ALGUNAS PROVOCACIONES EN TORNO AL CINE CUBANO: NACIONALIDAD, NACIONALISMO Y CUBANÍA (1)

La llegada de Gabriel Veyre a la isla de Cuba el 15 de enero de 1897, todavía supone para el historiador del cine cubano un enigma. Si dejamos a un lado ese espejismo a través del cual se describe únicamente lo evidente (es decir, el arribo del cinematógrafo Lumiére al territorio insular), puede presentirse detrás de la efeméride todo un conjunto de circunstancias que, más que iluminar ese pasado, lo convierte en algo todavía inexplorado en su complejidad.

El discurso historiográfico que gusta homenajear la fecha apenas hace referencia al arribo de Veyre a la isla tras su salida de México, país donde este había introducido un año antes aquel aparato que conformaba entonces la parte más imprescindible de su equipaje. Ese discurso también se deleita al detallar la exhibición privada que el francés obsequiara a los periodistas habaneros el 23 de ese mismo mes, si bien promociona mucho más la primera demostración pública del invento, lo cual aconteció un día después en la calle Prado Nro. 126, muy cerca del teatro Tacón.

Esta descripción “histórica” más correcta no puede ser, y sin embargo, es al mismo tiempo profundamente incompleta. Un historiador que intente ofrecer una imagen exhaustiva de ese momento singular en que arriba por primera vez a la isla el cinematógrafo, ante todo tiene que esforzarse por describir el país al cual Veyre estaba llegando, que no era un país cualquiera, en un momento cualquiera.

Al contrario, Veyre llegaba a Cuba en un instante en que, por un lado, España se disponía a recomponer al precio que fuese necesario un prestigio imperial que iba de mal en peor, y por el otro, un amplio grupo de cubanos intentaban hacer realidad la idea de una nación independiente, gracias a esa guerra iniciada el 24 de febrero de 1895. El propio Veyre logró percibir la singularidad de la situación al escribir en una de las cartas que enviara a su madre desde La Habana:

“En cuanto a los negocios, no van mal. Estos días de lluvia nos han perjudicado, pero con el buen tiempo esto se recupera. Que lástima que esto sea en tiempos de guerra. El país está casi arruinado y si hubiera venido antes de la guerra, hubiera podido ganar casi mil francos diarios¡. No obstante, creo que cuando abandone el país, llevaré algunas pequeñas economías.”

En las notas que siguen intentaré dejar a un lado la tentación de contar una vez más lo que ya todo el mundo conoce, para partiendo del “hecho histórico” intentar una especulación que va más allá de lo que la superficie nos muestra de manera tan cándida. Asumido el desafío me gustaría reflexionar, por ejemplo, sobre el modo en que esa situación de violencia que Veyre alcanzó a respirar (es decir, una guerra que en este caso podría describirse desde, al menos, cuatro puntos de vista diferentes: el español, el norteamericano, el francés, y el cubano) incidirá en el ánimo de los que, una vez instaurada la República, intentan hacer cine en Cuba. Dicho de otro modo, en las notas que siguen propongo aproximarnos al probable origen de ese nacionalismo que de siempre ha caracterizado al cine insular, y que de manera errónea se sitúa el inicio a partir de 1959, como si los cineastas prerrevolucionarios no hubiesen mostrado también sus anhelos de configurar una nación en sus películas.

Juan Antonio García Borrero

Publicado el marzo 12, 2007 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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