Archivos diarios: marzo 4, 2007

SOBRE LA NACIÓN Y LA IDENTIDAD EN EL CINE CUBANO DE LA DIÁSPORA (1)

Hace ya unos cinco o seis años, como parte de la conformación de la “Guía crítica del cine cubano de ficción”, escribí a modo de provocación un grupo de ideas relacionadas con el audiovisual realizado en la diáspora insular. Las inquietudes esenciales de aquel texto podrían resumirse en este par de párrafos:

“A más de cuarenta años del triunfo de la Revolución de 1959, ¿es posible hablar de un cine cubano en el exilio, de la misma manera que puede percibirse una literatura, una plástica, una música concebida en la llamada diáspora? ¿Sería atinado hablar de un corpus fílmico más allá de la isla, o más bien estaríamos en presencia de una producción audiovisual carente de coherencia interior, que vive apenas de la improvisación desesperada y la nostalgia desmedida, cuando no del resentimiento más tenaz?; y si no existe como corpus, ¿qué ha impedido que, tras tantos años de Revolución, no haya surgido el equivalente, por ejemplo, de lo que fue el cine chileno del exilio?, ¿cuál es la causa de que ese cine no cuente hoy con algo parecido a “Memorias del subdesarrollo”?, ¿o que su documentalística esté privada de la reconocida imaginación de la producción del ICAIC?.

(…)

¿Se ha de llamar cine a esa suerte de periodismo en pantalla grande que predomina en dicha producción?, ¿ha de considerarse bajo ese rubro todo lo que ha sido filmado por una cámara más allá de Cuba o deberíamos tener en cuenta sólo aquello que se propuso un resultado una pizca más perdurable que la crónica de contingencias y el compendio de opiniones que igual pueden escucharse en la radio o verse en la televisión, y nadie notaría el cambio de soporte?”

Las reacciones a esas especulaciones, como era de esperar, han sido diversas, tanto en tono como en contenido. Si bien no puede decirse que han existido polémicas por escrito (que a mi juicio, hubiese sido la mejor manera de enriquecer los puntos de vista opuestos), sí conocimos de algunas de las objeciones e inconformidad de un grupo de cineastas radicados en el exterior de la isla, los cuales, de forma legítima, hicieron referencia a las limitaciones de un texto que sobrestimaba lo producido en Cuba, y apenas le concedía atención a las obras rodadas más allá de la ínsula.

No sería honesto justificar esas carencias investigativas que, de hecho, tampoco resultan privativas de los estudios realizados en Cuba. En realidad, ni siquiera en la diáspora existe una clara conciencia de lo que ha filmado este grupo de cineastas, y sigue predominando la azarosa impresión de que todo ha sido posible gracias a la iniciativa personal y espontánea de creadores que han querido probar suerte en el medio. Algo de verdad puede existir en lo anterior, pero ese razonamiento dejaría fuera la influencia que instituciones como el Centro Cultural Cubano de Nueva York (fundado en 1972) ha ejercido en la creación cinematográfica del período, muy evidente con el rodaje casi simultáneo de películas como “Los gusanos” (1978) de Camilo Vila, “Guaguasí” (1978) de Jorge Ulla, y la multipremiada “El super” (1979), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal.

Esto nos ratifica que no han abundado los estudios profundos y desprejuiciados sobre el tema, ni aquí ni allá. Por lo general, las reflexiones casi siempre han desembocado en una tendenciosa y empobrecedora reducción del fenómeno a pedestres antinomias que apenas toman en cuenta “el dentro y el fuera”, “el a favor o en contra”, como si la vida misma fuera así de simple y maniquea. Lo más serio y exhaustivo que se conoce al respecto (que no quiere decir sea lo único), lo ha aportado la investigadora Ana M. López con el ensayo “Greater Cuba” .

En ese texto, y tomando como exergo los conocidos versos de Lourdes Casal (“cargo esta marginalidad inmune a todos los retornos…”) la autora realiza un profundo paneo a lo largo de esa producción en apariencia inarticulada; su exposición resulta una útil cartografía que nos permite obtener una primera idea de la amplitud de zonas vírgenes que aún le queda por recorrer al discurso crítico, al tiempo que la utilización de un esquema generacional para explicar las peculiaridades de las obras en las diversas épocas, introduce una muy necesaria diferenciación de ese exilio que, a ratos, nos parece “monolítico”, y que en verdad, se sabe plural, y por ende, necesitado de estudios que sepan apresar sus matices.

