Archivos diarios: marzo 22, 2007

CINE CUBANO Y BLOGOSFERA

De guiarnos por las estadísticas, este blog ha recibido un poco más de mil visitas en quince días. Francamente, no sé hasta qué punto sean confiables esos cómputos, pues según los mismos registros, en un día se recibieron 128 accesos, mas al final de la jornada solo se anotó ¡1! entrada. Ahora, al margen de esas irregularidades, creo que detrás de un blog se esconden cosas más importantes que valorar que la frialdad de las cifras, estas últimas mejor relacionadas con las demandas del ego, que con la efectividad del pensamiento.

Recuerdo que la primera vez que Duanel Díaz me habló de su blog, pensé en su iniciativa como una suerte de capricho al cual se aproximan los escritores, impacientes por ver sus ideas de algún modo publicadas. Supongo que algo de eso exista en la motivación de todos los que crean un blog, pero tengo la impresión de que más allá del interés individual por mostrar en público las habilidades para exponer ideas, se percibe algo que quizás nos está aproximando a aquella utopía que proponía Kant, cuando aseguraba que “el uso público de su razón le debe estar permitido a todo el mundo, y esto es lo único que puede traer Ilustración a los hombres”.

Según esa tesis, con la cual estoy totalmente de acuerdo, el mundo todavía está muy lejos de ser ilustrado. Los mecanismos para discutir nuestras diferencias siguen siendo tan primitivos como los de nuestros antepasados más salvajes, solo que ahora hemos sustituido la hoguera para quemar herejes con la descalificación pública. La ciencia parece imparable con sus descubrimientos y desmitificaciones, pero los hombres seguimos asociando las ideas que nos convienen, antes que examinar lo que argumenta el contrario. Las “autoridades” prosiguen dictando impunes sus reglas. Seguimos consumiendo más prejuicios que juicios.

Yo no sé hasta qué punto un blog pueda contribuir a corregir esos equívocos o a incrementarlos. Después de todo, hablamos de sitios que personas con acceso a Internet actualizan desde sus gabinetes, y ya se sabe que la vida nunca cabe en un gabinete por amplio que parezca este. Además, la supuesta democracia de Internet es relativa, en tanto hay un pensamiento hegemónico que de manera nada sutil, se encarga en volver invisible todo aquello que le resulte incómodo, o no esté hecho a su imagen y semejanza. Los que hoy no figuran en Internet, sencillamente no existen.

Pero es cierto que los bloggers han logrado poner en jaque esa impresión de realidad que los grandes medios nos proponían como intocable. Sucedió cuando lo de Irak, desde el mismo momento en que los comentarios de aquellos que daban otra visión de la guerra, distinta a la oficial, comenzaron a cobrar visibilidad. Hoy un periódico que se respete (sea el “New York Times” o “El País”) se interesa por crear nichos para este tipo de periodismo alternativo o informal.

Sabemos que en Cuba es difícil cultivar este tipo de práctica, debido a las incontables dificultades para acceder a Internet, por un lado, y a la consigna política que reclama “unidad de criterios” con tal de no ofrecerles armas al enemigo. Sin embargo, considero que más allá de los obstáculos reales (los explícitos y los que se deducen), la crítica relacionada con el cine cubano todavía no se ha enterado de por dónde va el mundo en estas cosas. Esta crítica sigue aferrada a los viejos esquemas a través de los cuales un experto centraliza el juicio, y lo emite a una audiencia, sin sentirse en ningún momento amenazada por la posible fiscalización que esos receptores hagan a sus observaciones-. El crítico sigue siendo una autoridad que diseña impune sus discursos.

Esto no sería inquietante si no advirtiéramos que esa mirada pre-moderna también está presente fuera de la isla. Llama la atención la ausencia de sitios en Internet que intenten estudiar o referirse al cine cubano de una manera seria o desprejuiciada. Uno sabe que hay muchísimos investigadores estudiando el cine cubano en las más diversas academias, y allí es cuando sorprende que ningún estudioso hasta ahora haya incursionado en la blogosfera. Los debates más serios se siguen organizando para un grupo más bien pequeños de expertos, con el resultado trágico de que se sigue contando la misma historia de siempre.

