cine, solo diez minutos, que estoy seguro que serán de gran utilidad, déme la oportunidad de aclarar por qué yo tengo tanta fe en que el cine pueda ser su mejor aliado en la reestructuración de la nueva Cuba que soñó Martí, y usted quiere que se convierta en realidad ahora. Yo me inclino a creer que el cine puede completar el milagro que usted, con su tenacidad y heroísmo, logró plasmar con la huida del tirano. Felicidades mil y que Dios lo bendiga”.

Como se sabe Ramón Peón abandonaría un año después la isla, decepcionado con la indiferencia mostrada por las autoridades revolucionarias hacia su persona, algo que ahora se nos antoja realmente escandaloso si se toma en cuenta que hablamos de un hombre con cuarenta años de experiencia en el cine mexicano. El colmo de esta cruel paradoja podría estar en el hecho de que casi coincidiendo con su partida, en una de las salas de proyección del ICAIC, el afamado historiador francés George Sadoul hablaba maravillas de “La Virgen de la Caridad” (1930), aquel filme silente que Peón legara a la historia del cine cubano.

Todo este puzzle epocal será necesario complementarlo, desde luego, con nuevas fuentes, pero en principio algo parece claro. El ICAIC es hijo de un entusiasmo plural, y eso es lo que ha legitimado buena parte de su producción. Nace puntualmente como arma que intentará defender mediante las imágenes las radicales medidas que va adoptando el naciente gobierno. Las referencias de Peón a la Ley de Reforma Agraria, por ejemplo, en modo alguno son gratuitas.

Sin embargo, lo que ahora mismo sigue trascendiendo del ICAIC es el espacio que supo abrir para experimentar con la modernidad fílmica. Precisamente la tensión que se acumula en este juego de reconocimientos y subversiones es la que propicia que, todavía hoy, ciertas películas producidas por el ICAIC sigan funcionando como espejo intenso de la época, y no como mera propaganda del gobierno. Es evidentemente un cine que se hace para defender a la Revolución, pero que a su vez defiende una y otra vez la legitimidad de un discurso crítico que, como es obvio, muchas veces chocará con la vanguardia política. Allí están los ejemplos de Gutiérrez Alea, Nicolás Guillén Landrían, Sara Gómez, o películas puntuales como “Alicia en el pueblo de Maravillas” o “Guantanamera”, capaces de desatar crisis de una envergadura imprevista.

Aquel 24 de marzo fue importante para el cine cubano. Ya sé que se trata nada más de una fecha, y que lo que vale es el devenir con toda su complejidad. Pero es bueno en ocasiones remontarse al origen, e intentar percibir por debajo de la realidad visible, qué han sido de aquellos sueños y proyectos iniciales. Por ejemplo, desde hace un tiempo me obsesiona esa foto donde parece resumirse el espíritu de esos días. Es una foto a la cual he aludido en otras ocasiones, una foto donde Alfredo Guevara luce traje y corbata (una imagen a la que renunció pronto), Titón se parece a Clark Gable con bigote, Fausto Canel anda de guayabera y sonrisa amplia, y Guillermo Cabrera Infante luce en el extremo derecho guillotinado por el fotógrafo. Miro esa foto de aquel lejano 1959, y me vienen a la mente estos versos de Ernesto Cardenal: “Los rostros que aquí ríen/ en esta foto amarilla/ con un fondo de olas borrosas/ y una roca borrosa,/ ¿adónde estarán riendo ahora, si todavía se ríen?”.

Juan Antonio García Borrero