SARA GOMEZ (2)

Tengo la impresión de que para Sara la autoridad del artista no radicaba en la engañosa habilidad para entregar soluciones, pues el artista no es un Mesías, sino en la capacidad para revelar esa realidad en todo su esplendor, que es decir, en todas sus contradicciones. Pudiéramos decir que, a su forma, Sara se hacía eco de aquel célebre planteamiento de Sartre, escrito por esa misma fecha, en el que asegura que “un intelectual, para mí, es esto: alguien que es fiel a un conjunto político y social, pero que no cesa de discutirle”. Tal vez pensando en estas palabras y su vínculo con esa sociedad de nuevo corte que ella misma se empeña en ayudar a construir, es que quizás escribe en el ya mencionado cuestionario:

“¿Quiere decir esto que no existen oportunistas, mediocres y acomodados? No, están ahí, entre nosotros mismos, dentro de mí es posible que habite una oportunista, una mediocre, una que aspira a acomodarse, pero eso no es grave por cuanto estamos dispuestos a luchar contra estos elementos fuera y dentro de nosotros. Yo lo que sí puedo asegurarle es que este no es un país de conformistas: confío más que nada en alguno de esos jóvenes “conflictivos” que hay en cada aula, en cada granja, en cada fábrica, ese que hace la pregunta que nadie se había hecho, exige una respuesta y pone a pensar a los demás”.

Por sus películas nos consta que fue, hasta su muerte, consecuente con ese espíritu crítico que animaba su razón. Todavía me sigue pareciendo insólito que haya sido precisamente en los setenta que Sara Gómez se nos apareciera con su filme De cierta manera. Según la historiografía más convencional, fue este el peor decenio que conoció la cultura en la isla, debido al ejercicio de una absurda censura que marginó el arte más controvertido para estimular sobre todo una literatura moralizante (nótese el auge del policiaco y libros infantiles). Creadores como Virgilio Piñera y Lezama Lima fueron relegados a las sombras, en tanto el ICAIC prácticamente se veía obligado a asumir el rol de un productor de cine historicista, justificativo hasta la saciedad de esa conclusión histórica que significaba la Revolución de 1959.

A diferencia de la década anterior, en la que habían sobresalido varios títulos que hicieron de la crónica crítica del presente su argumento (La muerte de un burócrata/ 1965; Memorias del subdesarrollo/ 1969), la de los sesenta se caracterizó por un predominio del cine historicista (Una pelea cubana contra los demonios/ 1971; Los días del agua/ 1971; El otro Francisco/ 1973), o en el caso de atención al presente, de un tratamiento “políticamente correcto” (El hombre de Maisinicú/ 1973; Ustedes tienen la palabra/ 1973; El brigadista/ 1976). En cambio, el estreno de una película como Un día de noviembre (1972) sería postergado al no coincidir su tono entre meditabundo y escéptico, con la clara euforia colectiva que se promovía en el arte más “oficial”.

Este anhelo de probar por encima de todo la superioridad del presente socialista, se nota hasta en un filme como De cierta manera, que aunque ha devenido una de las películas que mejor se ha aproximado a las contradicciones a vencer en la nueva sociedad, tampoco pudo evitar la ya para entonces tópica contraposición Ayer/Hoy. De cierta manera hizo pública la intención de prolongar el experimento que en la década anterior había propiciado que una cinta como Memorias del subdesarrollo integrara con total naturalidad lo documental a su trama e incluso ella misma tiene la pudicia de anunciarse como un largometraje “sobre algunos personajes reales y otros de ficción”. Su indiscutible importancia en el contexto del cine cubano de cualquier época, no nos debería llevar al soslayamiento crítico de las limitaciones, reflejadas en las ínfulas didácticas de los locutores en off y las irregularidades de las actuaciones, que sobre todo en los no profesionales, a veces resultan desastrosas. Pero es, en mucho, el filme más intenso a la hora de incursionar en el reflejo de las llamadas zonas marginales de nuestra sociedad, pues el registro de las texturas de “el ambiente”, a través de una operatoria visual que apela con constancia al zoom indagador o al montaje pródigo en interpolaciones de imágenes de archivo o planteadas para la ocasión, le concede a la cinta un magnetismo todavía estimable, al extremo que para nada me pareciera exagerado que, con el tiempo, Sara Gómez fuera considerada en el cine nacional lo que Fernando Ortiz en la cultura cubana.

Ya advertí en un inicio que nunca gocé del privilegio de su compañía. Pero eso también tiene sus ventajas, pues ahora puedo darme el lujo de la opinión desprovista de compromisos sentimentales. Sus amigos insisten en evocarla como una persona de humor difícil, impredecible. Evocarla como uno de esos seres extravagantes que te seducen no precisamente con la retórica más complaciente. Yo he intentado hablar más de sus películas que de ella, pues en el fondo no hay nada más ilustrativo del temperamento de un autor, que aquella obra que lega a la posteridad. Sara se propuso violentar la comodidad de esa gente que entra al cine pensando que debe encontrar en pantalla algo que les haga olvidar las tragedias que a diario viven, e hizo del imperativo délfico (“conócete a ti mismo”) casi un lema: nos demostró que de nada vale que festejemos la perfección de un porvenir prometido, si antes no rastreamos en las esencias de nuestro comportamiento y nos proponemos un crecimiento real y efectivo.

De allí el plausible empeño de ir más allá de esa pasarela de máscaras en que frecuentemente se nos ha convertido la vida, transformándonos a casi todos en actores de reparto dentro de un drama que ya ha sido escrito por terceros. Nos insinuó un cine casi pornográfico en el plano espiritual, osadía que explica por qué algunas mentes escandalizadas aún rechazan este tipo de desnudez estilística. Pero sobre todo puede entenderse por qué, “de cierta manera”, Sara Gómez terminó quedándose para siempre entre nosotros, mientras repite con esa voz desgastada por el humo de un cigarro que nunca concluye: “Yo por lo menos renuncio a declararme impotente”.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el marzo 18, 2007 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Hola, Juan,
    Las películas de Sara están disponibles en la cinema o en el ICAIC? Alguien que va a Cuba puede mirarlas?
    Muchas gracias,
    Nina.

  1. Pingback: Para presentar a Sara Gómez en la ENDAC | cine cubano, la pupila insomne

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