Pienso que lo más positivo que tiene un blog es que nos devuelve a aquella condición socrática en la cual podíamos percibir que el conocimiento adquirido es nada, al lado del conocimiento que todavía queda por adquirir. No importa que el blogger ostente en su poder información aparentemente de “primera mano”. Al insertarla en la esfera pública, esa información será leída de nuevas maneras, por lo que para nada resulta asombroso que aparezcan fuentes hasta ahora olvidadas, y que como en la fábula de “Rashomón”, los mismos hechos sean expresados según el punto de vista de los nuevos testigos. Además, está la ventaja innegable de ser uno mismo su propio editor.

Volviendo a las cifras del primer párrafo, la otra enseñanza positiva que nos brinda un blog, es la de recordarnos aquello que Martí mencionaba del aldeano vanidoso. ¿Qué significan mil visitas en quince días? Mucho y nada. Si tomamos en cuenta que estamos hablando de un sitio con una temática bien específica (cine cubano), pues parece evidente que el promedio de entrada no está tal mal. No creo que el mejor libro sobre cine cubano que hasta el momento se haya escrito, cuente con el privilegio de por lo menos veinte miradas diarias.

Pero si lo asumimos como lo que en realidad quiere ser, un instrumento que estimule la polémica alrededor del audiovisual cubano, pues está claro que todavía falta mucho por hacer. Pero al menos existe, que ya es algo.

Juan Antonio García Borrero

EL FANGUITO, de Jorge Luis Sánchez

Título: El Fanguito (1990)/ 35 mm. / Plana / C / 12’/ Productora: ICAIC / Productor: Jorge Delvaty / Director: Jorge Luis Sánchez / Guión: Alexis Núñez Oliva, Jorge Luis Sánchez, Félix de la Nuez, Benito Amaro / Fotografía: Rafael Solís / Música: Enrique González / Sonido: Ricardo Pérez / Edición: Félix de la Nuez./ Premios: 1990. Seleccionado entre los mejores documentales exhibidos en el año; Premio Nacional de la Crítica (ex-aequo) al mejor documental producido en e1 año. Selección Anual de la Crítica. La Habana Cuba / Segundo premio Coral. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. La Habana, Cuba / 1991. Premio de dirección. Festival Latino de Nueva York. Estados Unidos.

Un poco antes de la realización de “El Fanguito”, el espíritu estético de la época había conocido a través de las artes plásticas cubanas un importante aire de renovación. Fueron años de intensas polémicas, donde los nombres de Esson, Bedia, Rodríguez Brey y Cuenca, entre otros creadores, contribuyeron a aportarle al paisaje artístico insular, fructíferos sobresaltos y pupilas insomnes en el sondeo de la realidad. Ese mismo espíritu de búsquedas e inconformidad, comenzó a prevalecer como rasgo creativo en el Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz, creado el 21 de junio de 1987, y en el que figuraban, además de Jorge Luis Sánchez, entre otros, Marco Antonio Abad (“Ritual para un viejo lenguaje”/ 1989), Manuel Marcel (“A Norman McLaren”/ 1990), Ricardo Martínez (“Reflexión”/ 1991), Fran Rodríguez (“La pesadilla Dilla”/ 1990) Enrique Alvarez (“Sed”/ 1992) y Lorenzo Regalado (“Basura”/ 1992).

Jorge Luis Sánchez (1960) fue uno de los principales animadores de este renacimiento audiovisual en las postrimerías de los ochenta. Luego de graduarse en Pedagogía se vincula al ICAIC en 1981, primero como asistente de cámara y después como asistente de dirección. Sin embargo, es con su labor en el Taller de Cine de la Asociación Hermanos Saíz que obtiene la relevancia, dada la promoción de un arte mucho más atento a las contradicciones que por entonces sacudían a la sociedad, en franco contraste con el realizado oficialmente por el ICAIC.

A mi modo de ver, lo más osado (y logrado) de un documental como “El Fanguito”, está en su descenso al “margen”, para desde ese espacio conformar sus propias reflexiones críticas. A diferencia de esa práctica más bien generalizada a través de la cual un “centro” de poder publica sus percepciones de aquel “margen”, y sobre esa base distante y autoritaria “clasifica” las acciones de sus ocupantes en buenas o malas, morales o inmorales, “El Fanguito” (al igual que su antecedente “Un pedazo de mí”) nos proponen una lectura del fenómeno marginal mucho más desprejuiciada, naturalista, y yo diría, legítima. Una lectura desde el interior, y por tanto, mucho más comprometida.