No obstante, el aporte fundamental de la ensayista lo aprecio en la perspectiva integradora a través de la cual puede hablar con soltura de una “Cuba mayor”, refiriéndose con la imagen a esa nación que “trasciende las fronteras nacionales e incluye a los individuos y comunidades fuera del territorio nacional que se identifican como cubanos y contribuyen a la producción del discurso cultural cubano” .

Es de agradecer, pues, esa mirada investigativa que, con toda intención, soslaya la intolerancia emotiva, y hace de la revisión desprejuiciada, la mejor manera de entregarnos un mapa a través del cual orientar las futuras indagaciones. Con el mismo se confirma lo insostenible de aquella postura historiográfica que, por razones extraculturales, prescinde de “los que se fueron”, pues en todo caso, la calificación o descalificación de esa producción audiovisual por parte de los críticos e investigadores, debe partir de una premisa rigurosamente estética y culturológica antes que política.

Sin embargo, ningún matiz podrá ser entendido si antes no logramos precisar el concepto de lo que pudiera entenderse por “cine del exilio”. Imposible arribar a una convicción global cuando apenas se cuenta para el análisis, con un conjunto de juicios ajenos, referencias lejanas, y el visionado de unos pocos filmes. Por tanto, quisiera ser el primero en advertir lo provisional de las ideas que he expuesto, postura que, amén de pretenderse honesta, permitirá deslizar más interrogantes que respuestas, más dudas que afirmaciones: de allí que ahora mismo no importe tanto la reseña puntual de cada una de esas obras que supuestamente integran el corpus, y que más que el contenido, me intrigue el sentido mismo del continente.

Con el propósito de estimular también en este terreno lo que otras veces hemos llamado “la cultura de la polémica”, decidimos circular a modo de provocación intelectual entre algunos de los creadores vinculados con el asunto las anteriores incertidumbres, las cuales merecieron el análisis y/u objeciones que iremos publicando en los siguientes días. Los que emitirán sus juicios serán Fausto Canel, Iván Acosta, Ernesto Fundora, Miguel Coyula, Edmundo Desnoes y Dinorah de Jesús Rodríguez.

Juan Antonio García Borrero

¡ABAJO LA CRÍTICA! ¡VIVA EL PENSAMIENTO! (5)

Creo que solo hay una manera de rebasar ese estado crítico (nunca mejor el pleonasmo) en que hoy se encuentra el vínculo de la crítica de cine en Cuba con los espectadores: proponernos cultivar el pensamiento (iba a decir pensamiento crítico, pero en buena ley, eso sería una redundancia; todo pensamiento es crítico). O tal vez lo primero sea redefinir el concepto de “crítica” con el que estamos operando. Mientras la crítica de cine siga apelando a la cinefilia como único recurso para legitimar sus puntos de vista, los juicios no pasarán de ser juegos triviales para el autodeleite de aquel que escribe.

Necesitamos, en cambio, un pensamiento que se nutra de la cultura de la polémica, que involucre en el diálogo de nuevo al espectador, lo sacuda, y deje a un lado el fetichismo de los datos, o la autoridad falsa del “prestigio” mediático. Un pensamiento donde sea más notoria la predisposición a aprender entre todos, que a imponer verdades siempre relativas, dejando a un lado esa crítica mezquina que solo repara en ciertas parcelas de la existencia, según sus intereses más particulares, o que se cree más importante que el interlocutor al cual debiera dirigir sus meditaciones.

Pienso que la crítica actual, basada en la autoridad que fomentó el liderazgo mediático de los sesenta, sigue pugnando por hacer prevalecer un punto de vista que alguna vez funcionó, pero que a estas alturas no es congruente con las nuevas estrategias colectivas de recepción. El nuevo espectador cubano intuye que hay muchas cosas por discutir, pero carece todavía de un interlocutor crítico que le permita confrontar sus puntos de vista sobre el placer que puede provocar ya no mirar el cine, sino vivir todo tipo de experiencia audiovisual, esas que van desde una película filmada en soporte digital hasta el disfrute de un video-clip o un video juego.