Con una soltura impactante, Sánchez retrata a sus personajes según son ellos (y no según se debería esperar que estos fueran), construyendo un universo que hace trizas los estereotipos que un receptor no marginal pudiera tener del asunto. En el plano temático, la conexión con Sara Gómez es tal que uno hasta llega a preguntarse si el Miguel de aquel documental de la cineasta no estará viviendo ahora en El Fanguito; o si la madre de este no será una de esas mujeres que se pronuncian con espontaneidad y hasta candor sobre ese contexto que les ha tocado vivir.
Pero “El Fanguito” no es, en modo alguno, un filme de tesis sociológicas, no obstante su decidido tono de denuncia. Estamos, en verdad, ante una película que prefiere el intimismo desgarrador a la estridencia del panfleto: Jorge Luis Sánchez ha terminado por regalarnos una conmovedora historia de seres humanos que palpitan en pantalla, que confiesan con naturalidad sus ilusiones y desilusiones; una historia donde las reflexiones ocupan el lugar de los resentimientos estériles, con lo que es posible encontrar algo más que una pasarela de quejas altisonantes, por justas que estas sean.

Con envidiable sutileza, Sánchez se encarga de que en ese mosaico variopinto de testimonios críticos predomine, a pesar de todo, una suerte de optimismo colectivo: es probable que estas personas se hayan habituado, con el tiempo, a esperar más de sí mismos que del Poder, y esto, lejos de interpretarse como un síntoma de renuncia o dejadez, al menos a mí me causa la impresión de una renovada vitalidad. Son personas que han aprendido a reconstruirse sus propias utopías, a no renunciar a sus propios sueños, no obstante la adversidad de las circunstancias.

Y si bien Sánchez intuye que gran parte del impacto de su documental probablemente se sostenga sobre la base de los testimonios registrados (humanos, demasiado humanos), no por ello descuida la factura del mismo. La película no apela a efectismo visual alguno y prescinde de ese tono moralizante con que otro realizador menos sensible hubiera cubierto el asunto. Lo que interesa es el relato cinematográfico, el desarrollo de una historia que termina siendo cálida por su humanidad, a pesar de la aridez de la zona que examina.

En tal sentido, la fotografía de Carlos Rafael Solís es muy sabia a la hora de alternar primeros planos con planos generales del lugar; la suya es una fotografía que no necesita “embellecer” porque sabe que la belleza esta vez está en la autenticidad de aquello que se muestra, en el registro de esa atmósfera “marginal” que más tarde el montaje de Félix de la Nuez, junto a la música de Enrique González, terminan por convertir en algo raramente poético. Ese tal vez sea el valor más notable de este filme: su indiscutible capacidad comunicativa, el retorno a esa militancia crítica que desde su nacimiento había ostentado el documental revolucionario, extraviada tras un período de infértiles producciones que apenas se proponían el repaso complaciente de una realidad en apariencia armónica y sin mayores conflictos.

No sé por qué desde que conozco El Fanguito, siempre que paso cerca del río Almendares me embarga una suerte de desazón sensorial. No es pesimismo, sino más bien asombro mezclado con suspicacia: entonces me pregunto, ¿así que eso que ahora ve mis ojos no es exactamente la realidad?, ¿así que ser un marginal no tiene nada que ver con la ubicación geográfica, sino con el fardo de invisibilidad que cargues a tus hombros?, ¿así que podemos devenir marginales hasta en el corazón de una gran metrópolis, de una gran Época?. Justo en esos instantes, aferrado a las barandas del puente, trato de reproducir con mis ojos esa magistral operación final de la cámara de Carlos Rafael Solís, cuando nos devela con cruel morosidad la dimensión exacta de nuestras desatenciones y despistes diarios. Sospecho que hubiera bastado apenas ese plano tan inquietante como revelador, para hacer de “El Fanguito” la obra notable que ya es.

Juan Antonio García Borrero