Desafortunadamente, hoy la crítica de cine se ha convertido en un oficio más. Ya nadie duda aquello que Cabrera Infante auguró con el título de uno de sus libros más conocidos. Y como todo oficio, se ha transformado en algo rutinario. En algunos contextos ese oficio es más rentable que en otros. Hablar bien o mal de una película permite escribir libros que después se venden. O ganar jugosos premios monetarios. O impartir conferencias en universidades del Primer Mundo. No veo nada inmoral en eso, como no veo nada diabólico en ser médico o abogado. Lo deplorable es que con tanta “crítica perfecta” se siga perdiendo de vista el diálogo con el espectador común, ese que es, al fin y al cabo, el que más interesa. De persistir esa incomunicación, sería algo así como descubrir que un médico se ha convertido en todo un experto sin haber atendido jamás a un paciente. La apoteosis del absurdo.

Luego, los críticos de cine deberían ser evaluados en función de la calidad de su gestión social. Cobrar su salario de acuerdo a la capacidad que tengan de movilizar ideas en el espectador, provocarlos. Pero por el momento el parámetro que predomina en el mundo es el de la habilidad para llegar a ser famosos ante las cámaras televisivas, en franco desafío a la inquietante conclusión de Umberto Eco: “Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia”.

El pensamiento, en efecto, exige mucho más que esos quince minutos de fama, y por fortuna, no es exclusivo de los críticos: el pensamiento es ese inmenso universo donde los seres humanos (espectadores y/o críticos) exploran con entera libertad, las virtudes y miserias que genera llegar a la exacta convicción de que todavía no sabemos nada. Que somos (y por siempre seremos), apenas el acento tenue de la palabra efímeros.

Juan Antonio García Borrero

¡ABAJO LA CRÍTICA! ¡VIVA EL PENSAMIENTO! (4)

Desde luego que no se trata de negar la crítica como operación intelectual, porque además, aquí también se han desmitificado las fronteras: al final, espectadores y críticos somos una misma cosa. La nomenclatura apenas está en dependencia de la hora en que nos mostramos en público, y asumimos el rol social por el cual nos aplauden o nos ignoran. Ahora, más allá del simulacro colectivo, suerte de contrato social donde suscribimos acuerdos temporales para que otros piensen por nosotros, la crítica siempre será necesaria, en tanto no somos espectadores solo en el teatro o en el cine: lo somos, primero, en la gran escena de la vida, y es la actitud despierta que mantengamos mientras se ejecuta la función, lo que determinará nuestra militancia en el bando del espectador crítico o del espectador- masa.

Lo de “espectador-masa”, desde luego, no es más que una provocación que pide a gritos ser desmentida. Me consta no solo porque todavía pueda evocar con claridad las rabiosas controversias de aquel Taller de la Crítica celebrado en Camaguey, donde por primera vez se discutió el término, discusión que a mi juicio Víctor Fowler, aún cuando no coincidamos del todo, es el que mejor ha sabido matizar con puntos de vista alternativos y atendibles. Sin embargo, si hoy insisto en hablar de la crítica nacional y su relación con ese espectador abstracto (construido temporalmente desde mi gabinete), es porque creo que los vicios que en aquella ocasión describiéramos, se han hecho más intensos, más inquietantes. El par “crítica/público”, con todo y su zafio dualismo, persiste allí, y los críticos no solo se empeñan en parecer más intocables que antes, sino que los espectadores se muestran cada vez más indiferentes ante la diversidad.

Mientras se concreten los estudios sobre nuestra audiencia cinematográfica, seguiré llamando espectador-masa a ese individuo que fascinado por las nuevas y viejas autoridades (La Historia, Internet, la Academia, la Crítica, el Mercado, etc) delega su capacidad analítica en un tercero con el que nunca dialoga. ¿Es el espectador-masa sinónimo de espectador-pasivo? Para nada. En realidad, la ausencia de una mirada autocrítica tal vez sea lo que mejor defina a un espectador-masa, y probablemente también este sea el que más energía libera a la hora de la recepción. Nunca se queda quieto o callado, y en nombre de sus abundantes estudios (la instrucción es una conquista indiscutible de la época, pero la instrucción no necesariamente es cultura), el exceso de información o la confianza ingenua en el progreso tecnológico, elabora interminables informes donde hace valer su experiencia. Hoy cualquiera, con un poco de información extraída de Internet, pasa fácilmente por alguien a quien le interesa discutir el cine.

Se dirá que siempre han sido la élite del poder cultural la que ha diseñado los cánones del existir. Que fuera de los intereses de esa élite, solo queda el rumor de la barbarie. ¿Es el espectador-masa un bárbaro cultural? Probablemente no, pero a nuestra crítica no le interesa examinar a fondo el asunto. Pocas veces (para no decir nunca) ha mostrado interés de meterse en la piel del espectador, explorar sin prejuicios sus preferencias. A los críticos nos gusta contar la historia del cine (cubano o universal) desde una posición ilustrada (la de nosotros), pues tal parece que solo la alta cultura fílmica es lo que vale la pena tomar en cuenta. Sin embargo, ¿de dónde llega el privilegio que le permite decidir a ese crítico qué es lo iluminado y qué es lo oscuro?, y además, ¿por qué hacerles creer a la gente que lo oscuro no forma parte de la vida también?, ¿por qué el crítico tiene que confundir su misión de provocador intelectual con la del indeseable dictador de virtudes intocables?.

El crítico debería poner todo su empeño en “desmasificar” la lectura cinematográfica, y eso solo se logra prestándole un poco más de atención a los instintos de ese espectador múltiple que somos todos, así como al contexto cultural donde este vive. Puedo entender un poco mejor las reacciones frenéticas de aquellos a los que le parece discutible el término espectador-masa, que la indiferencia de un crítico que, desde su montículo intelectual se siente ajeno a la muchedumbre. Puedo entender el rechazo, pues la idea del rebaño tiene una alta connotación peyorativa, si bien es preciso reiterar que un espectador-masa no se define por su nivel de instrucción, ni por la pobreza de su lenguaje, ni por la cursilería de su estilo a la hora de expresarse en un foro público. Un espectador-masa simboliza una actitud, no una aptitud. Luego, tan masa puede ser aquel que reverencia al Oscar como un neo-ídolo, como el crítico que precisa informarse de lo que la Academia ha decidido para sobre esa decisión elaborar su análisis.

En tal sentido, tanto el espectador-masa como ese crítico súper ilustrado, súper informado, han terminado por confundir la erudición con la sabiduría, la cinefilia con la cultura cinematográfica. La erudición ya se sabe que tiene que ver con la manía de memorizar cualquier respuesta aunque no se recuerde la pregunta, a diferencia de la sabiduría, que se vincula con el arte de fiscalizarlo todo. En ese punto, no hay mucha diferencia entre un espectador-masa instruido y un crítico de cine ahogado en información, pues ambos, de tanto afirmar que saben, se han quedado sin fuerzas para preguntar de donde llegan tantas verdades pregonadas. En una época como la nuestra, una época pródiga en “expertos”, un crítico corre el peligro de ensimismarse con su propio saber y por ello mismo, convertirse en un “espectador-masa” hechizado con su propia erudición.

Algo trágico: puede esperarse de ambas figuras todo, menos humildad. La estadística deviene la principal aliada, y esta les sugiere que la mayoría está con ellos, por lo que su gestión intelectual no pasa de repetir que tantas personas no pueden andar equivocadas. Las subsanaciones históricas tardan en llegar dos o tres siglos. Llegan, es cierto, solo que demasiado tarde, como prueban los casos de Sócrates o Jesucristo, para mencionar apenas dos mártires del acoso de la masa, o lo que es lo mismo, del sentido común fríamente ejercitado.

Juan Antonio García Borrero

¡ABAJO LA CRÍTICA! ¡VIVA EL PENSAMIENTO! (3)

Hay algo más difícil de encontrar en Cuba que una aguja en un pajar, y es una buena polémica sobre cine. Si descontamos las réplicas de Jorge Luis Sánchez y Arturo Sotto al ensayo “La utopía confiscada”, el saludable desencuentro de Víctor Fowler con ciertas zonas del libro “La edad de la herejía”, el texto de Luciano Castillo atacando a aquellos críticos que (otra vez) Litchtenberg alcanzó a describir con implacable precisión en otro de sus aforismos (“Le gustaban principalmente aquellas palabras que no suelen hallarse en el diccionario”), la crónica de Eduardo del Llano cartografiando buena parte de nuestra república crítica (“Calandracas para los críticos”), no creo que tengamos un panorama medianamente estimulante.

Y eso que el estilo herético de Rufo Caballero, por mencionar a uno de los más incisivos, habría podido propiciar útiles debates. Con un verbo a ratos demasiado exaltado, para mi gusto, Rufo Caballero ha conseguido insertar ideas harto discutibles en torno a las producciones cubanas más recientes. Uno podrá compartir o no esas ideas o el estilo en que están expuestas, parecernos excesivas muchas veces, mas como principio percibo la impronta del ensayista que se propone provocar desde el pensamiento más complejo. Pero no: nadie del gremio ha querido (o podido) discutir esas ideas con el rigor que el autor plantea. No es gratuito que la única crítica adversa que yo recuerde ha tenido por escrito la obra de Rufo Caballero provenga de Duanel Díaz, ensayista que se desempeña habitualmente en el terreno literario. En cambio, lo que abundan son los comentarios de pasillo en los que es fácil adivinar el argumento ad hominen, el resentimiento y la medianía intelectual, o cuando más, réplicas veladas que nunca aluden a los problemas concretos.

Mientras la ensayística insular referida a la literatura cuenta ya con feroces disputas donde, más allá de ciertos exhibicionismos pasionales, el lector se enriquece con el desencuentro, la crítica cubana de cine sigue siendo lo más amable que se haya podido facturar en este país, que es lo mismo que decir, lo más frígido. Si por un lado es una crítica muchas veces gratuitamente hiriente con lo que se produce, por el otro es incapaz de discutir con la misma vehemencia sus propios defectos o diferencias. Todo porque sigue predominando la creencia bastante anticuada de que si alguien expresa un desacuerdo, eso significa una declaración de guerra a la persona que enuncia la idea combatida. O una falla ética contra el gremio. Así que ahora mismo cada cual prefiere hablarle a su propio espejo, como aquella madrastra vanidosa que no se cansaba de preguntar y responderse siempre lo mismo. Y esta es la tendencia que más me alarma, en tanto hemos construido, sin darnos cuenta, el camerino de la egocrítica, ese donde ya no tiene cabida el espectador.

No en balde el peor pecado de nuestras críticas de cine es que son letalmente aburridas. ¿Por qué son tan tediosas nuestras críticas? Pues porque no hay interés de ir más allá del monólogo, porque no hay una comunicación “real” con el espectador. No solo es mediocre en el plano de la escritura nuestra crítica cinematográfica promedio, sino que además de ello, se empeña en hacer del reciclaje de ideas archimanoseadas toda una virtud. Nuestras críticas, salvo raras excepciones, son monocordes. Se apoyan en “verdades” heredadas de aquellos críticos que alguna vez nos formaron o influyeron, pero en vez de forcejear con esos puntos de vista y negarlos si es preciso (casi siempre es preciso), los reciclan hasta el infinito. Así, mientras García Espinosa o Alfredo Guevara son capaces de matizar algunos de los puntos de vista expuestos en los sesenta fundacionales, la crítica cubana sigue empeñada en repetirse. Como consecuencia, apenas se advierte el interés de cultivar un estilo propio, o una manera particular de mirar al cine, que es decir, la vida: se prefiere el pensamiento en serie porque al subestimarse al espectador (en abstracto), se deduce que este agradecerá esas simplificaciones.

De allí que nuestras críticas sigan examinando al llamado séptimo arte como lo miraban nuestros abuelos: mientras el público actual (conformado por nuestros nietos, en algunos casos) ya sabe que no estamos viviendo la edad del cine, sino la edad del audiovisual, el grueso de los críticos cubanos continúa añorando al celuloide como el atributo fílmico por excelencia. Tal desencuentro es lógico, porque la crítica apenas se ha preocupado en indagar en las expectativas del público, en las características del consumo audiovisual en nuestro contexto, o en los cambios que han sobrevenido en ese receptor que tal vez no ha viajado fuera de Cuba, pero que ha aprendido a consumir lo que consume el planeta. Ese desfasaje lo va marcando todo, incluyendo la progresiva indiferencia de los espectadores modernos ante la crítica que dice hablarle.

Juan Antonio García Borrero